¿Quién era la serpiente del paraíso?
por Ariel Álvarez
Valdés, Sacerdote
diocesano argentino, Licenciado en Teología Bíblica
Publicado originalmente en Didascalia,
N°523, julio de 1999

Gustave Doré: La mujer
y la serpiente
|
Una víbora que habla
Hay
un enigma que siempre ha intrigado a los lectores de la Biblia, y que
tiene que ver con el relato del pecado original: es el de la serpiente
que tentó a la mujer en el Paraíso. ¿Quién
era realmente?
El Génesis afirma que se trataba de un simple animal del campo,
uno más de los que Dios había creado (3,1). Pero poco
después vemos que la serpiente conversa con Eva. ¿Cómo
pudo hablar, si era una víbora? ¿Y cómo podía
tener una inteligencia superior a la del hombre (como dice en 3,5)?
No puede ser, evidentemente, un animal real. ¿Quién era
entonces?
Algunos sostienen que sí era un animal real pero que estaba poseído
por el Diablo para engañar a Eva. Pero si la serpiente era sólo
un instrumento del Diablo, ¿por qué entonces Dios la castiga
a ella haciendo que se arrastre sobre su vientre y coma polvo por el
resto de su vida (3,14), en vez de castigar al Diablo?
Una segunda creencia, la más común entre los lectores
de la Biblia, es que aquí la serpiente no era un animal real
sino un símbolo del Diablo, una imagen, un disfraz literario
del autor para referirse a este ser maligno, que fue quien en realidad
tentó a nuestros primeros padres en el Paraíso.
El disfraz del Diablo
Pero esta solución choca con una gran dificultad, y es que en
ninguna otra parte del Génesis se lo nombra al Diablo. Más
aún, el Diablo (o Satanás, que es lo mismo) es un personaje
desconocido para los autores de los libros bíblicos más
antiguos; por eso jamás aparece en el Pentateuco, ni en los libros
históricos, ni en los libros proféticos. ¿Cómo
podía conocerlo el autor de este capítulo del Génesis?
Los actuales estudios bíblicos afirman, por lo tanto, que aquí
no se trata del Diablo.
Un tercer grupo de pensadores sostiene que la serpiente no es ningún
personaje concreto, sino un símbolo de los malos deseos y de
los placeres sensibles. Así, el pecado original habría
consistido en una transgresión de tipo sexual, y la serpiente
no sería más que un símbolo sexual. Por eso se
insiste tanto en que Adán y Eva "estaban desnudos".
Pero esta hipótesis es inadmisible, pues el mismo Génesis
dice que Dios santificó y bendijo el matrimonio cuando le ordenó
a la primera pareja: "Sean fecundos y tengan muchos hijos, llenen
el mundo y gobiérnenlo " (1,28). No hay, pues, connotaciones
sexuales en el pecado original. ¿Quién es entonces esta
serpiente?
¿Y todo por una manzana?
El enigma de la serpiente nos lleva a un segundo problema: ¿qué
pecado cometieron Adán y Eva en el Paraíso?
Popularmente se responde que comieron una manzana prohibida. Pero conviene
notar, ante todo, que en ninguna parte del relato se menciona manzana
alguna. ¿De dónde salió la idea de esta fruta?
Esto viene de cuando la Biblia estaba escrita en latín. En efecto,
en esta lengua manzana se dice "malus", y mal se dice "malum".
Y como Adán y Eva comieron el fruto del mal (malum), se pensó
que habían comido una manzana (malus). Hoy, que las Biblias ya
no están en latín sino en castellano, vemos que no comieron
una manzana sino "un fruto" malo.
Volvamos, pues, al planteo. ¿Por comer un simple fruto Dios los
mortificó con semejantes castigos? Si fuera así, lo que
sucedió en el paraíso no fue sino ¡un fatal error
gastronómico!
Pero como sabemos que la serpiente es un símbolo (ya que no puede
tratarse de un animal real), también el fruto prohibido tiene
que ser simbólico. ¿Pero símbolo de qué?
Si aclaramos quién es la serpiente, descubriremos también
cuál fue el pecado del paraíso.
¿Quién era la serpiente?
Lo primero que debemos tener en claro es que la serpiente simboliza
a algún personaje o realidad entendible para los lectores de
aquella época, porque si no, éstos se habrían quedado
sin comprender el mensaje.
Ahora bien, por los modernos estudios bíblicos y arqueológicos
sabemos que la serpiente, en aquella época, era el símbolo
de la religión cananea, que los israelitas encontraron al entrar
en la Tierra Prometida.
¿Por qué los cananeos emplearon como símbolo de
la divinidad a la serpiente, cuando para nosotros es un animal dañino
y peligroso? Porque los pueblos antiguos veían en ella tres cualidades.
Primero, la serpiente tenía fama de otorgar la inmortalidad,
ya que el hecho de cambiar constantemente de piel parecía garantizarle
el perpetuo rejuvenecimiento. Segundo, garantizaba la fecundidad, ya
que vive arrastrándose sobre la tierra, que para los orientales
representaba a la diosa Madre, fecunda y dadora de vida. Y tercero,
transmitía sabiduría, pues la falta de párpados
en sus ojos y su vista penetrante hacían de ella el prototipo
de la sabiduría y las ciencias ocultas. Por eso el Génesis
la presenta como "el más astuto de todos los animales del
campo" (3,1) .
Estas tres características hicieron de la serpiente el símbolo
de la sabiduría, la vida eterna y la inmortalidad, no sólo
entre los cananeos sino en muchos otros pueblos, como los egipcios,
los sumerios y los babilonios, que empleaban la imagen de la serpiente
para simbolizar a la divinidad que adoraban, cualquiera sea ella.
Una religión más seductora
¿Y qué les sucedió a los israelitas con la religión
cananea? Para entenderlo es necesario tener en cuenta las circunstancias
históricas por las que atravesaron.
Los hebreos fueron durante siglos un pueblo nómade. Desde la
época de Abraham, que vivió alrededor del año 1800
antes de Cristo, el Dios que los acompañaba siempre era el Dios
del desierto, de las montañas, de lo desolado y agreste.
Era un Dios trashumante, que viajaba y se movilizaba junto con el grupo
o el clan a todas partes, a fin de protegerlos de los peligros que entrañaba
este tipo de vida.
El Dios de los hebreos era, pues, especialista en los problemas del
desierto: los cuidaba en caso de ataque de tribus enemigas (Ex 17,8),
los ayudaba a encontrar agua entre las rocas (Ex 17,1), los guiaba para
hallar alimento en medio del páramo (Ex 16), enviaba plagas contra
los pueblos opresores (Ex 7,1), se mostraba poderoso y terrible en los
truenos y rayos (Ex 19,16-19), velaba por la justicia y el orden en
el campamento (Ex 21,22).
Y Dios amparaba con tanta delicadeza a su pueblo, que durante el día
se transformaba en una inmensa nube (para taparles el sol), y durante
la noche en una columna de fuego (para iluminarlos en la oscuridad)
(Ex 13,21).
El Dios de los hebreos era, en verdad, sumamente práctico y experto
en cuestiones de trashumancia.
Nueva oferta religiosa
Y durante seiscientos años (entre el 1800 y el 1200 antes de
Cristo) el Dios de Israel fue un excelente acompañante y protector
del pueblo. Pero a partir del año 1200 las cosas empezaron a
cambiar. Los israelitas entraron en la tierra prometida, en Canaán,
y se encontraron con la población local, es decir, los cananeos,
mucho más evolucionados y desarrollados que ellos.
Ahora bien, los cananeos llevaban siglos instalados en la tierra, y
por lo tanto eran completamente sedentarios, conocían muy bien
la agricultura, y vivían de los frutos del campo, de las viñas
y del producto de sus ganados.
El Dios de ellos se llamaba Baal y, por supuesto, era el Dios que les
proporcionaba las lluvias, la cosecha y la fertilidad de los campos.
La forma más común con que lo representaban era la de
una serpiente, símbolo de la vida y de la inmortalidad.
Baal tenía una compañera femenina, la Diosa Asherá,
Diosa del amor y de la fecundidad. Y según las creencias cananeas,
Baal y Asherá mantenían permanentes relaciones para asegurar
la fecundidad de la tierra, de los rebaños y de los seres humanos.
Por eso todas las fiestas religiosas cananeas estaban relacionadas con
la cosecha.
La habitación de los dioses
¿Y cómo le rendían culto los cananeos a sus divinidades?
Mediante la prostitución sagrada. En efecto, al ser un pueblo
eminentemente agrícola, los cananeos pensaban que la fertilidad
del campo y el éxito de la cosecha, su principal fuente de vida,
dependían de la unión sexual de Baal con su esposa Asherá.
Y que había que reproducir, aquí en la tierra, esas mismas
relaciones, a fin de mantener la fecundidad. Para ello acondicionaban
pequeñas habitaciones al lado del templo, y allí los cananeos
actualizaban aquellas relaciones divinas, con prostitutas sagradas que
estaban dedicadas a eso en los templos.
En un principio la religión cananea no significó ningún
problema para los israelitas. Ellos tenían en claro que sólo
Yahvé era su Dios, el que los había sacado de Egipto y
los había acompañado a lo largo del desierto durante años,
cuidándolos y protegiéndolos.
Pero a medida que pasaban los años y se iban sedentarizando,
los hebreos empezaron a dudar de que Yahvé les fuera útil.
Este Dios, originario del desierto, ¿,entendería de las
lluvias, los trabajos del campo y la cría del ganado? Este Dios
solitario, sin esposa ni experiencia en la fecundidad, ¿podría
ayudarlos a ellos ahora, en su nueva tarea de agri- cultores? ¿No
sería preferible dejarlo y acudir a alguien con mayor experiencia
en materia de cosechas, como eran Baal y su esposa?
Había que actualizar a Dios
Además, la religión cananea era muy sencilla y fácil
de cumplir. Consistía exclusivamente en ceremonias rituales.
No incluía ninguna exigencia moral, ni compromiso personal, ni
conversión alguna, ni obligaba a practicar la justicia, el amor
o el respeto a los demás. Bastaba con la prostitución
sagrada, un rito mágico y supersticioso, para agradar a Dios
y obtener la bendición de las cosechas. Semejante religión
era más agradable que las duras exigencias de la Ley de Dios.
Es fácil, pues, imaginar el serio peligro que la religión
cananea comenzó a significar para los hebreos, herederos de la
austera religión de Moisés.
Fue así como, poco a poco, si bien Yahvé siguió
siendo el gran Dios nacional, a la hora de asegurar la fertilidad del
suelo y la regularidad de las lluvias empezaron a volverse hacia la
serpiente, símbolo de Baal. Comenzaron a visitar sus templos,
a participar de sus ritos, y a introducirse furtivamente en las chozas
de las prostitutas sagradas durante las grandes fiestas.
El culto a las divinidades de la fertilidad fue, durante siglos, una
permanente tentación para los israelitas. A veces con más
fuerza, otras con menos, lo cierto es que Baal y Asherá terminaron
seduciendo a los israelitas, que honraban a Yahvé, pero rendían
culto apasionado a Baal y Asherá.
Por escuchar a la serpiente
Así estaban las cosas, cuando un escritor anónimo del
siglo X decidió escribir un relato (nuestros actuales capítulos
2 y 3 del Génesis), para denunciar los peligros que estaba ocasionando
la religión cananea entre sus hermanos israelitas. Según
él, la sociedad toda (representada en Adán y Eva) debería
estar viviendo en un Paraíso. Y sin embargo vivía en medio
de injusticias, hambre, dolores, muerte.
Y la causa de todos estos males no era otra que la serpiente, la religión
cananea, que llevaba al pueblo a refugiarse en meros ritos exteriores
y a olvidar las elevadas exigencias de la Ley de Dios. A buscar la protección
de Dios y la felicidad no a través de una vida moral, justa,
honesta, al servicio a sus hermanos, sino mediante meras prácticas
fetichistas.
¿Y por qué dice el autor del Génesis que la serpiente
lleva a "comer del árbol de la ciencia del bien y del mal"?
En hebreo decir "el bien y el mal", equivale a decir "todo",
"todas las cosas". Y como una de las prácticas cananeas
consistía en consultar a los adivinos y hechiceros para conocer
las cosas futuras, algo inaudito para un buen israelita que sabía
que el futuro del hombre está sólo en manos de Dios y
no de un adivino, al pecado del Paraíso lo describe como el de
pretender "conocer el bien y el mal", es decir, todo el futuro
del hombre.
La Serpiente y Satanás
El autor del Génesis quiso referirse a los males que en su sociedad
estaba ocasionando la religión cananea. No habla de un hecho
sucedido en los orígenes de la humanidad, ni pretendía
culpar a una pareja determinada por los males que existían en
el mundo. Si presenta este pecado como cometido en los orígenes,
es para decirle a los lectores que ese pecado (el de seguir a la religión
cananea) está en el origen, en la raíz, en la base de
todos los otros males sociales. Y les advierte sobre las posibilidades
futuras (las de construir un Paraíso), que se están perdiendo
por su mal proceder.
Con el transcurso de los siglos desapareció la religión
cananea, y entonces la serpiente perdió su primitivo sentido
y pasó a ser para la mentalidad judía un símbolo
del mal, del adversario divino, del pecado.
Cuando en el exilio de Babilonia, siglos más tarde, los israelitas
conocieron la figura de Satanás o Diablo, lo identificaron con
su antiguo símbolo del mal, la serpiente del Paraíso.
Y por eso, novecientos años después del Génesis,
el libro de la Sabiduría dice sin problemas: "Por envidia
del Diablo entró la muerte en el mundo" (2,24). Ésta
es la primera vez que la serpiente del Paraíso, que en el Génesis
representaba a la religión cananea, aparece identificada con
el Diablo. Y desde entonces esta idea se popularizó entre nosotros.
También el Apocalipsis, cuando habla del Dragón (es decir,
el poder político enemigo de Dios), dice que es el Diablo y la
Serpiente (12,9; 20,2). Todo enemigo de Dios será, desde ahora,
el Diablo y la Serpiente.
Nuestra serpiente
El autor del Génesis supo encontrar una respuesta a los grandes
males de su tiempo. Descubrió que la pobreza, las injusticias
sociales, los problemas laborales, los dramas familiares, la vida misma
del pueblo, podrían ser distintas si no anduviesen detrás
de aquella serpiente.
Denunció, así, la inexcusable responsabilidad de la gente
frente a las miserias que se vivían. No era voluntad de Dios
la tragedia que envolvía a la sociedad, sino que se debía
a que los israelitas se habían volcado hacia la religión
de los cananeos. Y peor aún, ellos no parecían percatarse
ni ver la gravedad. La serpiente era una voz seductora que, sin que
el pueblo se diera cuenta, lo llevaba a abandonar la Ley de Dios, perdiéndose
en el marasmo de la magia y en una religiosidad meramente exterior y
fetichista.
Hoy el Génesis nos invita a descubrir lo mismo. A hacer una lista
de los males que nos rodean, y tomar conciencia de que también
a nosotros, subrepticiamente, se nos está colando una serpiente,
que con voz seductora habla a nuestro pueblo, a nuestra gente, a nuestros
gobernantes, a nuestros dirigentes, para alejarnos de la Ley de Dios.
Que nos lleva a construir una sociedad mezquina, de miseria, de opresión,
de injusticias, de niños abandonados, de mujeres sometidas, de
hombres sin trabajo, de corrupción social, insolidaria, mientras
nos sentimos religiosos porque practicamos devociones y ritos exteriores.
Descubrirla a tiempo es el gran desafío. Para desenmascararla,
para no escucharla más. Para que por fin amanezca el Paraíso.-