Detalle del monumento erigido en Campo de'Fiori en Roma, obra del escultor Ettore Ferrari.

La Cosmología de Giordano Bruno

por Gabriel Rodríguez Jaque
Presidente de la Asociación Chilena de Astronomía y Astronáutica (Achaya)

Publicado originalmente en El Mercurio, 15 de febrero del 2000

 

En los albores del siglo XVII, más precisamente el 17 de febrero de 1600, hace justamente cuatro siglos, un hombre de 51 años, acusado de hereje ante la Inquisición, era inmolado en una hoguera en un rincón del Campo dei Fiore en Roma. Trescientos años después, en 1899, un monumento se levantaría en el lugar para recordar el martirio de Giordano Bruno, que entregó su vida por no renunciar a su verdad. Hoy, las últimas investigaciones astronómicas confirman, por métodos indirectos pero seguros, la existencia de más de 25 planetas girando en torno a otros tantos soles como el nuestro. Es el universo imaginado por Giordano Bruno hace 400 años.

¿Cómo ese hombre llegó a una convicción tan cabal como para soportar un encarcelamiento por casi ocho años y el juicio consiguiente sin desdecirse de sus afirmaciones en cuanto a la infinitud del universo con lejanos soles, en torno a los cuales debería haber planetas como la Tierra girando a su alrededor? ¿Qué razones le hacían creer aquello, cuando no fue un experimental como Galileo, ni un matemático como Kepler, ni un observador minucioso como Tycho Brahe?

Para entender tan heroica actitud e incluso las razones que tuvo la Inquisición para tan severa determinación hay que desnudarse de los conocimientos de hoy y situarse en los revolucionarios tiempos que corrían por los años 1600, luego que el alba empezaba a iluminar las mentes del mundo occidental tras los oscuros siglos de la Edad Media, dominados casi sin contrapeso, desde hacía mil 800 años, por las ideas del estagirita Aristóteles.

Giordano Bruno nació en Nola, pueblo ubicado al este de Nápoles, en 1548, sólo cinco años después de la muerte de Copérnico. Joven toma los hábitos de los predicadores dominicos cambiando su nombre de pila Filippo por el de Giordano. Estudia la filosofía oficial de Aristóteles y la teología de Santo Tomás. Ayudado por su extraordinaria memoria y viva inteligencia se convierte en un hombre de mucha cultura, que añadido a una personalidad fuerte y aguda, aunque de espíritu atormentado, pronto lo hacen blanco de severas críticas. Diez años más tarde (1576) debe abandonar la orden por conflicto con sus superiores, iniciando una vida solitaria y errante. Su actitud polémica y a su vez su condición de gran polemista le marcó su vida y su fin.

En aquellos tiempos, grandes acontecimientos remecían al mundo. Hacía cosa de medio siglo que se había descubierto América, y algo menos que la expedición de Magallanes había circunnavegado la Tierra. Una fiebre de descubrimientos y conquistas ocupaba la atención del mundo. La invención de la imprenta había generado una explosión de difusión de las ideas y la Iglesia había sufrido el quiebre más importante de su historia con Lutero y Calvino. La Inquisición parecía ser el mecanismo para atajar tanta liberalidad.

Bruno deja Italia para viajar a Francia, Inglaterra y otros países de Europa. En París da clases nada menos que al rey Enrique III. El embajador francés en Londres, Michel de Castelnau, lo protege y durante dos años frecuenta los círculos culturales ingleses en la corte de Isabel I. Allí publicó sus mejores obras, entre las cuales se cuenta su visión cosmológica "Del Universo infinito y los mundos" (De l'infinito universo et mundi), Londres, 1584. Por momentos, más poeta que filósofo, más filósofo que astrónomo o matemático, aventura ideas que no puede demostrar, pero que intuye con la luz propia del genio. Adhiere, tanto como lo haría después Galileo, a la teoría heliocéntrica de Copérnico, con mayor vehemencia que el propio polaco. Y va más lejos argumentando que la última esfera, la de las estrellas fijas, prácticamente no existe, pues tales estrellas ocupan un espacio infinito mucho más allá de la esfera de Saturno (el último planeta conocido), estando tan distantes, que, siendo soles, no se aprecian como tales, sino como estrellas, y que muchas de ellas teniendo planetas, por la misma razón de distancias no es posible captarlos con nuestros sentidos. ¡Genial intuición! Y no se queda allí: aventura que esos planetas deberían ser similares a la Tierra poblada de toda clase de seres.

Su obra "Del universo infinito y los mundos" se desarrolla, como era costumbre en esa época, en forma de diálogo entre varios personajes, uno de ellos Filolao, que representa al propio Giordano, y otros tres amigos, Elpino, Francastoro y Burquio, que son todos, cuál más cuál menos, aristotélicos. Primero demuestra que el universo es infinito y como tal no tiene centro, o mejor dicho, cualquier punto es su centro (la Tierra, pues, no tiene por qué ser el centro del mundo). Luego infiere que las estrellas no son más que simples soles cuya lejanía impide apreciarlos como tales. Y si son soles deberían tener tierras como la Tierra y esas tierras estar pobladas a similitud de la nuestra. Hasta aquí su cosmología "materialista" porque de ella deduce, vale decir, de su infinitud, que Dios tiene que ser aún más infinito porque la infinitud del universo no puede estar fuera de Dios. Aquí es donde empieza a entrar en franco conflicto con la teología de la Iglesia y es, sin duda, lo que sella su suerte.

Bruno tuvo grandes aciertos en su pensamiento, pero también grandes errores. ¿Quién no los tiene? ¿Acaso Newton no perdió el tiempo haciendo alquimia en busca de la piedra filosofal o Kepler ajustando la trayectoria de los planetas dentro de cuerpos geométricos o Einstein introduciendo una constante inútil en sus ecuaciones?

Creo que se debe un reconocimiento mayor a este genial hombre. Aparte del modesto monumento de la Plaza de las Flores en Roma, un cráter de la cara oculta de la Luna lleva su nombre. Sería más justo que algún astrónomo actual, afanado en descubrir planetas extrasolares (tema que a muchos los tiene entusiasmados), proponga bautizar con el nombre de Giordano Bruno a algún planeta que se logre identificar por un método directo. Ese día no está lejano.-

 

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