Citar como: http://www.puertachile.cl/teologia/2005_titiritero.htm

 

Dios no es un titiritero

por Giles Fraser

Publicado originalmente en inglés por Ekklesia, 31 de enero de 2005

Traducción de Felipe Elgueta Frontier

 

En más de 10 años que llevo como clérigo, soportando funerales desgarradores y estando cara a cara con muchas tragedias humanas, a nadie le haya parecido adecuado preguntarme cómo es que Dios y el sufrimiento pueden co-existir.

 

 

Las iglesias generalmente se repletan cuando hay un funeral de un bebé.

Pero este funeral contó con sólo cuatro afligidos participantes: la joven madre, su mejor amiga y las dos hermanas del bebé.

Por alguna razón, no hubo un círculo más amplio de familiares y amigos que ofreciera su apoyo emocional. El diminuto ataúd parecía aún más pequeño en el gélido espacio vacío de mi iglesia anglo-católica. La sangre escurría desde el brazo de la madre. Presa de una total desesperación, había usado un cuchillo para grabar el nombre de su hijo en su brazo justo antes del servicio religioso.

Aquella noche, y durante varias semanas, perdí la fe. La teología de Oxford no me había preparado para las realidades de la vida parroquial en la zona minera de Inglaterra. Pensé en W.H. Auden: “¿Fue para encontrarnos con tan irónica evidencia que abandonamos la deliciosa fragancia de nuestra ignorancia? ¿Acaso será ésta la triunfal respuesta? La senda del peregrino ha desembocado en el abismo”.

Desde entonces, he tomado interminables cursos de pregrado sobre el llamado “problema del mal”. Si Dios es todopoderoso y amoroso, ¿cómo puede existir el sufrimiento? Los ensayos más difíciles de tragar son aquellos que buscan algún ingenioso truco lógico para salvar a Dios de esta incómoda situación, como si el clamor del sufrimiento humano pudiera tratarse como un fascinante cubo de Rubik filosófico que requiriera de una inteligente solución. Dichas "soluciones" incluyen: que el universo está organizado como una especie de escuela espartana de dimensiones cósmicas en donde el sufrimiento nos hace mejores personas. O que, sin el sufrimiento, nuestra realidad se convertiría en una especie de mundo de juguete en donde nada tendría peso moral. O que (aunque ustedes no lo crean) los demonios son los responsables, no Dios. Desde luego, ninguna ellas sirve, y uno debe cuestionar la salud moral de quienes, ante una gran tragedia, se preocupan únicamente de proporcionarle a Dios alguna dudosa coartada.

 

Dios con nosotros

Así que, ¿por qué sigo siendo cristiano? Pues, en parte, porque el problema intelectual del sufrimiento no describe con exactitud la realidad del dolor humano ni cómo respondemos a él. Es decidor el hecho de que, en más de 10 años que llevo como clérigo, soportando funerales desgarradores y estando cara a cara con muchas tragedias humanas, a nadie le haya parecido adecuado preguntarme cómo es que Dios y el sufrimiento pueden co-existir. Sí existe aquella candente pregunta acerca del "porqué" (y a veces irrumpe con gran amargura), pero no es tanto una pregunta académica, sino más bien un clamor desesperado. No es el tipo de sufrimiento que se pueda transar como una mercancía intelectual en algún debate entre ateos y creyentes. Y, lejos de ser una razón para que la gente se aleje de Dios, muchos encuentran que es precisamente el lenguaje de Dios el único que alcanza a expresar su dolor y aflicción, e incluso su rabia.

Tal como lo señalara Rowan Williams, citando a uno de sus antecesores en el cargo de Arzobispo de Gales, el cual había perdido un hijo: “Todo lo que sé es que las palabras que leo en mi Biblia acerca de la promesa que hizo Dios de estar siempre con nosotros nunca han perdido su significado para mí. Y ahora tenemos que trabajar en el nombre de Dios mirando hacia el futuro”.


Una imagen del Hijo de Dios desprovisto de todo poder
en un pesebre en Moscú.

 

 

Pero esto no le ofrece a la cosmovisión cristiana una protección ilimitada ante la violencia destructiva de un tsunami. Los cristianos no pueden seguir hablando de la oración como si fuera una forma alternativa de lograr que se arreglen las cosas en el mundo, o del poder divino como si Dios fuera el titiritero del universo. Lo que es tan aterrador acerca del relato cristiano de la Navidad es que no nos ofrece nada más que la protección de un bebé vulnerable; de un Dios tan patético, que es necesario que nosotros lo protejamos a él. La idea de un Dios omnipotente que puede calmar el mar y derrotar a nuestros enemigos resulta ser parte de aquella gran fantasía de poder que ha corrompido a la imaginación cristiana durante siglos. En lugar de ello, los cristianos están llamados a reconocer que la esencia del ser divino no es poder sino compasión y amor. Y es este amor, y sólo este amor, el que desafía a las tinieblas susurrándome: todo estará bien, todas las cosas van a salir bien.-

 

 

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