Conversación con Douglas Tompkins por Juan Manuel Vial Publicado originalmente en El Mercurio, 9 de septiembre de 2001
Henry David Thoreau, uno
de los más originales pensadores norteamericanos del siglo XIX,
se retiró en 1845 a los bosques de Nueva Inglaterra, a orillas
de la laguna Walden, con el fino propósito de meditar acerca
de la paradójica situación del hombre civilizado. Discípulo
y amigo del filósofo Emerson, intentaba probar en carne propia
que mientras menos trabajara el hombre, mayores serían los beneficios
para él y su comunidad. Douglas Tompkins, quien reconoce a Thoreau como una "figura seminal" dentro de su panteón particular, desvía el golpe con audacia: "Thoreau era irónico. Cínico en su manera de apreciar el concepto de amabilidad humana. ¡Quizás esa sea la actitud chilena ante lo que estamos haciendo!". Se da una pausa para gozar de su propio ingenio, y entre risas agrega: "Puede que sean más thoroianos de lo que uno pensaba". Pero lo cierto es que la cita era un mero adorno para una duda profunda: después de todos los reveses sufridos en Chile, ¿se consideraría Tompkins aún un filántropo, o habría evolucionado más bien a combatiente, o incluso a predicador? Él dice estar demasiado cerca de sí mismo como para responder con certeza. Douglas Tompkins odiaría ser comparado con un predicador. Su posición dentro de la escuadra de la ecofilosofía, la que él eligió, es la del hombre de acción. Además, pese al efectivo manejo teórico de su obsesión, bien sabe que no es estrategia hábil eso de predicar en tierras firmemente apastoradas por otros. Más encima si es forastero el que contradice al dogma. "Sé muy bien que estratégicamente hablando soy más inteligente que al comienzo". Como era predecible, jamás transgredió la barrera de lo correcto. Y si bien es cierto que eso es lo que dicta la cuerda estrategia para una entrevista de 75 minutos, más de alguna vez ignoró la médula de la pregunta, engolosinado en su propio sermón. Tres fueron los personajes con los que enfrentó una batería de preguntas bien intencionadas. En orden de menor a mayor aparición, éstos fueron: filántropo tenaz, buenhombre y comprometido predicador. Sin embargo, entre actos hubo concesiones silenciosas, pausas confirmatorias y risas calculadas. Se puede conceder que tal vez no sea un predicador a micrófono apagado, pero eso no importa. Lo cierto es que tiene una obsesión y que se apoya en un discurso coherente e informado. Entonces, ¿en qué cree el único personaje que en Chile es simultáneamente antagonizado por dos enormes instituciones predicadoras, como lo son el Ejército y la Iglesia Católica?
Yo, el ludita Antes que nada, cree que hubo tiempos mejores. No cree en los avances de la modernidad, ni en la monoculturización que se desgaja de aquel concepto sospechoso que llamamos globalización. "Me acuerdo de una visita a Chile en 1961. Cuarenta años después percibo que las diferencias culturales han disminuido. Parte lamentable del proceso de homogeneización tan en boga por todos lados. Chile se parece cada día más a Estados Unidos". No cree en aquella dudosa corriente llamada New Age. Es más, la aborrece junto a un mal mayor: el humanismo secular. No cree en los que abrazan árboles, y deja ver lo que de ellos piensa con una mueca de sorna. Se considera un librepensador, aunque reconoce concordancias con la teología cristiana, específicamente en lo que él entiende como "los buenos valores". Éstos serían parte de aquel todo fundamental que denomina "filosofía perenne", término también difuso que aludiría a todas esas nociones intrínsecas del hombre que le han permitido una convivencia armónica de millones de años con el mundo no humano. Convivencia irremediablemente interrumpida a partir de la Revolución Industrial. Cree en las éticas ambientales y en el pensamiento indígena biocéntrico. Sus héroes son tan diversos entre sí como Lao-Tsé, San Francisco de Asís, o el jefe indio Seattle. "Todos comparten una visión ecocéntrica que los hermana". Cree a ojos cerrados en los pensadores contemporáneos que cita y que frecuenta como amigo. La tradición de sus conocimientos está mayoritariamente marcada por su nacionalidad. Y cuando se le pregunta si se considera un neoludita, responde con énfasis intencionado: "¿Neoludita?, ¿Yo?. No. Me considero un ludita" (el término y la enseñanza se la debemos a un tal Ludd, trabajador de Leicester, quien entre 1811 y 1816 se enfrentó a la tecnología y propagó la destrucción de las máquinas textiles para el desempleo). Se explica: "Las nuevas tecnologías deberían ser cuidadosamente revisadas antes de ser incluidas en la cultura. Si alguien inventa hoy una nueva tecnología, mañana la está vendiendo. Nadie examina las implicancias. No existe una rama del gobierno que se dedique a ello. Hace poco se ha comenzado a pensar que ciertas tecnologías no debieron haber sido admitidas, como la ingeniería genética en alimentos y la clonación de seres humanos. Los luditas pretendían instigar una discusión sobre las consecuencias de introducir telares automáticos, los mismos que les acarrearon desempleo y hambre. En ese momento intentaron destruir las máquinas. Por supuesto que fueron rápidamente aniquilados por ciertos poderes que se favorecían con la implementación de esas nuevas tecnologías. Pero los luditas entendieron tan bien como lo han hecho los pensadores modernos, pese a que no pudieron articularlo exactamente, que esas máquinas iban a traer ruina sobre sus vidas personales y ruina para el futuro. Los japoneses mantuvieron la pólvora fuera de la cultura por cerca de 200 años. Sabían que su 'liberación' iba a ser catastrófica para el orden social que habían establecido. Como ludita, pienso que debería existir una revisión más inteligente de las tecnologías antes de que sean admitidas en la cultura. Para al menos poderescudriñar qué saldrá de aquello. Si la tecnología nuclear hubiese sido revisada antes de admitirla, no tendríamos toda esta basura nuclear". A medida que avanza la conversación, Tompkins se empeña en demostrar que sus creencias vienen más de su alma o espíritu (él preferiría decir de "la sabiduría atávica" que nos hizo perder la modernidad, una especie de sentido común extinto) que de libros o proclamas. No por ello ignora a sus críticos. Sabe distinguirlos y clasificarlos. Algunos apuntan a que la ecología es demasiado constructivista, una filosofía bastante poco espontánea. Y eso lo irrita: "Los planteamientos de los deconstructivistas posmodernos, tan en boga durante los ochenta y principios de los noventa, implican una manera peligrosa de enfrentar y solucionar problemas, sean éstos sociales o ambientales. Se basan en abstracciones o nociones que terminan resultando autoserviles y autodesilusionantes. Evitan confrontar los problemas reales, ya sean culturales o biológicos. Obviamente me doy cuenta de que las palabras y el lenguaje son una construcción y una forma de tecnología. Al lenguaje lo veo como una tecnología. En ese sentido, tenemos que usarlo para lograr comunicación efectiva, no para proveer un método bajo el cual siempre puedas eludir el enfrentamiento al mundo real. Mi pensamiento personal, al igual que la ecología profunda, la filosofía perenne o la concepción indígena, está basado en el hecho de que compartimos el planeta con todo un mundo no humano. Ese mundo no humano tiene un derecho intrínseco a existir por valor propio. En definitiva, o crees en el proyecto humano, en la cruzada por humanizar cada metro cuadrado del planeta, marginando o extinguiendo a otras especies, o crees que todo lo anterior es un acto inmoral. (Por primera vez se excita en el tono). No puedo definirlo en otros términos. Para mí es inaceptable. Es menos humano. Lo humano sería crear una economía, una sociedad y una cultura que mantengan como sagrado al mundo no humano. Hubo una época duradera en la que todos y cada uno tenían esa posición. Pero el pensamiento secular y el humanismo han reemplazado a la corriente tradicional de corte más ecocéntrico o biocéntrico. La visión de mundo indígena ha sido desplazada por el modernismo, por el humanismo secular. Hemos perdido el sentido de lo sagrado". - Su propiedad en el sur de Chile es una con propósitos ideológicos. Eso sonaría aterrador para un libertario como Thoreau... - (Ríe). Sé que Thoreau sería un entusiasta del Parque Pumalín. Es irónico que lo diga yo, pero pienso que gran cantidad de tierra en manos privadas no es buena idea. En realidad soy un reformista agrario...
Ecología profunda e Iglesia Católica Aunque hay sectores de la iglesia que lo atacan, Tompkins prefiere mantenerse alejado de cualquier discusión pública con los frailes. Quizás la estrategia comande poner la mira sobre otros rivales más difusos, no sobre la todopoderosa institución que los chilenos eligieron en reciente encuesta como la más respetable del país. "El humanismo secular me tiene más nervioso. Si volvemos al tema de la clonación humana, ¿quién está en contra?: la iglesia; ¿quién lo fomenta?: el humanismo secular. Soy crítico de la iglesia, no acepto el dogma en su integridad, pero también reconozco que la mayoría de sus miembros apoya los buenos valores. La iglesia está por los valores de la familia, por los valores de la comunidad. Está por ser bueno con el otro, bueno con uno mismo". Mr. Tompkins reconoce en el noruego Arne Naess - creador de la "plataforma de la ecología profunda"- a un maestro viviente. "Es uno de los grandes pensadores del siglo XX. Nuestra fundación está publicando sus obras escogidas, diez volúmenes interesantísimos" (en inglés). Lo conoció en Noruega en la década de los ochenta ("era un escalador, al igual que yo"), y mantiene con él un contacto frecuente. "Tiene noventa años y está muy lúcido y saludable. Había planes de ir a Noruega este año, pero estamos demasiado ocupados, por lo que iremos el próximo. Estamos muy ansiosos de verlo antes de que suceda lo inevitable". Naess vino una vez a Chile, invitado al Parque Pumalín. "Le encantó", asegura Tompkins con orgullo. "Es un reconocido académico especialista en Gandhi; un eminente matemático. Lee y escribe el sánscrito. Estudió con Freud y se psicoanalizó con él en Viena. En los años sesenta enseñó en la Universidad de Berkeley, y desde 1970 ha estado escribiendo ininterrumpidamente acerca de las éticas ambientales". El corazón de la ecología profunda es una "plataforma" de ocho puntos creada por Naess en 1984 (ver recuadro). Pero ésta no es la ecología profunda. "Es muy importante hacer la distinción entre la plataforma y la ecología profunda en sí, pues no hay una filosofía de la ecología profunda. Algo así no existe. Hay principios de ecología profunda. Y esos principios son parte del movimiento de ecología profunda. El movimiento en sí es difuso y no tiene estructura. Es fruto de una corriente de éticas ambientalistas nacidas del pensamiento occidental, en parte de valores occidentales. La ecosofía es individual. Cada uno encuentra maneras de expresarla. Los pensadores que están trabajando bajo el conjunto de éticas ambientalistas que pueden entenderse como ecología profunda, por así decirles, adoptan numerosas y variadas nomenclaturas para describir el objeto de sus estudios. El principio y el fin de esto es que nuestras estructuras económicas se deberían materializar de tal manera que permitiesen el crecimiento y la diversidad de todo el resto de las especies. No se puede tolerar la extinción. Y punto. Así de simple. Es lo mismo que hablaba San Francisco de Asís". "Tu pregunta original es por qué la ecología profunda es malentendida en Chile, y lo cierto es que no son más de diez los intelectuales chilenos que han dedicado tiempo al estudio de las obras de que tratan las éticas ambientalistas. En Chile los postulados originales han sido completamente distorsionados. Por motivos políticos". Mr. Tompkins, que no parece ser un hombre de rencores - sí admite tener paciencia limitada- , asegura no saber por qué despierta tanta desconfianza y suspicacia. Creerle sería dudar de su inteligencia. Si algún día nos lo dice -en tiempos más tranquilos, tal vez a la edad de las memorias- su versión será interesante. En lo que respecta a esta entrevista, retoma la estrategia, adopta la modalidad de buenhombre, y concluye para el bronce: "Sigo creyendo que si haces bien, hazlo lo mejor que puedas. A lo largo del recorrido eso será reconocido y apreciado. Y si no sucede así, bueno ¿qué se puede hacer? Uno vive su vida y eso es todo". Lo cierto es que todos los chilenos debiéramos estarle agradecidos. No por el parque, pues es bien sabido que en el carácter nacional prima una aversión explícita hacia la naturaleza y los animales, sino porque nos ha susurrado a la oreja un debate fundamental en las agendas del primer mundo. El futuro nos va en ello.
Plataforma de la ecología profunda En forma bastante resumida, éstos son los ocho puntos establecidos por Arne Naess en 1984 como el corazón de la ecología profunda. 1. Aceptar la idea de que los humanos no son el único componente valioso de la naturaleza es el cauce por el cual fluye la ecología profunda. 2. La riqueza y diversidad de las formas de vida contribuyen a la comprensión de estos valores y son también valores en sí mismas. 3. Los humanos no tienen derecho a reducir esta riqueza y diversidad excepto para satisfacer necesidades vitales. Esta distinción de 'vitales' es negada por el consumismo inherente al industrialismo. 4. La prosperidad de la vida y de la cultura humana es compatible con una disminución sustancial de la población humana. La prosperidad de la vida no humana requiere tal disminución. 5. La presente interferencia humana con el mundo no humano es excesiva, y la situación está empeorando rápidamente. 6. Las políticas, por lo tanto, deben ser reformadas. Estas políticas afectan las estructuras básicas de la economía, de la tecnología y de la ideología. El estado de las cosas será profundamente diferente al presente. 7. El cambio ideológico se basa mayoritariamente en apreciar la calidad de vida (encasillada en situaciones de valor inherente), por sobre la adhesión a un standard de vida crecientemente alto. Habrá profunda sensibilidad en la diferencia entre grande y enorme. 8. Los que suscriben a los puntos anteriores tienen una obligación directa o indirecta de tratar de implementar los cambios necesarios. En este momento de la historia las prioridades no pueden especificarse de mejor manera. Nadie sabe exactamente cuáles son los cambios positivos que se requieren.-
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