1. Mucho por conocer Katie Larson es aún un poco pequeña como para entenderlo. Brian, su padre, acaba de ponerle una túnica con rayas blancas y azules. “Mírate”, dice él. “Es perfecto”. Pero Katie, de 2 años de edad, no piensa lo mismo. Hace dos años, ella fue el niño Jesús, y ese disfraz era mucho más cómodo. Se pone a llorar. “¿Quieres sostener este tierno corderito bebé?”, dice Brian, mientras agita un juguete de peluche delante del rostro rojo betarraga de su hija. Todavía no hay interés. El hermano de Katie, Tyler, de 6 años, se siente más cómodo con todo esto. Gustosamente se pone la túnica, el cinto de cuerda y el tocado ya usados por docenas de pastores que le han precedido a lo largo de los años en las presentaciones navideñas, aquí, en la Primera Iglesia Presbiteriana de Arlington Heights, Illinois. “Entonces, ¿qué hacen los pastores?”, pregunta Phyllis Green, directora de la presentación. “Protegen a sus ovejas”, se apresura a decir Tyler. Su hermano mayor, Drew, de 8 años edad y que, bajo su cinto de pastor, tiene dos años más de experiencia en esta historia en particular, agrega: “y vienen los ángeles”. Como respondiendo a la señal, desde una sala de escuela dominical ubicada en el piso de arriba se eleva por los aires el sonido de 70 vocecitas angelicales, ofreciendo una versión aún temblorosa pero claramente sentida de “Allá en el pesebre”. Por todo el orbe se están desarrollando escenas similares, mientras los pequeñitos van pasando primero desde la incomprensión a la participación lúdica, y luego a los comienzos de una verdadera comprensión de la Navidad, gracias a representaciones que van desde aquellas más modestas, con camellos de cartulina, a producciones casi profesionales que se presentan ante miles de personas cada semana. Ninguna de estas representaciones, ni siquiera aquellas que se realizan a partir de los guiones y partituras prefabricados que proporcionan las compañías cristianas de entretenimiento, será exactamente igual a otra, porque ningún pastor de 6 años de edad es igual a otro. Asimismo, ninguna será precisamente como los relatos de los evangelios del Nuevo Testamento, un hecho que a casi nadie le preocupa. Para los niños como Katie, Tyler y Drew, aprender acerca de Jesús a esta edad es como aprender que las aves tienen alas: las partes más complicadas se dejan a un lado, para ser rellenadas posteriormente. En la Primera Presbiteriana, en el escenario provisional instalado ante el santuario, se está declarando aquello que es realmente importante para todos los cristianos: que Dios nos amó a todos y vino a la tierra como un bebé, semejante a nuestro hermanito o hermanita, y fue un milagro tan grande que nosotros los pastores fuimos a observarlo y los ángeles del quinto año cantaron. ¿Qué más necesitamos saber? Y, sin embargo, cuánto más hay por aprender y cuán curioso es descubrir que los relatos de la Natividad que se encuentran en los evangelios son la parte de la biografía de Jesús acerca de la cual los expertos bíblicos experimentan la mayor incerteza, más aun que en los pasajes acerca de los milagros que Jesús realizó o su muerte sacrificial. De hecho, la historia de Navidad que los cristianos conocen de memoria es en realidad una verdadera colección de misterios. ¿Dónde nació realmente Jesús? ¿Quién apareció para celebrar su llegada? ¿Cómo se reflejan en los detalles de las historias las agendas evangelísticas particulares de los hombres que las escribieron? En los debates acerca de la verdad literal de los evangelios, casi todos reconocen que hay importantes conclusiones acerca de la vida de Jesús que no están basadas en pistas forenses. No hay evidencia física específica para los puntos clave de su historia. Están los testimonios de cristianos, que se iniciaron con Pablo en los años 50 d.C. y son apoyados en parte por una referencia romana del primer siglo a “Jesús, llamado el Cristo” un “hombre sabio” que “indujo a muchos entre los judíos y también entre los griegos (a ser sus discípulos)”, y que es descrito como crucificado en relatos del siglo siguiente. Aparte de dicho testimonio, están las herramientas literarias usadas para valorar la verosimilitud de los textos. ¿Fueron las narrativas cristianas escritas poco después de los eventos? ¿Hubo muchos testigos que hablaran de lo que vieron? ¿Coincidían en sus versiones? Los detalles del nacimiento de Jesús –en un lugar humilde y acompañado de unas pocas personas– no cumplen adecuadamente los primeros dos criterios. Marcos y Juan no dicen nada acerca de la Natividad. Y, a pesar de coincidir en las grandes ideas, Mateo y Lucas divergen notoriamente en los detalles del evento. En la Natividad de Mateo, la Anunciación angélica está dirigida a José, mientras que en la de Lucas es hecha ante María. Mateo nos presenta magos y una estrella y sitúa al niño Jesús en una casa; Lucas prefiere pastores y un pesebre. Ambos ubican el nacimiento en Belén, pero discrepan totalmente acerca de por qué ocurrió allí. Uno puede sentirse tentado a hacer a un lado toda esta historia de la Natividad, calificándola de “ahistórica”, una mera cháchara teológica. O se podría adoptar una visión más amplia y, al igual que las investigaciones académicas en constante evolución, examinar de nuevo estos relatos y lo que nos dicen, no sólo acerca del nacimiento de Jesús, sino también acerca de cómo se extendió su mensaje. “Es virtualmente imposible reducir los relatos a una única narrativa primordial”, afirma L. Michael White, historiador religioso de la Universidad de Texas en Austin y autor de From Jesus to Christianity. Pero puede que ése no sea el punto más importante. “Lo que salta a la vista de los lectores atentos”, dice, “son los diferentes caminos usados por Mateo y Lucas para llevar a cabo la tarea teológica vital para su época: encajar temas y símbolos claves de la tradición madre del cristianismo, el judaísmo, en la emergente fe en Jesús y, además, incorporar ideas que resultaran familiares para la cultura romana que les rodeaba”. De este modo, los relatos de la Natividad proporcionan una mirada fascinante acerca de cómo estos dos hombres que coincidían en tantas cosas –que Jesús era el Cristo que había estado entre nosotros, y que fue crucificado, resucitó y venció al pecado– pudieron haberse visto motivados a iniciar sus relatos de maneras similares, pero que difícilmente podrían considerarse idénticas.
2. La Anunciación He aquí que una virgen concebirá – El Mesías de Handel
No hay mejor introducción a las diferencias entre las aproximaciones de Mateo y Lucas a la historia de la Natividad, que sus relatos de la primera escena clave del drama: el anuncio angélico de que un niño muy especial está por nacer. En la versión de Mateo, un ángel anónimo le da la noticia a José en un sueño. Mateo va directo al grano y entrega la información importante de manera bien directa (“no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo”). Lo hace en unas escasas y breves líneas, dejando la Anunciación propiamente tal tan sólo como una parte más dentro de una secuencia de sueños y concentrándose menos en dar información adicional acerca del evento que en proporcionar una serie de citas referentes a las profecías que el nacimiento vendría a cumplir. Los estudiosos ven esto como un excelente indicador del contexto y los lectores para quienes escribe Mateo. Siendo un judío que vivía en una comunidad principalmente judía (en Galilea o en lo que ahora es el Líbano), fue instruido, al igual que la mayoría de sus pares, en el conocimiento de las Escrituras judías (que los cristianos conocen ahora como el Antiguo Testamento). Al hacer de alguien llamado José un destinatario de sueños proféticos, Mateo estaría evocando el recuerdo de un soñador más antiguo pero de igual nombre: aquel José cuyas visiones de vacas gordas y vacas flacas que se encuentran en el libro de Génesis ayudaron a llevar a su pueblo a Egipto e, indirectamente, a su destino en el Monte Sinaí, donde recibieron las leyes del pacto de Dios. El José de Mateo también se trasladará dentro de poco a Egipto, huyendo para salvar al hijo que, según Mateo, continuará y reemplazará el pacto que Dios hizo con su pueblo fiel. La versión de la Anunciación escrita por Lucas es muy diferente. Es la que mejor conocemos, aquella en la cual el ángel Gabriel saluda a María con las líneas que los católicos a menudo recitan como “Salve, María, llena eres de gracia”. Continúa con una descripción mucho más completa de aquello que se llegó a conocer como la concepción virginal, y sigue con la aceptación de María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. A lo largo de los siglos, los cristianos gastaron grandes cantidad de energía interpretativa en esa última frase. Durante mucho tiempo, las discusiones entre católicos y protestantes giraron en torno a si María poseía inherentemente la gracia que la capacitaba para aceptar la voluntad divina (lo que la haría más merecedora de la reverencia al estilo católico) o si le fue otorgada de acuerdo a la necesidad. En estos días, sin embargo, algunas lectoras feministas como Amy-Jill Levine, de la Universidad Vandebilt, editora del Feminist Companion to Mariology, próximo a publicarse, están más interesadas en lo que se puede denominar la “vivacidad” de María. Después de todo, señala Levine, la línea de la esclava no va inmediatamente después del anuncio del ángel de que “vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús...”. En lugar de ello, María plantea una interrogante lógica: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” Dice Levine que “ella pregunta ‘¿cómo va a ocurrir eso?’ y, una vez que la respuesta del ángel tiene sentido para ella, entonces da su permiso”. ¿Era esto lo que Lucas tenía en mente cuando escribió la escena en papiro? Probablemente no, pero dichas lecturas pueden ser una consecuencia inevitable de su osada decisión de escribir desde el punto de vista de María. Otros lectores se concentran en el ornado contexto narrativo que Lucas le confiere a la Anunciación. Antes de que María reciba la noticia, el ángel le avisa a la familia de su prima Elizabeth que ella, una mujer estéril, tendrá un hijo “que será grande ante el Señor”; éste es Juan el Bautista. Después de la Anunciación de María, ella visita a Elizabeth y, milagrosamente, el feto salta de gozo en el vientre de Elizabeth en reconocimiento al Mesías prometido por Dios. Rodeando a éste y a otros argumentos secundarios, hay una serie de bellísimos poemas o cánticos, a los que la iglesia posteriormente les dio nombres latinos tales como el Magnificat y el Benedictus. Más adelante, Lucas incluirá un coro angelical completo para acompañar el nacimiento de Jesús.
Semejantes embellecimientos, según la opinión generalizada de los estudiosos, habrían sido desconocidos para Mateo, quien escribió en algún momento posterior al 60 d.C., una o dos décadas antes que Lucas. “Él lo habría encontrado muy bizarro, muy poco judío, talvez hasta ofensivo”, dice White, de la Universidad de Texas. Pero ése es el punto, afirma. A diferencia de Mateo, se cree que Lucas era un pagano y no un judío convertido al cristianismo, que escribió en perfecto griego para otros no judíos y usando, por ello, referencias que les resultaran familiares. Los anuncios heráldicos, embarazos paralelos, coros angelicales y pastores testigos que encontramos en su versión, guardan una interesante semejanza con otra forma literaria, las reverenciales “vidas” que se escribían acerca de los líderes paganos en ese mismo período. En dichas sagas, un héroe no es un héroe a menos que su nacimiento refleje la magnificencia de sus logros posteriores y, en esa época, estas súper-natividades asociadas originalmente a grandes figuras de la antigüedad, como Alejandro el Grande, eran atribuidas a los líderes romanos dentro de las décadas posteriores a sus muertes. ¿Acaso Lucas estaba traicionando la tradición judía que había contribuido a la formación de Jesús y Mateo? Es muy improbable. Está claro que él le daba importancia al judaísmo, puesto que parafraseó con frecuencia las Escrituras y describió escenas de la juventud de Jesús en el gran templo judío. Pero para el tiempo en que Lucas escribió, dice John Dominic Crossan, autor de The Birth of Christianity, “los cristianos están compitiendo en un mundo más grande ahora, no sólo un mundo judío... Y en este mundo más amplio, Alejandro el Grande es el modelo para Augusto, y Augusto a menudo se convierte en el modelo para Jesús”.
3. El nacimiento virginal Alrededor de aquella Virgen, de la Madre y el Hijo / Dulce y tierno Niño Dios – Noche de paz (versión en inglés)
De todos los milagros que rodean a la Natividad, el que ocupa el lugar central y esencial es el nacimiento de Jesús de una mujer que no había “conocido varón”. En Lucas, el ángel Gabriel le explica a María la concepción de su hijo de la siguiente manera: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios”. Aunque ninguna de las Natividades señala el momento específico del inicio de su consiguiente preñez, los cristianos han asumido durante mucho tiempo que ésta se inició inmediatamente después de su consentimiento. Sugerir que este pasaje (y el versículo de Mateo, “lo engendrado en ella [María] es del Espíritu Santo”) no es la descripción de un hecho es coquetear con la blasfemia. El rol del Espíritu Santo en la concepción del Hijo de Dios en el vientre de María, algo tan espectacular y, al mismo tiempo, tan conmovedoramente íntimo, es parte de las bases fundamentales del cristianismo y empezó a incorporarse a los credos de la fe durante el siglo II (el catolicismo y la ortodoxia oriental fueron aun más lejos, al sostener que María permaneció virgen durante y después del nacimiento de Jesús). John Barclay, un experto en Nuevo Testamento de la Universidad de Durham, Inglaterra, señala: “Teológicamente, esto es algo que la gente defenderá a toda costa. Si defienden la historicidad de algo en los relatos de la Navidad, será de esto”. Raymond Brown no lo entendió así. Brown, autor de la importante obra The Birth of the Messiah, sacerdote sulpiciano y decano de los estudiosos del Jesús histórico hasta su muerte en 1998, observó que la idea de la concepción divina en el vientre parecía ser parte de una progresión teológica. Los primeros cristianos pensaban que Jesús se había convertido en Hijo de Dios en su Resurrección; Marcos, autor del primer evangelio escrito, pareció identificar ese momento con su bautismo en el Jordán; y posteriormente, recién en la época en que Mateo y Lucas escribieron sus evangelios, los creyentes llegaron a pensar que su carácter de Hijo antecedía a su nacimiento. De este modo, si María hubiera sido la fuente del testimonio ocular de la participación directa del Espíritu Santo en el nacimiento de Jesús (¿y quién más podría ser?), entonces su testimonio estuvo perdido para los cristianos durante medio siglo antes de que Lucas, de algún modo, lo recogiera. Sopesando esto, además de ciertos hechos, como la aparente ignorancia de los parientes de Jesús respecto de su mesianidad en Marcos y Juan, y otras pistas, Brown concluyó que tanto Mateo como Lucas “consideraban la concepción virginal como algo histórico; pero nuestra moderna pasión por la historicidad les era ajena”. Aplicando estándares modernos, calificó la cuestión de “no resuelta”.
Semejante indeterminación molesta a otros cristianos, quienes consideran que la línea de Lucas acerca de que “María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” sería una señal de que ella simplemente pospuso su decisión de hablarle a la gente acerca de esto. Estos cristianos también deben hacerle frente a afirmaciones que ya tienen 2.000 años de antigüedad y que señalan que las Natividades se equivocaron acerca de la concepción virginal. Desde un comienzo, los judíos criticaron la afirmación, contenida en el evangelio de Mateo, de que la concepción virginal cumplía una profecía del libro de Isaías acerca de que el Mesías nacería de una “virgen” (el texto hebreo de Isaías en realidad habla de una “joven”; Mateo probablemente se basó en una traducción griega errada). También es posible que los críticos hayan afirmado que el nacimiento de Jesús, ocurrido cuando María y José acababan de casarse, había sido el resultado de un acto de adulterio; fuentes judías muy posteriores mencionaban a un soldado romano llamado Panthera. Dichas acusaciones, según creen algunos estudiosos, explican el verso de Mateo en el cual José considera divorciarse de María antes de que el ángel viniera a disipar sus dudas en un sueño. Ideas similares acerca de Jesús como hijo ilegítimo, nunca han desaparecido del todo. La iconoclasta Jane Schaberg, una crítica feminista de la Universidad de Detroit Mercy, ha sostenido durante largo tiempo que partes de la introducción de Lucas a este tópico aluden al inicio de un pasaje del Antiguo Testamento que se refiere a la violación (“Si una joven virgen está prometida a un hombre y otro ... se acuesta con ella”), sugiriendo que la violación es la causa del embarazo de María. El Espíritu Santo, en la versión de Schaberg, transmuta el embarazo que, de un tabú de religioso, pasa a ser una ocasión de gloria y el nacimiento del Hijo de Dios. A medida que los estudiosos del Nuevo Testamento han ido escarbando más profundamente en las creencias paganas que competían con el cristianismo primitivo por la conquista de nuevos seguidores, la virginidad de María se ha visto puesta en duda desde la dirección opuesta; no como una novedad imposible, sino que un tema que se tomó prestado de la literatura del mundo no judío. Stephen Patterson, del Seminario Teológico Eden, enumera concepciones divinamente anómalas no sólo en relatos sobre héroes míticos, tales como Perseo y los hermanos Rómulo y Remo, sino también sobre personajes de carne y hueso como Platón, Alejandro y Augusto, cuyos hagiógrafos señalaban que había sido engendrado por el dios Apolo mientras su madre dormía. “Los nacimientos virginales eran algo más bien gentil”, dice el Reverendísimo John Drury, capellán del All Souls’ College de la Universidad de Oxford. “Se le encuentra en un montón de leyendas de Ovidio donde el dios fecunda a alguna bella joven que tiene un hijo milagroso”. Esta línea de pensamiento, con su posible implicación de que los autores de los evangelios imaginaron al Espíritu Santo y a María involucrados en ese tipo de contacto sexual físico entre seres humanos y divinos que se destaca vívidamente en muchos mitos griegos y romanos, es una de las ideas de la nueva teología que más animadversión despierta. Brown no le encuentra ninguna validez. “Cada línea de la narrativa de la infancia en Mateo refleja temas del Antiguo Testamento”, sostiene. “¿Vamos pensar que él aceptó todo ese trasfondo pero luego violó de manera horrorosa el estricto [precepto del] Antiguo Testamento de que Dios no es hombre para que se empareje con mujeres?” Otros estudiosos señalan que Lucas, en particular, puede haber estado familiarizado con modelos paganos más cercanos a la interacción espiritual que habría marcado la concepción de Jesús según la visión del cristianismo actual.
4. El lugar del nacimiento Oh pueblecito de Belén / la cuna de nuestro bien – Oh pueblecito de Belén
¿O sería más exacto decir “Oh pueblecito de Nazaret”? Por extraño que parezca, la mayor parte de los estudiosos se inclinan por esta última opción. Aquellos que insisten en Belén señalan, y no sin razón, que tanto Mateo como Lucas sitúan ahí el nacimiento de Jesús. Los escépticos hacen notar que José y María llegan al pueblo por vías tan extravagantemente distintas que hay que preguntarse si los autores no están esforzándose demasiado por llevarlos allá. Según el relato de Mateo, José y María residen en Belén, por lo que Jesús nació en casa. Pero su mismo nacimiento implica la huída a Egipto (y eventualmente a Nazaret) porque el perverso regente de Jerusalén, Herodes, está decidido a asesinar a aquel niño de Belén que, según ha llegado a saber, llegará un día a convertirse en Rey de los Judíos. No encontramos nada de esta emocionante historia en Lucas. Según Lucas, José y María, nazarenos, están en una breve e inconveniente visita al hogar ancestral de José en Belén, cumpliendo con un vasto censo (César Augusto ordenó “que se empadronase todo el mundo”). Por su parte, Marcos, escrito más cerca del período en que vivió Jesús, omite Belén y se refiere a Nazaret como la patrida o pueblo natal de Jesús. Dicha variación ha producido tres respuestas entre los estudiosos. Los tradicionalistas promueven teorías que entrelazan las versiones de Mateo y Lucas. Paul L. Maier, profesor de historia antigua en la Universidad del Oeste de Michigan, señala: “Los críticos radicales del Nuevo Testamento dicen que es un enredo irremediable. Por mi parte, no creo que sea imposible armonizarlos”. Otros defienden a un evangelista al mismo tiempo que descartan al otro. Una mayoría creciente, sin embargo, concluye que sencillamente no hay suficiente concordancia textual para validar la historicidad del nacimiento en Belén. En lugar de ello, ven la elección del lugar como una necesidad teológica. Belén había sido el pueblo natal del rey David. Y en el confuso paisaje teológico del primer siglo, en el cual muchos judíos esperaban un nuevo y poderoso líder pero no estaban de acuerdo acerca de su naturaleza, el estatus bíblico de David como el “ungido” de Dios (o “Mesías”) proporcionaba un sólido precedente de reinado divinamente sancionado. Ligar a Jesús con él por línea familiar (a través de José) y por el lugar de nacimiento consolidaba dicha definición, la cual maduró luego hasta llegar a la mucho más sublime mesianidad del cristianismo. White dice: “Sin Belén, no hay David. Sin David, no hay prototipo mesiánico. Tanto Mateo como Lucas entendían esto”. Por el contrario, la forma en que cada evangelista llevó la Sagrada Familia hasta allá, refleja sus preocupaciones particulares. Mateo nuevamente estaba tratando de ligar aún más estrechamente su Natividad con el Antiguo Testamento, de modo que los potenciales conversos judíos pudieran sentirse cómodos con la nueva religión. La pista es Herodes, cuyo fracaso en encontrar a Jesús lo lleva a ordenar la muerte de todos los niños de la comarca que tuvieran dos años y menos. Esta “Matanza de los Inocentes” es una fiel repetición de un infanticidio mucho más antiguo: el asesinato de todos los hijos varones de Israel, ordenado por el Faraón en Éxodo. Los judíos recordarían que el más famoso fugitivo (gracias a aquella cesta de papiro) fue Moisés, quien eventualmente recibió la Ley de Dios en el Sinaí. A través de esta evocadora narrativa, Mateo estaba proponiendo a Jesús como sucesor de Moisés. Dice Crossan, autor de The Birth of Christianity, que “una de las cosas que Mateo va a hacer posteriormente en su evangelio es poner a Jesús sobre un nuevo monte y entregando una nueva ley. La llamamos el Sermón del Monte”.
Y Lucas, por supuesto, una vez más tenía puesta su mirada sobre el mundo pagano. El término clave aquí es el censo. En la época de Jesús, el emperador Augusto, que gozaba de una inmensa popularidad, estaba consolidándose no sólo como el gobernante sino también como el salvador semidivino del mundo. A dondequiera que llegaran sus censos, éstos eran seguidos por su agresiva versión de la fe cívica romana (junto con sus cobradores de impuestos). Al parecer, es inexacta la descripción que hace Lucas acerca de un censo de todo el imperio en la época del nacimiento de Jesús, con Cirino, gobernador de Siria, a cargo de la parte correspondiente a Palestina. No hay otro registro de un censo en Palestina en aquel tiempo, y Cirino no era gobernador aún. Pero sí administró un infame censo en nombre de Augusto unos 12 años después, en el 6 d.C. El resentimiento causado por ello dio inicio a una rebelión de los celotes mesiánicos judíos que se prolongó durante décadas y finalmente trajo funestas consecuencias cuando los romanos arrasaron la capital judía de Jerusalén en el 70 d.C. Lucas habría recordado aquella matanza. Al documentar el cumplimiento del censo de Cirino por José y María, él estaba transmitiéndole un mensaje a los lectores romanos: que sus hermanos cristianos no eran de ese tipo de mesianistas que se involucraban en revueltas armadas. Pero al enmarcar el nacimiento de Cristo en el contexto de ese empadronamiento de todo el imperio, él también está sugiriendo que no sólo la Palestina judía sino también todo el mundo conocido era un horizonte posible para el reino de Cristo. Era una fina argumentación. El Jesús adulto lo diría mejor que nadie en un pasaje posterior (aunque Lucas puede haber heredado esta frase en particular de la obra de Marcos, escrita con anterioridad): “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
5. La estrella Oh bella es la santa luz / La maravillosa luz / Que los guía al pesebre – Los reyes de Oriente
Es, sin duda, uno de los elementos más queridos de la historia de Navidad. Sin embargo, para el profesor Brown, seguir su huella en Mateo resultó desconcertante: un cuerpo celeste que realiza una maniobra algo semejante a la de un auto que intenta hacer un giro de tres puntas. “Una estrella que se levantó desde el este, apareció sobre Jerusalén, giró al sur hacia Belén, y luego se quedó quieta sobre una casa”, divaga Brown, “habría constituido un fenómeno celestial sin paralelo en la historia astronómica. Sin embargo, no aparece en los registros de la época”. Brown está conciente de la importancia teológica de la estrella para Mateo. A algunos judíos, probablemente les traería a la memoria un versículo en el libro de Números del Antiguo Testamento que alude al estatus mesiánico de David (“de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel”). Al hacer de la estrella el objeto de la curiosidad de los magos no judíos, Mateo mostraba que, aunque carecía de un detallado acervo pagano, al menos tenía algún conocimiento de que los fenómenos estelares también tenían un significado para los no judíos. De hecho, hubo estrellas que fueron asociadas con la fundación de Roma y la caída de Jerusalén, además del nacimiento de los sospechosos de siempre: Alejandro el Grande y Julio y Augusto César. Incluso se sabe que Herodes también tuvo la suya. El espacio en blanco encontrado por Brown en los informes astronómicos del siglo I, ahí donde debía haber habido algún registro de la estrella de Jesús, no ha impedido que miles de entusiastas intenten localizarla retroactivamente. Supernovas, cometas y conjunciones planetarias; todas tuvieron su momento. Ninguna otra eminencia superó al astrónomo Johannes Kepler, cuyas leyes permitieron calcular por primera vez con exactitud las órbitas planetarias alrededor del sol. Él observó que una triple conjunción de Júpiter, Saturno y Marte, que él observó en 1604, podría producir un efecto lo suficientemente prolongado. Además, calculó que el fenómeno ocurre cada 805 años, lo que significa que tuvo lugar alrededor del año 6 a.C., el año que habitualmente se asigna (debido a cambios en el calendario) al nacimiento de Jesús. Más recientemente, la teoría de la nova ha recibido un empuje con el descubrimiento de registros coreanos y chinos de la dinastía Han que describen resplandecientes cuerpos estelares aproximadamente en la misma época. Finalmente, algunos analistas han sugerido que Mateo quedó tan impresionado con el cometa Halley en el 66 d.C., y por el testimonio de los cristianos de edad muy avanzada que lo habían visto en el 12 a.C., que lo incorporó a la historia. Sin embargo, para aquellos que no tengan afición por la astronomía, la estrella sigue funcionando bastante bien como símbolo. Con escepticismo, pero no sin poesía, A. N. Wilson, autor de Jesus: A Life, señala que “los astrónomos nunca encontrarán la verdadera estrella de Belén porque la verdadera estrella de Belén es algo de nuestra imaginación. Es la luz que brilla sobre el niño Jesús”.
6. Los magos Reyes de oriente son / Que caminan hacia Belén – Los reyes de Oriente
Bueno, pero ¿de qué lugar del oriente (que significa, simplemente, “Este”) específicamente son ellos? La palabra griega “magoi” que usa Mateo es una pista vaga, puesto que puede significar astrónomos, sabios o magos y se aplicaba a gente de todas las naciones. Los regalos que portaban (oro, incienso y mirra) sugieren que provenían de Arabia, puesto que hay relatos bíblicos no relacionados que describen caravanas de camellos con tributos similares provenientes de Saba y Madián, regiones ubicadas en dicha península. Su interés por las estrellas sugiere que eran originarios de Babilonia, famosa por sus astrólogos. La suposición más afortunada de todas resultó ser aquella realizada en el siglo IV por los decoradores de la Iglesia de la Natividad en Palestina, en cuya entrada hay un mosaico dorado que representa a los magos vestidos como persas, quienes también eran renombrados astrónomos. Cuando los verdaderos persas llegaron a saquear en el 614, éste fue el único lugar de culto que no quemaron. En cualquier caso, los magos de Mateo eran un caso clásico de pez fuera del agua (“como una reunión de ayatolas en Nebraska”, dice sarcásticamente Theodore Jennings, Jr., del Seminario Teológico de Chicago). Esta impresión bien puede no haber sido accidental, ya que expresaba la creciente frustración de Mateo con la mayoría de sus compatriotas judíos que no aceptaban sus afirmaciones mesiánicas acerca de Jesús y que probablemente habían discriminado y perseguido a algunos de sus hermanos creyentes. De modo que fueron los magos y no los judíos quienes siguieron la estrella hasta Jerusalén e inocentemente alertaron a Herodes. En un nefasto presagio de la Pasión de Cristo, Mateo informa que, en lugar de cooperar, el rey –que era mitad judío– y sus “sumos sacerdotes y escribas” conspiraron para matar al niño Jesús. En el evangelio, los magos son utilizados brevemente como espías. Pero al localizar finalmente a Jesús, Mateo dice que, “postrándose, le adoraron”. “Ellos respondieron bien, y no así su propio pueblo”, dice fray Donald Senior, presidente de la Unión Teológica Católica de Chicago. De hecho, a veces los magos son usados simplemente como una forma de expresar la apertura del cristianismo hacia lo extraño e improbable. Los magos han tenido una activa carrera postbíblica. Ya en el siglo II, fueron ascendidos a reyes, probablemente porque el incienso se asocia con realeza en uno de los salmos. Su número, que variaba entre dos y doce en los diferentes relatos, eventualmente se fijó en tres, debido muy probablemente a sus tres regalos. Para los años 700, ya habían recibido sus nombres actuales (Melchor, Gaspar y Baltasar) y una composición multicultural. “Se dice que el primero era... un anciano de cabello blanco y larga barba”, dice una descripción medieval irlandesa. “El segundo... sin barba y de tez rosada... el tercero, de piel oscura y densa barba”. Los estudiosos han sugerido que la mezcla pretendía enfatizar las ambiciones de expansión mundial de la cristiandad o aludía a otro trío heterogéneo más antiguo, los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. Los magos parecen haberse mantenido ocupados hasta bien entrada su vejez. Al menos, eso es lo que señala un calendario de santos que se encuentra en la gran catedral de Colonia, Alemania, donde están guardados sus supuestos restos: “Habiendo pasado numerosas pruebas y fatigas por el Evangelio”, dice, se encontraron por última vez en Armenia. “Acto seguido, después de la celebración de la misa, fallecieron. San Melchor el 1° de enero, a la edad de 116; San Baltasar el 6 de enero, a los 112 años, y San Gaspar el 11 de enero, a los 109”.
7. El pesebre Allá en el pesebre, do nace Jesús, / la cuna de paja nos vierte gran luz – Allá en el pesebre
La mayor parte de los cristianos que visitan Tierra Santa van a ver la Iglesia de la Natividad en Belén. Cuando llegan allí, algunos se sorprenden al ser guiados, no a un establo, sino a una de las muchas grutas que se encuentran en el sótano donde, según se les informa, nació Cristo. La Iglesia de la Natividad puede no ser la mejor guía posible, ya que fue construida mucho después del acontecimiento, alrededor del 324, por Elena, madre de Constantino, el primer emperador romano que se convirtió en cristiano. Sin embargo, ella estaba siguiendo fuertes tradiciones orales que parecen haber prevalecido en la región durante muchos años, y la idea de una cueva no es tan exótica como parece. Entonces, como ahora, muchos hogares de la Ribera Occidental fueron construidos en cavernas naturales que funcionan como habitaciones y sótanos y, también, como pesebres. En consonancia con su visión de María y José como residentes permanentes, Mateo describe a los magos visitando una “casa”. Lucas introduce el pesebre como parte de su visión de María y José como residentes temporales involuntarios. La palabra castellana “pesebre”, tal como el vocablo original griego “phatne” en Lucas, tiene un significado aun más modesto que el que le atribuimos habitualmente. Significa, no un establo, sino simplemente un receptáculo para poner el alimento de los animales o, en el mejor de los casos, un pequeño corral. Ambas palabras serían concordantes con el tipo de pobreza rural que ha inspirado a los pobres y a sus defensores a lo largo de la historia del cristianismo. Las escenas actuales de la cuna de Jesús, incluso las más elaboradas, descienden en realidad de un intento del genio ascético del siglo XIII, San Francisco de Asís, por recapturar este humilde ideal. Hastiado de las recreaciones incrustadas de joyas y cubiertas de oro en las cortes de la nobleza de su tiempo, pidió prestados algunos animales auténticos de granja y paja auténtica y convocó a su misa de medianoche en la víspera de Navidad de 1223 alrededor de una representación que volvía a su carácter original y que, según escribió él mismo, mostraba “cómo sufrió Él la falta de todas aquellas cosas que necesita un niño”. Oh, sí: los animales. Lucas no incluye ninguno. El buey y el asno aparecieron mucho más tarde, en representaciones artísticas tales como un sarcófago romano del siglo IV que los muestra asomándose por el costado de la camita de Jesús. Por tierna que pueda parecer, la imagen alimentó una enemistad religiosa, al emplear en beneficio de los cristianos una airada declaración de Dios contenida en el libro de Isaías del Antiguo Testamento: “conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne”. Por el contrario, los camellos que aparecen en muchas Natividades son relativamente inocentes. Un pasaje del compendio medieval de vidas de los santos llamado La Leyenda de Oro, cuenta cómo fue que los camellos le resolvieron un problema logístico a un perplejo padre de la iglesia. “Luego, es posible preguntarse cómo, en el tan breve lapso de 13 días, [los magos] pudieron venir desde un lugar tan lejano como el Oriente hasta Jerusalén, lo que es un gran trecho y un largo camino. San Jerónimo dice que vinieron en dromedarios, que son bestias que pueden recorrer en un día lo que un caballo en tres”.
8. Los ángeles Glo-o-o-o-o-o-ria / In excelsis de-o — Ángeles cantando están
¿Cómo interpretan los expertos estas líneas? Tal como lo pueden imaginar, ellos se preguntan de dónde las sacó Lucas. El lenguaje del primer ángel, señalan algunos, es menos bíblico que... imperial. Brown lo llama “una cristología formulada en un lenguaje que recuerda a la propaganda imperial romana”. Estudiosos recientes han dicho que es una parodia cercana de uno de los títulos del emperador en aquella época: “Hijo de Dios, Señor, Salvador del Mundo, y Aquel que ha traído Paz a la Tierra”. ¿Fue accidental esta semejanza? Algunos de los intérpretes de tendencia izquierdista lo dudan. Señalan que, tal como está escrita, la Natividad de Lucas es abiertamente crítica del sistema romano y favorable a las luchas de sus súbditos palestinos más pobres. El Magnificat de María, por ejemplo, reitera algunos de los sentimientos más radicales de la Biblia hebrea: “[Dios] derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada”. Exégetas como Patterson, del Seminario Teológico Eden, piensan que el anuncio angélico del nacimiento representa la esperanza de que el reino venidero de Jesús pondrá de cabeza tanto al mundo político como al religioso. “Lucas no puede estar diciendo otra cosa que no sea ‘¿Creen que en Augusto tienen a un hijo de Dios?’”, dice. “¿Creen que en el Emperador tienen a un salvador? Ésas no son más que tonterías. Si quieren conocer la paz de Dios, no la Pax Romana, deben mirar en otro lado”. Desde los años 1960, estas lecturas han inspirado a los activistas sociales cristianos, desde los promotores de los derechos civiles hasta los teólogos católicos de la liberación. Otros estudiosos piensan que ésta es una interpretación forzada, y sugieren que el lenguaje del ángel puede ser un franco homenaje al estilo oficial de Augusto. A pesar de las connotaciones anti-romanas de los evangelios, señalan ellos, éstas ciertamente no fueron lo bastante ofensivas como para disuadir a Constantino de adoptar eventualmente el cristianismo como religión oficial de su imperio en el 313 d.C. y exportarlo a todo el mundo. En la actualidad, la mayor parte de quienes celebran de la Navidad, desde luego, no están concentrando su atención en el trasfondo de los evangelios. En estas festividades, estarán menos interesados en analizar el mensaje de Mateo que en celebrarlo, menos preocupados acerca de estudiar gramaticalmente los sentimientos de Lucas que de cantarlos. La belleza de los villancicos navideños es que pueden rescatar aquel drama que pasamos por alto cuando ojeamos apresuradamente las páginas. La descripción de Lucas de “una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios” es vívida ciertamente. ¿Pero expresa verdaderamente –en la forma en que puede hacerlo, por ejemplo, la sola palabra “gloria” extendida, en una armonía a cinco voces, a lo largo de cuatro delirantes compases en “Ángeles cantando están”– la imponente irrupción de las temibles y hermosas huestes celestiales al interior de nuestra modesta realidad? Mateo y Lucas lo sabían muy bien: no basta sólo con tener un evangelio. Se necesita una congregación para contemplar verdaderamente el acontecimiento. Incluso entre congregaciones inclinadas hacia los análisis políticamente más progresistas de las Escrituras, en sus representaciones, cuando el ángel recita “os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor”, las válidas discusiones acerca de la relación entre el cristianismo y los imperios (pasados y presentes) pasan a un segundo plano; los corazones oyen una simple y jubilosa proclamación de salvación. La Reverenda Dra. Dianne Shields entiende esto. Shields se convirtió en pastora de la Primera Iglesia Presbiteriana de Arlington Heights en 1991. Ella califica su postura político-religiosa de “moderadamente liberal”. Estudió Nuevo Testamento en el Seminario Teológico McCormick y ha predicado una buena cantidad de sermones académicos sobre los magos y el significado de la respuesta de María a Gabriel. Pero en este domingo de fines de noviembre, durante el ensayo de la presentación de Navidad, ella no estaba pensando en nada de esto. En lugar de ello, estaba desempacando la brillante toga plateada, con dos grandes alas de cartulina adornadas con estrellas doradas, que dentro de un par de semanas fijará con velcro a sus hombros. Una corona de flores, pintada de dorado, engalanará su cabeza. Todas las miradas estarán sobre ella. Pero el disfraz no será la atracción. En la representación en Arlington Heights, ella interpretará al ángel que carga al niño Jesús hasta el pesebre ubicado delante del santuario. El año pasado ella tuvo la oportunidad de asumir un rol cantado. Otro pastor se retiró, y Shields estuvo en camino de convertirse en rey mago. Sin embargo, ella no aceptó la oferta. “No podría renunciar a mi papel de ángel”, dice. Madre de tres hijos ya crecidos, parece florecer en la larga caminata hasta el pasillo central con el niño en brazos. “Me encanta cargar al bebé”, quien este año será Emma Zintara, de cinco meses de edad. “Camino muy lentamente, de modo que todos puedan verla y tocarla”.
Mientras lo hacen, muchos claman, aunque sea sólo silenciosamente
en sus corazones, ¡Aleluya!
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