Citar como: http://www.puertachile.cl/sociedad/walis_imperio.htm

Una religión peligrosa

La teología imperial de Bush

por Jim Wallis

Publicado originalmente en inglés por Sojourners, septiembre-octubre de 2003

Traducción de Felipe Elgueta Frontier

 

Un nuevo imperio

Bush incorpora a Dios

Una Misión y una Investidura

Mal uso de las palabras

El Problema del Mal

Un camino mejor

 

 

"La religión es la más peligrosa fuente de energía que haya conocido la humanidad. Desde el momento en que una persona (o gobierno o religión u organización) se convence de que Dios está ordenando o aprobando una causa o proyecto, todo vale. A nivel mundial, la historia del odio, las matanzas y la opresión alimentados por la religión, es abrumadora".

Eugene Peterson (en la introducción al libro de Amós
en “The Message”, una paráfrasis de la Biblia)

 

Un nuevo imperio

“La victoria militar en Irak parece corroborar que nos encontramos ante un nuevo orden mundial”, escribía recientemente Joseph Nye, decano de la Escuela de Gobierno Kennedy de Harvard. En su artículo publicado en el Washington Post, señalaba también que “después de Roma, ninguna otra nación se había alzado tan imponente por sobre las otras. En efecto, la palabra ‘imperio’ ya está de regreso”.

Hubo un tiempo en que el uso de la palabra “imperio” para referirse al poder estadounidense en el mundo causaba polémica, y a menudo estaba restringido a las críticas izquierdistas en contra de la hegemonía de los EEUU. Pero ahora, en las páginas de opinión de los periódicos y en el discurso político de la nación, los conceptos de imperio, e incluso la frase “Pax Americana”, son citados cada vez con mayor frecuencia sin ningún tipo de reserva.

William Kristol, editor del influyente Weekly Standard, admite la ambición imperial. “Si la gente quiere decir que somos un poder imperial, está bien”, escribía él. Kristol es director del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, un grupo de figuras políticas conservadoras que en 1997 empezó a diseñar una política internacional estadounidense mucho más agresiva (véase Project for a New American Empire). Los artículos publicados por el Proyecto presentan la visión de una “paz americana” basada en “una incuestionable hegemonía militar de los EEUU”. Estos visionarios imperiales escriben que “la gran estrategia de los Estados Unidos debe apuntar a preservar y ampliar esta posición ventajosa en el futuro, tanto como sea posible”. Según su visión, es indispensable que los Estados Unidos “acepte la responsabilidad por su rol único en la conservación y extensión de un orden internacional propicio para nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestros principios”. Lo que, de hecho, es un imperio.

No hay nada secreto acerca de esto; por el contrario, las visiones y planes de estos hombres poderosos han sido manifestados con bastante franqueza. Éstos son los líderes y comentaristas políticos de la Extrema Derecha Norteamericana, quienes ascendieron al poder gobernante y que, después del trauma del 11 de septiembre de 2001, se han animado a llevar a cabo su agenda.

En el período previo a la guerra con Irak, Kristol me dijo que actualmente Europa era incapaz de liderar porque estaba “corrompida por el secularismo”, al igual que el mundo en vías de desarrollo, que estaba “corrompido por la pobreza”. Sólo los Estados Unidos podrían proporcionar el “marco moral” para gobernar un nuevo orden mundial. Esto, según Kristol, quien recientemente escribió con tanta candidez: “Bueno, pero ¿qué tiene de malo la dominación, si es para servir a principios sólidos y altos ideales?” ¿Los ideales de quién? La definición derechista norteamericana de “ideales americanos”, probablemente.

 

Portada del libro "La Guerra contra Irak: La tiranía     
de Saddam y la misión de Estados Unidos", > 
escrito por Lawrence Kaplan y William Kristol     

 

Bush incorpora a Dios

En esta agresiva extensión del poder estadounidense en el mundo, el Presidente George W. Bush incorpora a Dios; y esto cambia dramáticamente el escenario. Una cosa es que una nación afirme el hecho incuestionable de su dominio en el mundo; otra bien distinta es sugerir, tal como lo hace el presidente, que el éxito del ejército y la política internacional estadounidenses estén conectados con una “misión” religiosamente inspirada e incluso que su presidencia sería una investidura divina para una época como ésta.

Muchos de los críticos del presidente cometen el error de denunciar que su fe es poco sincera en el mejor de los casos, una hipocresía en el peor y, sobre todo, una estrategia política para su agenda derechista. No dudo que la fe de George W. Bush sea sincera y esté profundamente arraigada. La pregunta real es acerca del contenido y significado de esa fe y cómo impacta las políticas interior y exterior de su administración.

George Bush ha descrito una conversión que cambió su vida alrededor de los 40 años de edad, cuando pasó de ser un cristiano nominal a un creyente renacido; una transformación personal que acabó con sus problemas de alcoholismo, consolidó su vida familiar y le dio sentido a su vida. Cambió su afiliación denominacional desde la fe episcopal de sus padres al metodismo de su esposa. La fe personal de Bush ayudó a despertar su interés en promover su “conservadurismo compasivo” y las iniciativas basadas en la fe como parte de su nueva administración.

La verdadera pregunta teológica acerca de George W. Bush era si él haría una peregrinación desde ser esencialmente un metodista de la autoayuda hasta convertirse en un metodista de la reforma social. Dios había cambiado su vida de maneras reales, pero ¿profundizaría su fe para abrazar el activismo social de John Wesley, el fundador del Metodismo, quien dijo que la pobreza no sólo era una cuestión de opciones personales sino también de opresión e injusticia sociales? ¿El Dios de Bush del programa de 12 pasos se transformaría también en el Dios que exigió justicia social y desafió al statu quo de los adinerados y los poderosos, el Dios de quien hablaron los profetas bíblicos?

Entonces llegó el 11 de septiembre de 2001. El conservadurismo compasivo de Bush y las iniciativas basadas en la fe rápidamente dieron paso a su vocación recién descubierta como comandante en jefe de la “guerra contra el terrorismo”. Sus amigos íntimos dicen que, después del 11 de septiembre, Bush encontró “su misión en la vida”. El metodista de la autoayuda se convirtió en un calvinista mesiánico que promueve la misión de los Estados Unidos de “librar al mundo del mal”. La teología de Bush estaba sufriendo una transformación crítica.

En un debate presidencial realizado en octubre de 2000, el candidato Bush advirtió contra una política exterior norteamericana hiperactiva y la negativa recepción que ésta recibiría en el resto del mundo. Bush advirtió la necesidad de restricciones. “Si somos una nación arrogante, ellos nos mirarán mal”, dijo él. “Si somos una nación humilde, pero fuerte, nos darán la bienvenida”.

El presidente ha recorrido un largo camino desde entonces. Su administración ha lanzado una nueva doctrina de la guerra preventiva, ha peleado dos guerras (en Afganistán e Irak), y ahora emite regularmente exigencias y amenazas en contra de otros enemigos potenciales. Después del 11 de septiembre, las naciones de todo el mundo respondieron al dolor de Estados Unidos; incluso el periódico francés Le Monde llevó el titular “Ahora somos todos estadounidenses”. Pero la nueva política exterior preventiva y –lo que es más grave- unilateral que Estados Unidos aplica ahora, ha desbaratado gran parte de ese apoyo internacional.

La política de Bush se ha convertido en una política de guerras potencialmente interminables en el extranjero y una agenda de interior que consiste principalmente en recortes tributarios, principalmente para los ricos. “Bush nos prometió una política exterior de humildad y una política interior de compasión”, escribió Joe Klein en la revista Time. “Él nos ha dado una política exterior de arrogancia y una política interior cínica, miope y cruel”. ¿Qué pasó?

 

Una Misión y una Investidura


"Prevaleceremos: El presidente habla
sobre la guerra, el terrorismo y la
libertad". Colección de discursos de Bush publicada por National Review.

David Frum, ex redactor de los discursos de Bush, dice acerca del presidente: “la Guerra lo había convertido... en un cruzado a fin de cuentas”. Al principio de la guerra en Irak, George Bush rogó que “Dios bendiga a nuestras tropas”. En su discurso del Estado de la Unión, él prometió que Estados Unidos lideraría la guerra contra el terrorismo “porque este llamado de la historia ha llegado al país correcto”. La autobiografía de Bush se titula “A Charge to Keep” (“Un deber que cumplir”), que es una cita de su himno favorito.

En su libro “The Right Man” (“El hombre correcto”), Frum relata una conversación entre el presidente y su principal redactor de discursos, Mike Gerson, un graduado del evangélico Wheaton College. Frum escribe que después del discurso de Bush ante el Congreso luego de los ataques del 11 de septiembre, Gerson llamó a su jefe y le dijo, “Sr. Presidente, cuando lo vi en televisión, pensé: Dios quería que usted estuviera ahí”. Según Frum, el presidente contestó, “Él quiere que todos estemos aquí, Gerson”.

Bush ha hecho numerosas referencias a su creencia de que él no podría ser presidente si no creyera en un “plan divino que sobrepasa a todos los planes humanos”. Al ir obteniendo mayor poder político, Bush ha visto cada vez más a su presidencia como parte de ese plan divino. Richard Land, de la Convención Bautista del Sur, recuerda que Bush dijo una vez: “Creo que Dios quiere que yo sea presidente”. Después del 11 de septiembre, Michael Duffy escribió en la revista Time que el presidente dijo “haber sido escogido por la gracia de Dios para liderar en aquel momento”.

Todo cristiano espera encontrar una vocación y un llamado que sean fieles a Cristo. Pero un presidente que cree que la nación está cumpliendo una misión justa otorgada por Dios y que él sirve con una investidura divina, puede ser algo bastante perturbador teológicamente hablando. El teólogo Martin Marty expresa la preocupación de muchos cuando dice: “El problema no está en la sinceridad de Bush, sino en su evidente convicción de que él está haciendo la voluntad de Dios”. Tal como lo señalara Christianity Today: “Algunos temen que Bush esté confundiendo la fe auténtica con una ideología nacional”. La fe del presidente, escribió Klein, “no le da descanso ni le obliga a reflexionar. Es una fuente de consuelo y fuerza; pero no de sabiduría.”

La teología de Bush merece ser examinada sobre bases bíblicas. ¿Es realmente cristiana o meramente norteamericana? ¿Adopta una perspectiva global del mundo de Dios o simplemente afirma el nacionalismo norteamericano en la última versión del “destino manifiesto”? ¿Qué visión tiene el resto del mundo –y, lo que es más importante, la iglesia del resto mundo- con respecto a las ambiciones imperiales de Estados Unidos?

 

Mal uso de las palabras

El Presidente Bush usa el lenguaje religioso más que cualquier otro presidente de la historia de los EEUU, y algunos de sus principales redactores de discursos provienen directamente de la comunidad evangélica. A veces recurre a lenguaje bíblico, otras veces a viejos himnos evangélicos que provocan una profunda resonancia entre los creyentes de su propia base electoral. El problema es que, con demasiada frecuencia, las citas de la Biblia y de los himnarios son sacadas de su contexto original o, peor todavía, son empleadas de maneras bastante alejadas de su significado original. Por ejemplo, en el Estado de la Unión del 2003, el presidente evocó una línea fácilmente reconocible y bastante famosa de un viejo himno evangélico. Hablando de los problemas más profundos de Estados Unidos, Bush dijo: “La necesidad es grande. Pero hay poder, sin igual poder, en la bondad, el idealismo y la fe del pueblo norteamericano”. Pero no es eso de lo que trata la canción. El himno dice que hay “poder, poder, sin igual poder en la sangre de Jesús” (énfasis mío). El himno es sobre el poder salvador de Cristo, no sobre el poder del “pueblo norteamericano” o de algún otro pueblo o nación. La cita de Bush está absolutamente mal utilizada.

En el primer aniversario de los ataques terroristas del 2001, el Presidente Bush dijo en la Isla Ellis: “Este ideal de América es la esperanza de toda la humanidad…. Esa esperanza todavía alumbra nuestro camino. Y la luz resplandece en las tinieblas. Y las tinieblas no prevalecen contra ella”. Esas dos últimas frases son extraídas directamente del evangelio de Juan. Pero en el evangelio la luz que resplandece en las tinieblas es la Palabra de Dios, y la luz es la luz de Cristo. No es sobre Estados Unidos y sus valores. Incluso su himno favorito, “A Charge to Keep” (“Un deber que cumplir”) habla de ese deber como “un Dios a quien glorificar”; no “hacer todo lo que podamos para proteger a la patria norteamericana”, que es la manera en que Bush ha definido el deber que debemos cumplir.

Bush parece cometer este mismo error una y otra vez; confundir nación, iglesia y Dios. La teología resultante es más una religión civil norteamericana que una auténtica fe cristiana.


El Problema del Mal

Desde el 11 de septiembre, el presidente Bush ha convertido el “púlpito privilegiado” de la Casa Blanca en un púlpito de verdad, repleto de “llamados”, “misiones” y “deberes que cumplir” con respecto al rol de Estados Unidos en el mundo. George Bush está convencido de que estamos comprometidos en una batalla moral entre el bien y el mal, y que aquellos que no están con nosotros están en el lado malo en esa confrontación divina.

¿Pero a quién se refiere con “nosotros”? ¿Y acaso el mal no reside entre “nosotros” también? El problema del mal es clásico dentro de la teología cristiana. De hecho, cualquiera que no pueda ver el verdadero rostro del mal en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, está padeciendo de un caso grave de relativismo postmoderno. No hablar del mal en el mundo de hoy es hacerse parte de una mala teología. Pero hablar de “ellos” los malos y “nosotros” los buenos, decir que todo el mal está allá afuera y que, en la guerra entre el bien y el mal, los demás están con nosotros o contra nosotros, ésa también es una mala teología. Y, desgraciadamente, se ha convertido en la teología de Bush.

Después de los ataques del 11 de septiembre, la Casa Blanca preparó cuidadosamente el guión del servicio religioso en el que el presidente declaró la guerra al terrorismo desde el púlpito de la Catedral Nacional. El presidente declaró a la nación: “Nuestra responsabilidad con la historia ya está clara: contestar estos ataques y librar al mundo del mal”. Con casi todos los miembros del Gabinete y del Congreso presentes, junto con los líderes religiosos de la nación, el servicio religioso se convirtió en una liturgia nacional televisada que afirmaba el carácter divino de la nueva guerra de la nación contra el terrorismo, y finalizó triunfalmente con el “Himno de Batalla de la República”. La guerra contra el mal conferiría legitimidad moral a la política exterior de la nación e incluso a una presidencia impugnada.

Lo que más se echa en falta en la teología de Bush es el reconocimiento de la verdad de este pasaje del evangelio de Mateo: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”. Una teología simplista de “nosotros tenemos la razón y ellos están equivocados” descarta la auto-reflexión y la corrección. También encubre los crímenes que ha cometido Estados Unidos, lo que lleva a extender el resentimiento global en nuestra contra.

El teólogo Reinhold Niebuhr escribió que ninguna nación, sistema ni líder político puede encarnar la justicia de Dios, porque somos todos pecadores. Específicamente, él argumentaba que ni siquiera Adolf Hitler –con quien Saddam Hussein fue comparado frecuentemente por Bush- encarna el mal absoluto más de lo que los Aliados representaron el bien absoluto. El sentido de Niebuhr de la ambigüedad y la ironía de la historia no excluye la acción, pero aconseja el reconocimiento de limitaciones y prescribe humildad y auto-reflexión.

¿Y qué hay de la tendencia de Bush a actuar por su cuenta, incluso contra la voluntad expresa de gran parte del mundo? Un líder gubernamental extranjero me dijo al principio de la guerra de Irak: “El mundo está esperando a ver si Estados Unidos escuchará al resto de nosotros, o si sólo tendremos que limitarnos a escuchar a Estados Unidos”. El unilateralismo norteamericano no sólo es una mala política, es también una mala teología. C.S. Lewis escribió que él apoyaba la democracia, no porque la gente fuera buena, sino porque frecuentemente no lo es. La democracia proporciona un sistema de límites y equilibrios para que ningún ser humano alcance demasiado poder. Si esto es cierto en el caso de las naciones, también debe serlo en las relaciones internacionales. En esta perspectiva teológica, es mejor que los asuntos vitales de la diplomacia, la intervención, la guerra y la paz, sean entregados al juicio colectivo de muchas naciones, no al de una sola; y, en especial, no al de la más rica y poderosa.

En la teología cristiana, no son las naciones las que libran al mundo del mal. Con demasiada frecuencia ellas se ven atrapadas en la intrincada maraña del poder político, los intereses económicos, los choques culturales y los sueños nacionalistas. La confrontación con el mal es un rol reservado a Dios y su pueblo cuando éste ejercita fielmente su conciencia moral. Pero Dios no ha depositado la responsabilidad de superar el mal en una nación-estado, y mucho menos en una superpotencia con enormes riquezas e intereses nacionales particulares. Confundir el rol de Dios con el de la nación estadounidense, tal como parece hacerlo George Bush, es un grave error teológico que, según algunos podrían decir, está al borde de la idolatría o de la blasfemia.

Es fácil demonizar al enemigo y declarar que estamos del lado de Dios y del bien. Pero es mejor el arrepentimiento. Tal como lo señala el Christian Science Monitor, parafraseando a Alexander Solzhenitzyn: “El evangelio, como algunos evangélicos están prestos a señalar, enseña que la línea que separa el bien del mal no pasa por entre las naciones, sino por el interior de cada corazón humano”.

 

Un camino mejor

La tan nombrada Derecha Religiosa actualmente está decayendo como factor político en la vida norteamericana. Bill Keller, del New York Times, observaba recientemente: “los ampulosos agentes del poder evangélico como Jerry Falwell y Pat Robertson han envejecido al igual que su relevancia, y ahora existen principalmente como imágenes ridículas”. El verdadero problema teológico en Estados Unidos hoy, ya no es la Derecha Religiosa, sino la religión nacionalista de la administración Bush; una religión que confunde la identidad de la nación con la iglesia, y los propósitos de Dios con la misión del imperio norteamericano.

La política exterior de Estados Unidos es más que preventiva, es teológicamente presuntuosa; no sólo unilateral, sino peligrosamente mesiánica; no sólo arrogante, sino al borde de la idolatría y la blasfemia. La fe personal de George Bush ha despertado en él una profunda confianza en su “misión” de luchar contra “el eje de mal”, su “llamado” a ser comandante en jefe de la guerra contra el terrorismo, y su definición de la “responsabilidad” de Estados Unidos de “defender las… esperanzas de toda la humanidad”. Ésta es una mezcla peligrosa de mala política exterior y mala teología.


"La violencia del amor" recoge escritos del Arzobispo Óscar Romero, asesinado en1980 por su oposición al terrorismo de estado en El Salvador.

Pero la respuesta a la mala teología no es el secularismo, sino la buena teología. No siempre es equivocado invocar el nombre de Dios y los mandatos de la religión en la vida pública de una nación, contrariamente a lo que dicen algunos secularistas. ¿Dónde estaríamos sin el liderazgo moral y profético de Martin Luther King Jr., Desmond Tutu y Óscar Romero?

En nuestra propia historia norteamericana, la religión ha sido llevada a la vida pública de dos maneras muy diferentes. Una invoca el nombre de Dios y la fe para hacernos responsables de los propósitos de Dios; para llamarnos a la justicia, la compasión, la humildad, el arrepentimiento y la reconciliación. Abraham Lincoln, Thomas Jefferson y Martin King talvez sean quienes mejor ejemplifican este camino. Lincoln usaba habitualmente el lenguaje bíblico, pero de un modo que llamaba a ambos bandos durante la Guerra Civil a la contrición y el arrepentimiento. Jefferson dijo la célebre frase: “tiemblo por mi país cuando reflexiono que Dios es justo”.

La otra manera invoca la bendición de Dios para nuestras actividades, agendas y propósitos. Muchos presidentes y líderes políticos han usado el lenguaje religioso de este modo, y George W. Bush está cayendo presa de esa misma tentación.

Los cristianos siempre deben vivir en permanente inconformidad con el imperio, el que constantemente amenaza con hacerse idolátrico y sustituir los propósitos seculares por los de Dios. Cuando reflexionamos acerca de nuestra respuesta ante el imperio norteamericano y lo que simboliza, resulta aleccionador reflexionar sobre la iglesia primitiva y el imperio.

El libro de Apocalipsis, aunque escrito con lenguaje e imaginería apocalípticos, es considerado por la mayoría de los biblistas como un comentario sobre el Imperio romano, su dominación del mundo y su persecución de la iglesia. En Apocalipsis 13 se describen una “bestia” y su poder. The Message de Eugene Peterson lo plantea en un vívido lenguaje: “La tierra entera estaba fascinaba y boquiabierta con la Bestia. Ellos adoraban al Dragón que le dio autoridad a la Bestia, y adoraban a la Bestia, exclamando: ‘¡Nunca ha habido nada como la Bestia! ¡Nadie se atrevería a guerrear contra la Bestia!' Tenía poder absoluto sobre todas las tribus y pueblos, lenguas y razas”. Pero la visión de Juan de Patmos también prevé la derrota de la Bestia. En Apocalipsis 19, un caballo blanco, con un jinete cuyo “nombre es La Palabra de Dios” y “Rey de reyes y Señor de señores”, captura a la bestia y a su falso profeta.

Al igual que la iglesia primitiva, nuestra respuesta ante un imperio que tiene “poder absoluto” y contra el cual “nadie se atrevería a guerrear” es la antigua confesión de que “Jesús es el Señor”. Y vivir en la promesa de que los imperios no duran, que la Palabra de Dios sobrevivirá finalmente a la Pax Americana tal como lo hizo después de la Pax Romana.

Entretanto, los cristianos norteamericanos tendrán que tomar algunas difíciles decisiones. ¿Nos alzaremos en solidaridad con la iglesia mundial, el cuerpo internacional de Cristo, o con nuestro propio gobierno norteamericano? No es una sorpresa observar que la iglesia global generalmente no apoya los objetivos de la política exterior de la administración Bush, ya sea en Irak, Medio Oriente o en la más amplia “guerra contra el terrorismo”. Sólo desde el interior de algunas de nuestras iglesias estadounidenses es posible encontrar voces religiosas que son consonantes con las visiones del imperio norteamericano.

Antes estaba Roma; ahora hay una nueva Roma. Antes había bárbaros; ahora hay muchos bárbaros que son los Saddams de este mundo. Y entonces había cristianos que no eran leales a Roma, sino al reino de Dios. ¿A quién serán leales los cristianos hoy?

 

Artículos relacionados:

El lenguaje religioso de Bush

Dios: De vuelta a la política

El Apocalipsis y el Imperio Romano