Estamos en tiempo de Pentecostés. Es el tiempo del Espíritu derramado sobre la Iglesia. Pero del Espíritu que proyecta la Iglesia como Misión de Dios en el mundo para proclamar el advenimiento del Reino de Dios. Es importante que no perdamos de vista esta perspectiva. Porque, de lo contrario, habremos limitado la presencia y la acción del Espíritu a un acontecimiento solamente intraeclesiástico, y no es así. La Iglesia surge como comunidad misionera en el tiempo nuevo, después de la Pascua de Jesucristo, para proyectarse al mundo (Hechos 2). El Espíritu que mueve esta Iglesia se propone hacer nuevas todas las cosas. En Pentecostés hay un nuevo Génesis, una nueva creación. Dios quiere hacer todo nuevo a partir del Cristo Resucitado, cuyo Espíritu anida en la Iglesia. Para no divagar demasiado en cuanto a lo nuevo que el Espíritu quiere hacer en el mundo de hoy, hablemos de nosotros. Hablemos de lo que el Espíritu quiere hacer en nuestro país. Tomaremos, a manera de ejemplo, tres aspectos que nos parecen importantes.
Nueva Creación
El Espíritu quiere hoy recrear la creación de Dios tan deteriorada por la mano del ser humano. La nueva economía (economía de mercado) que hoy impera en todo el mundo, fue saludada como la panacea que solucionaría muchos de los problemas que sufre hoy la humanidad. Especialmente solucionaría el problema de la pobreza. Sin embargo, si bien es cierto hay mejoras en algunos sentidos, los beneficios derivados de la producción no han llegado todavía con equidad a todos los sectores sociales. Los pobres, especialmente los más pobres, siguen esperando. Nuestro país es un ejemplo de esta situación. Los pobres siguen esperando que la profecía de Isaías se cumpla en ellos (Isaías 65:17-25). Pero no sólo los seres humanos necesitan que el Espíritu renueve la Creación. También nuestros campos de cultivo, nuestros bosques, los sectores mineros, la ganadería y otros, esperan ser respetados y explotados racionalmente, La nueva economía crece merced a la producción altamente tecnificada y acelerada, a fin de competir en el mercado y satisfacer el consumismo debidamente estimulado. Este proceso acarrea la explotación indiscriminada de los bienes de la naturaleza. De esa naturaleza nuestra que, al decir de Pablo, gime, está en dolores de parto y espera su redención (Romanos 8:22-23). ¿Podemos quedar impávidos frente a esta injusta situación que deteriora la Creación de Dios en nuestro país? ¿Qué quedará de aquel mar que tranquilo nos baña? ¿qué del cielo azulado? ¿del puro Chile? ¿Tendremos “futuro esplendor” si no dejamos que el Espíritu venga a renovar su Creación?
Nueva Humanidad El Espíritu Santo quiere hoy recrear en nuestro medio, una nueva humanidad. El tema de los DD.HH. ha sido una constante entre nosotros, especialmente en lo que se refiere a los derechos de las personas. Ha sido y es una bandera de lucha contra la muerte fraticida en nuestro país y en otros. Cuando Pablo decía “aquel que está en Cristo, es una nueva creatura” (II Cor. 5:17) estaba hablando precisamente de la necesidad de recrear una nueva raza de chilenos. Una raza más humana y guiada por el Espíritu de Dios. Porque cuando el verdadero Espíritu de Dios anida en el ser humano, las relaciones son diferentes. Entonces no hay perseguidores y perseguidos. No hay unos que torturan, explotan, hacen desaparecer o matar a otros. Cada cual ama a su prójimo como a sí mismo (Levítico 19:18; Marcos 12:31). Más bien impera la regla de oro en las relaciones humanas (Lucas 7:7-12), es decir, hacer a otros como quisiéramos que hicieran con nosotros. Tal vez esto pueda parecer una utopía, pero sin embargo es un desafío para nosotros. El profeta Ezequiel esperaba que esto aconteciera cuando decía de la voluntad de Dios: “pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y guardéis mis preceptos y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:27). Esta nueva humanidad en el Espíritu de Dios, nos lleva a mirar más allá de nuestras fronteras, de tal manera que realmente sea nuestro país el lugar del “asilo contra la opresión”. Un país de hermanos y hermanas; de niños, jóvenes, adultos y ancianos, en medio de los cuales, el Espíritu recree una nueva humanidad (Joel 2:28).
Iglesia renovada El Espíritu quiere hoy, como siempre lo ha querido, renovar la Iglesia. Porque, sin una Iglesia renovada y siempre renovándose, todo lo anterior no es posible. El Espíritu Santo fue dado a la Iglesia, y esto es una espada de doble filo. Por un lado, constituye un privilegio, pero por otro encierra una tremenda responsabilidad. Porque la renovación de la creación aguarda, al decir de Pablo, “la manifestación de los hijos de Dios” (Romanos 8:19), espera a aquellos que tienen “las primicias del Espíritu” (Romanos 8:23). La nueva creación que el Espíritu quiere hacer entre nosotros pasa, necesariamente, por la Iglesia, por su testimonio, por su acción pastoral. Y no se puede propiciar la renovación si, a su vez, quien es responsable de llevarla adelante no se renueva a sí misma. Por eso la Iglesia –nuestra Iglesia chilena– necesita tener, antes que nada, buen oído para oír “lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 2:7). Y, a propósito de “iglesias”, el Espíritu quiere una Iglesia, un Cuerpo, un Espíritu y una misma Esperanza (Efesios 4:4). La celebración de la “Semana de Oración por la unidad de los Cristianos” entre Ascensión y Pentecostés, es un esfuerzo de cada año por expresar esa intención de que un mismo Espíritu sople sobre todas las iglesias. Una Iglesia renovada, que vive por el Espíritu, será hoy entre nosotros una Iglesia sensible a las necesidades humanas, que defiende a los débiles, consuela a los afligidos y denuncia, cual profeta, la injusticia. Invoquemos la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, para que, a través de ella, podamos alcanzar el nuevo cielo y la tierra nueva que anhelamos (Apocalipsis 21:1).-
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