Cruzando la línea: Carta de una pacifista por Kathy Kelly Publicado originalmente en inglés en Voices in the Wilderness Traducido por Germán Leyens Editado, subtitulado y resumido por Felipe Elgueta Frontier
Ni vergüenza ni estigma
Este fin de semana me preparo para mi ingreso, el 6 de abril de 2004, al Instituto Correccional Federal Pekín, en Peoria. Yo estaba entre las varias docenas de personas que, el 22 de noviembre de 2003, cruzaron la línea de prohibición en la escuela de entrenamiento militar de combate del ejército de EEUU en Fort Benning, Georgia. Talvez sufra algún daño en prisión, pero estoy segura de que esto también podría haberme ocurrido mientras estaba en Bagdad o en otros sitios a los que he ido por mi propia voluntad. No siento más ansiedad que el normal temor ante lo desconocido. Me he sentido algo aislada de los ataques contra mi autoestima mientras estoy en prisión. Me siento orgullosa de cruzar la línea de demarcación en protesta contra el complejo de armas nucleares del Proyecto ELF en el norte de Wisconsin que se utiliza para guiar a los misiles crucero Tomahawk que mutilan y matan gente en Irak. Del mismo modo, es bueno formar parte del creciente grupo que ha cruzado la línea en la escuela de entrenamiento militar de combate en Fort Benning, Georgia. Graduados de esa escuela han sido responsables de matanzas, asesinatos y torturas. Debería haber gente cruzando estas líneas todos los días de la semana. No veo ninguna vergüenza ni estigma en esto.
Dios en todos Pero sí me preocupa haberme distanciado tanto, durante los últimos años, de algunas de las personas más pobres de nuestro país. Necesito comprender mejor lo que les sucede. ¿Estoy en lo correcto cuando pienso que los medios presionan con éxito a los jóvenes de los barrios pobres para que consuman, compren y posean artículos de marca para esto y aquello? ¿Acaso este esfuerzo corporativo por vender ciertas líneas de vestimenta, cosméticos y automóviles estará empujando a las personas a caer en una economía clandestina porque no pueden conseguir su parte en la economía formal luego de que nuestro sistema educacional les ha fallado tan rotundamente? Al pensar en cómo George Fox, que ayudó a fundar la fe cuáquera, se ponía de pie en los bancos de las iglesias durante los sermones e instaba la gente a ir con amabilidad por el mundo, viendo a Dios en todos, he alimentado una fantasía relacionada con las salas de los tribunales. Supongamos que se levantara alguien en un tribunal, bajo riesgo de ser condenado por desacato, y preguntara: “¿Podríamos tomarnos un minuto para analizar lo que pasa aquí, utilizando un gráfico en vivo? ¿Cuántos en esta sala ganan dinero con el sistema penal y cuántos son la 'materia prima' que alimenta este sistema?” Seguro que la gente que gana dinero sería, sobre todo, blanca y bien educada. Son los abogados, los jueces, el personal de la corte. Y apuesto a que la gente que alimenta el sistema, que mantiene a los empleados del sistema penal de justicia, serían afro-estadounidenses, latinos y asiáticos. Si son condenados, los "criminales" recibirán 18 centavos cada hora que trabajen, dentro del complejo carcelario industrial, para importantes corporaciones de los EEUU que pueden contratar mano de obra carcelaria sin siquiera tener que preocuparse por las vacaciones pagadas, los gastos sociales, tiempo extra, contratación de supervisores o el arriendo del espacio de trabajo. El complejo industrial carcelario se parece a la esclavitud y podría ser un precursor del fascismo. Quiero desafiar este sistema de una forma no violenta. En nuestro mundo, muchos de quienes vivimos en los EEUU estamos encaramados, por puro accidente, en un entorno desmesuradamente lujoso en comparación con el resto del mundo. Somos los más afortunados. Somos los más bendecidos. Y tenemos la mayor responsabilidad por la construcción de un mundo mejor.
La línea Mi propia lógica me dice que cuando las tropas de EEUU “cruzaron la línea” en marzo de 2003, entraron sin autorización a un país soberano, Irak, basadas en la teoría y en el argumento de que las armas de destrucción masiva de Irak planteaban una amenaza inminente para el pueblo de los EEUU. Ahora ya está claro que Irak no era ni siquiera una amenaza lejana para la gente de este país. En Fort Benning, Georgia, cruzamos una línea al atravesar medio metro de césped gubernamental en un sitio en donde no cabe ninguna duda de que los graduados de la escuela de entrenamiento militar para el combate participaron en torturas, mutilaciones, desapariciones, matanzas y asesinatos cuando volvieron a sus respectivos países. El método, de antigua tradición, de la desobediencia civil no-violenta, ha ayudado a engrosar las filas de quienes claman por el cierre de la Escuela de las Américas. En noviembre de 2003, 14.000 personas se dirigieron a las puertas de Fort Benning, portando cruces en solemne recuerdo de los cientos de miles que fueron brutal y letalmente castigados por graduados de la Escuela de las Américas. Nuevas revelaciones implican a graduados recientes de esta escuela militar en acciones que han amenazado a gente inocente en Centro y Sudamérica. Recuerdo que en 1990 me uní a fray Roy Bourgeois, MM, y a otra docena de personas para un ayuno de cuatro semanas sólo con agua, ante las puertas de Fort Benning. Ha sido un alivio, tanto ahora como entonces, saber que estamos haciendo lo posible por impedir que se apoye a una escuela que enseña a la gente a aterrorizar y subyugar a hermanos y hermanas que viven en los países empobrecidos que están al sur de Estados Unidos.
Irak e Hiroshima El lunes 29 de marzo iré a Madison, Wisconsin, a cumplir una condena de prisión de un mes por negarme a pagar una multa de 150 dólares después de que una docena de nosotros caminara medio metro atravesando la línea de prohibición que rodea la instalación del transmisor ELF/Trident de la Marina, ubicado en los bosques norteños de Wisconsin. Las ELF [ondas de frecuencia extremadamente baja] son utilizadas para disparar misiles nucleares. El sistema ELF también es utilizado para disparar misiles crucero. Los misiles crucero fueron las armas preferidas de los planificadores de la guerra cuando se desarrolló la campaña de Choque e Intimidación contra Irak. Sentí una profunda consternación en Bagdad durante esa guerra, mientras las bombas tronaban sobre la ciudad, mañana, tarde y noche. También me prometí que haría una desafiante visita no-violenta a una de las instalaciones militares que ayudaba a lanzar esas bombas, lo más pronto posible, cuando volviera a EEUU. “No cometas el crimen si no puedes cumplir la condena”, es una frase que oímos a menudo. Yo estoy dispuesta. Cuando he cruzado la frontera para abandonar Irak, casi siempre me he sentido como si estuviera saliendo de una inmensa prisión. Me lleva unos ochos segundos reajustarme a tener electricidad y casi me puse de rodillas ante el termostato cuando volví a casa después de unas gélidas semanas en Irak el invierno pasado. En casa, no tengo que preocuparme por bombas que estallan en las cercanías, ni me pregunto cómo pagaré por la alimentación, la vestimenta y el alquiler. La gente en Irak y en muchos de nuestros países vecinos del sur se tiene que preocupar constantemente por encontrar formas de sobrevivir ante circunstancias sobre las que tienen muy poco control. Sus vidas se ven afligidas directamente por nuestros deseos de “vivir mejor” que el resto del mundo, apoderándonos de los recursos de otros a precios de liquidación. En su fascinante autobiografía “From Yale to Jail”, (Rose Hill Books, 1993), David Dellinger concluye un capítulo titulado “Otra vez en prisión” con un editorial que publicó en 1947 después de su liberación de una penitenciaria de máxima seguridad en Lewisburg. Deplorando los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, Dellinger escribió: “Sin nada que se pareciera a una decisión democrática –ni siquiera con un aviso previo de lo que estaba ocurriendo-, el pueblo estadounidense despertó una mañana para descubrir que el gobierno de los Estados Unidos había cometido una de las peores atrocidades de la historia. El repentino asesinato de 300.000 japoneses es coherente con la ética de una sociedad que cría a millones de sus propios niños en tugurios urbanos”.
Belleza aprisionada De mi anterior encarcelamiento, recuerdo un mundo de belleza aprisionada, pese a que la mayoría de las mujeres que conocí habían llegado allí debido a horribles circunstancias, de las que habían tratado de escapar a través del uso y/o venta de drogas. No todos los activistas por la paz pueden participar en acciones de desobediencia cívica que conducen a condenas en prisión. Pero para aquellos que pueden hacerlo, el ingreso a las prisiones les ofrece una oportunidad de comprender mejor cómo la tan alabada guerra contra la pobreza se ha convertido en una guerra contra los pobres. Quienes cumplimos condena por cruzar las líneas en Fort Benning y en el Proyecto ELF, estaremos lejos de nuestros escritorios; pero no de nuestro trabajo.-
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