Muhammad Yunus y el microcrédito de Bangladesh por Mirko Macari Publicado originalmente en El Mercurio, 9 de junio de 2001
Muhammad Yunus iba cada día a la facultad de economía a dar clases. Era 1974, y Bangladesh, su país, atravesaba un periodo de hambrunas desoladoras. El campus de Chittagong estaba en una zona agrícola, por lo que en los viajes de ida y vuelta, le tocaba ver directamente esa miseria extrema, dramática. Yunus era entonces un joven economista de 34 años, recién regresado después de hacer un doctorado en Estados Unidos, y aquella realidad diariamente se metía por su retina y le pasaba directo al corazón. Se sentía profundamente incómodo de estar en las aulas abocado a hermosas teorías que no cambiaban nada. Veía cómo se morían las personas mientras esperaban un puñado de arroz. Dar clases de economía era como asistir a películas. En ellas los buenos terminan por triunfar y los malvados suelen ser castigados. Pero al salir de la facultad y atravesar los barrios miserables camino a casa, vivía un choque mayor que al salir de la sala de cine y regresar al mundo real. Lo que hablaba en las salas, fuera de ellas no tenía ningún significado en la vida de la gente común y corriente. Razones para sentirse así tenía: ese año murieron de hambre un millón y medio de personas en Bangladesh. Un día de aquellos, Yunus se cruzó con Sufía Begum, una mujer analfabeta con 22 años de edad y tres hijos que alimentar. Ella trabajaba toda la jornada fabricando sillas de bambú, que luego vendía. ¿Cómo alguien que hacía una artesanía tan linda podía tener apenas para subsistir?, se preguntó Yunus. Sufía le contó su problema: no tenía los veintidós centavos diarios para comprar el bambú, por lo que debía pedirlo a un prestamista que en la mañana le daba el dinero y en la tarde se llevaba los taburetes. Este, a cambio, le entregaba a Sufía sólo dos centavos. Ella trabajaba en condiciones de virtual esclavitud en pleno siglo XX. Casi como una epifanía, Yunus intuyó que algo estaba mal. En la pizarra él hacía ejercicios que especulaban sobre millones de dólares, aunque para la gente de su país la sobrevivencia era cuestión de dos míseros centavos diarios. Lo que más me impresionó fue cómo las personas sufrían porque no tenían acceso a pequeñas sumas de dinero y en eso estaba su principal drama. La situación lo avergonzaba profundamente, pero no se quedó en el trago amargo. Transformó toda su rabia en acción: Decidí con mis alumnos hacer un trabajo práctico en la aldea de Jobra y averiguar cuántos trabajadores estaban en la misma situación. Resultó que eran 42 personas laboriosas, pero condenadas por el sistema a no poder salir de la pobreza. Él sabía por su formación que si quería dar alguna ayuda, esta debía ser institucional para no ser una mera limosna. Creía entonces que conseguir el dinero sería fácil. Partió a hablar con unos banqueros y ellos se rieron a carcajadas en su cara: ¿Prestar sumas irrisorias a personas absolutamente insolventes?. Debió oír largos discursos sobre finanzas y sacó sus conclusiones: Lo que descubrí fue la premisa implícita del sistema bancario tradicional: que no vale la pena prestar a los pobres. Pero Yunus tenía claro que era a los pobres a quienes había que entregar dinero, justamente porque eran estos los más necesitados. Convencido, decidió involucrarse personalmente en el asunto y se comprometió como aval de un crédito por trescientos dólares. Cuando se cumplieron los plazos fijados, tuve la grata sorpresa de ver que todo el mundo pagaba lo que debía. Volví entonces donde los banqueros para pedirles más créditos, pero ellos estaban convencidos de que el proyecto terminaría por fracasar. Mahfusa, una mendiga con la que Yunus se cruzaba diariamente, fue de las primeras en recibir un crédito. Ella le pidió diez takas, la moneda bengalí, equivalentes a unos centavos de dólar. La cifra era ínfima porque ella simplemente no sabía qué hacer con más dinero. Pero él insistió y le pasó treinta takas, con las que Mahfusa pudo comprar mercaderías y venderlas casa por casa. La reencontré una semana más tarde. Estaba loca de contenta. No hablaba de sus beneficios o de sus condiciones de vida. Estaba simplemente feliz porque la gente la recibía en sus casas, la trataban, en fin, con un poco de respeto, contaba Yunus, quien sentía que más que dinero, prestaba esperanza. Naturalmente toda la gente trata de ser honesta. Es la tendencia natural del ser humano, excepto que sea tentado, presionado y forzado hacia la deshonestidad, piensa Yunus. Por eso fue ampliando su campo de acción a dos, diez y luego quince aldeas, y en cada ocasión los beneficiados cumplieron sus compromisos religiosamente. Y también en cada ocasión los bancos le pasaban el dinero mostrándose absolutamente escépticos. Siempre lo recibían con la misma frase: En más aldeas no funcionará. No obstante seguía funcionando. En un principio no tenía idea de lo que podía suceder, pero para entonces ya estaba absolutamente convencido de la viabilidad de la idea. Entonces me dije: ¿y qué sucedería si lo hiciera yo mismo?.
Hágalo usted mismo La idea de un banco propio no era tan instantánea ni fácil como los productos del tipo hágalo usted mismo. Muhammad Yunus acudió al gobierno y de entrada le dijeron que era una locura. Tuve que empezar a buscar recomendaciones, llamar a todas las puertas y explicar el asunto otras mil veces. Esa fase me llevó dos años, tardé todo eso en conseguir una simple autorización gubernamental, le contaba él a la escritora Rosa Montero en una entrevista para El País. Después de muchos periplos, el Grameen Bank (banco de la aldea) vio la luz en 1982. De esa carrera cuesta arriba sorteando prejuicios de banqueros, oficiales de gobierno, académicos, donantes y políticos, e incluso del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, Yunus aprendió más que en todos sus cursos universitarios: Es muy difícil para las personas aceptar algo de lo que nunca antes escucharon. Somos extremadamente reticentes a salir de la visión de mundo que hemos creado para nosotros mismos y por eso significó un gran esfuerzo lograr una pequeña apertura. Aunque Yunus era economista, en verdad no sabía nada de bancos. Las personas que empezaron a seguirlo tampoco. Sin embargo, resultaba evidente que los mecanismos financieros elegidos no podían ser los mismos que los de las entidades de crédito tradicional. De partida no podía exigir el reembolso en cuotas interminables o simplemente de una sola vez. Decidí hacer exactamente lo contrario: las devoluciones serían tan mínimas que quien pidió dinero ni siquiera se daría cuenta del pago. Opté por un sistema de reembolso cotidiano, semanal. Al principio los pobres creían que todo era una broma de mal gusto y no se imaginaban que alguien quisiera prestarles dinero a ellos. Después, cuando obtenían el préstamo, no se atrevían a gastarlo, porque no tenían la costumbre y porque, rechazados en todos lados, pensaban que de todas maneras ellos eran buenos para nada. Pero, gradualmente, más y más gente empezó a beneficiarse con el nuevo concepto inaugurado por Yunus: el microcrédito. El Grameen no es una institución de beneficencia, sino un banco, y como tal tiene sus reglas. Para obtener un préstamo, el solicitante primero que nada tiene que demostrar que es pobre, por lo mismo no se le piden avales ni posesiones que dejar en garantía. Eso sí, los créditos nunca son individuales: se otorgan a grupos de cinco personas. Dos son las primeras en recibir el préstamo, que si lo devuelven correctamente, permitirá que otras dos más lo obtengan. Si no, automáticamente los otros miembros del grupo no recibirán el crédito, aunque tampoco deben responder por el compañero que no pagó. El mismo Yunus explicaba el porqué de esto: Así se refuerza la responsabilidad personal y la solidaridad del grupo. El sistema es un éxito y más del 98 por ciento de los préstamos son devueltos, una cifra mucho más elevada que la media bancaria de Bangladesh. Por ejemplo, el Banco Industrial durante quince años ha recuperado apenas el diez por ciento de los préstamos otorgados. Cuando nos vemos les digo: ¿por qué se siguen llamando banco?, ¿por qué no se llaman organización de caridad para los ricos?. Ese 98 por ciento de reembolso es una cantidad notable, que hizo que el Grameen nunca debiera recurrir a la justicia para recuperar el dinero. Eso es así porque establecemos relaciones con seres humanos y no con papeles. El fundamento de la palabra crédito es confianza, contaba Yunus. En este tiempo ha conseguido dos millones y medio de clientes, con lo que ha ayudado indirectamente a aproximadamente seis millones de bengalíes, es decir, un quinto de la población total del país. Muchos de esos beneficiarios son ahora dueños del banco, que tiene un 92 por ciento de su propiedad repartida en acciones entre ellos. El 8 por ciento restante es del Estado. En todos estos años el banco ha prestado tres mil millones de dólares, con un promedio de doscientos dólares pér capita. Y aunque esos números hacen al Grameen una institución absolutamente rentable, no obtiene grandes ganancias, pues la mayor parte del dinero se utiliza para cubrir los gastos operacionales, que no son pocos. Su lema es: las personas no tienen que ir al banco, es el banco el que tiene que ir a las personas. Esto hace que 13 mil funcionarios se desplacen por cerca de 39 mil aldeas, a veces en automóvil, a veces en bicicleta, en bote o simplemente a pie, por las exigentes condiciones del terreno que impone la geografía de un país básicamente rural. Y todo eso sin sufrir pérdidas por robos o asaltos. Para un pobre una oficina es algo aterrador y amenazante, por eso nuestro banco no es la oficina, sino la persona. Mientras estás durmiendo en tu casa sigues siendo el banco; y si viene alguien a despertarte para preguntarte por los microcréditos, tienes que contestarles y dar la infomación, dice Yunus. Cerca de un tercio de los clientes del Grameen ya no puede seguir siéndolo: había superado el límite de la pobreza. ¿Cómo ocurrió eso? Como en el caso de Lavina Karim, quien abrió un almacén en el que vende galletas, caramelos, té, panes y hasta algunas muñecas que han cambiado incluso los juegos infantiles. O el de Anindita Sirajul, quien tiene un estanque de peces con los que no sólo mantiene a sus tres hijos, sino que también aumentó la cuota de calorías de su aldea. Después de pagar los sesenta dólares iniciales, se endeudó nuevamente y compró otras especies de peces. Similar es el caso de Taslima Sarkar, vecina de Anindita, que organizó un servicio de transporte en una pequeña embarcación que le costó 48 dólares. No es casual que todas ellas sean mujeres, pues un 94 por ciento de los clientes del Grameen son de sexo femenino. Eso, en un país mayoritariamente musulmán, es revolucionario: Cuando partimos, nos propusimos que la mitad de los beneficiarios fueran mujeres. Nos costó llegar a esa meta y cuando lo hicimos, nos dimos cuenta de que el dinero que iba a las familias a través de las mujeres traía más beneficios que el dinero que inyectaban los hombres. Los hombres son muy descuidados respecto al dinero. Ellas tienen tan poco, y con eso dan de comer a la familia, mantienen la casa... Es fácil encontrar hombres que quieran créditos, pero con las mujeres ha sido muy difícil. De entrada te dicen siempre que no porque están muy asustadas, tienen todo en contra: la educación, la tradición, el marido....
Mujeres al poder Por lo anterior es que el Grameen ha debido enfrentar la oposición de los fundamentalistas religiosos, que ven en el hecho de que las mujeres tengan dinero el primer paso para que dejen la casa, salgan a la calle y vayan a todas partes. Y el siguiente obviamente es el de la participación política, una cuestión que se hizo trascendental en las elecciones de 1996, donde no sólo por primera vez votaron más mujeres que hombres, sino que dos mil de estas mujeres pobres, vinculadas al Grameen, fueron elegidas representantes de sus municipios. Al principio las autoridades bancarias de Bangladesh trataron de acabar con lo que consideraban la discriminación de prestarles mayoritariamente a mujeres, pero Yunus les respondió que el 95 por ciento de los clientes de los bancos convencionales eran hombres y nadie los acusaba de sectarios. Algunas veces nos han quemado oficinas o han atacado y herido a nuestros empleados, pero los fundamentalistas están perdiendo mucha fuerza, dice Yunus, quien se ha convertido para los dueños del poder en Bangladesh en un peligroso subversivo del orden social, aunque tras las fronteras no deja de recibir premios y ser alabado por importantes personalidades, entre ellos el ex presidente Clinton, quien lo propuso para el Nobel de Economía. Justamente el enorme impacto del Banco Grameen en Bangladesh hizo que la institución se diversificara como un verdadero holding de los pobres. Por eso entre otras veintidós compañías, existen filiales, como el Grameen Trust, que apoya las iniciativas internacionales inspiradas en este y que opera en cerca de sesenta países. A través del microcrédito en regiones polares de Noruega, se repoblaron islas donde las mujeres no estaban integradas a la sociedad. En Estados Unidos mismo hay cerca de cincuenta programas del Grameen operando, que han permitido, por ejemplo, que en Chicago y Arkansas grupos de mujeres dejaran de depender de la ayuda social de la que habían vivido por generaciones. En las reservas indias de América del Norte se implementaron programas para que alcohólicos rehabilitados empezaran a trabajar. Esto ha contravenido la creencia de que en los países desarrollados la pobreza es muy distinta a la del Tercer Mundo. Yunus señala: Los pobres tienen más cosas en común que diferencias. Todos parten de un mismo problema: el rechazo de las instituciones financieras. En total, fuera de Bangladesh se estima que son cerca de seis millones de personas las beneficiadas por los programas del Grameen. También ha constituido organismos dedicados a apoyar la agricultura y la pesca, aportando dinero y tecnología entre quienes se dedican a estas actividades, de modo de mejorar su calidad de vida. Tampoco está al margen de los capitales de riesgo, y por eso constituyó la Fundación Grameen, con la que financian proyectos de empleo informal o autoempleo que requieran inversión tecnológica. Ni siquiera se ha quedado al margen de las telecomunicaciones y por eso en 1995 se creó Grameen Telecom, una institución dedicada al de-sarrollo de las telecomunicaciones en zonas rurales. Nuestra intención es llevar ese servicio a las comunidades apartadas, porque en Bangladesh hay muy pocos teléfonos, cerca de cuatrocientos mil para 130 millones de habitantes. Incentivamos a que gracias a préstamos del propio banco, las clientas del Grameen Bank se conviertan en las recepcionistas de sus aldeas, arrendando el servicio telefónico a la gente que necesite efectuar llamadas. Cuando Grameen Phone se convierta en una empresa rentable, vamos a venderles las acciones a los clientes, para que ellos sean los dueños, ha dicho Yunus, quien tiene como meta prestarles dinero a cien millones de personas en el 2005, y piensa que de aquí al 2050 no debería quedar un solo pobre en el mundo. Todo su trabajo se fundamenta en un supuesto que contraviene eso de que la miseria es el resultado natural de la inferioridad de algunos, su flojera o simplemente la selección natural de los mejores: La pobreza la crean las instituciones, los conceptos y las políticas que nuestras sociedades y gobiernos persiguen. Si podemos cambiarlas, podremos acabar con ella y no habrá más pobres.
Bangla.. ¿qué? En 1991, un ciclón que azotó a Bangladesh dejó cien mil personas muertas y a cerca de diez millones sin casa. Aunque no tan devastadores como aquel, los desastres climáticos son frecuentes en ese país: inundaciones, lluvias, ciclones y periodos de sequía, además de las temporadas del monzón, amenazan constantemente a la agricultura, la principal actividad económica de la población. Esta es una de las causas de que el país sea uno de los más pobres del mundo. Otra es que parte de las mejores tierras estén en manos de grandes terratenientes. Los bengalíes tienen un ingreso per cápita de 170 dólares anuales, cerca de un cincuenta por ciento de las viviendas son de barro y un baño debe ser compartido por un promedio de cincuenta familias. También son cincuenta de cada cien, los niños que al nacer presentan un peso insuficiente. Además cada año, millones engrosan los barrios marginales de las crecientes ciudades, como los de su capital, Dhaka. Bangladesh nació como Estado independiente sólo en 1971, pero su nombre, que significa tierra del pueblo de habla bengalí, delata una historia que se remonta miles de años, al antiguo reino de Banga, cuya existencia ya se mencionaba en el mítico Mahabharat, un poema épico de cien mil estrofas conocido también como la gran historia de la humanidad. Esto incide en una cultura bastante homogénea. Si bien los pueblos indoarios dieron origen a las creencias hindúes hace más de tres mil años, los musulmanes que llegaron en el siglo XIII implantaron su religión, que actualmente es profesada por cerca de un noventa por ciento de la población. La constitución del país está fuertemente influenciada por el islamismo y por eso hay normas que permiten a la mujer heredar sólo la mitad de lo que pueden recibir los hombres, el divorcio es un sencillo trámite de iniciativa masculina y las estadísticas oficiales no consideran productivo el trabajo que las mujeres realizan en la casa y en el campo, entre otras abiertas discriminaciones. Situado en el delta del río Padma que se forma por la confluencia del Meghna, el Ganges y el Brahmaputra, Bangladesh es una planicie de fértiles tierras, donde los principales cultivos son el arroz, el té y el yute. Este ecosistema se ha visto amenazado por distintas fuentes contaminantes en el último tiempo. Según informes del Instituto del Tercer Mundo, en 1998, quince millones de personas se encontraban amenazadas por la contaminación de los pozos de agua con arsénico, que son la principal fuente de abastecimiento de este elemento para la población. También han sido preocupantes los crecientes desechos industriales y aguas residuales arrojados a la bahía de Bengala, pero las casi mil empresas contaminantes no han sido clausuradas, pues eso agravaría más el problema del empleo. Como consecuencia directa, un millón y medio de pescadores deben adentrarse cada vez más en el mar para lograr una buena pesca. Los mismos informes dicen que la región de Khulna es una de las más contaminadas del mundo. En esta se han destruido bosques avaluados en más 110 millones de dólares.
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