Los pecados de Bush “Pecado” es, evidentemente, una palabra que hemos convenido excluir de nuestro vocabulario como parte de nuestros buenos modales; esto, porque nos parece una manera barata de plantear un argumento y porque su fuerza ha sido corroída por su constante aplicación a asuntos de índole personal. Por lo tanto, hemos preferido referirnos al patrón de elección de opciones desafortunadas de la administración Bush en el tema ambiental. Existen dos tipos principales. Tenemos la elección de opciones desafortunadas de comisión. Esto incluye el vandalismo agresivo cometido contra el paisaje de la nación; un ataque deliberado y cuidadosamente planeado contra cada porción de nuestro entorno nacional. Revisemos sólo algunos ejemplos, extraídos de una lista muy larga: la administración Bush ha restituido enormes áreas de bosques nacionales a las amables empresas de la industria maderera, bajo el pretexto de que esto prevendrá incendios forestales (la iniciativa “Bosques Saludables”); también está intentando que se le permita a las plantas de energía emitir una mayor cantidad de azufre y nitrógeno (la iniciativa “Cielos Limpios”); ha permitido que las compañías mineras se apropien de todo el territorio federal que deseen para almacenar en él los residuos de sus operaciones (la iniciativa “Gracias por su Contribución a la Campaña”); y, pese a los millones de cartas recibidas, ha intentado revocar decisiones adoptadas anteriormente en todo orden de cosas, desde salvar áreas apartadas hasta prohibir motonieves en Yellowstone (la iniciativa “Jódanse”). Y luego está la elección de opciones desafortunadas de omisión. Esta categoría denota algo diferente: la deliberada e infantil ceguera ante la realidad física, por el simple hecho de que sería inconveniente reconocerla. Por ejemplo, en los años que siguieron a la elección del Presidente Bush, el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático emitió su tercer informe evaluativo, Cambio Climático 2001. Sus autores, los principales climatólogos del mundo, evaluaron toda la investigación realizada por sus colegas en la última década y calibraron todos los modelos computarizados del clima planetario, llegando a la conclusión de que, a menos que adoptemos acciones dramáticas para reducir nuestro uso de carbón, gas y petróleo, la temperatura de este planeta aumentará aproximadamente unos dos y medio grados Celsius antes de que termine el siglo. Y el planeta nunca ha estado así de caliente en las últimas decenas de millones de años. Aun con nuestro aumento actual de medio grado Celsius, todos los sistemas glaciales importantes de la tierra se están fundiendo, las estaciones están cambiando radicalmente, y las sequías e inundaciones van en el aumento. Dos y medio grados –que en ningún caso es el peor escenario posible- serían, literalmente, el cambio más grande que los humanos le hayan causado jamás al planeta, y el cambio más grande que los humanos hayan tenido que enfrentar jamás. Por supuesto, aquellos que viven en las orillas de las masas de agua se verían más gravemente afectados que los demás, y hay muchas estimaciones creíbles que sugieren que el número de refugiados medioambientales en este siglo superará al de los refugiados políticos del sangriento siglo que hace poco terminamos de sobrellevar. ¿Y para el resto de la creación? Una crisis de extinción a lo menos tan destructiva como la ocurrida la última vez que cayó un gran asteroide, hace unos 90 millones de años. Sólo que, esta vez, el asteroide somos nosotros.
Ante tales noticias, ¿qué ha hecho el Presidente Bush? Pues bien, él ha cesado nuestra participación en los acuerdos de Kyoto, el único (pero aún tímido) esfuerzo global por enfrentar éste, el más global de los problemas. Su vicepresidente ha desdeñado la conservación tratándola como una “virtud personal” y ha propuesto un plan de energía que prevé aumentos dramáticos e interminables en la producción, refinación y consumo de combustibles fósiles; prevé a los estadounidenses produciendo un 20 por ciento más dióxido de carbono en la próxima generación, aunque el resto del mundo industrializado está trabajando duramente para recortar sus emisiones en un grado similar o superior. Él ha realizado acciones para detener los esfuerzos estatales para, por ejemplo, aumentar modestamente el rendimiento de la gasolina de los automóviles. Le ha permitido a sus viejos amigos de la industria energética saquear los mercados eléctricos no regulados y luego ha intentado culpar a los ecologistas de que no se construyan nuevas plantas de energía. Ha dejado unos escasos y miserables miles de millones de dólares para fuentes renovables en su nuevo plan de energía, mientras lo adereza con camionadas de dinero para carbón, petróleo y gas. ¡Ah!, y ha obligado a su Agencia de Protección del Ambiente a quitar las pocas páginas sobre calentamiento global que había en su evaluación ecológica anual. Creo que, en conjunto, podríamos denominarla la iniciativa “Váyanse al Infierno”. O, si no literalmente al infierno, entonces a algún sitio con un clima similar. Casi hace que nos sintamos mal por haber desperdiciado la palabra “pecado” en asuntos tales como “de quién se enamoró tal persona”: la destrucción deliberada de la creación para mantener los hábitos de los últimos 40 años durante otros 15, probablemente merezca este rótulo tanto como cualquier otra cosa que nos podamos imaginar. Pero ya no importa. A estas alturas, lo más importante es averiguar qué hacer con respecto al problema.
Dejando pasar el cáliz La respuesta a los problemas de la primera categoría es clara: si hay un vándalo en la Casa Blanca, entonces, para hacer que el vandalismo cese, es necesario que él se vaya. Si les preocupan los bosques nacionales, las especies en peligro, los refugios árticos, los vertederos de desechos tóxicos, los niños asmáticos, los lagos acidificados, entonces tienen que deshacerse del presidente. Cuál de los Demócratas lo reemplazará, no importa tanto. Cualquiera de ellos nombraría a burócratas de la corriente predominante del movimiento ecologista (que es, también, la corriente predominante de pensamiento norteamericano: cada año, las encuestas indican que un 70 a 80 por ciento de los estadounidenses está de acuerdo con que debemos hacer más para proteger nuestra herencia ecológica). Se restaurarán las políticas básicamente acertadas que se remontan a la administración de Nixon: la gente volverá a asumir la lenta, sostenida y poco espectacular labor de limpiar el aire y el agua. No pasará nada tan dramáticamente terrible. Eso es lo bueno que comúnmente tienen las elecciones de opciones desafortunadas de comisión. Simplemente, uno puede dejar de cometerlas. Todo lo que se necesita es la fuerza de voluntad para resistirse al dinero para la campaña que ofrece el tipo que quiere verter sus residuos en un desierto público.
Pero eso nos deja aún con las elecciones de opciones desafortunadas de omisión: la renuencia a hacer algo en serio con respecto a los problemas más importantes, como el calentamiento global. Y, lamentablemente, eso va a ser un poco más difícil. Porque, como ya se habrán dado cuenta, no sólo es culpa de Bush. La verdad es que la administración Clinton también sabía todo lo referente al calentamiento global (¡Al Gore había escrito un libro sobre eso, por todos los cielos!). Pero en sus ocho años de gobierno, no se molestaron en gastar mucho capital político en el tema (por ejemplo, no hubo muchos discursos de la Oficina Oval que explicaran por qué era una mala idea convertir nuestro parque automotriz en vehículos semi-militares). De hecho, en los ocho años de la administración Clinton, aun cuando el resto del mundo estaba negociando el tratado de Kyoto, nosotros nos las ingeniamos para aumentar nuestras emisiones carbónicas en un 15 por ciento. De hecho, puesto que Bill Clinton ha sido el instrumento más sensible jamás inventado para detectar la opinión política de sus compatriotas, casi podríamos decir que esto también es culpa nuestra. Ningún político cree seriamente que los estadounidenses estén dispuestos a hacer lo necesario para enfrentar el tema del calentamiento global: pagar más por la gasolina y otros combustibles fósiles; financiar el costo de desarrollar nuevas tecnologías renovables; pagar para compartir estas tecnologías con India, China y el resto del mundo en vías de desarrollo, para que ellos no sigan el mismo camino que hemos seguido nosotros; y gastar menos. Ése es el problema con la elección de opciones desafortunadas de omisión: para vencerla, hay que hacer algo positivo.
Una transición inevitable La parte triste, desde luego, es que sabemos que tendremos que enfrentarnos con este problema en el futuro. Nadie cree seriamente que de aquí a 100 años estaremos quemando carbón, gas y petróleo para impulsar nuestra economía de la manera como lo hacemos hoy. Vamos a agotar algunos de ellos e, incluso antes de que hagamos esto, tendremos que pagar un costo medioambiental demasiado alto. La pregunta es ¿qué tan rápido podemos hacer la transición? Si toma 60 ó 70 años, entonces estaremos causando niveles de alteración climática que afectarán la civilización. Si lo hacemos en 20 ó 30 años, entonces quizá podamos limitar el aumento de temperatura a, digamos, un grado y medio –triste situación, pero talvez sin efectos catastróficos. O quizás no. Estamos entrando en el territorio inexplorado del termómetro y hay razones para creer que ya hemos cruzado los umbrales que nos conducirán a un daño muy grave. Pero saber que eventualmente tendremos que enfrentarlo en el futuro, y enfrentarlo realmente, son dos cosas diferentes. La tentación –para nuestros políticos y para nosotros mismos- siempre va a ser posponer el dolor para el que sigue en la fila. Dejemos que el próximo Congreso enfrente el tema; dejemos que nuestros hijos lo enfrenten. Dejemos pasar este cáliz. A DECIR VERDAD, hubo un largo período durante el cual no podíamos hacer mucho. La gente daba discursos del Día de Tierra (yo daba discursos del Día de Tierra) con los dedos cruzados. Estaba muy bien decirle a la gente que usara energía renovable; pero, hasta hace algunos años, energía renovable significaba tipos peinados con colas de caballo en sus patios traseros tratando de deducir en qué dirección apuntar el panel solar que se conectaba con una serie de 20 baterías ubicadas en el sótano y cuyo nivel de agua había que verificar periódicamente. Eso no iba a vender. Pero la situación ha cambiado: la primera ola de nueva tecnología real, utilizable, ha llegado. Yo ando en un Honda Civic híbrido eléctrico que se parece a cualquier otro Honda Civic que se haya construido, cuesta menos de US$20.000 y rinde más de 20 kilómetros por litro. Los europeos han construido inmensas granjas de viento; Dinamarca recibe un quinto de su energía del viento (y no porque Dinamarca sea extravagantemente ventosa; Iowa es la actual Arabia Saudita del viento). Si nos pusiéramos a trabajar en serio en esta transición ahora, no sólo podríamos evitar algunos de los problemas climáticos: también podríamos hacer grandes cosas por nuestras comunidades. Imaginen un mundo donde las personas sacaran su energía de una serie de turbinas de viento ubicadas a unos pocos kilómetros de distancia. Imaginen una red eléctrica inmensamente descentralizada que no dependiera de la fuerza bruta de ExxonMobil y del 82° Aerotransportado: para eso no se requiere del trabajo de esclavos que construyan tuberías a través de la espesa selva, ni de hombres y mujeres jóvenes que recorran medio mundo para ir a agarrarse a tiros con las personas que tuvieron la mala suerte de vivir sobre los depósitos de crudo. Imaginen un suministro de energía defendible: físicamente defendible, y moralmente también. Pero eso sólo pasará si empezamos pronto. Si esperamos hasta estar arrinconados contra la pared, entonces los grandes poderes que nos han metido en este enredo serán los mismos a los que recurriremos para que nos saquen. ExxonMobil será la principal compañía de viento (lo que será una mejora, pero no tanto). A veces, los activistas ecológicos se preguntan: ¿Qué se necesitará para abrir los ojos de la gente? ¿Qué nivel de daño se requerirá? Esto, porque la gente ya está sufriendo daño. A medida que las temperaturas suben, los mosquitos van colonizando nuevas zonas en los trópicos y subtrópicos, llevando consigo la malaria y el dengue. Yo tuve dengue hace un par de años, y es lo peor. Pero mi caso fue una rara excepción; estas enfermedades matan principalmente a personas por las cuales nosotros, en el mundo industrializado, no mostramos la menor preocupación (irónico, además, puesto que esas personas no producen esencialmente nada en forma de emisiones: yo contraje el dengue en Dhaka, la capital de Bangladesh, donde los carritos tirados por bicicletas son el medio de transporte habitual). Sin embargo, este verano 12.000 ciudadanos de Francia murieron en el transcurso de una semana, cuando la temperatura alcanzó niveles completamente inauditos y ni siquiera refrescaba mucho cuando caía la noche; precisamente el tipo de fenómeno que, según lo indican todos los modelos computarizados, se vuelve cada vez más probable debido a la incorporación de dióxido del carbono en nuestra atmósfera. Éstas eran personas de verdad (en el sentido en que nosotros usamos este término). Francesas, sí; pero tenían automóviles, refrigeradores, televisores, módems, perros de mascota y todas las otras cosas que definen a nuestra propia especie occidental. Recuerden: estas 12.000 personas iguales a nosotros no se murieron simplemente debido a un “desastre natural” o un “designio de Dios”. Ellos murieron porque nosotros hemos bombeado demasiado carbono en la atmósfera. Y muchos, muchísimos más, morirán del mismo modo y de otras mil maneras, a menos que nos pongamos a trabajar, y pronto. La alternativa sería seguir evitando el tema a pesar de todo. Pero ésa sería… la elección de una opción desafortunada.
Más sobre el política y cambio climático: Cambio climático: El informe "secreto" del Pentágono ¿Qué auto manejaría Jesús? en The Witness, julio-agosto de 2002 Bush, el buen amigo de las corporaciones en Rebelión, 12 de abril de 2004
|