Empecé a leer “El Regreso Glorioso” de Tim LaHaye y Jerry B. Jenkins con mi usual ramillete de ilustrados supuestos liberales. Estaba segura de que este libro evangélico me distanciaría aún más del cristianismo, al repetir los análisis fatalistas de aquellos tópicos morales contemporáneos que he llegado a asociar con este tipo de religión: sexo prematrimonial, aborto, alcohol, divorcio; todos los "tabúes" que los estadounidenses comunes y decentes están "violando" todo el tiempo. Pero este repulsivo libro que ahora se ubica a la cabeza de la lista de los best sellers, del mismo modo en que “La Pasión del Cristo” encabezó la lista de recaudaciones en taquilla hace unas semanas, logró algo completamente diferente: despertó en mí el deseo de defender vigorosamente el cristianismo. ¿Acaso "vi la luz" o encontré a Jesús, o sufrí algún otro tipo de metamorfosis como resultado de este libro? Por supuesto que no. Es tan sólo que “El Regreso Glorioso” es una expresión tan horrible del cristianismo que no pude dejar de pensar en toda la belleza que esta religión tiene pero que está ausente de este libro. En “El Regreso Glorioso” nos encontramos en los límites de nuestra historia humana. El Rapto ya ocurrió, se han sucedido años de Tribulación y, finalmente, el día ha llegado: Jesucristo, con túnicas blancas y montando un semental blanco, cabalgará hacia la Tierra sobre las nubes y, de una vez por todas, estrechará entre sus brazos a aquellos que han llegado a ver la luz de Dios, y también mandará a sus enemigos al infierno de las maneras más monstruosas que se puedan imaginar. Ha habido mucha literatura popular dedicada a las guerras del bien contra el mal e, incluso, con claras connotaciones bíblicas. “The Stand”, de Stephen King, es una batalla post-apocalíptica entre el bien y el mal que ocurre después de que la mayoría de la población de la Tierra es exterminada por una gripe particularmente virulenta. Leí una entrevista que le hicieron a King hace unos años y en la que él atribuía la enorme atracción ejercida por su novela a que todos nos imaginamos como uno de los sobrevivientes (o, en la lengua vernácula del Rapto, uno de los “dejados atrás”). Creo que King tiene razón: ¿Cómo es un mundo abandonado? ¿Cómo nos re-creamos cuando hemos regresado (al menos materialmente) al estado natural? “El Regreso Glorioso” aborda estas inquietudes haciendo uso del literalismo bíblico. No hay ninguna alegoría, ninguna metáfora, ninguna parábola. No hay nada en absoluto que sea figurativo o conceptual. El Armagedón consiste literalmente en lagos de fuego, ríos de sangre, hombres que se funden al ver a Jesús, y otras muertes horrorosas que son parte de la Justicia Divina. El estado natural es el campo de juego para la guerra entre Jesús y Satanás. Olvídese de cómo ha vivido su vida; olvídese de sus preguntas, pensamientos u opiniones; olvide la realidad. Acepte a Cristo o muera. Y me refiero a morir de verdad. Ésta es la variedad populista del evangelicalismo en su versión más burda: una fe absoluta basada en un miedo absoluto. No hay ninguna discusión acerca de cómo la religión cristiana ha mejorado las vidas de los personajes o los ha llenado de amor; en lugar de ello, la creencia en Jesús se basa en la prueba dada por el Rapto y los años de Tribulación. Cualquiera que haya vivido durante este tiempo y no haya aceptado a Cristo es francamente estúpido, claro está. Y eso es así de delicado en “El Regreso Glorioso”: usted cree en Cristo o no y, por consiguiente, usted es recompensado o se va al infierno. Ésta es la razón por la cual la novela reduce la religión a la conveniencia escatológica más inmoral: millones de personas astutamente se convierten en el último día del mundo en un reconocimiento final de que el Mesías está viniendo, lo que parece absolverlos inmediatamente de vidas dedicadas a "aberrantes" religiones o a típicos y viejos pecados. “El Regreso Glorioso” es un buen documento del actual anti-intelectualismo que impera en Estados Unidos. Aquellos que cuestionan la Palabra de Dios –según la entienden los evangélicos- lisa y llanamente están bajo la influencia del diablo. Las personas pensantes son rechazadas: es que Lucifer les está susurrando al oído. La indecisión espiritual es considerada narcisista y, tal como lo plantea uno de los creyentes de la novela, "vana, orgullosa. En una palabra: maligna". La posibilidad de que algunos sigan pensativos o intenten comprender intelectualmente este nuevo orden mundial, no se toma en cuenta o se trata como algo patológico:
Y, por supuesto, eso es exactamente lo que pasó. No hay ningún matiz: no decidir es decidirse en contra. Hay sólo dos posibilidades ontológicas en este evangelicalismo. Es imposible exagerar la simplicidad de este libro. Página tras página, la novela (que en realidad no es más que un espeluznante sermón) recurre a la Biblia para decirle a la gente que alabe a Jesús, porque él es el único y verdadero Dios, puesto que de otro modo deberán enfrentar su ira; porque amar a Cristo es segar una recompensa eterna; porque –otra vez- él es el único y verdadero Dios. Y así, una y otra vez, hasta lo que se siente como el fin de los tiempos. Y, además, aparte de ser mucho más poderoso que Satanás, no hay una mucha diferencia entre el Jesús de esta novela y el príncipe de las tinieblas. Cristo ya no es compasivo, ha perdido su paciencia y su deseo de perdonar, y está feliz de matar a cualquiera que no se incline ante él, lo llame "Señor" y lo diga en serio. Entretanto, todos los héroes creyentes de la novela observan, prácticamente celebrando con gritos de “¡te lo dije, te lo dije!”, mientras millones mueren destripados, aplastados o quemados vivos. Los creyentes no muestran ninguna consideración hacia los millones de personas que están siendo despedazadas a su alrededor. Su idea de la compasión en medio de este genocidio sagrado consiste en preguntarse si acaso talvez debían cubrirle los ojos a sus hijos. No hay misericordia; la luz de Dios es ira, venganza y recompensa para quienes rinden culto a Cristo. Todo esto tergiversa la dimensión más hermosa del pensamiento cristiano. Mientras leía esta cosa, me preguntaba si finalmente alguien desafiará a Cristo hablando en nombre de Jesús. Pero nosotros no somos exactamente una nación pensante, y la lucha del bien contra el mal ofrece un esquema mucho más fácil de manejar que el tipo de pensamiento que se requiere para lograr una real apreciación de la complejidad propia de la Escritura. Y así tenemos que, en este momento, el movimiento religioso de más rápido crecimiento en los Estados Unidos es un evangelicalismo de lo más pedestre, mientras que “El Regreso Glorioso” encabeza las listas de los libros más vendidos. El evangelicalismo de LaHaye y Jenkins es precisamente el niño de escuela cuya respuesta a la pregunta "¿Por qué?" es "Porque sí". Ya que este tipo de fe es incuestionable, da sobre todo una impresión de arrogancia. En este universo de definiciones, los creyentes pueden ubicarse en una posición de superioridad, lo que es tan estadounidense como el pastel de la manzana. Estados Unidos es un país cristiano, Estados Unidos tiene la razón, Dios está de nuestro lado. Es una teología del egoísmo nacional. Un juicio final –y me refiero a un Juicio Final- es la mejor manera de demostrar cuán acertado está uno sin tener que desarrollar ninguna simpatía por aquellos que están equivocados. Con “El Regreso Glorioso”, el juicio ya ha llegado, finalizando la serie “Dejados Atrás”; pero, como buenos escritores de thrillers, LaHaye y Jenkins han dejado abierta la posibilidad de realizar una secuela más. Tal parece que, después de un milenio de Cielo en la Tierra luego del “Regreso Glorioso”, Lucifer es liberado del Infierno para probar una vez más a la gente. Con algo de suerte, lograrán pasar la prueba. Una forma de lograrlo podría ser dejando la serie “Dejados Atrás”... bien atrás. |
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