Citar como: http://www.puertachile.cl/teologia/2005_pasion.htm

 

Pasión de Cristo, pasión del hombre

Editorial de Revista Mensaje, abril de 1977

 

La editorial que reproducimos a continuación fue escrita en los primeros años del régimen militar, cuando los organismos de represión del gobierno de Pinochet intentaban silenciar violentamente a la oposición. La situación política es muy distinta en el Chile de hoy, pero el valiente llamado de la revista católica no pierde su vigencia y universalidad.

Puerta del Rebaño, Pascua de 2005

 

La Iglesia toda, reunida en oración, vuelve a proclamar ante el mundo que Jesús de Nazaret ha resucitado de entre los muertos. La noticia golpea los teletipos y la prensa publica múltiples fotografías del Santo Padre, Obispos y fieles de diversa lengua, raza y nación, que celebran el sacramento de la Pascua del Señor. Sin embargo, a pesar de que esta buena noticia de salvación se realiza hoy entre nosotros, no todos han comprendido que la muerte ha sido vencida de una vez y para siempre y que Jesús, constituido en Señor y Cristo, ha resucitado al hombre desde lo profundo de su sepulcro.

Para comprender la noticia que supera con creces las expectativas humanas, es necesario fijar la mirada en el crucificado y escuchar al Espíritu que, en nosotros, dé testimonio de su Resurrección. Así lo hace Melitón, uno de los padres de la primitiva Iglesia:

 

"Si quieres, pues, contemplar el misterio del Señor, has de mirar

a Abel que fue asesinado como Él,

a Isaac, que fue atado como Él,

a José que fue vendido como Él,

a Moisés que fue expuesto como Él,

a David que fue perseguido como Él,

a los Profetas que padecieron por Cristo como Él.

Él es el que vino de los cielos a la Tierra por causa del que sufría,
y se revistió de éste mediante las entrañas de una virgen,
presentándose como hombre.

Él tomó sobre sí los sufrimientos del que sufría
al tomar un cuerpo capaz de sufrir,
y destruyó los sufrimientos de la carne
dando muerte a la muerte homicida
con su espíritu que no puede morir".

 

Pero este misterio no sólo llama a contemplar el pasado; invita también a contemplar el presente para asumir una actitud consecuente y gustar el triunfo de la propia resurrección.

Si quieres, pues, contemplar al Señor -podríamos añadir- has de mirar a quien padece hambre y no puede trabajar; a quien enferma y no tiene derecho a la salud; a quien es despreciado porque se presenta desfigurado y harapiento entre nosotros; o a quien es perseguido y maltratado por su manera de pensar. Y lo has de mirar no para saber si es digno de tu ayuda o de tu respeto, sino para ver en él -justo o pecador- la huella imborrable de su Padre y el rostro de tu Señor.

Celebrar la Pascua del Señor, en éste y en todos los tiempos, implica, pues, reconocer al hombre como lo único sagrado en este mundo para deshacer, con valentía, toda argumentación que quiera desconocer su absoluta dignidad, y denunciar todos los hechos que atenten contra su vida que ha sido rescatada por la sangre del Señor.

Pero hay más, la Iglesia celebra lo que vive y, no sólo lo que contempla. Esto cobra una fuerza renovada, cuando proclamamos Salvador a quien ha asumido los sufrimientos del hombre desde el día en que fue perseguido, por el solo hecho de nacer, hasta el día en que fue crucificado, por el solo hecho de saber amar.

Si quisiéramos, pues, imitar a Jesús de Nazaret en su pasión salvadora, no habría que imitar lo que Él tuvo que vivir para ser fiel a su misión y para asumir la condición humana hasta el extremo... Imitar la pasión del Señor significa más bien asumir nuestra propia existencia y tomar sobre nuestros hombros la pasión del hermano que gime bajo la opresión del hambre, de la persecución o de la injusticia o de la soledad, así como lo hizo Jesús de Nazaret.

Celebrar la pasión de Cristo, para resucitar con Él, es, pues, sinónimo de asumir como Él la pasión del hombre, para triunfar con Él.-

 

Artículos relacionados:

Carta Pastoral: Nueva visión para una Misión Integral

¿Quién eres Tú, Jesucristo, para nosotros hoy?

¿Por qué murió Jesús?

Weaver: Teología Anabaptista y Expiación no violenta