Mapa electoral que muestra los estados
en los que ganaron |
Elecciones en EEUU: por Juan Stam, noviembre de 2004 Subtitulado por Felipe Elgueta Frontier
|
Introducción ¿Qué diría el profeta Elías frente a las recientes elecciones en los Estados Unidos? ¿Qué mensaje daría Juan de Patmos a los "evangélicos" estadounidenses que votaron masivamente por George W. Bush? Cuando el desconocido Elías apareció del otro lado del río Jordán, denunció el pecado del pueblo y anunció el juicio de Dios contra la nación, aunque todo parecía estar bien en Israel. Acab y su padre Omri habían sido gobernantes muy capaces, con muchos éxitos en su haber. El pueblo estaba contento, las relaciones internacionales eran positivas y la economía marchaba muy bien. Sin duda, Acab hubiera ganado las próximas elecciones. Sin embargo, Elías, ese inconforme "perturbador de Israel", sabía que por dentro el gobierno y el pueblo estaban corrompidos, vendidos a Baal, aun cuando seguían profesando su fe en Yahvé. Sólo el profeta se daba cuenta del fatal proceso de "baalización del yahvismo" que había ocurrido. Muchos siglos después, el profeta Juan, preso político en la isla penal de Patmos, fulminaba contra los nicolaítas, quienes pretendían adorar y servir a Cristo Kurios, pero a la vez adoraban y servían a Kaisar Kurios, es decir, al imperio y su idolatría. También Juan, al igual que Elías, parecía un fanático, un extremista que no reconocía las virtudes y las bendiciones del imperio. El Imperio Romano marchaba muy bien, y en las próximas elecciones habría ganado con una mayoría abrumadora, incluyendo los votos de muchos "cristianos" (los nicolaítas). No obstante, Juan, a pesar del poderío aparentemente invencible del imperio, a pesar de su prosperidad y la de su ciudad capital (Ap 17:7-11,18), anuncia con toda confianza "la sentencia contra la Gran Ramera" (17:1; 14:8-11). ¡Aun se permite celebrar su caída con canciones de protesta, mediante una endecha funeraria burlesca (18:9-19), cuando en realidad Roma estaba muy lejos de estar muerta! (ver Stam, "El Apocalipsis y el Imperio Romano”).
Todos a juicio Cualquier proceso electoral, y sobre todo una reelección, es en sí un proceso de juicio de los méritos y desméritos de cada candidato y su partido. En ese proceso, todos (candidatos, partidos, electores) definen y manifiestan los valores y principios a los que dan prioridad, así como su visión para el país. Bíblicamente, las elecciones pueden representar también un juicio divino sobre una nación. Las palabras del profeta Joel se aplican muy bien a estas recientes elecciones, en su doble sentido bíblico: "Multitudes, multitudes en el valle de la decisión" (¿por quién votar?), que en una mejor traducción significa: "En el valle del juicio" (¿cómo juzgará Dios nuestras decisiones?). Desde una perspectiva profética y bíblica, me parece que las recientes elecciones tienen que verse como un juicio que sentencia a los Estados Unidos en cuatro niveles: el mismo presidente Bush y su partido; el pueblo estadounidense en general, que lo ha reelegido; los "evangélicos", en particular; y la "democracia electoral" estadounidense como sistema que produjo tal resultado. Frente a las elecciones de 2004, ninguna cuestión me parece más importante y urgente que una interpretación de ese proceso y sus resultados desde categorías bíblicas y proféticas. Desde esa perspectiva, ¿qué validez y credibilidad merecen esas elecciones? ¿Para quién o quiénes representan realmente una victoria? ¿Significan, como proceso y como resultado, una victoria para la paz, la justicia, la verdad y la vida en el mundo y dentro de los Estados Unidos? ¿Pueden entenderse, en algún sentido, como una victoria para el Reino de Dios en la tierra, por muy limitada que sea? ¿Pueden verse como promesa de mejores relaciones de la gran súper-potencia, única del planeta, con los demás países del mundo, sobre todo los países pobres? ¿Significan una vida mejor para los pobres de los Estados Unidos y del mundo? Éstas son precisamente las preguntas que nos plantean los valores bíblicos ante las elecciones recién realizadas en los Estados Unidos. No se me ocurre imaginar cómo alguien podría contestar todas estas preguntas, ni una sola de ellas, positivamente. Todo indica que ha sido, más bien, una victoria para las sangrientas guerras de agresión (lo cual fue ratificado una semana después por la brutal devastación de Faluya), para la desigualdad social y económica dentro y fuera de los Estados Unidos y para la manipulación oportunista de la propaganda. En último análisis, nadie (tampoco Bush ni el partido republicano) sale ganando de ese amargo proceso.
El triunfo de la propaganda
En esta elección, una gran mayoría de los participantes votaron en contra del otro candidato, más que a favor del propio. Muchos de los que dieron su voto al presidente Bush temían que el candidato demócrata legalizara el aborto y los matrimonios homosexuales. Muchos de los que votaron por Kerry no estaban tan convencidos por la campaña de éste, pero estaban decepcionados con el récord de Bush (guerra y muerte, exención de impuestos para los multimillonarios, déficit fiscal astronómico, desempleo, reducción severa de programas sociales). En eso había una diferencia importante: los que votaban contra Bush estaban votando contra realidades objetivas, mientras que los que votaban contra Kerry estaban votando contra una caricatura injusta e irresponsable, fabricada por especialistas en propaganda (Karl Rove y otros asesores de Bush). El 2 de noviembre ganaron la caricatura y la tergiversación sistemática sobre la realidad histórica y la veracidad. El engaño diseñado por el equipo republicano jugó un papel decisivo en momentos críticos de la campaña. Inmediatamente después de la convención demócrata, cuando se esperaba un aumento significativo en la popularidad de Kerry, un grupo de veteranos ultra-conservadores, con nexos a la campaña republicana y todavía resentidos porque décadas atrás Kerry criticó la guerra en Vietnam, lo acusaron de haber falsificado informes para ganar sus medallas militares. Esta embestida mentirosa tomó a Kerry por sorpresa, lo mantuvo ocupado refutando falsedades y canceló los avances normales después de una convención y su nominación. Además, esto protegió a Bush de muy serias preguntas sobre su propio récord militar. El engaño se tramó con malicia y alevosía. Bush se negó a desautorizar la calumnia, muy dispuesto a cosechar los beneficios “electoreros” de la mentira. En muchos otros asuntos también, como el récord de votación de Kerry en el Senado o los explosivos que habían desaparecido en Iraq, la campaña republicana tergiversó los hechos, a veces conscientemente. Tampoco la campaña demócrata fue infalible ni impecable, pero sí fue mucho más responsable. En la mayoría de los casos, el tiempo y las pruebas dieron la razón a Kerry, pero tarde, cuando el daño ya se había hecho. El arte de engañar, desde Hitler y Goebbels, se ha convertido en una ciencia refinada. Según el principio de “la mentira grande”, las mentiras atrevidas (como, por ejemplo, que Kerry nunca arriesgó su vida en la guerra) convencen más que las mentiras tímidas. Otra táctica es abrumar al contrincante con una avalancha tal de acusaciones falsas, que estará totalmente ocupado refutándolas y ni tiempo tendrá para aclararlas todas. Bush ganó, en gran parte, porque su equipo supo mentir mucho mejor que la oposición. Con el predominio de la televisión, la comunicación se ha vuelto muy icónica, y los especialistas en propaganda se dedican a crear imágenes. Los hábiles asesores de Bush lograron fabricarle la imagen de un líder fuerte y decidido, e imponer a Kerry la de un camaleón voluble. Bush tuvo la mejor maquinaria propagandística, verdaderamente demoledora, y ganó la elección. ¿No juzgará Dios un sistema político, orgullosamente "democrático", que funciona en buena parte sobre la base de la mentira y el engaño?
La hipocresía de la derecha religiosa Es sabido también que los "evangélicos conservadores" jugaron un papel significativo en el resultado de estas elecciones. En algunos lugares estaban mejor organizados y eran más agresivos que la misma dirección del Partido Republicano. Desde sus púlpitos y micrófonos promovían unilateralmente la campaña republicana, sin el menor esfuerzo por mantener una sana objetividad o reconocer los errores y defectos del gobierno. Sus grandes revistas, como Christianity Today, se convirtieron en instrumentos de propaganda totalmente unilaterales. La avalancha de sus correos electrónicos convertían el voto republicano en un mandato divino. "No votar el martes”, decía un mensaje que me llegó, "sería un pecado, y votar por Kerry sería un pecado aún mayor". En la superficie, sus dos grandes preocupaciones eran el aborto y la homosexualidad, pero en el fondo había una lucha ideológica reaccionaria y una sed de poder político que movía todo su esfuerzo. Además de simplificar y falsificar la posición demócrata en cuanto al aborto y la homosexualidad, la derecha religiosa cayó en el mismo reduccionismo ético de su precursor, el fundamentalismo del siglo pasado. Antes, los grandes mandamientos eran: "No fumarás, no beberás, no bailarás, no irás al cine"; ahora parecen haberse reducido a sólo dos: "No practicarás el aborto y no serás homosexual ni amigo de ellos". Ahora, cuando toda la ética cristiana se disuelve en los cinco o seis tabúes del viejo fundamentalismo o en los dos mandamientos de la neo-fundamentalista derecha religiosa, la moral se distorsiona y termina siendo anti-ética. Por lo mismo denunció Jesús a los fariseos: "Diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley; coláis el mosquito, y tragáis el camello" (Mt 23:23-24). La hipocresía de esta fanática campaña anti-aborto es evidente por su parcialidad y por su carácter absurdo y contradictorio. Se autodenominan eufemísticamente "pro-vida", pero desde la presidencia de Ronald Reagan ningún sector del público estadounidense ha apoyado incondicionalmente las guerras de su país tanto como ellos. Si de veras son "pro-vida", ¿por qué no han luchado con mayor pasión aún para salvar la vida de los cientos de miles de esposos, padres e hijos (y esposas, madres e hijas) que fueron matados en la flor de la vida por las guerras que ellos mismos patrocinaban y apoyaban? ¿Cómo entender una pasión tan ardiente por la vida de los fetos prenatales, aun en las etapas en que no tienen ni sistema nervioso, junto a una indiferencia tan fría y cruel hacia el medio millón de muertos en Irak, después de la guerra del Golfo de 1991, y hacia los cien mil muertos iraquíes (dato de la Universidad de Johns Hopkins) de la actual guerra, sin mencionar los miles de heridos, o los muertos y heridos estadounidenses y toda la secuela de sufrimiento y destrucción anti-vida producida por los bombardeos aéreos? Los evangélicos se fueron tras Bush también por su supuesta profesión de fe en Cristo, pero sin examinar su conducta ("por sus frutos los conoceréis") ni su discurso religioso público. La fe evangélica de Bush luce muy confusa y contradictoria, con fuertes sobretonos de idolatría patriotera y politiquera (ver Stam, "El discurso religioso de George W. Bush”). Pero ellos no tuvieron reparos en votar también por Dick Cheney, un hombre profano y vulgar, con mucho olor a corrupción. Si un demócrata hubiera usado públicamente el lenguaje que usó Cheney (para luego de tamaña vulgaridad agregar: "Me sentí mejor después"), el grito se hubiera levantado al cielo. Y cabe la pregunta, ¿como pudo un "evangélico" como Bush escoger a Cheney como su candidato a vicepresidente? Es aún más lamentable, si tomamos en cuenta que Cheney es el vicepresidente más poderoso en mucho tiempo y el hombre que está detrás de muchas de las decisiones y acciones de la administración Bush.
Un pueblo ciego y sordo Siempre es peligroso interpretar las realidades contemporáneas con óptica apocalíptica, y no debe hacerse ligeramente. Sin embargo, hay momentos en que hacerlo es un riesgo obligado, y así interpreto la actual coyuntura del mundo y de los Estados Unidos. Muy consciente del elemento sujetivo de las pasiones políticas y de la posibilidad humana de equivocarse, opto por atreverme a hacer unos comentarios sobre la reelección de George W. Bush desde la perspectiva de los profetas y de Juan de Patmos. Me parece que la categoría profética que mejor corresponde al pueblo estadounidense en general, y a los "evangélicos" en particular, es la de ceguera. "Este pueblo tiene ojos, pero no ve", decían los profetas, "tiene oído, pero no oye". La muy respetada International Standard Bible Encyclopedia (Vol I, p.526) describe el concepto profético de ceguera como "insensibilidad espiritual, incapacidad de discernir y cumplir la voluntad de Dios (Is 42:16ss; 2Co 4:4; 2P 1:9), incapacidad de percibir distinciones morales (Ex 23:8; Dt 16:19; Mt 23:16ss)".
Realmente, cuesta comprender cómo tan pocos estadounidenses percibieron que Bush prometió una cosa en su campaña del año 2000 ("conservador compasivo", Unificador, Reconciliador) y una vez instalado en la Casa Blanca hizo todo lo contrario. Quizá más inexplicable aún sea que los "evangélicos", generalmente tan estrictos en sus formulaciones doctrinales, no hayan podido ver (o no hayan querido ver) la evidente manipulación política de la fe por parte de Bush, así como los rasgos claramente heréticos de su religiosidad. A diferencia de otros sectores del protestantismo, los "evangélicos" nunca se preocuparon por la sangrienta invasión unilateral de Irak por parte Bush, y no mostraron el menor interés por las normas cristianas de la guerra justa. La única explicación es que su compromiso ciego con el Partido Republicano no les permitió analizar bíblica y proféticamente la realidad teológica y ética de su propia opción.
Escandalizando a los profetas La guerra no justificada que Bush inició apresuradamente contra Irak, para realizar planes que había proyectado secretamente desde el inició de su administración, ha cobrado más de cien mil vidas civiles iraquíes, mayormente ancianos, mujeres y niños. A eso hay que agregar la vida de más de mil soldados estadounidenses, las miles de víctimas de Faluja, los muchos miles de heridos y la demoledora destrucción de las ciudades. Todo se debe a una decisión equivocada e irresponsable de George W. Bush. Sin embargo, los "evangélicos" ciegos aceptan, sin criterios de crítica cristiana, las falsas racionalizaciones de Bush y no ven ningún problema ético en ese río de sangre derramada. ¡Los profetas sí verían mucho problema! Toda la humanidad fue escandalizada por las fotos de viles torturas estadounidenses en Abu Ghraib, Guantánamo y otros lugares. Ahora se sabe que el abogado de la Casa Blanca (ahora postulado a Fiscal General del país), Alberto González, complació la solicitud del Presidente Bush con un largo argumento legal que afirma que los Estados Unidos no estaban obligados a respetar las convenciones de Ginebra en su trato con los presos. El Presidente y líderes republicanos aludían a esos combatientes como gangsters, rufianes y animales (también thugs y goons, en inglés; "lo peor de lo peor", Donald Rumsfeld). Tal lenguaje, totalmente indigno de líderes nacionales, y mucho más si se habla de cristianos, sin duda animaba a los torturadores. Sin embargo, nuestros ciegos "evangélicos" no lograron percibir en todo esto la existencia de algo muy malo en sus adorados líderes nacionales. ¿Y qué pensar de un presidente "cristiano" que, después de tal escándalo, apenas logra decir: "Lamento lo que han sufrido los presos y sus familias, y lamento igualmente la falsa imagen del país que han comunicado estos episodios aislados". A los pocos días de ese inocuo "I'm sorry", Bush se jactó: “En ningún momento he pedido perdón a los árabes”. Obviamente, la confesión del pecado y el arrepentimiento no tienen ningún lugar en el "cristianismo" de George W. Bush. ¿Cómo es posible que los "evangélicos" no se den cuenta de esta grave distorsión del evangelio? ¿Qué pensarían los profetas de las políticas económicas de Bush, que reducen sensacionalmente los impuestos que deben pagar los ultra-ricos y los multimillionarios, y reducen drásticamente los programas sociales del gobierno (que tienen amplios precedentes bíblicos)? Bush heredó un superávit fiscal grandísimo y en poco tiempo lo convirtió en el déficit más grande de la historia. ¿Pueden tales políticas estar conformes con el Reino de Dios y su justicia? ¿Cómo es posible que no se den cuenta los "evangélicos"? Los profetas dirían que durante los últimos años, en todas estas experiencias, Dios ha estado hablando fuertemente a los Estados Unidos y a sus "evangélicos", pero éstos no han querido oír ni ver. Durante la administración Bush, un número sin precedente de altos personajes ha renunciado a sus puestos para denunciar al gobierno: Richard A. Clark, coordinador de la Casa Blanca contra el terrorismo, bajo Clinton y Bush; Gen. Wesley Clark; Scott Ritter, inspector de armas en Irak; Michael Scheuer (director por parte de la CIA de la unidad contra Bin Laden, 1996 a 1999). Estos y otros testigos del mal que se había instalado en la Casa Blanca debieron haber significado un llamado de atención para los "evangélicos", en caso que ellos tuviesen un mínimo de responsabilidad teológico-política ante Dios, pero ellos no escucharon todas esas voces de denuncia.
La buena guerra Los profetas exigían un uso limpio, no contaminado, del lenguaje: "Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo" (Is 5:20). Bush es un maestro en el arte de manipular el lenguaje para engañar al público estadounidense. Habla de "daños colaterales" para referirse a muertes civiles; de "iniciativas de creación de empleos" para referirse a las enormes exenciones de impuestos para los más ricos; de "cambio de régimen" para referirse al derrocamiento militar de otro país, y usa muchos más eufemismos engañosos. Al inicio de la destrucción de Faluya, Bush dijo: "Nuestros muchachos están haciendo el trabajo duro necesario para llevar la libertad a Irak" (esto significa: ¡matar muchos miles de personas!). Escuchándolo, uno pensaría que estaban entrando pacíficamente para construir casas. Los profetas hubieran denunciado ese constante doble discurso de Bush; los "evangélicos", en cambio, parecen ni darse cuenta.
Bush y sus seguidores parecen sufrir también de una grave amnesia histórica. Olvidan, si es que alguna vez se dieron cuenta, de los muchos miles de muertes y de todo el sufrimiento que causaron los Estados Unidos durante muchas décadas, en muchas partes del mundo, que explican el odio que reventó en los ataques del 11 de septiembre. Olvidan los años de políticas insolentemente anti-árabes, especialmente desde que el segundo Bush entró a la Casa Blanca. Obviamente, olvidan Vietnam y la victoria de esa guerrilla sobre el poderoso aparato militar estadounidense. En esa época el Senador Fullbright y otros escribieron mucho sobre "la arrogancia del poder", pero los subsecuentes gobiernos se negaron a aprender. Más recientemente, todos parecen haber olvidado el momento eufórico en que Bush "aterrizó" en el portaaviones Abraham Lincoln, declaró la victoria y sacó fotos triunfalistas para su próxima campaña electoral. Por supuesto, esas fotos desaparecieron de su campaña, porque su "victoria" fue pírrica y espuria, y más bien todo el episodio sólo manifestaba el cinismo y la patética inmadurez del presidente Bush. En el lenguaje de los profetas, un espíritu de estupor ha caído sobre los estadounidenses. La sobredosis de propaganda ha narcotizado su conciencia y hasta su memoria. Otra categoría profética para describir al electorado estadounidense, y especialmente a los "evangélicos", es la de dureza de corazón. Otro clásico diccionario bíblico, The Interpreters' Bible Dictionary (Vol II, p. 524), describe esta condición (esclerosis cardíaca, en el griego) como "callosidad, insensibilidad, incapacidad para entender (Sal 95:7; Heb 3:8,15; 4.7)". Significa tener el corazón tan endurecido por los callos, que la mente queda embotada (Mr 6:52; 8;17; Jn 12:40). En el caso de los "evangélicos" estadounidenses, su dureza de corazón está en su frialdad inhumana hacia todo el dolor y los muchos miles de muertes que han ayudado a causar desde hace muchos años, y en su terca insensibilidad respecto a su propia necesidad de arrepentirse por haber derramado tanta sangre inocente.
Sentencia final Al fin, ¿qué dirían los profetas hebreos, y Juan el Bautista, y el mismo Jesús frente a estas elecciones, como proceso y como resultado? ¿Podría el Dios de la Biblia, el Dios de justicia, amor y verdad, endosar con su visto bueno lo que ha pasado? De seguro los profetas no dirían que fue una victoria para la justicia, el amor, la paz, la verdad y la vida, todos valores primordiales para ellos. Tampoco dirían que fue una victoria para George W. Bush, el Partido Republicano y los ya poderosos "evangélicos", porque en todo esto se han autocondenado. Recibir el voto mayoritario de un pueblo tan fácil de engañar no puede llamarse “victoria”. Ganar una elección mediante una campaña tan indigna, en todo sentido, no es una victoria, sino una vergüenza nacional. Estoy seguro de que los profetas dirían que lo que pasó es, más bien, una sentencia de juicio divino sobre los Estados Unidos y sus mal llamados "evangélicos".-
Más sobre religión y política en EEUU: La religión fue el factor determinante en la carrera presidencial Una religión peligrosa: La teología imperial de Bush Evangélicos condenan a Bush por su teología de guerra Algunos demócratas creen que su partido debería ser más religioso
Escritos de Juan Stam en "Puerta del Rebaño" Historia
de salvación y misión integral de la iglesia
|