Citar como: http://www.puertachile.cl/teologia/2004_berger_pluralismo.htm

 

El pluralismo y la dialéctica de la incertidumbre

por Peter L. Berger
Resumen y subtítulos por Felipe Elgueta Frontier

Publicado originalmente en versión completa en Estudios Públicos

 

Introducción

Entre el nihilismo y el fanatismo

Relativización globalizada

Oportunidades para la fe en un mundo pluralista

Secularización precaria

 

El pluralismo que caracteriza a la sociedad moderna permite que se abran múltiples oportunidades (desarrollo económico, educación y otros). Por otro lado, ese mismo pluralismo pone en riesgo tradiciones y certidumbres de toda índole. Son las dos caras de la modernidad. La diversidad de opciones de conducta y de pensamiento que entraña el mundo moderno hace que aquello que se ha dado por sentado (normas morales, creencias religiosas, supuestos acerca de las relaciones interpersonales e incluso la identidad personal) quede expuesto a cuestionamiento. De ahí que el mundo moderno esté “cercado de incertidumbre”. En estas circunstancias, señala Peter Berger en este ensayo, surge la tentación del relativismo nihilista: todo da igual. Y como reacción natural, el fanatismo: reconstrucción voluntarista de un hogar acorazado que representa una evasión, una fuga del examen crítico. Con todo, el análisis de Berger es optimista: habría un camino que permite apartarse del relativismo y lograr ciertas convicciones firmes sin caer en el fanatismo, sin eludir las incertidumbres de la modernidad.

 

Introducción

Por largo tiempo he sostenido que el pluralismo es una de las principales causas de la incertidumbre moderna, y aquí pienso insistir en este punto. Toda sociedad humana ha de contar con una zona de conductas no sujetas a cuestionamiento. Alfred Schutz denominaba a esto “el mundo que se da por sentado”. En esa zona, los individuos pueden desenvolverse sin necesidad de reflexionar, casi de manera automática. De no haber una zona semejante, cada nuevo encuentro entre dos o más personas tendría que ser negociado de novo, cual Adán y Eva reencontrándose una y otra vez en un presente sin fin, ahistórico.

Para los fines del presente ensayo, es posible definir el pluralismo pura y simplemente como una situación en que personas con diversas creencias y estilos de vida interactúan continuamente. Así definido, el pluralismo debilita, por necesidad, la mayoría de las estructuras de plausibilidad. No es posible confiar ya más en el consenso unánime o casi unánime que permite dar por sentada una parte del universo. En ausencia de ese consenso, el individuo ha de escoger entre las distintas posibilidades de pensamiento y de acción que le ofrece un ambiente pluralista. Es por ello que la elección se ha convertido en la categoría moderna por excelencia; de hecho, es posible caracterizar la modernidad como un vasto movimiento desde la confianza en el destino hasta la elección.

La mayoría de las personas se las arreglan más o menos bien en este universo de opciones, ya sea reprimiendo la angustia asociada a las decisiones o acudiendo a grupos de apoyo razonablemente funcionales para el tipo de vida que han escogido. Con todo, la modernidad y su cualidad pluralista están marcadas por fuerzas muy poderosas que apuntan a la relativización, y esta relativización se vuelve a cada momento más omnipresente, a medida que tambalean los últimos baluartes de lo que tradicionalmente se ha “dado por sentado”. Por razones entendibles, esta relativización cada vez más honda se hace más evidente, y también más problemática, en las esferas de la religión y la moral.

 

Entre el nihilismo y el fanatismo

El mundo moderno, entonces, es un mundo cercado de incertidumbre. Diferentes individuos reaccionan ante esa incertidumbre de manera también diferente. Desde luego, hay en el ser humano una avidez profunda de certidumbre, cuando menos en lo referente a las preguntas básicas acerca de la existencia: ¿Cómo se ha de vivir la vida? ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? ¿Quién soy yo? Es dable suponer, entonces, que este mundo de gran incertidumbre resulta perturbador, al menos en algún grado, para la mayoría de la gente. Con toda probabilidad, la mayor parte de la gente se las arregla en este mundo, como sugerimos anteriormente, mediante una mezcla de negaciones —haciendo a un lado las inquietudes molestas— y múltiples respaldos sociales más o menos confiables.

La invitación hecha por los múltiples suministradores de certezas se ciñe siempre a la misma fórmula: Cree en lo que te decimos, únete a nosotros y tendrás la certidumbre que siempre has anhelado. Una promesa que no es necesariamente fraudulenta. El individuo que acepta la invitación y responde al llamado es típicamente incorporado a una subcultura social fuertemente cohesionada en torno a las creencias que sustenta, cualesquiera sean éstas. Hay, por así decirlo, una poderosa máquina de certidumbres que funciona todo el tiempo. Y ella hace lo que se supone que debe hacer, especialmente para el converso reciente, el cual, de manera característica, experimenta su nuevo “ser-en-medio-de-la-certidumbre” como una gran liberación. Es preciso entender esto último si queremos comprender los sacrificios notables que los individuos están dispuestos a realizar para vivir esta experiencia: dependencia económica, rompimiento con todos los lazos familiares y de amistad previos, obediencia ciega a los líderes de la secta y hasta privaciones y abusos físicos. Todo esto parece un precio digno de la nueva certidumbre. Sin embargo, siempre quedará reprimido un resabio de duda, lo que hace de esta certidumbre fabricada algo muy distinto de la certidumbre que “se da por sentada” de la vida tradicional, la de la era premoderna: el converso a una subcultura sectaria moderna no puede olvidar completamente el dato empírico de que él mismo ha elegido unirse a ella —y que, por lo mismo, un día puede escoger dejarla. Puesto que este dato está siempre ahí, aunque sea negado, suele haber una nota estridente en las declaraciones de adhesión. Se ha de proclamar la propia lealtad a viva voz, para encubrir las dudas siempre al acecho. Dicha estridencia está ausente en el mundo de la gente tradicional. Ellos no han elegido su mundo de certidumbres —nacieron en él—; no necesitan de la fe —saben—; pueden descansar en sus certezas con gran tranquilidad (que un observador externo opine que su pretendido saber es falso y su certeza ilusoria, resulta por completo irrelevante para esta descripción de una forma arcaica de ser-en-el-mundo).

Volvamos a la situación pluralista moderna: lo que uno encuentra aquí es una dialéctica curiosa, una alternancia entre una relativización cada vez más honda y feroces brotes de fanatismo. Es importante entender también esto último.

La relativización y el fanatismo se alimentan mutuamente. El proceso de relativización corroe cualquier certeza que el individuo aún pueda tener consigo. Para quienes provienen de ambientes estrechos, provincianos, ese proceso puede ser vivenciado como una liberación. El mundo se torna abierto, un lugar fresco, libre de las creencias y hábitos añejos de la tradición. Hay gente que no va más allá de eso; podemos denominarlos los “postradicionalistas exitosos”. Otros, sin embargo, descubren que la sensación de liberación es transitoria. Ésta da paso a una desazón creciente, en especial porque el proceso de relativización no se detiene. Ahora la pregunta es: ¿cuánta incertidumbre puede uno soportar? En este punto, la liberación antes celebrada se convierte en una carga de la que uno anhela liberarse. Esta liberación secundaria —por llamarla de algún modo— es lo que ofrece el fanatismo. Erich Fromm (que se equivocó en tantas cosas) captó muy bien este fenómeno en el título de su libro acerca de la psicología de los movimientos totalitarios: “miedo a la libertad”. Ese miedo conduce a menudo a una conversión repentina y violenta. De nuevo, algunas personas no van más lejos de esto; son los fanáticos exitosos, quienes lo siguen siendo el resto de sus vidas. Sin embargo, toda forma de fanatismo moderno es intrínsecamente frágil. El gusano de la relativización sigue ahí, corroyéndonos, aunque sea de manera invisible. Siempre es posible que el converso se desconvierta. Puede que en tal caso derive a otro fanatismo (los analistas de los movimientos religiosos y políticos han reparado en esta sucesión de conversiones posibles). O bien, puede retornar al relativismo precario del que lo había rescatado su conversión fanática. Dentro de los límites de lo que puede parecer plausible a los individuos, no hay necesariamente un punto de término en esta dialéctica entre la conversión y la desconversión, la certidumbre y la incertidumbre y, en sus extremos, entre el nihilismo y el fanatismo.

En años recientes, tanto en la esfera académica como en los medios de comunicación, se ha concedido gran atención al fenómeno del así llamado “fundamentalismo”. El término no es muy feliz; deriva del protestantismo norteamericano, donde tiene un significado muy claro, que se pierde al aplicarlo en forma simultánea, por ejemplo, a movimientos del renacer islámico y al movimiento pentecostal en América Latina. Sin embargo, si con el término “fundamentalista” se alude a cualquier movimiento que proclame y ofrezca una certidumbre-recién-hallada, entonces es muy importante no restringirlo a aquellos fenómenos religiosos que ofenden la sensibilidad de los intelectuales ilustrados. El “fundamentalismo”, en este sentido, no queda así limitado a lo estrictamente religioso. Hay una pléyade de “fundamentalismos” políticos, muchos de ellos más fanáticos y más sanguinarios que cualquier otro del ámbito religioso. No son los fanatismos religiosos los que han provocado los horrendos genocidios de la presente centuria. De hecho, algunos de los “fundamentalismos” más irracionales y brutales de nuestra era han encontrado a sus más devotos discípulos precisamente dentro de las filas de una intelligentsia supuestamente ilustrada. Pero ésa es otra historia.

 

Relativización globalizada


McDonald's en Taiwán Foto: Ischo.com

La referida dialéctica tiene hoy alcances mundiales. Cada vez menos puntos del globo están inmunes a ella. Se ha hablado mucho ahora último de la globalización cultural (también conocida, de manera más pintoresca, como la “cultura de aeropuerto”). Éste es un fenómeno muy real, aun cuando sea más complejo y menos comprendido en plenitud que lo que uno imagina en primera instancia. Me parece que están en marcha al menos tres procesos de globalización cultural en el mundo de hoy. El primero, más directamente ligado a la globalización económica, es el que Samuel Huntington ha denominado la “cultura Davos”. Ésta es transmitida por la elite empresarial, aunque sin duda se filtra hacia abajo hasta los escalones más inferiores de los yuppies. Luego está lo que podemos denominar la “cultura del club académico”. Es la globalización de los valores y estilos de vida de la intelligentsia occidental. Se transmite no a través de las corporaciones, sino de las redes académicas, de las fundaciones, de las organizaciones no gubernamentales y otras similares. Si la “cultura Davos” intenta vender sistemas computacionales en Bangladesh, la “cultura del club académico” procura convertir a las aldeanas de Bangladesh a las virtudes del feminismo norteamericano. En tercer lugar está la difusión a nivel mundial de la cultura popular occidental (sinónimo, poco más o menos, de lo que Benjamín Barber llamó el “Mundo Mc”). Ésta se transmite principalmente a través de los medios de comunicación de masas, pero también mediante la publicidad, los hábitos de consumo y, sencillamente, a través de los contactos interpersonales. Estos tres procesos de globalización cultural interactúan entre sí, no siempre de manera armoniosa. También interactúan, por cierto, con diversas reacciones nativas, que van desde la aceptación pasiva hasta el rechazo violento (a esta última, Barber la subsume, de manera poco feliz, en la categoría de la jihhad).

Todos estos procesos de globalización cultural tienen algunos elementos en común. Todos se originan en Occidente, especialmente en los Estados Unidos. Todos usan y por ende difunden la lengua inglesa, de preferencia en su versión norteamericana (esto es muy importante: rara vez se utiliza un idioma en forma “inocente”: esto es, inocente de la carga normativa que conlleva). Y, más relevante aún para nuestras consideraciones, todos contribuyen a socavar las certezas tradicionales. En otras palabras, la globalización cultural entraña la relativización global. No debe sorprendernos, pues, que muchos de los movimientos fundados en certezas revitalizadas adopten hoy la forma de una resistencia a la globalización cultural. En los países no occidentales, en efecto, ellos se movilizarán por una retórica antioccidental, especialmente en Asia y en el mundo islámico. Pero hay movimientos muy fuertes de resistencia similar en Europa y en las dos Américas, algunos de índole religiosa (como la “Derecha Cristiana”, en los Estados Unidos) y algunos animados por una suerte de nacionalismo populista (como la reaparición de la ideología eslavófila en Rusia).

Lo dicho hasta aquí ha sido formulado en mi condición de sociólogo: de manera objetiva, tal como yo interpreto la evidencia. Sin embargo, no me comprometí a restringirme a un análisis sociológico y avalórico, y ahora me tomaré la libertad de abordar el tema de un modo algo menos riguroso que el de las ciencias sociales. Porque lo que se plantea aquí es en extremo preocupante. Quizás es el problema más profundo de nuestra situación moderna: ¿cómo se ha de vivir en la incertidumbre? Y, en forma específica: ¿cómo haremos para dar con un territorio intermedio entre el nihilismo y el fanatismo? El problema tiene obviamente una dimensión política. Si uno está comprometido con una sociedad humanitaria y la democracia, no puede sino preocuparse por la proliferación de movimientos intolerantes, en especial si éstos aspiran a la hegemonía política. Pero no es posible una solución en términos políticos, a menos que los individuos lo hayan resuelto en sus propias vidas. En otras palabras, el pluralismo y la democracia han de basarse en una cultura de la tolerancia a la que la gente le pueda deber real adhesión. De lo contrario, lo mejor que cabe esperar es una suerte de frágil armisticio entre bandos fanáticos. Más urgente es la dimensión moral del problema. Pese a que las personas pueden estar muy comprometidas con ciertas creencias religiosas o filosóficas, éstas no siempre inciden en sus preocupaciones inmediatas de la vida diaria. Puede ser, por ende, más fácil aislarlas, llegar a acomodos prácticos y seguir adelante con el trajín habitual del diario vivir. Ésta fue, de hecho, la forma en que se resolvieron las guerras religiosas en Europa y ello explica cómo es que el pluralismo religioso ha funcionado razonablemente bien en los Estados Unidos.

 

Oportunidades para la fe en un mundo pluralista


Søren Kierkegaard (1813-55)

Durante largo tiempo he sostenido que esta situación religiosa tiene su origen no tanto en la secularización del mundo moderno (de hecho, éste es mucho menos secular que lo que muchos analistas han considerado, esperado o incluso temido), sino en su condición pluralista. Cuando hay una multiplicidad de mensajes religiosos, la certeza de cada uno de ellos se ve subvertida. La dialéctica de la relativización y el fanatismo pasa a ser, entonces, un fenómeno en plena efervescencia. Desde luego, ésta es una situación acongojante. Pero tiene también algunas características redentoras.

Kierkegaard, quien con toda probabilidad supo más que cualquier pensador cristiano moderno de las angustias de la fe en la aparente ausencia de Dios, sugería que debemos “hacernos contemporáneos” de Jesús. Éste es un mandato muy exigente, especialmente para quienes han analizado las perturbadoras revelaciones de los estudios modernos del Nuevo Testamento. Pero hay otra “contemporaneidad” que resulta, a mi juicio, bastante más alcanzable: podemos hacernos, insólitamente, “contemporáneos” de la Iglesia temprana, cuando ésta se desplaza desde el universo estrecho de la Palestina judía al pluralismo exuberante del mundo greco-romano. Precisamente a causa de su pluralismo, ese mundo guarda una afinidad fascinante con el nuestro. A ello se debe que los textos de este período de la historia occidental nos parezcan singularmente “modernos”, mucho más que los textos de épocas más tempranas o posteriores. Especialmente en los grandes centros urbanos del imperio romano tardío —Alejandría, Antioquía, Corinto y, por supuesto, la propia Roma— se podían encontrar a diario todos los mensajes religiosos imaginables. Los individuos se convertían y desconvertían, poderosos movimientos religiosos iban y venían, y ninguno de ellos gozaba de la certeza que se da por sentada en las religiones tradicionales. La Iglesia temprana se encontró así en medio de un “mercado” religioso similar al nuestro y la pax romana hizo posible que este “mercado” fuera “globalizado” conforme a los términos de la época, siendo el “globo” relevante aquella parte del mundo sobre la que regía dicho imperio. Desde ya, los Hechos de los Apóstoles y las epístolas paulinas nos dan una imagen vívida de cómo la cristiandad hubo de “competir” en esta situación de alto pluralismo. En ese entonces, a diferencia de épocas posteriores, nadie podía ser “naturalmente” cristiano; se requerían actos de fe individuales. Y las comunidades cristianas eran “grupos de apoyo” precarios, rodeados de personas que, en ese entonces, lo más probable es que fueran indiferentes y no hostiles (dicho sea de paso, la indiferencia tiene, en términos psicológicos, más probabilidades que la hostilidad de socavar las certidumbres, razón por la cual la religión y también otras creencias prosperan en épocas de persecución).

Claudio Véliz ha escrito de manera muy persuasiva acerca de lo que él denomina la fase “helenística” de la civilización anglosajona. Él tiene en mente aquí el tránsito de la hegemonía cultural desde Inglaterra a los Estados Unidos y, en particular, la hegemonía que ejerce en el mundo de hoy el idioma que se habla en Norteamérica (se refiere a “un mundo hecho en inglés”). Cabe recordar una vez más que fue precisamente la “globalización” helenística lo que le permitió al cristianismo penetrar con gran celeridad al mundo grecorromano —y, por cierto, el Nuevo Testamento fue canonizado en griego koiné. En este sentido, el idioma del Wall Street Journal, de las páginas feministas en la Internet y de las letras de rock son variantes de nuestro propio koiné.

El pluralismo impone opciones. Asimismo, genera individuación, puesto que es el individuo quien ha de escoger. Esto es, su pensamiento y acción no pueden ya descansar en éste o aquel consenso comunitario. En términos religiosos, esto significa simplemente que ya no puede dar por sentados los dioses; si ha de conferirles algún grado de realidad, debe tener fe en ellos. El hombre arcaico (y esta expresión comprende a la gran mayoría de los seres humanos en las sociedades tradicionales o premodernas) no sólo no requería de la fe: carecía de la capacidad de tener fe. Dicho en otras palabras, creer supone la posibilidad de no creer —y esa posibilidad queda excluida en ausencia de una elección. A mi juicio, la pregunta que hemos de formularnos es si acaso este desplazamiento desde la religión como destino a la religión como decisión ha de considerarse un desarrollo negativo o positivo. En lo personal, me inclino decididamente por la respuesta positiva. En términos psicológicos, hay una ventaja en dar por sentados los dioses. En términos teológicos, cuesta creer que pueda ser una ventaja el hecho de que la religión que uno profesa sea tan inevitable como el propio sexo, como el color del cabello o la propensión de cualquier persona a ser alérgica al polen.

Kierkegaard, pensador moderno por excelencia, entendió claramente la relación intrínseca entre fe e individuación. Fue a la vez el padre del “existencialismo”, por su insistencia en que la fe es un acto del individuo solitario (tomó la idea de der Einzelne de Max Stirner). Fue en su calidad de individuo solitario que se opuso a las falsas certidumbres de la “cristiandad”, que para él (fuera ello justo o no) estaban representadas por la confortadora Iglesia luterana oficial de la Dinamarca del siglo XIX. Podemos aceptar las conclusiones básicas de Kierkegaard al respecto sin que sea necesario estar de acuerdo con el resto de su teología altamente idiosincrásica. Por una parte, la individuación que la modernidad trae consigo rara vez asume la forma heroica del angustiado “caballero de la fe” que nos propone Kierkegaard. La mayoría de los individuos modernos, al decidir en materia de religión, “saltan” a la fe de un modo bastante más titubeante, menos heroico. Es más, la condición solitaria del individuo se ve mitigada por el apoyo que recibe de comunidades que comparten su fe. No cabe entender el “individualismo” moderno, en un sentido religioso o en cualquier otro, como una especie de solipsismo (y cuando se convierte en algo así, se trata de una patología personal o colectiva). Sin embargo, estas comunidades de fe modernas se basan en decisiones individuales y no en un destino ineludible. A veces, estas comunidades se niegan a reconocerlo en sus definiciones oficiales; pero esto no cambia los hechos empíricos.

Un proceso reciente y de gran interés estriba en que los individuos que entienden su propia situación religiosa en estos términos tienden a converger entre sí, traspasando las líneas divisorias de carácter histórico. Así, por ejemplo, los protestantes y los católicos cuya fe nace de un fundamento “no tan cierto” descubren que tienen mucho más en común entre sí que con otros miembros de sus respectivas iglesias que insisten en sus certezas ortodoxas. Similares hallazgos mutuos ocurren en el diálogo interreligioso: entre cristianos y judíos, entre cristianos y budistas, y así sucesivamente. Parafraseando a Herviu-Léger, podemos hablar aquí de un “ecumenismo de incertidumbre mesurada”. Es el ecumenismo de quienes se han resistido a las ofertas de las diversas máquinas de certidumbre.

 

Secularización precaria

Como señalé anteriormente, se ha exagerado mucho el grado de secularización —esto es, la declinación de la religión— en el mundo moderno. El mundo es hoy, en su mayor parte, tan religioso como lo fue siempre, y en ciertos lugares incluso más. Sin embargo, hay un grupo de personas no muy numeroso, pero muy diseminado e influyente, que muestra un alto grado de secularización. Son individuos con estudios de educación superior al estilo occidental, especialmente en humanidades y ciencias sociales. Precisamente porque esas elites tienden a exhibir un alto grado de secularización (en la mayoría de los países es el grupo más secularizado de la población), los levantamientos en su contra ocurren a menudo motivados por consignas religiosas. Hoy en día esas rebeliones populistas y legitimadas en términos religiosos en contra de las elites culturales tienen lugar en el mundo islámico, en India, Israel y, por último, pero no por eso menos importante, en los Estados Unidos. No es posible ahondar aquí en las implicancias de este fenómeno.

Al interior de esa subcultura, la secularidad se da por sentada. Admitir ante el club académico de Harvard, por ejemplo, una experiencia de “renacimiento” religioso sería tan estrafalario como sentarse en el piso para cenar (o, ahora último, encender un cigarrillo después de la cena). Sin embargo, el carácter dado de esta secularidad es muy precario también, aparte y más allá de su vulnerabilidad política. Puede que una cosmovisión secular resulte razonablemente adecuada para los individuos en la medida en que las cosas marchen bien en sus vidas. La secularidad, por decirlo así, es una filosofía diurna. No se sostiene bien por la noche. Toda biografía humana se desarrolla en la orilla de los terrores de la noche, aunque sólo sean aquellos que enfrentó el joven príncipe Siddharta, las llamadas “tres visiones dolorosas” en la tradición budista: la enfermedad, la vejez y la muerte. Tarde o temprano, todos nos topamos con ellas, y mucho antes de que ocurra el encuentro definitivo, ellas empiezan a proyectar anticipadamente su sombra. Las definiciones de lo real que suscribe el club académico, dadas por sentadas todas ellas, sirven poco en esos momentos. A partir de la Ilustración, que dio pie a una clase intelectual secular y de carácter internacional, ha habido múltiples deserciones: individuos que volvieron al regazo indulgente de ésta o esa otra iglesia, o que encontraron consuelo religioso en comunidades distintas de aquellas en que crecieron. Tales deserciones tienen lugar hoy, masivamente, en el mundo islámico, a menudo en la forma de una rebelión de los más jóvenes: en Turquía y Egipto, por ejemplo, donde las hijas de la elite secular (respectivamente kemalista o nasserista) comienzan a usar el velo, para gran desazón de sus padres. Pero, con mayor frecuencia, la precariedad de la cosmovisión secular ha conducido a abrazar ideologías seculares, cuyas aparentes certezas le permitían a uno barrer y dejar debajo de la alfombra las angustias de la existencia mundana.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, me parece a su vez que la cultura de la secularidad es precaria por otro motivo que se vincula en forma directa con el pluralismo moderno. Precisamente porque el pluralismo socava el carácter dado por sentado de cualquiera cosmovisión, nos revela a la vez la incongruencia y, en verdad, el absurdo de todas las formas de vida social. La cultura moderna ha engendrado el movimiento desenmascarador más omnipresente y perdurable de la historia, partiendo a más tardar de la Ilustración, pasando por el gran esfuerzo desmitificador de Marx, Nietzsche y Freud, hasta llegar a todos los proyectos más recientes de “deconstrucción”. Pero, en ese mismo y gran movimiento desenmascarador, la cultura moderna acaba inevitablemente por desenmascararse a sí misma. El destino de cada deconstructivista es deconstruirse a sí mismo. Pienso que esta incongruencia inherente a la cultura moderna explica la prevalencia de lo surrealista y el absurdo en el arte y la literatura modernas. Las mismas características aparecen en el humor moderno, y de manera brillante en el humor judío (el cual, por esta razón, ha llegado a ser apreciado e imitado por muchos no judíos). Este sentido cada vez más hondo de la incongruencia, del carácter fragmentario de toda realidad, habrá de socavar al final las certezas de la secularidad que se dan por sentadas. El llamado teatro del absurdo, de manera notable en las otras de Beckett e Ionesco, nos ilustra en forma magnífica esta forma distintivamente moderna de sensibilidad cómica. En un mundo de incertidumbres, los contornos de la realidad son fluctuantes y las estructuras construidas por la sociedad para proteger a la gente de los terrores de la existencia aparecen llenas de agujeros. Pero, a través de esos agujeros, es posible en ocasiones vislumbrar una trascendencia luminosa. Esa precariedad es el talón de Aquiles de la modernidad. También es su promesa religiosa.-

 

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