IRA NO SUBSTANCIAL. La ira, entendida como violenta exclusión de alguien, es ajena al Ser único de Dios. Imagen: Dante y Virgilio en las puertas del Infierno (por William Blake).

El absoluto de la misericordia:
La ira de Dios

por Antonio Bentué. Doctor en Teología

Publicado originalmente en El Mercurio, 25 de noviembre de 2001

 

La primera reacción suscitada por un enunciado como éste - "la ira de Dios"- es que se trata de un antropomorfismo. En efecto, la "ira" forma parte del ámbito propio de los sentimientos humanos. Por eso, las proyecciones religiosas en dioses que actúan con pasiones humanas, potenciadas al infinito, se encuentran en las más diversas culturas. Así, en la tradición hindú, Indra, dios supremo del panteón védico, se identifica como el dios del rayo y de la tempestad que, impulsado por su ira, puede provocar terribles destrucciones. Algo similar ocurre con Zeus, en el panteón griego, y con otras muchas divinidades de otras tantas tradiciones culturales. En igual perspectiva, a menudo, suelen también interpretarse como enojo o castigo divino los desastres de la naturaleza o los acontecimientos bélicos desencadenados por la locura humana, recurriendo a ritos penitenciales con el fin de "apaciguar" la ira de Dios. Sin embargo, dentro de las tradiciones religiosas semitas más cercanas a nosotros - judaísmo, cristianismo e islam- , su más depurado concepto monoteísta las lleva a evitar, o incluso a prohibir, "imaginarse" a Dios, dado que es Dios y no mundo, sin que ninguna realidad mundana puede resultar adecuada para expresar la transcendencia divina.

Por eso, el judaísmo incluyó en la Torah la prohibición de "nombrar" a Dios (Ex 2,7), para evitar, así, la profanación de su Ser transcendente. Debido a ello, la conquista israelita de Canaán fue realizada a sangre y fuego, condenando a todos sus habitantes al anatema, sin perdonar siquiera la vida de mujeres ni de niños (Nm 31,15-17). Por su parte, el cristianismo, a pesar de centrar su fe en la encarnación del Verbo en Jesús de Nazaret, tiene también muy claro que "a Dios nunca lo ha visto nadie" (1 Jn 4, 12). De ahí que la relación entre la ira expresada por Jesús y la "ira de Dios" obliga siempre al salto "analógico" del lenguaje teológico. Asimismo, según el Corán, Alá debe ser plenamente respetado en su única transcendencia divina; y su "asociación" con cualquier otra imagen mundana constituye el pecado más abominable: la idolatría, o shirk. Es, pues, con ese correctivo "analógico" que deben comprenderse todas las imágenes bíblicas, y también coránicas, del Dios "airado" precisamente cuando el hombre no aplica esa "analogía", identificándolo con imágenes mundanizadoras de su transcendencia.

 

La ira no es sustancial

La "ira de Dios" aparece interviniendo, desde el mismo comienzo de la Biblia, con el relato del diluvio universal, que utiliza el antiguo mito mesopotámico de la epopeya de Guilgamesh. Así, pues, una vez que Dios había creado el mundo entero, con todas sus cosas, animales y seres humanos, y de haber constatado que todo era muy "bueno" (Gn 1,2 ss), el hombre pretendió erigirse autónomamente como el mismo Dios, convirtiendo la libertad en trampa de su perversión (cf.Gn 3, 22-24). Ello fue provocando la ira divina, hasta que "profundamente afligido, Dios dijo: Borraré de la superficie de la tierra a los hombres que he creado; a los hombres, a los animales, reptiles y aves del cielo, pues me arrepiento de haberlos creado" (Gn 6,7). De esta manera, la ira de Dios se muestra como íntimamente vinculada a la "aflicción" divina. Según ello, a Dios le duele ejercer su ira. Quiere el ser y la vida, no la nada y la muerte. Sin embargo, después que, por su Espíritu, había hecho surgir el ser, de la nada caótica (Gn 1,2), ahora, lleno de ira por el comportamiento humano culpable, y arrepentido de haberlo creado, decide retirarle su Espíritu, decretando que todo vuelva al caos originario, con el diluvio. Pero el contenido más propio del monoteísmo judeo-cristiano, y también coránico, consiste en identificar la única substancia divina con el amor, lo cual constituye el núcleo más profundo de la revelación. La Biblia intenta definir esa substancia absoluta con el término hebreo hen, que la versión griega del Antiguo Testamento traduce siempre por jaris ("jaridad"), cuyo significado es, propiamente, "amor gratuito". La "ira" no es, pues, substancial en Dios, sino que constituye sólo un "atributo" que debe ser siempre comprendido desde la perspectiva de aquel "amor", como única substancia divina.

Así, después de un acucioso análisis crítico del tema, a lo largo de toda la Biblia, el exegeta Bonnetain concluye: "El amor no es simplemente un atributo de Dios entre otros: si Dios se ha revelado en Cristo y si en él ha revelado su amor y nada más que su amor, es porque el amor constituye su naturaleza". Por su parte también, todas las Suras del Corán comienzan con la solemne invocación conocida como "Basala": En nombre de Alá, el indulgente (al-Raham), el misericordioso (Rahum). La raíz RHM, tanto hebrea como árabe, significa propiamente "entraña" o "seno materno", lo que da a ese término una connotación teológica aún más profunda. Dios, o Alá, es un gran "seno", acogedor de todas sus creaturas, sin abortar ninguna. Por lo mismo, la ira, entendida como violenta exclusión de alguien, es ajena al Ser único de Dios. De ahí la "incomodidad" expresada por el Dios, el que está "profundamente afligido" (Gn 6,7), al verse entonces forzado a retornar a la nada a sus creaturas.

Siguiendo el relato del Génesis, esa "aflicción" lo llevará, después, a arrepentirse de su propia ira, conmovido por la plegaria de Noé, una vez terminado el diluvio: "El Señor aspiró el suave olor y se dijo: No maldeciré más la tierra por causa del hombre, porque los proyectos del hombre son perversos desde su juventud; jamás volveré a castigar a los seres vivientes como lo he hecho" (Gn 8,21).

 

La cólera de Moisés

Por otro lado, el término hebreo Hesed, con que se expresa la misericordia de Dios, determina, a su vez, la cualidad fundamental del "fiel" o piadoso conocedor de Dios: el Hasid. Dado que Dios es "Hesed", sólo lo conoce realmente el "hasid". Y el evangelio de Lucas recoge esa misma expresión, poniéndola en boca de Jesús: "Sean, pues, misericordiosos, como su Padre es misericordioso" (Lc 6,36).

Así, pues, toda concepción de la ira divina que se desvincule de la misericordia resulta una proyección idolátrica, en Dios, de nuestra propia rabia, y no refleja para nada su Ser propio: "No desencadenaré todo el furor de mi ira, no destruiré del todo a Efraim, porque yo soy Dios, no soy un hombre" (Os 11,9).

Quizá uno de los textos bíblicos más ilustrativos de esa diferencia, entre Dios y el hombre, es el pasaje del "becerro de oro" (Ex 32), con la profunda corrección establecida más adelante por el mismo Dios (Ex 34). Cuando Moisés parece haber desaparecido, durante cuarentadías, en la montaña del Horeb, el pueblo, hambriento y sediento, en pleno desierto, recurre desesperadamente a un poder protector, construyendo la imagen del becerro de oro, como símbolo divino de la fecundidad, al que habían probablemente recurrido ya antes en el santuario de Memfis, donde se veneraba al toro sagrado, Apis. Incluso el sacerdote Aaron parece comprender el problema, como un recurso desesperado propio de la "religiosidad popular", colaborando él mismo en la fabricación de la imagen. Pero al descender Moisés con las dos tablas de la Ley y "ver el becerro y las danzas rituales, su ira se desató, arrojó las tablas y las rompió al pie de la montaña. Agarró el becerro... y lo quemó, reduciéndolo a cenizas; las mezcló con agua y obligó a los israelitas a que se lo bebieran"; luego, llamando a los levitas les ordenó "ejecutar a todos los culpables, incluso a sus propios hermanos, amigos o parientes... Y aquel día fueron ejecutados unos tres mil hombres del pueblo" (Ex 32, 18-20 y 27-28).

La cólera violenta de Moisés contra su propio pueblo es presentada, ahí, como fiel ejecución de la ira divina. Si bien, dentro de esa misma brutalidad, el texto muestra también la "aflicción" de Moisés, como reflejo de aquella "aflicción" divina, experimentada en el corazón mismo de su ira: "Te ruego que perdones su pecado; si no lo haces, bórrame del libro donde tienes inscritos a los tuyos" (Ex 32,32). Pero el correctivo de la ira del Dios bíblico, subordinándolo a su Ser misericordioso, es notablemente destacado a continuación, después que Moisés pide a Dios que le muestre su "Gloria" (Shekiná). Gloria que es la misma presencia transcendente de Dios, inaccesible como tal a ningún ser humano. Es entonces cuando, con una formulación notable por su simplicidad mística, Dios le contesta: "Yo mismo haré pasar delante de ti todo mi esplendor... Ahí tienes un sitio junto a mí, puedes ponerte sobre la roca; cuando pase mi Gloria, te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con la palma de mi mano hasta que yo haya pasado; y al retirar mi mano, me verás de espaldas, pues de cara nadie puede verme" (Ex 33,19 y 21-23).

En ese "paso" divino hay, tal vez, la teofanía más profunda de todo el Antiguo Testamento y una de las más sublimes de la historia religiosa del hombre:

"Entonces pasó Yahvé delante de Moisés clamando: Yahvé, Yahvé, Dios clemente (Rahum) y gratuito (Hannun/ de Hen), muy paciente, lleno de misericordia (Rab Hesed) y fiel (Emet/Amén)".

A la luz de esa revelación del Ser de Dios, la ira anterior de Moisés pierde legitimidad, como pseudoexperiencia de Dios, al ser confundida con la rabia puritana de Moisés. El texto, en apariencia, termina con una frase desconcertante: "que perdona la iniquidad, la maldad y el pecado; pero que no los deja impunes, sino que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación" (Ex 34, 6-7). La aparente contradicción entre, por un lado, la misericordia que perdona y, por el otro, la ira que mantiene un castigo permanente, refleja, sin embargo, aquella misma paradoja entre ira y "aflicción" divinas. Ese castigo de la iniquidad durante tres generaciones no pretende acentuar la violencia mantenida contra los culpables, sino su moderación, limitándola únicamente hasta lo que puede alcanzar la vida del culpable (los biznietos) y no más; rompiendo, de esa manera, el carácter crónico de las enemistades transmitidas sin fin. Se trata de una perspectiva semejante a la de la fórmula: "Ojo por ojo y diente por diente", la cual no constituye tampoco una ley de ira vengativa, sino de limitación de la venganza; nadie, por mucho poder que tenga, debe responder con mayor violencia que la recibida: sólo un ojo por un ojo, y no dos por uno, corrigiéndose, de esta manera, lo que provocaría el instinto meramente vengativo. Y Jesús llevará esa corrección hasta el extremo, inspirado en su profunda experiencia del ser divino:

"Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no se venguen de quien les hizo mal; al contrario, a quien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra... Habéis oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo; pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, puesto que así serán hijos de su Padre que está en los cielos" (Mt 5, 38 ss).

La ira de Jesús, quien, para la fe cristiana, es el rostro visible del Dios invisible, aparece precisamente ejercida en contraposición frente a los puritanismos religiosos, que marginan a las personas a quienes consideran "transgresores de la Ley" y, como tales, merecedoras de la ira divina. Y esa ira de Jesús contra el puritanismo cobra a menudo la forma de una pedagogía dura y provocativa: "¡Ay de Ustedes, maestros de la Ley y fariseos hipócritas! Cierran a los hombres el Reino de los cielos. Y no entran Ustedes ni dejan entrar a quienes lo querrían" (Mt 23, 13 ss); o bien: "¡Les digo en verdad que los publicanos y las prostitutas los preceden en el Reino de los cielos!" (Mt 21, 31). Es el mismo tipo de ira que lo llevará a desalojar a los cambistas y negociantes del Templo, criticando el culto religioso usado como un medio de lucro para sus dirigentes: "¡Ustedes lo han convertido en una cueva de ladrones!" (Mt 21, 13). Y muestra una actitud semejante en la conclusión de la parábola del empleado, sin ninguna misericordia para con su compañero en problemas: "Estaba tan airado el patrón (Dios), que lo entregó a la justicia hasta que pagara toda su deuda". Y Jesús terminó con estas palabras: "¡Así hará mi Padre celestial con Ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos!" (Mt 18, 34-35). En definitiva, lo que provoca la ira divina es, pues, la dureza del corazón del hombre frente a los hermanos en necesidad: "Malditos, aléjense de mí, vayan al fuego eterno... porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber; era forastero y no me recibieron en su casa; sin ropa y no me vistieron; estuve enfermo y encarcelado y no me visitaron" (Mt 25, 41-43).

Se trata del criterio o "juicio final", que recoge la tradición profética y apocalíptica, anterior a Jesús, del "Día de la ira" (dies irae) (Sof 1,15 ss), y que retomará también el Corán en múltiples pasajes (cif., por ejemplo, Corán, IX, 17; XXIV, 57). Aunque la peor amenaza de ira divina y, al mismo tiempo, el criterio o juicio más definitivo para la condenación, se encuentra, probablemente, en aquel texto misterioso, y a la vez clarificador, que la tradición evangélica pone en boca de Jesús: "Por eso yo les digo que se perdonará a los hombres todo pecado y toda blasfemia; pero la blasfemia contra el Espíritu no se les perdonará. Al que diga algo contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que lo diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro" (Mt 12, 31-32). Puede que, en efecto, el hombre Jesús, o más aún, la Iglesia sean vistos como obstáculos (cf. Gs n. 19) para que, de buena fe, alguien pueda reconocer ahí la irrupción de Dios. Y ello es perdonable, de acuerdo con lo que más tarde la misma Iglesia Católica enseñará como el respeto debido a la "libertad religiosa", decidida en conciencia. Juan, por su parte, identifica esa buena fe con el reconocimiento del Hijo, en la medida en que constituya una experiencia diáfana e ineludible de Dios:

"El que cree en el Hijo tiene la vida eterna; pero quien no lo acepta (de mala fe) no tendrá esa vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él" (Jn 3, 36). Sin embargo, "Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él" (Jn 3, 17). Y San Pablo complementa: "Porque Dios no nos ha reservado para la ira, sino para la salvación" (1Te 5,9), de manera que, "justificados por Él, seremos salvados de la ira" (Rm 5, 9).

Por eso, ante los signos de la inminencia del fin de cualquier vida humana, Jesús invita a abrirse a la esperanza: "Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza, pues se acerca su liberación definitiva" (Lc 21, 28).

Así, pues, la "ira de Dios" es una forma antropomórfica de expresar el absoluto de su Misericordia, desde la cual el Dios-Padre reacciona, airado, contra la ceguera que se cierra al misterio sorprendente de su designio universal de Gracia.