Nada que pertenezca a la vida humana puede quedar fuera del dinamismo con que el hombre tiene que buscar a Dios y tender eficazmente a él: “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, con toda la mente" (Lc. 10:27). Ninguna actividad en la que el hombre tenga que poner, así sea en parte, su “mente” y sus “esfuerzos” queda sustraída a la exigencia de someterse al señorío absoluto y universal de Dios, incluso si el hombre cree que no tiene que poner en ella su “alma” y su “corazón”. Quizás sea bueno partir adelantando un hecho macizo: la Biblia no tiene remilgos para reconocer la bondad de los “bienes materiales”, cuya procuración constituye la esencia misma de la vida económica. Esto cierra la puerta a toda actitud de sospecha, si es que no maniquea, para abordar el tema de la producción, distribución y consumo de tales bienes. Así como la ética sexual cristiana se basa en la valoración positiva del sexo, también la ética económica cristiana se basa en la valoración positiva de los bienes económicos. La ética de la Biblia es social en el sentido de que la mayor parte de sus directivas se refieren a las responsabilidades del individuo frente a los otros y a la comunidad, condenando, para siempre y sin apelación, todo intento de determinar el valor de una vida por la sola religiosidad y el cumplimiento de actos cultuales, Pero la sociedad que ella tiene en vista es directamente la del Pueblo de Dios, y su interés por los problemas de constitución y funcionamiento de la sociedad temporal como tal es muy tenue.
1. Aportes del Antiguo Testamento El impacto de la sedentarización
La sedentarización de las tribus israelitas en la tierra de Canaán significó un cambio enorme para la vida económica del pueblo. Su género de vida anterior (un seminomadismo) se basaba económicamente en la ganadería, que suponía cierta medida de transhumancia por las condiciones climáticas, y en el cultivo de cereales, que sólo exige unos pocos meses de estabilidad. Esta economía, que no era de subsistencia, sino que permitía algunos márgenes de comercialización, se caracterizaba por ser estructuralmente tribal y no individual (ni siquiera familiar, en sentido estricto), y por lo mismo igualitaria en sumo grado: dentro del mismo grupo tribal no cabían diferencias entre ricos y pobres, y todos compartían igual suerte, a veces buena y holgada y a veces mala y estrecha. La sedentarízación fue esencialmente correlativa al desarrollo de una economía agrícola que incluía el cultivo de árboles frutales (vides, olivos, almendros e higueras). Ésta acababa con la transhumancia, llevando a sustituir las tiendas portátiles por casas arraigadas en el suelo, y desembocaba inevitablemente en una economía individual (o, mejor dicho, familiar) y en la posibilidad de mayores diferencias en lo que toca a la cuantía de los bienes disponibles para cada familia. El código de la Alianza (Ex 20:22 – 23:19), que es el más antiguo cuerpo jurídico de Israel, proveniente del período premonárquico, reconoce y protege enérgicamente el derecho de propiedad (incluido ya en el “No robarás” del Decálogo mosaico). No sólo sobre animales u otros bienes muebles (1), sino también sobre bienes inmuebles y tierra cultivables (2). Y como operaciones económicas reconoce el depósito (3), el préstamo de animales y de dinero (4) y el préstamo prendario, introduciendo respecto de este último límites de carácter humanitario (5). El Código conoce el préstamo con intereses, pero lo excluye entre los miembros del pueblo. Pero la desigualdad debida al inevitable enriquecimiento de unos y al empobrecimiento de otros, fue percibida por la conciencia de Israel como atentatoria contra la esencia misma del Pueblo de Dios. Y es así como en el mismo Código de la Alianza se toman diversas medidas tendientes a impedir que el empobrecimiento de algunos adquiera carácter permanente en la sociedad israelita (6) y a prevenir sus peores consecuencias: el hambre (7), la explotación económica (8) y la opresión judicial (9). Esto quiere decir que la primera reacción de la conciencia de Israel frente a un cambio económico fue de preocupación por el deterioro de la condición social de algunos. Esto era percibido como incompatible con la igual dignidad de miembros de un pueblo vinculados por una “Alianza” cuyo garante era Yahveh, el Dios de la confederación; Alianza que creaba entre todos una tupida red de derechos y deberes recíprocos, cuyos elementos más sobresalientes eran la “justicia”, la “lealtad”, la “solidaridad” y el “juicio” o el “derecho”.
El período monárquíco y la crítica profética
A pesar de las disposiciones del Código de Alianza, el fenómeno de la pobreza llevó de hecho, sobre todo después del establecimiento de la realeza, a la constitución de verdaderas clases sociales y a la consolidación de un estado de cosas en que la situación de los pobres se hizo extremadamente precaria al quedar la administración de la justicia en manos de los terratenientes. Los profetas previos al exilio denunciaron tales hechos como una injusticia flagrante, de la cual los pobres (o, mejor dicho, los empobrecidos) eran las víctimas inocentes, y los ricos (o, mejor dicho, los enriquecidos), los culpables por su ambición desmesurada y por sus abusos opresores. La existencia de los pobres no era, pues, para los profetas, un hecho natural o neutro, resultado inevitable de las vicisitudes económicas, sino el producto de una explotación injusta. De aquí que el concepto mismo de “pobre” pasara, en el hebreo del A.T., a designar a todos los que padecen violencia e injusticia sin poderse defender. Y así el concepto opuesto al de “pobre” es el de “opresor” o “violento”, es decir, el de “explotador”. Por eso, la denuncia profética no pudo impedir que la situación se mantuviera y aun se deteriorara. Y así se explica que el “Código deuteronomista” (Dt. 12 - 26), tan visiblemente vinculado con el espíritu de los grandes profetas anteriores al exilio, reconozca melancólicamente que, aunque “no debería haber ningún pobre junto a ti” (Dt. 15: 4), las cosas son muy diferentes, y se esfuerza por paliar en alguna medida la cruda realidad. Todo el Código deuteronomista está atravesado por la conciencia de la situación aflictiva de los desheredados (tipificados en la expresión recurrente: “el levita, el forastero, el huérfano y la viuda”). Entre las medidas que toma en favor de ellos, se cuenta sobre todo la inclusión en el año sabático de la misión de las prendas y de las deudas (Dt. 15:1-3, 7-11) y la norma de destinarles cada tres años a ellos los diezmos correspondientes al Templo (Dt. 14:28-29; 16:14).
2. Aportes del Nuevo Testamento Quizá lo primero que haya que señalar es que, a diferencia de la literatura sapiencial del A.T., el N.T. está escrito desde el punto de vista de “los pequeños”. Fue ése el mundo al que perteneció y en el que se movió Jesús: ese mundo de pequeños artesanos, cultivadores, pastores y pescadores de ambiente provinciano y aldeano, que emerge con rasgos tan vívidos y concretos de los relatos evangélicos, especialmente de las parábolas de Jesús; mundo tan cercano al de los siervos, indigentes y otros excluidos. E incluso cuando el cristianismo se hizo “urbano”, al expandirse a través del Imperio Romano, su “lugar social” fue por largo tiempo el de los estratos medio-bajos y bajos. Dos textos, uno de Pablo y otro de Santiago, son de plena claridad al respecto. Pablo, para confirmar su paradójica afirmación de que “lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios, más poderoso que los hombres” (I Cor. 1:25), apela a la experiencia de los corintios en la que se refleja y se prolonga el “estilo” del Dios de Jesucristo: “Fijaos, si no, hermanos, quiénes habéis sido llamados; no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos de noble cuna; todo lo contrario; lo que para el mundo es necio lo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte: y lo plebeyo del mundo y lo despreciable, lo que no cuenta, Dios lo escogió para destruir lo que cuenta” (vers. 26-28). Y Santiago, ante indicios de querérseles dar a los ricos honores privilegiados en la asamblea cristiana (cf. Stgo. 2:14), exclama: “Escuchad, hermanos míos queridos: ¿No escogió Dios a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman? ¡Y vosotros habéis afrentado al pobre! ¿No os oprimen los ricos y os arrastran a los tribunales? ¿No son ellos los que blasfeman del hermoso Nombre que ha sido invocado sobre vosotros?” (vers. 5-7).
El mensaje de Jesús Todo el ministerio de Jesús, y en particular su enseñanza entera, tienen que comprenderse a la luz de la misión específica que él consideraba como la única razón de ser de su vida: la misión de proclamar como una buena noticia el “acercamiento” del reinado de Dios y de darle a éste una presencia anticipada a través de su actuación y de sus actitudes. Este reinado de Dios, que irrumpe como una Gracia inmerecible, constituye para los hombres el Bien supremo y absoluto, lo único que le da sentido y plenitud a sus vidas. Por consiguiente, es lo que primero que deben buscar (Mt. 6:33) y a lo que deben estar dispuestos a sacrificar todo lo demás: posiciones, familia, lo que les es tan cercano y útil como los miembros del cuerpo, la vida misma (Mt. 10:37-39; 18:8-9). Ahora bien, en la presentación que hace Jesús de este reinado de Dios, el tema de la riqueza de los ricos y la pobreza de los pobres desempeña un papel realmente central. El rival de Dios en la vida de los hombres es para Jesús la riqueza (cuyo nombre en arameo –Mammón– fue conservado sin traducción en el griego cristiano): “Nadie puede servir a dos señores... No podéis servir a Dios y a Mammón” (Mt. 6:24). Y Jesús denuncia la falacia de poner en la riqueza la seguridad de la vida (Mt. 6:19-20; Lc. 12:15-21); falacia en la que es muy fácil que los ricos incurran, por lo que llega Jesús a su famoso dicho: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios” (Mc 10: 24). Los bienes materiales, sin embargo, siguen siendo bienes para Jesús, y no es su posesión o uso el mal, sino sólo su acumulación egoísta, como se hace patente en el simple hecho de que él exhorte a prestar el dinero sin esperanza de recuperarlo (Mt. 5:42). Y él mismo, por lo demás, no tuvo empacho en recibir servicios y atenciones de gente pudiente (Lc. 8:2-3; 10:38-42) y en mezclarse con los más odiados de los ricos: los publicanos que cobraban los impuestos para Roma, sin exigirles la renuncia a todos sus bienes (Mc. 2:14-16; Lc. 19:1-10). Si los bienes constituyen un peligro, lo que para Jesús constituye un mal incompatible con el reinado de Dios es la pobreza que sufren los pobres, que los margina de la vida social. Y es por ello que Dios quiere reinar en favor de esa masa marginada de “indigentes, afligidos y hambreados” (Lc. 6:20-21), para los cuales en primer lugar el acercamiento del reinado de Dios es una “buena noticia” (Mt. 11:5): esa buena noticia cuya proclamación constituye la misión de Jesús (Lc. 4:18). Y si él, en su discurso inaugural, declara “bienaventurados” a los “indigentes, afligidos y hambreados” (Lc. 6:20-21) es justamente porque la inminencia de la implantación del reinado de Dios traerá consigo la eliminación de los males que sufren en la situación presente.
Es muy visible que, en la actitud de Jesús frente a la riqueza de los ricos y a la pobreza de los pobres, ocupa un lugar decisivo la consideración de la fraternidad entre los hijos de Dios. Es muy sabida la importancia que él les asigna a los factores que tienden a asegurarla: el perdón sin límites, la reconciliación, la renuncia a las represalias, el servicio desinteresado, etc. Ahora, salta a la vista que la flagrante desigualdad entre ricos y pobres es un factor que impide o destruye una fraternidad vivida en serio, como se echa de ver en la parábola de Lázaro y Epulón (Lc. 16:19-31) y como lo subrayará más tarde Juan (ver I Jn. 3:17). Es reconocible, en esta actitud, la misma que estuvo presente en la Ley y en los Profetas del A.T. Esta soberana libertad de Jesús es idéntica frente a la vida económica y a las estructuras políticas o sociales, sin perjuicio de saber que en todas ellas hay una potencial dimensión demoníaca. Y no hay duda ninguna de que esta clarividencia es particularmente aguda respecto de la dinámica propia de la riqueza. Por eso, Jesús se lanza con extraordinaria severidad contra Mammón cuando éste aprisiona los corazones de los hombres, llegando así a adquirir un carácter diabólico y oscureciendo la visión clara de la voluntad de Dios, es decir, de las necesidades del prójimo. Mammón es adorado dondequiera que los hombres aspiran a la riqueza, quedan atados por ella, multiplican sin cesar sus posesiones y quieren dominar por su medio.
La actitud de la Iglesia primitiva En términos generales, podríamos decir que la comunidad cristiana mantuvo frente a la vida económica una actitud inspirada en la de Jesús, en la medida en que el contraste social determinado por la existencia de ricos y pobres siguió siendo para ella una interpretación decisiva frente a la cual no podía permanecer indiferente y que la urgía a tomar medidas concretas y eficaces. Pero hay que reconocer sin ambigüedad que las soluciones a ese desafío fueron de carácter intraeclesial, es decir, aplicadas al interior de la comunidad. El principio animador de las diferentes soluciones ensayadas fue el de la solidaridad. La unidad de los cristianos era esencialmente de tipo “comunional” y no de tipo “organizacional”. El más poderoso vínculo social era entre ellos la conciencia de tener en común, y todos por igual, “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” (Ef. 4:5-6). Si lo más esencial era tenido en común, era imposible no sentir el imperativo de tener también en común lo que era menos importante: los bienes materiales. De aquí el dinamismo que llevó a la comunidad de Jerusalén a esa experiencia que se ha llamado “comunismo de amor”: “Uno era el corazón y una el alma de la muchedumbre de los que habían creído, nadie consideraba propio nada de lo que poseía, sino que todo lo tenían en común” (Hch 4:32). Esto no fue el fruto de una decisión autoritaria y tampoco recibió una estructura o una reglamentación institucional, sino que fue todo cuestión de “espíritu” y de libre opción de cada cual. Se discute entre los especialistas si fue algo que comprometió a toda la comunidad o sólo a un grupo, y también cuánto duró. Lo que sí es cierto es que la comunidad cristiana de Jerusalén llegó a ser una comunidad caracterizada por su pobreza. El mismo dinamismo de solidaridad y de comunión inspiró otras soluciones destinadas a paliar la desigualdad dentro de las comunidades: los organismos asistenciales de carácter alimentario y hospitalario, y las colectas. La formulación de Pablo es muy significativa, cuando motiva a los corintios a ser generosos en la colecta en favor de los pobres de Jerusalén: “No se trata de que haya holgura para otros y para vosotros escasez, sino que haya cierta igualdad” (II Cor. 8:13). De nuevo vemos aparecer el criterio de la preservación o consecución de cierta igualdad social como el criterio decisivo para abordar los problemas de la desigual distribución de los bienes materiales. Ya dijimos que las soluciones implementadas por la Iglesia primitiva para la desigualdad entre ricos y pobres fueron de carácter intraeclesial. Y ello por razones de sólido realismo: los primeros cristianos eran una minoría insignificante. Su comportamiento ético no podía aspirar a la reforma social de aquel Imperio Romano. Lo más que podían pretender era plasmar una ética eclesial animada por el verdadero amor y hermandad. Pero cabe preguntarse si el pensamiento del cristianismo no reaccionó de algún modo frente a la realidad económico-social que lo rodeaba. Sin embargo, en ciertos ambientes del cristianismo ajenos a Pablo (al parecer, de modo especial en grupos palestinenses de inspiración apocalíptica) emerge con fuerza la conciencia de la injusticia enquistada en la riqueza de los ricos, y reaparece la clásica “denuncia profética”. Es así como encontramos en la Carta de Santiago un trozo que evoca los quemantes oráculos de Amós o de Isaías: “Y ahora, vosotros, ricos, llorad a gritos por las calamidades que os van a sobrevenir. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, enmohecidos; y su moho servirá de testimonio contra vosotros, y como fuego consumirá vuestras carnes. Habéis atesorado para los días últimos. Mirad: el jornal de los obreros que segaron vuestros campos, y que les habéis escamoteado, está clamando; y los clamores de los segadores han llegado hasta los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis disfrutado de la tierra, os habéis entregado al placer; habéis cebado vuestros corazones para el día de la matanza. Habéis condenado, habéis matado al justo. Nada se os resiste” (Stgo 5:1-6) Una vez más, la motivación última de esta denuncia del pecado que hay en la codicia de los ricos que se impone hasta eliminar la posibilidad de resistencia, se basa en que ella rompe y hace imposible una convivencia solidaria y fraterna. Es como decir que la norma suprema de la vida económica tiene que ser la de que ella contribuya a la vigencia de una sociedad equitativa que permita a los hombres vivir de veras como hermanos.-
Notas (1) Ex. 21:37; 22:2b-3; 22:6-14.
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