Citar como: http://www.puertachile.cl/teologia/stam_entrevista.htm

 

Un desafío al compromiso profético
Entrevista al pastor y teólogo Juan Stam

por Edgardo Moffatt

Entrevista completa disponible como:

Edgardo Moffatt, "Entrevista al pastor y teólogo Juan Stam. Un desafío al compromiso profético"
Revista Kairós 1 de 2004: 6-11

 

"Durante este medio siglo, los 'evangélicos conservadores' jamás se han opuesto a ningún programa del Partido Republicano. Estos mismos evangélicos apoyaron masivamente las guerras de Corea, Vietnam, Centroámerica, el Golfo (1991) y ahora la invasión a Irak. Cabe la pregunta: ¿cuándo van a despertarse?"

Juan Stam

Ficha de Juan Stam

-¿Cómo defines el ministerio profético?

Creo que, en general, se entiende mal las palabras "profeta", "profecía" y "cumplimiento". Se considera la "profecía" como vaticinio de sucesos futuros, y al "profeta", como la persona que predice tales sucesos. Así, hay "cumplimiento" cuando algo ocurre exactamente como fue anunciado. Otras veces se entiende la "profecía" como la revelación de cosas secretas o escondidas, que se verifica cuando lo revelado resulta ser cierto. Lo curioso es que estos conceptos, que sin duda prevalecen entre buenos evangélicos, son paganos. La gran mayoría hoy no entiende "profecía" según la comprensión bíblica sino según los oráculos antiguos (al estilo Nostradamus o el horóscopo) y lo que la Biblia condena como "adivinación".

Bíblicamente, el sentido de estos términos es muy distinto. "Profecía" significa una palabra directa y viva de Dios para su pueblo, casi siempre con exigencias para su conducta. Esa palabra revelada puede referirse al futuro, ya que éste tiene que ver con la obediencia actual del pueblo de Dios, pero no es profecía porque incluya el anuncio de cosas futuras, ni deja de ser profecía cuando no menciona el futuro. Moisés fue considerado el prototipo para todos los profetas, pero no se dedicó a predecir el futuro.

El profeta no es tal porque predice el futuro sino porque trae al pueblo del Señor la palabra viva y exigente de un Dios de amor, vida y justicia. Y si no predice nada futuro, no por eso es menos profeta. La fuerza esencial de la palabra profética estriba en su fuerza ética, no en alguna especie de clarividencia mágica desconectada de la soberanía de Dios y su voluntad.

"Cumplimiento" también tiene un sentido distinto en las Escrituras. En el pensamiento pagano, una "profecía" se "cumple" cuando lo anunciado ocurre exactamente como se predijo. Bíblicamente, el esquema básico de la profecía no es predicción-cumplimiento sino promesa-cumplimiento. El énfasis es que Dios cumple su Palabra. En el Nuevo Testamento, las palabras griegas que traducimos como "cumplir" tienen todas la idea básica de "llenar", "completar". No significan meramente que se "cumple" un vaticinio (y así pone fin a su vigencia) sino que la palabra original se amplía, se ensancha, se enriquece con nuevo sentido.

–¿Y cuáles son las marcas de una iglesia que asume su responsabilidad profética?

Lo definitivo de la vocación profética no estriba en el vaticinio sino en la exigencia de la voluntad de Dios, como vemos clarísimamente en los grandes profetas de Israel. De modo que las marcas hoy deben ser las mismas de entonces. En los tiempos tan críticos que vivimos, la iglesia profética —y toda iglesia está llamada a ser profética; caso contrario, no sería fiel a su naturaleza pentecostal y a su llamado— levanta la voz por el Reino de Dios y su justicia aquí y ahora, contra la injusticia que hay dentro y fuera de la iglesia, contra la corrupción y la opresión.

No todos los profetas vaticinaron el futuro, pero todos ellos denunciaban el pecado y exigían justicia. Ningún profeta verdadero legitimaba la maldad. Ningún profeta se callaba ante la injusticia. Elías se plantó en firme y se jugó la vida ante Acab. Unos cincuenta años después, Amós atacó vehemente los crímenes que se cometían en Samaria. Y los demás profetas, cada uno en su coyuntura histórica, denunciaron el pecado y anunciaron la voluntad de Dios. Una profecía que no exige obediencia, que no tiene cómo obedecerse, es ya sospechosa de ser falsa.

Por supuesto, cada congregación y cada líder tienen que buscar en oración la forma acertada de realizar esta vocación profética. Nunca deben legitimar la injusticia y la violencia, como hacían los profetas falsos. En toda su predicación, deben proclamar el Reino de Dios y su justicia e inculcar los principios fundamentales de la ética bíblica. En algunos casos, la congregación podría organizar charlas o grupos de discusión sobre temas de actualidad. En casos más extremos, los organismos, denominaciones y alianzas de iglesias deben pronunciarse en favor de la justicia. Y en situaciones de extrema gravedad, tales como el nazismo en Alemania o el racismo en los Estados Unidos, la misma congregación local debe definirse y asumir con valentía su rol profético.

–¿En qué circunstancias descubriste la pertinencia del ministerio profético de la iglesia?

Nunca había pensado en esa pregunta, y me parece muy interesante. Supongo que todo comenzó con nuestro propio despertar político durante el primer pastorado [en Santa Cruz, Costa Rica] y nuestra creciente convicción respecto a la responsabilidad histórica y social que tienen las iglesias y los cristianos. Esta conciencia creció en mí cuando enseñaba los primeros cursos de "Iglesia y sociedad" en el Seminario Bíblico Latinoamericano, a fines de los años 50 y principios de los 60. Allí traté de interpretar junto con los estudiantes la convulsionada realidad latinoamericana: el triunfo de Fidel Castro, la galopante pobreza de las multitudes (por ejemplo, en las favelas de Brasil), la dictadura somocista, que actuaba al norte de nuestras fronteras costarricenses, y muchísimos otros acontecimientos. En este proceso me impactaron con fuerza especial los testimonios y el ejemplo de Dietrich Bonhoeffer, Martin Luther King y Nelson Mandela, a los cuales se agregaron luego Helder Cámara, Oscar Arnulfo Romero y toda la pléyade de mártires de nuestro continente.

Otro factor decisivo para mí fue mi esfuerzo por entender el significado del movimiento pentecostal. Después de un inicial antipentecostalismo ingenuo, comencé a sentirme muy desafiado por el pentecostalismo. Me preguntaba por la relación entre el Espíritu del día de Pentecostés y el Espíritu de los antiguos profetas, y comprendí que tenía que ser el mismo, que no podía haber otro Espíritu Santo. Me llamó la atención que en el día de Pentecostés los discípulos no sólo hablaron lenguas: Pedro predicó un sermón expositivo profundamente bíblico (Hech 2:14-41) y la comunidad practicó el evangelio ayudando a los pobres (2:42-47). Me puse a estudiar también la historia "subversiva" de los movimientos carismáticos a través de los siglos, concentrándome en los anabautistas, especialmente en Tomás Müntzer. Comencé a descubrir las posibilidades de un pentecostalismo profético, en el sentido bíblico del término.

Siento que esta preocupación profética fue un resultado lógico de todo nuestro peregrinaje con el Señor, partiendo del compromiso con la encarnación. Los cambios nacían de las Escrituras y la experiencia pastoral, y de ninguna otra cosa. Nuestro medio siglo de vida en América Latina, en medio de las realidades que vivimos de año en año, despertó estas convicciones en nosotros.

–Juan, de cara a la actualidad, ¿qué puede decir la palabra profética al mundo que se configuró luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001?

El día después de los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre, circulé un correo a muchos amigos estadounidenses invitándolos a orar para que Dios usara ese momento para conducir al país al arrepentimiento, tanto por pecados personales como por pecados nacionales, tanto dentro de la iglesia como en el gobierno. El resultado parece haber sido lo contrario. El presidente Bush, lejos de llamar al arrepentimiento, ha insistido hasta el cansancio que su pueblo es tan bueno, el mejor y el más pacífico del mundo, que lo que menos necesita es arrepentirse. Este discurso engañoso agrada al pueblo y cosecha votos, pero visto proféticamente conduce al país a un abismo de destrucción. Quizá lo peor de todo lo malo del discurso de Bush haya sido su reiterada insistencia en la inmaculada virtud del país. Y el pueblo se lo ha tragado, los llamados evangelicals a la vanguardia, haciendo gala de un exagerado patriotismo chauvinista.

Sin embargo, hay dos paralelos en este caso que me llaman la atención. En primer lugar, la fecha remite a aquel 11 de septiembre de 1973, cuando los agentes de Washington, apoyados por Henry Kissinger, instalaron en Chile la criminal dictatura de Pinochet. Por otro lado, las Torres Gemelas de Nueva York nos remiten a la torre de Babel. "Babel" significaba Babilonia, país de donde emigraron Abraham y Sara. En la Biblia, de Génesis 11 en adelante, Babilonia simboliza el imperialismo de la época, la superpotencia que se imponía sobre los demás pueblos. El Antiguo Testamento contiene muchas denuncias contra esa Babilonia, hasta con canciones de protesta. Y al final del canon, el Apocalipsis anuncia la destrucción de Babilonia, la misma cuyo proyecto de expansionismo y opresión comenzó en Génesis con su gran torre.

–Sin duda, comenzó a ser una tarea urgente analizar cómo el imperio se vale de la religión. ¿Cómo resumirías tu crítica del discurso "evangélico" del presidente de los Estados Unidos, George W. Bush?


Imagen propagandística de dos próceres norteamericanos
orando por Bush Jr., rodeados de símbolos patrióticos
y con una cruz de fondo (Fuente: Ron Leon).

Cuando la Escuela de Sociología de la Universidad de Costa Rica me pidió que diera una charla sobre el discurso religioso de Bush, yo no había tenido ninguna intención de escribir sobre el tema y mi primera reacción fue rechazar la invitación, pero no encontré quién me reemplazara en el proyecto. Eso sí, tenía archivos muy extensos sobre el tema, y comencé a bajar un montón de discursos presidenciales de la página web de la Casa Blanca. Apliqué a esos discursos los mismos métodos exegéticos que he aprendido a utilizar en el estudio bíblico y, al seguir adelante, quedé de veras alarmado por lo pernicioso de ese discurso seudoevangélico.

En esa investigación me limité estrictamente al discurso público del presidente Bush. No me atañe a mí pretender juzgar su salvación personal ni la sinceridad de su fe. Esas cuestiones se dirimen entre él y Dios. Traté en lo posible de respetar su persona, sin caer en los insultos, pero también procuré ser honesto ante las conclusiones de mi investigación exegética. En resumen: 1) hay aspectos claramente heréticos en la teología implícita del discurso público de Bush; 2) el discurso de Bush se parece muy de cerca al discurso de los falsos profetas del Antiguo Testamento; 3) en el discurso de Bush hay una evidente manipulación, consciente o inconsciente, de la fe y las Escrituras, que son usadas como opio para la conciencia; 4) hay pasajes en los discursos de Bush que sólo puedo considerar como blasfemias, con sobretonos de idolatría patriotera; 5) Sus actitudes lo definen como sectario en términos teológicos: puesto que él se siente llamado y guiado por Dios, con una línea directa al cielo, no escucha otras voces cristianas ni la voz del pensamiento cristiano a través de los siglos. No toma en cuenta la larga tradición sobre la guerra justa y, mucho menos, la del pacifismo cristiano.

–Como sabes, hay ciertos referentes evangélicos estadounidenses con mucha influencia en América Latina (y muy buenas relaciones con la Casa Blanca), que se esfuerzan por presentar el discurso de Bush como algo razonable. Desde el punto de vista del ministerio profético, ¿cómo deberían actuar las iglesias evangélicas latinoamericanas respecto a ellos?

Esto tiene su historia en los Estados Unidos. A mediados de los años 40 y principios de los 50, un grupo de cristianos estadounidenses, nucleados un poco alrededor de Billy Graham, rompieron con el fundamentalismo para inaugurar el movimiento New Evangelicals ("Nuevos Evangélicos"). El teólogo y periodista Carl Henry escribió un libro valioso sobre "la conciencia intranquila del fundamentalismo", causada sobre todo por la negligencia social del mismo. Sin embargo, en menos de una década "el bebé" había sido rebautizado y comenzó a llamarse "evangélico conservador". ¿Qué tiene el evangelio de esencialmente "conservador"? En fin, pronto fue evidente que "conservador" significaba "derechista" y, casi sin excepción, "Republicano" (no Demócrata, en el escenario bipartidista estadounidense). Contra esa politización derechista del evangelio surgieron los "evangélicos radicales» (representados por Jim Wallis y Sojourners) con una voz profética, pero constituyen una minoría muy limitada.

Durante este medio siglo, los "evangélicos conservadores» jamás se han opuesto a ningún programa del Partido Republicano. Ronald Reagan logró una virtual coalición de católicos y evangélicos conservadores alrededor de los temas del aborto y la homosexualidad, y de judíos y evangélicos conservadores (y algunos católicos) en torno al sionismo. Estos mismos evangélicos apoyaron masivamente las guerras de Corea, Vietnam, Centroámerica, el Golfo (1991) y ahora la invasión a Irak. Cabe la pregunta: ¿cuándo van a despertarse?

Creo que la actual coyuntura plantea una crisis tanto para los evangélicos estadounidenses como para nosotros, los de América Latina. ¿Hasta cuándo podrán ellos seguir tolerando acríticamente el discurso herético de George W. Bush? Recientemente, casi por primera vez, hubo bastante crítica cuando Bush declaró que "cristianos e islámicos adoran al mismo Dios», pero quedó claro que eso no afectará su lealtad al presidente. El problema afecta la misma identidad de ellos como "evangélicos». ¿Hasta qué punto podrán seguir llamándose "evangélicos» sin reconocer las cosas en que contradicen ese mismo título?

Esta situación plantea también un desafío para los evangélicos latinoamericanos. Al fin y al cabo, nosotros, al igual que ellos, nos llamamos "evangélicos», y tenemos fuertes nexos históricos no sólo con ese país del Norte sino también con esos "evangélicos». ¿Podrá ser creíble nuestro testimonio evangélico si seguimos identificados con ellos? ¿Qué testimonio profético podremos tener en nuestra América Latina, cuando ellos tienen una presencia tan antiprofética en su poderoso país? ¿Qué significa esta crisis para nuestras relaciones con los que una vez nos trajeron el evangelio? No tenemos ninguna bola de cristal, pero conocemos al mismo Dios de los antiguos profetas. Por eso, vamos adelante confiando en su gracia y en su soberanía para dirigir su pueblo y nuestra vida.-

 

Escritos de Juan Stam en "Puerta del Rebaño"

Historia de salvación y misión integral de la iglesia
Los siete mundos de Juan de Patmos
Apocalipsis y el imperio romano
La Venida de Cristo
El lenguaje religioso de George W. Bush