Citar como: http://www.puertachile.cl/teologia/2004_apocalipsis_cine.htm

 

¡Apocalipsis siempre! (Cine del "fin de siglo")

por Douglas L. Howard, Profesor del Suffolk County Community College, Selden, EEUU

Publicado originalmente por PopPolitics.com, 18 de octubre de 2003
Traducción de Felipe Elgueta Frontier

 

Después de un año repleto de imágenes de derramamiento de sangre y guerra, que vio atentados suicidas, francotiradores en las carreteras y acciones cayendo en picada, y que a menudo nos hizo creer que el cielo estaba cayéndose de verdad, parece sorprendente que alguien hubiera querido entretenerse con semejantes visiones apocalípticas y animar sus peores miedos o incluso pagar para verlos representados en la pantalla grande. Pero si consideramos las recaudaciones logradas por las películas, podemos pensar que nuestro apetito por la destrucción durante el pasado verano septentrional fue tan insaciable como siempre. ¿Podría ser ésta otra señal del fin?

 

   En 1790, ante las revoluciones que remecieron a Francia y Estados Unidos, el poeta William
<  Blake creyó que había llegado el tiempo en que "el mundo sería consumido por el fuego".
   Imagen: Dante y Virgilio en las puertas del Infierno (por William Blake).

 

No empiece aún a regalar todas sus posesiones materiales. Aunque el Y2K vino y se fue sin causar más que un cortocircuito, nosotros todavía estamos, técnicamente hablando, en una encrucijada a la que críticos e historiadores bien podrían referirse como el fin de siècle, un fenómeno cultural, asociado generalmente con el final de los años 1800, que tiene lugar al final de un siglo (que es precisamente el significado de su nombre en francés) y a menudo se extiende hacia principios del siguiente. Y, lo que es muy interesante, se caracteriza tanto por una preocupación por escenarios de fin de mundo y fantasías apocalípticas, como por su interés en la decadencia, el progreso e, incluso, la transformación.

En 1790, por ejemplo, ante las revoluciones que remecieron a Francia y Estados Unidos, el poeta William Blake creyó que había llegado el tiempo del “retorno de Adán al Paraíso” y esperaba los cambios que tendrían lugar cuando el mundo fuera consumido por el fuego y todo “aparece[ría] infinito y santo”. En esa misma línea, Samuel Taylor Coleridge afirmó en 1794: “Ya se avecina el día de la Retribución”. Y en “El Preludio”, que revisó desde 1799 hasta su muerte en 1850, William Wordsworth vio “los personajes del gran Apocalipsis” inscritos en el panorama que le rodeaba.

Y aunque los avances científicos y tecnológicos del siglo XIX, tales como el dínamo, hicieron que gente como Henry Adams se sintiera “como los primeros cristianos [ante] la Cruz”, los autores como Robert Louis Stevenson, en “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” (1886), y H.G. Wells en obras como “La isla del Dr. Moreau” (1896) o “El hombre invisible” (1897), temían que tales investigaciones científicas también pudieran ser agentes de corrupción y dar origen a esas monstruosidades que anteriormente habían existido sólo en la imaginación humana (la historia de Stevenson es, por supuesto, parte de la inspiración para las versiones en comics y cine de “The Hulk”).

Por otro lado, Bram Stoker, en “Drácula” (1896), y Oscar Wilde, en “El retrato de Dorian Gray” (1891), vieron la inmoralidad de la época expresada a través de malévolas figuras sobrenaturales que llevaban a los inocentes a la tentación dándole rienda suelta a sus oscuros deseos. De hecho, el Dorian de Wilde incluso espera que el fin de siècle sea el fin du globe (el fin del mundo) porque “la vida es una gran decepción” (los personajes de todas estas obras también tuvieron un rol en el reciente filme con Sean Connery “La Liga Extraordinaria”).

Considerando el clima de los tiempos, el médico y crítico cultural alemán Max Nordau, en su análisis de 1893, titulado apropiadamente como “Degeneración”, creía que las personas se estaban deteriorando moral y físicamente y lamentaba “el fin de un orden establecido que durante miles de años había mantenido satisfecha la lógica y encadenada la depravación y que, en todas las artes, había permitido la maduración de algo bello”. En 1896, al acercarse el nuevo siglo, el poeta W.B. Yeats oyó en el aire “el ruido de jinetes caídos y los lamentos / de desconocidos ejércitos que perecen”; para 1920, la visión se había solidificado más proféticamente en aquella “horrible bestia … [que] se arrastra hacia Belén para nacer”.

En la medida en que los filmes manifiestan y definen nuestras ansiedades culturales, en los años previos y posteriores al inicio del nuevo milenio, los directores de cine han usado el medio para comunicar las preocupaciones acerca de nuestro propio fin de siècle y recordarnos cuán vulnerables somos en realidad. Hemos sido atacados por invasores extraterrestres tanto en 1996 (“El Día de la Independencia”) como en 2002 (“Señales”) –por supuesto, Wells ya habían previsto una invasión extraterrestre en su clásico de 1898 “La Guerra de los Mundos”–; hemos tenido dragones con aliento de fuego (“El Reino del Fuego” [2002]) y reptiles gigantes que mutaron debido a nuestras pruebas nucleares (“Godzilla” [1998]); hemos tenido problemas en el centro de la Tierra (“El Núcleo” [2002]) y, en ese verano particularmente malo de 1998, incluso tuvimos que enfrentar no uno, sino dos meteoritos más grandes que Texas que iban a chocar contra la Tierra (“Impacto Profundo”, “Armagedón”). ¡Oh, sí! Y el anticristo intentó destruirnos en 1999 (“El fin de los días”) y 2000 (“Almas Perdidas”); pero afortunadamente nunca lo logró.

Aunque efectivamente nos permiten escapar, aunque sólo por un momento, de las responsabilidades y compromisos que dominan nuestras vidas, las películas, al igual que los sueños o las novelas, también nos permiten contemplar lo inconcebible e imaginar lo impensable. Lo que es más, nos permiten hacerlo desde la seguridad de nuestros asientos en el cine junto a docenas de personas a nuestro alrededor que contemplan e imaginan exactamente lo mismo. En los últimos años, ha sido difícil no ver las noticias sin preguntarnos, como Blake o Yeats, qué podría significar todo esto para el futuro o si acaso habrá un futuro por el cual preocuparnos.

Es una posibilidad casi demasiado intimidante como para considerarla ante el periódico matutino; pero delante y a través de la pantalla del cine logramos enfrentar nuestros peores temores del fin de siècle y aún así salir con una sonrisa. De algún modo, todo parece estar muy bien mientras Schwarzenegger está esquivando balas en un automóvil que va por la carretera a toda velocidad (a diferencia de cuando responde las consultas sobre política en California) o cuando Keanu Reeves está dándole una golpiza a un centenar de agentes replicantes en el patio de una escuela. Podemos ver el mundo despedazado por un holocausto nuclear y podemos mirar la rotación de la Tierra salirse irremediablemente de su eje, sabiendo perfectamente bien que, sin importar cuánto “suspendamos voluntariamente nuestra incredulidad”, al final del día esto será “sólo una película” y, a diferencia de los personajes de estos filmes, nosotros sí podemos volver a las vidas que habíamos dejado. Así que no teman; puede ser el fin del mundo como lo conocemos; pero, mientras las palomitas de maíz tengan mantequilla y los refrescos estén fríos, estaremos todos bien.-

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