Citar como: http://www.puertachile.cl/teologia/2004_arqueologia_1.htm

 

Tres Debates sobre Biblia y Arqueología

por Ziony Zevit, University of Judaism, Los Angeles, California (EEUU)

Publicado originalmente en Biblica, volumen 83 (2002), páginas 1-27
Traducción de Felipe Elgueta Frontier

 

Introducción

I. El debate de la Arqueología Bíblica

II. El debate Minimalistas-Maximalistas

III. El debate del “Siglo Décimo”

Conclusión

 

 

 


< Lámpara de aceite de la Edad del Bronce temprano en Canaán Foto: Museo Sherwin Miller


D
urante casi veinticinco años, las universidades y seminarios denominacionales han sido escenario de tres debates importantes, enmarañados y confusamente largos en torno a la exactitud y veracidad de las narrativas históricas de la Biblia hebrea. Aparte de los estudiosos religiosamente más conservadores, que pueden estar desinformados o bien han escogido ignorar estos tejemanejes del estudio académico del antiguo Israel, pocos de quienes estudian, enseñan o predican sobre estos temas carecen de una opinión. El debate de la Arqueología Bíblica, el debate Minimalistas-Maximalistas y el debate del Siglo Décimo han tenido ocupados a los estudiosos, que han debido abocarse a corregir el contenido de sus clases de historia, escribir artículos e intentar mantener su teología en armonía con su comprensión de la historia.

En los círculos académicos y luego a través de la prensa y de muchos escritos publicados en la popular y ampliamente difundida Biblical Archaeology Review, se llegó a asociar cada uno de estos debates con un individuo en particular: primero, el debate de la Arqueología Bíblica con W.G. Dever de la Universidad de Arizona en Estados Unidos; en segundo lugar, el debate Minimalistas-Maximalistas con P.R. Davies de la Universidad de Sheffield en Inglaterra; y, finalmente, el debate del Siglo Décimo con I. Finkelstein de la Universidad de Tel-Aviv en Israel. Cada uno de estos individuos es reconocido como un estudioso competente, escritor enérgico y voluminoso, simpático orador y hábil retórico.

La descripción desapasionada de Liverani de los problemas surgidos en los debates, ilustra bien el manto que han puesto sobre el estudio de lo que él llama “la historia del Israel Bíblico”. Cuestionando los problemas teóricos y prácticos de la empresa historiográfica, algunos estudiosos han minado con éxito la confianza en la validez de la mayoría de las interpretaciones históricas, así como en la habilidad de los historiadores para determinar incluso qué puede constituirse en un dato o un evento pertinente para ese pasado que los historiadores deben explicar (1). El artículo de Liverani me sugiere que su efectividad se ha debido, mayormente o en parte, a la confluencia de los tres debates en un solo debate de Biblia y Arqueología. Mis objetivos en este artículo son sacar a la luz problemas oscurecidos por una terminología difusa, considerando cada uno de los tres debates en su propio contexto intelectual, e indicar cómo este enfoque promueve un clima intelectualmente saludable dentro del cual es posible el avance de la investigación histórica.

 

I. El Debate de la Arqueología Bíblica

Este debate, desencadenado por Dever en los años setenta, era acerca de si la “Arqueología Bíblica” podría llamarse mejor "Arqueología Siropalestina” (2). Se invocaron buenas razones en favor del cambio y obtuvo mucha aceptación entre los arqueólogos profesionales y otros seguidores de la arqueología.

(1) Para describir el objeto de su estudio, los arqueólogos generalmente usan adjetivos que se refieren a un período (ej., calcolítico, Bronce Medio) y/o región geográfica (ej., babilónica, egipcia) y/o cultura (ej., hitita, romana); nunca el título de un libro adjetivizado. No existe una “Arqueología del Beowulf” ni una “Arqueología Iliádica”. En lenguaje arqueológico, el adjetivo “Bíblico” era una palabra vacía.

(2) Los individuos que empleaban la expresión “Bíblico” la usaban para referirse principalmente a los períodos históricos durante los cuales los personajes mencionados en la Biblia vivían en el “mundo bíblico”. Este último término se hizo muy usual en los estudios norteamericanos bajo la influencia de W.F. Albright, reconocido ampliamente como el estudioso fundador de la arqueología bíblica científica en la tierra de Israel. Cuando Albright hablaba de “Arqueología Bíblica”, abarcaba todos los países y culturas del Medio Oriente mencionados en la Biblia o que fueran relevantes para los eventos allí descritos. Excavaciones en España y Siria, Túnez y Arabia, podrían ser clasificadas bajo esta misma rúbrica. Usado esta manera, el término “bíblico” abarcaba demasiado territorio y, como resultado, no era informativo.

(3) “Bíblico” no se refiere a nada de lo que los arqueólogos hacen como tales, es decir, como expertos que excavan, catalogan hallazgos y rastrean el desarrollo y evolución de la cultura material.

En vista de estas legítimas razones, parece desconcertante que el caso de Dever no saliera victorioso. Ante él se presentaron tres tipos principales de objeciones: primero las institucionales, que reflejan el egoísmo ilustrado; en segundo lugar las semánticas, y en tercero las teológicas (lejos, las más complejas).

 

Objeciones institucionales:
La mayoría de los arqueólogos de tiempo completo de los Estados Unidos y virtualmente todos los de Europa e Israel estuvieron inclinados a favor de la sugerencia de Dever; los biblistas y teólogos, sin embargo, estaban divididos. Además, la aplastante mayoría de los excavadores interesados en los períodos bíblicos y que trabajan en Israel y Jordania no son arqueólogos de tiempo completo. En su mayoría, son empleados de seminarios o instituciones denominacionales en las que enseñan Biblia o imparten cursos con nombres como “Civilización Israelita Antigua” y otros semejantes. Ellos fueron renuentes a adoptar y promover una terminología que sugiriera que la arqueología no era relevante para su trabajo como biblistas. Además, la terminología propuesta por Dever puede haber fomentado percepciones de la arqueología que resultaban hostiles a sus tareas de búsqueda de apoyo financiero entre sus generosos patrocinadores e instituciones auspiciadoras y de contratación de voluntarios para las excavaciones.

 

Objeciones (o justificaciones) semánticas:
Entre aquellos que reconocieron la validez esencial de las inquietudes de Dever, muchos deseaban mantener el término “Arqueología Bíblica”. Ellos plantearon, en un terreno “Albrightiano”, que la expresión era útil y significativa para referirse a la arqueología de la Edad de Hierro en Israel y Jordania. El término “Arqueología Bíblica” era apropiado porque, aunque aludía a la escritura canónica, normalmente se entendía que la expresión estaba referida a un pueblo en particular en un lugar y tiempo particulares: los israelitas en la Tierra de Israel desde la Edad del Hierro hasta los días de Esdras y Nehemías en el periodo Pérsico que siguió a la Edad del Hierro, es decir, aproximadamente entre el 1200 y el 332 aEC (cuando el referente de “Bíblico” es la Biblia hebrea). También podría abarcar a Jesús, Pablo y la iglesia primitiva (cuando el referente es el Nuevo Testamento). Al darle este sentido, se asemejaba a términos como “Romano” o “Griego” aplicados como adjetivos de las ramas de la arqueología clásica. Por consiguiente, el debate era simplemente en torno a detalles semánticos. Finalmente, no había ninguna razón válida para eliminar el adjetivo “bíblico”. Así como los arqueólogos clásicos recurren a antiguas fuentes escritas cuando interpretan sus hallazgos, la Biblia se usa en la interpretación de los hallazgos del Israel de la Edad de Hierro.

 

Objeciones teológicas I:
Complicando aún más esta delicada situación, estaba el hecho de que “Arqueología Bíblica” era un término viejo, bien establecido en los estudios bíblicos desde comienzos del siglo XIX y cuyo sentido general era transparente a todos, un hecho generalmente desconocido para las personas que alcanzaron la mayoría de edad después de la década de los ’50. Así, por ejemplo, en 1839 la Jahn’s Biblical Archaeology empezó a entregar a generaciones de seminaristas y clérigos estadounidenses la siguiente definición:

La arqueología... considerada subjetivamente... es el conocimiento de cualquier cosa de la antigüedad que sea digna de recuerdo, pero objetivamente es ese conocimiento reducido a un sistema... en un sentido limitado hace especial referencia a las instituciones religiosas y civiles, a las opiniones, modales y costumbres y aspectos similares (3).

El libro de Jahn, publicado primero en alemán en 1802, asumió esta agenda arqueológica e ilustró lo que podría lograr usando la propia Biblia como su fuente y recurso primario; pero también los monumentos y monedas antiguos, las escrituras de Filón, Josefo, los escritos rabínicos y alguna literatura patrística y diarios de viajeros. Para Jahn, la arqueología podría hacerse en el escritorio del estudioso. Simplemente era cuestión de estudiar las palabras y hacer un análisis filológico.

Keil, un exégeta conservador, observó que Jahn simplemente había pedido prestada su comprensión de la “arqueología” del uso griego del término, testimoniado en fuentes tan diversas como Platón, Dionisio de Halicarnaso y Josefo, y la aplicó a la Biblia (4). Para su propio Handbuch der biblischen Archäologie publicado en 1858, Keil adoptó una definición algo distinta:

Entendemos por arqueología bíblica o conocimiento de la antigüedad bíblica, la representación científica del estilo de vida del pueblo israelita como la única nación de la antigüedad que Dios había seleccionado como portadora de las revelaciones registradas en la Biblia.

Este conocimiento, según Keil, excluía la historia per se, pero incluía la geografía física, las instituciones religiosas tales como los lugares de culto, el personal, los rituales y el calendario; instituciones sociales, como las casas, la comida y la vestimenta; instituciones, organizaciones y empresas familiares, y organizaciones civiles tales como leyes, cortes, ejército, etc. La importancia de esta arqueología fue la de destacar la cualidad distintiva y objetiva de Israel como testigo de la revelación, pero “el método de descripción debe ser histórico, siguiendo el carácter histórico de la revelación bíblica” (5).

En 1896, Lansing publicó un libro delgado, Outlines of the Archaeology of the Old Testament, en el que ubicaba la arqueología como una rama de la teología exegética. Él escribió: “La Arqueología Bíblica es la ciencia de las cosas sagradas confrontadas con las palabras sagradas” (énfasis del original). Las “cosas” incluían los mismos asuntos tratados por Keil, junto con las antigüedades de otras naciones “en tanto que éstas tengan alguna relación directa con algún pasaje de la Escritura” (6). En este volumen se enfatiza la conexión directa entre “cosa” y exégesis, y la historia, en general, se deja un poco de lado.

Mientras se publicaba el primer volumen de la primera edición alemana de Jahn, otros estudiosos europeos estaban comprometidos en actividades para extender el significado del término “arqueología”. En 1801, E. Clark partió hacia Tierra Santa para descubrir ciudades antiguas y sitios santos. Fue seguido por U.J. Seetzen en 1802, J.L. Burckhardt en 1809, y una hueste de otros más. El más famoso de ellos, E. Robinson, Profesor de Biblia en el Union Theological Seminary de Nueva York, viajó por primera vez en 1839.

Basándose en las listas geográficas y las referencias casuales a lugares que se encuentran en la Biblia, bendecido con un oído dotado para discernir antiguos nombres de lugares hebreos y griegos en versiones árabes locales, y poseedor de un fino sentido de la topografía, Robinson, viajando junto a su ex alumno Eli Smith, un misionero de habla árabe, descubrió, registró y cartografió centenares de sitios, muchos de ellos deshabitados durante más de 2000 años. Su erudito y cautivante libro de tres volúmenes publicado en 1841, Biblical Researches in Palestine, the Sinai, Petrae and Adjacent Regions se convirtió en uno de los best-selleres más leídos (7). Robinson demostró la posibilidad de identificar muchos de los sitios mencionados en la Biblia y, por consiguiente, la exactitud y fidelidad de la Biblia. Su trabajo fue tomado como una señal de que la investigación científica, la misma investigación que podía descubrir animales extintos, cavernícolas y planetas distantes, también podría verificar hechos bíblicos.

En 1890, Petrie, un estudioso inglés con más de 20 años de experiencia excavando en Egipto, dio inicio a la primera excavación científica en Tierra Santa en Tell el-Hesi. Poco después, se emprendieron excavaciones en Gezer, Jericó y Shechem. En 1906, se emprendieron excavaciones alemanas en Megido, el sitio del Armagedón.

Entre 1870 y los años '30, después de que Schliemann excavara Troya y afirmara, con la misma seguridad y efectividad de un publicista, haber autentificado las historias de Homero, un público popular entusiasmado exigía hambriento nuevas conclusiones históricas a partir de las excavaciones en Egipto, Mesopotamia y Palestina.



Se han realizado excavaciones en Megido desde 1906,
las que han dado origen y respuestas a casi todos los
problemas relacionados con las Edades de Hierro y
Bronce en Tierra Santa. Foto: Universidad de Tel Aviv

 

Al examinar los libros y folletos con títulos que se aproximaban a “Arqueología Bíblica”, escritos a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, noté cómo sus volúmenes diferían de Jahn, reflejando un desplazamiento semántico en el término “arqueología” a lo largo de más de 50 años (8). En éstos, la diferencia entre “arqueología” e “historia” parece haber sido que “historia” se refería al conocimiento de los eventos políticos pasados, de acuerdo con el paradigma rankiano de la historiografía que evolucionó en Alemania entre 1825 y 1850. “Arqueología” se refería más a los realia (objetos naturales) y procesos de la vida diaria (9). El conocimiento obtenido de la “arqueología sucia” era incluido entre los realia. Producía información que aclaraba la arqueología filológica y se aplicaba igualmente para ilustrar y contextualizar narrativas bíblicas históricas, todas las cuales eran consideradas descripciones exactas. Hasta donde puedo discernir, los veinticinco libros examinados eran todos escritos por biblistas, individuos involucrados en el estudio, exégesis y explicación teológica de la escritura.

Lo que cambió a lo largo de más de 170 años, desde la época en que Jahn publicó su primer volumen hasta el surgimiento del debate, fue el contenido del término “arqueología”. El nuevo significado reemplazó al viejo en el habla popular, pero siguió coexistiendo con él en entornos denominacionales en el congelado término “Arqueología Bíblica”, junto con las ideas acerca de cómo debía usarse dicha “Arqueología Bíblica” en el estudio de la Biblia.

Aunque esto pase inadvertido en la literatura erudita y en las discusiones públicas, algunos de los críticos de Dever simplemente estaban reacios a ignorar parte del campo semántico del término “arqueología”. Considerando que “Arqueología Bíblica” es un término perfectamente bueno con una larga tradición en los estudios bíblicos, la preparación ministerial y la educación cristiana, ellos no se sintieron particularmente incómodos con los problemas planteados por Dever, y pueden haber considerado su llamado como una reacción exagerada ante algo demasiado pequeño.

Objeciones teológicas II:
En la década de los '50, bajo la influencia de Albright, la “Arqueología Bíblica” había llegado a incluir bajo su rúbrica estudios de los textos literarios ugaríticos, así como los recientemente descubiertos Rollos del Mar Muerto, entre los que se encontraban los manuscritos bíblicos más antiguos que se hayan conocido. Estos dos descubrimientos acerca de los límites cronológicos del periodo bíblico vertieron una crucial luz sobre el trasfondo cultural y la historia literaria del antiguo Israel y sobre la historia textual de la Biblia; por consiguiente, se pensaba que ilustraban la exactitud histórica de la Biblia de alguna manera vaga, indefinida. Del mismo modo, la presencia física de objetos excavados, como altares pequeños similares al altar del tabernáculo descrito en la Biblia, estatuillas consideradas como ejemplos de imágenes prohibidas en la legislación bíblica y evidencia material de secuencias de eventos como la destrucción de una ciudad canaanita al principio de la Edad de Hierro, fueron consideradas como mudo testimonio de la exactitud de lo que la Biblia “decía” sobre ellos en Deuteronomio, Josué y Jueces.

Los estudiosos conservadores en particular, pero también los liberales, suponían que si los arqueólogos podían demostrar que algo podría haber ocurrido, ésa era prueba suficiente de que había ocurrido si así lo indicaba la Biblia (10). El efecto de halo de este pensamiento de “la Biblia es verdadera”, combinado con la concepción de la “Arqueología Bíblica” como una sirvienta de la exégesis, continuó extendiendo las implicaciones de la arqueología sucia en la autenticación, tanto de detalles particulares sobre los realia como de rasgos de la cultura no material, como la historia, la historiografía y la teología (11).

Este testimonio se convirtió en grano para los molinos del movimiento de la “Teología Bíblica”, liberal y positivista, que logró gran popularidad a partir de los años '50 y ha tenido una influencia profunda en lo que se ha enseñado desde entonces en entornos cristianos y judíos no-ortodoxos. Lo que distinguía a este movimiento de los enfoques más conservadores, era su capacidad para discernir una diferencia entre la fiabilidad y exactitud de las descripciones históricas de la Biblia, comprobadas según las investigaciones arqueológicas, y los discursos teológicos de los textos (12). Se le dio preeminencia a estos discursos como “proclamación”, mientras que los eventos hallados no deficientes en su comprobación arqueológica eran valorados como testimonio de la proclamación. Los eventos considerados deficientes, como la esclavitud de los israelitas en Egipto, fueron clasificados como “mito”, ignorándose su falta de historicidad, y reservándolos exclusivamente para ser usados en los discursos kerigmáticos.

Al proponer el término “Arqueología Siropalestina”, Dever declaró explícitamente que había perdido el interés en el término "bíblico", junto con sus nexos asociativos con la exégesis y la explicación teológica. Su postura puede haberse percibido como un ataque a la religión. Por cierto, su postura fue percibida correctamente como un ataque contra aquellos que argumentaban acerca de la interpretación arqueológica partiendo de la teología normativa (o Bíblica). Pero, hasta donde sé, él no planteó esto como un problema general en sus presentaciones públicas.

 

Dever perdió el debate. Era casi inevitable. Hay muchos más profesores de Biblia en el mundo que arqueólogos trabajando en el período de la Edad de Hierro, y la aplastante mayoría de estos profesores trabaja en contextos denominacionales con programas teológicos explícitos e implícitos que son a priori a cualquier posible hallazgo de los arqueólogos. Se pensaba que el llamado a un cambio en la terminología iba a cortar la conexión entre lo arqueológico y lo teológico, imposibilitar cualquier pretensión acerca de las implicaciones de la arqueología de lo físico para lo metafísico, y deslegitimar cualquier autoridad interpretativa que los biblistas teológicamente orientados pudieran exigir acerca de los datos arqueológicos.

A fines de la década de los ’80, después del decaimiento de la “Teología Bíblica” como movimiento dinámico y agresivo, la situación quedó ordenada de la siguiente manera. La “Arqueología Siropalestina” se convirtió en un término ampliamente aceptado que se refería a una disciplina que normalmente requiere de una combinación de estudios de postgrado y unos pocos períodos de experiencia en terreno y en laboratorio, o muchos períodos de experiencia en terreno y en laboratorio y publicaciones relevantes. Queda restringida a círculos profesionales y se ha convertido en el término preferido de los departamentos de arqueología, antropología e historia. La “Arqueología Bíblica” evolucionó como un término usado principalmente en la cultura popular, en títulos de conferencias públicas, artículos en revistas, libros y cursos de pregrado o seminario. El término vino a señalar que se tratarían materias textuales y arqueológicas en presentaciones con este título; pero no señalaba cuál sería la proporción entre arqueología y texto ni la orientación profesional del autor o conferencista. Considerando que todos los arqueólogos siropalestinos que trabajan en ciertos períodos históricos deben por necesidad explotar la información contenida en la Biblia al interpretar algunos de sus hallazgos, ellos son ipso facto arqueólogos bíblicos; pero no todos los biblistas que usan información arqueológica y que puedan llamarse “arqueólogos bíblicos” pueden pretender ser “arqueólogos siropalestinos”. Incluso Dever dejó clara esta situación (13).

Tan imperceptible como lo fue en los años ochenta, el debate había precipitado cambios que iban más allá de la terminología profesional. Había diseminado la noción de que la síntesis Albrightiana de los estudios y la arqueología bíblica ya no mantenía su integridad: los biblistas podrían seguir caminando solos, al igual que los arqueólogos. En los estudios bíblicos hubo un desplazamiento desde los análisis históricos hacia los literarios; en la arqueología de la Edad del Hierro, un desplazamiento desde las explicaciones históricas de la historiografía bíblica basada en datos de excavaciones hacia las interpretaciones político-económicas basadas en teorías socio-antropológicas. Algunos biblistas que aceptaron la distinción de Dever emprendieron la elaboración de historias sociales de Israel basados en una mezcla de datos arqueológicos y teoría socio-antropológica.

 

 

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Notas

(1) M. LIVERANI, "Nuovi sviluppi nello studio della storia dell’Israele biblico", Bib 80 (1999) 490-492, 497-500, 502-505.

(2) W.G. DEVER, Archaeology and Biblical Studies. Retrospects and Prospects (Archeologia 4.1; Evanston 1974) 17-25, 34-43; ID., "Retrospects and Prospects in Biblical and Syro-Palestinian Archaeology”, BA 45 (1982) 103-107; H. SHANKS, "Should the Term ‘Biblical Archaeology’ Be Abandoned?" BARe 7/3 (1981) 54-57; E.F. CAMPBELL, "Letter to Readers", BA 45 (1982) 68; H.D. LANCE, "American Biblical Archaeology in Perspective", BA 45 (1982) 97-101. Dever introdujo por primera vez el término para referirse a una ‘disciplina y secular ... realizada por los historiadores culturales por su propio interés’ en la "Introducción" a Biblical Archaeology (ed. S.M. PAUL – W.G. DEVER) (Library of Jewish knowledge; Jerusalem 1973) ix. (agradezco al Prof. Paul por esta referencia).

(3) J. Jahn (1750-1816) publicó una Biblische Archäologie original de cinco volúmenes en 1802. Abrevió esta publicación en un solo volumen, J. JAHN, Archaeologia biblica in Epitomen redacta (Viena 1814), traducido posteriormente como Archæologia Biblica. A manual of biblical antiquities (Andover 1823) por el poeta y traductor norteamericano T.C. Upham del latín. Su traducción fue reimpresa con adiciones y correcciones bajo el título más breve de Jahn’s Biblical Archaeology hasta 1853. La cita es de una edición de 1839 publicada en Nueva York.

(4) K.F. KEIL, Handbuch der biblischen Archäologie (Frankfort a. M. – Erlangen 1858-1859) 2. Este libro apareció en una segunda edición alemana en 1875 que fue traducida con adiciones y correcciones de Keil y se publicó como Manual of Biblical Archaeology (Edinburgh 1887-1888) I-II.

(5) KEIL, Handbuch, 1-5.

(6) J.G. LANSING, Outlines of the Archaeology of the Old Testament (New Brunswick 1896) 4-5.

(7) P.J. KING, American Archaeology in the Mideast. A History of the American Schools of Oriental Research (Filadelfia 1983) 3-4; C.C. LAMBERG-KARLOVSKY, Beyond the Tigris and Euphrates (Beerseba 1996) 26-29. De hecho, la mayoría de los viajeros publicó relatos científicos o populares de sus viajes, de modo que había mucha información sobre Tierra Santa y la Biblia que circulaba ampliamente en inglés, francés y alemán.

(8) Observé lo que estaba disponible en los estantes de la biblioteca en el Seminario Teológico de Princeton en agosto y noviembre de 2000. Debido a la escasez de libros con las dos palabras requeridas, incluí libros cuyos títulos indicaran que trataban de tipos similares de datos.

(9) Cf. E. KALT, Biblische Archäologie (Friburgo 1924), un pequeño volumen que se centra en las instituciones políticas, religiosas y sociales en su escenario geográfico. Aunque fue escrito más de 60 años despues del libro de Kiel —podría considerarse como una versión abreviada y actualizada del libro anterior—, Kalt no incorporó los hallazgos de la arqueología sucia en sus discusiones.

(10) Cf. KING, American Archaeology in the Mideast, 83, con respecto al enfoque de M. Kyle, un biblista conservador asociado durante largo tiempo con F. Albright y la arqueología norteamericana en Tierra Santa.

(11) Véase J.C. MEYER – V.H. MATTHEWS, "The Use and Abuse of Archaeology in Current Bible Handbooks", BA 48 (1985) 149-159; "The Use and Abuse of Archaeology in Current One-volume Bible Dictionaries", BA 48 (1985) 222-237. Muchos de los abusos vistos y citados por estos autores abordan el uso más antiguo y tradicional del material arqueológico en contextos denominacionales.

(12) Esta descripción está tomada de Weaver, quien la usó para sugerir cómo puede enfrentarse teológicamente en los años 1990 el atolladero histórico causado por la arqueología; cf. W.P. WEAVER, "The Archaeology of Palestine and the Archaeology of Faith: Between a Rock and a Hard Place", What has Archaeology to do with Faith? (eds. J.H. CHARLESWORTH – W P. WEAVER) (Faith and Scholarship Colloquies; Filadelfia 1992) 89-105 ("The Failure of Archaeology as an Apologetic Strategy").

(13) W.G. DEVER, "What Archaeology Can Contribute to an Understanding of the Bible", BARe 7/5 (1981) 40-41; "Archaeology and the Bible. Understanding Their Special Relationship", BARe 16/3 (1990) 52-58, 62.