Nuestra especie desde su origen ha sufrido hambrunas sucesivas, sólo que en la actualidad el responsable de ella no es el clima, sino el propio hombre. En la foto una escena de hambre en Etiopía.

Hambrunas: En ayuno forzado
La división de los panes

por Óscar Contardo

Publicado originalmente en El Mercurio, 9 de septiembre de 2001

 

La familia de Stineke Oenema se salvó del hambre. Sus padres vivían en una granja al sur de Holanda. Si hubieran vivido al norte tal vez hubiesen tenido que escarbar la tierra para alimentarse de bulbos de tulipanes, tal y como lo hicieron muchos holandeses durante el bloqueo nazi de 1944. "Mis suegros sufrieron el hambre y toda una generación de holandeses la recuerda".

Stineke actualmente trabaja en Chile, en la FAO, la institución de la ONU que monitorea las cosechas de todo el mundo y previene las crisis alimentarias que azotan a cerca de 800 millones de personas que durante lapsos prolongados no tienen la posibilidad económica ni física de obtener alimento. Una experiencia nada de ajena para la humanidad. "En la Edad Media en Europa quien no moría de hambre, moría por alguna plaga", ironiza Stineke Oenema.

Este año fue el turno de Afganistán, que con la guerra y una sequía de tres años tiene a más de un millón de almas sin alimentos, y unos siete en situación crítica. "Los más afectados son los desplazados que se encuentran cerca de la frontera con Pakistán y los que ya cruzaron la frontera pero que cuentan con escasa ayuda", explica Cecilio Morón, el Oficial de la FAO para América Latina. Mal que mal entrar a Pakistán tampoco es una salvación, pues este país cuenta con sus propios bolsones de hambre. El experto dice que lo más difícil es canalizar la ayuda. Es decir, los alimentos existen, también los voluntarios. Lo que falta son las vías para hacérselos llegar a los hambrientos. Morón estima que así como van las cosas, los 23 millones de afganos se encontrarán en situación de inseguridad alimentaria. Si en los 80 la CNN nos mostró el rostro del hambre en su versión africana, y en los noventa las imagenes de niños esqueléticos de Corea del Norte, este año la hambruna es musulmana.

 

Compañera fiel

En 1950, el investigador inglés Ancel Keys publicó Biology of human starvation, en donde hizo un recuento de las 400 mayores hambrunas documentadas de la humanidad. Países con períodos de abundancia y escasez o regiones de hambre endémica, como India o China, en donde se establecieron por tradición normativas sobre hierbas silvestres comestibles o miembros de la familia que podían ser sacrificados si la situación lo ameritaba. En África la hambruna hizo que muchas lenguas pulieran su vocabulario, creando palabras precisas para distintos niveles de carencia. Inglaterra, llena de tradiciones, es uno de los países con más linaje de Europa en lo que a déficit alimentario se refiere. Desde el año 976 se cuentan más de 12 grandes hambrunas. La peor de todas fue la que afectó todo el norte de Europa entre 1315 y 1322. Según el historiador William Chester Jordan (The great famine, Princeton University Press) esa gran hambruna y las que le siguieron serían para los europeos un constante recordatorio de la fragilidad de la sociedad civil.

La memoria del hambre estaría detrás de la importancia que le da Europa a la capacidad de autoabastecerse, y al empecinamiento por el proteccionismo agrícola, mal que le pese a la globalización.

Hambre ha habido siempre. Aun antes de los pesticidas, del calentamiento global y de la colonización en África. La diferencia entre las contemporáneas y las históricas está en el mayor o menor papel que ha jugado el hombre. Actualmente las guerras y los conflictos políticos pesan más que los cambios climáticos o el decaimiento de la producción agrícola por el desgaste del suelo. Aun así las poblaciones más susceptibles de sufrir hambrunas tienen una característica en común: el monocultivo. El hongo que arruinó las cosechas de papas de Irlanda en el siglo pasado y el que arruinó el arroz en Bangladesh en 1942 devastó las poblaciones de ambos países al hacer incomible su principal - o su único- producto de subsistencia. Disponer de una variedad de alimentos, baratos independientes de los avatares del comercio habrían salvado a Chile - y a gran parte de Latinoamérica- de las feroces hambrunas de corte europeo. Aunque no a períodos de escasez.

 

Fértil provincia

Tancredo Pinochet Le Brun fue el primer periodista chileno que hizo investigación participativa. Corría 1917, y antes que cualquier reportero del primer mundo se disfrazase de alguna minoría discriminada para denunciar injusticias, Pinochet se colaba como peón en la hacienda del entonces Presidente Juan Luis Sanfuentes. Allí constató que no se pasaba hambre, pero la dieta distaba bastante del ideal.

En su ensayo "Inquilinos en la hacienda de su excelencia" (antologado por Cristián Gazmuri en el libro Chile del CentenarioEd. Universidad Católica) Pinochet Le Brun narra que el plato por antonomasia eran los porotos con algo de grasa encima y otro poco de pan. Muy poca carne, absoluta ausencia de verduras y ningún hábito para la utilización de los cubiertos. No había escasez, pero la dieta estaba bastante lejos del ideal de un nutricionista contemporáneo.

"En Chile hasta el siglo XX la situación es de alta subsistencia, los productos agrícolas eran muy baratos y Santiago estaba rodeado de chacras", explica el historiador José Bengoa. En general la gran diferencia entre los alimentos que consumían los hecendados y los trabajadores estaba en la cantidad, método de preparación. Gallinas y pollos eran artículos de lujo. La estabilidad nutricional fue interrumpida sólo ocasionalmente entre la conquista y el siglo XX. La primera y bastante relevante para lo que vendría fue la hambruna que sufrieron los colonizadores tras las destrucción de Santiago, el 11 de septiembre de 1541.

Cronistas de la época cuentan que los sobrevivientes al ataque tuvieron que alimentarse de raíces y suspender las misas a falta de vino y trigo para hacer hostias. Pero la hambruna tuvo un efecto inesperado, "arraigó a Chile a los españoles que hasta ese momento sólo venían de paso. Fue un período de alta solidaridad". De hecho el cronista Gerónimo de Bibar calificó el período de hambre como una época "dorada". Paralelamente el hambre habría frenado el avance indígena hacia el centro del país. Los años de guerra habían devastado cosechas, ranchos y sementeras mapuches; la comida comenzó a desaparecer y las epidemias a crecer. El hambre en cierta forma asentó a los españoles en el Valle Central y frenó el avanze mapuches hacia Santiago.

Tres siglos después, los indígenas volverían a sufrir de escasez. La abundancia de ganado lograda entre el siglo XVII y XIX tuvo su fin en 1866, la con la ocupación de la araucanía que desplazó a los indígenas. "A partir de 1870 comienzan a aparecer en los diarios descripciones del hambre desoladora que atacaba a los indios como consecuencia de la guerra", explica Bengoa. Aparecieron las primeras ollas comunes, que volverían a organizarse durante la crisis del 30, y el retorno de los trabajadores del salitre del norte. Miles de obreros que volvían con lo puesto a Santiago.

"A lo largo de calle San Diego se armaron gandes ollas comunes, y se formaron albergues para recibir a los pobres", afirma José Bengoa. Al parecer ninguno de estos episodios de escacez marcó mayormente el inconsciente colectivo de los chilenos. Tampoco significó grandes cambios en el modelo económico, salvo la crisis del 30 "que dio lugar a la transición entre un modelo primario exportador a uno basado en el mercado interno y la exportación", según sostiene el historiador Julio Pinto. Las crisis económicas venideras, si bien harían aparecer colas y reaparecer ollas comunes, no significarían nunca mortandades masivas. Con el correr del siglo Chile se iría acercando a una epidemia que paradójicamente está vinculada a la hambruna: la obesidad.

 

El gen del almacenamiento

La modernidad no sólo trajo las minas de fosfato a los habitantes de la isla polinésica de Naruan. También trajo la obesidad y altos niveles de diabetes. Ancestralmente acostumbrados a nevagar por islas y atolones, soportando largas jornadas de hambre, los habitantes de Naruan habían desarrollado un metabolismo lo suficientemente frugal para soportar los largos períodos de ayuno. En síntesis, aquello que en un tiempo los hacía sobrevivir, ahora les estaba provocando problemas. La pregunta es entonces qué hacía que los polinésicos tuviesen un metabolismo determinado y no otro. Una probable respuesta debería estar en la genética. Un artículo publicado este año por la British nutrition foundation recupera una idea propuesta en 1960 por el doctor James Neel, quien creó el conecepto de gen economizador (thrifty gen). Neel pensaba que los sucesivos períodos de abundancia y hambruna que habían dominado el 99 por ciento de toda la vida humana habrían favorecido la selección de una habilidad que todos tenemos: almacenar tejido adiposo extra durante los períodos de vacas gordas para soportar los tiempos de crisis. Esta cualidad, lograda a través de generaciones y que protegió a hombres y mujeres de las hambrunas se vuelve inútil cuando la situación alimentaria se hace estable. El cuerpo creó una defensa que ahora se vuelve en su contra.

El doctor Erick Díaz, investigador del Instituto de Nutrición de la Universidad de Chile (INTA), explica que la obesidad en poblaciones desarrolladas "estaría vinculada a un proceso genéticamente condicionado para que los individuos que se salvaran de las hambrunas estuviesen mejor equipados que sus antepasados". El doctor Díaz ha trabajado en Gambia con comunidades que durante siglos han vivido en un esquema de economía de subsistencia que no existe en el primer mundo y que sería un ejemplo vivo de las condiciones que enfrentó el ser humano gran parte de su existencia como especie.

La tesis del organismo que se defiende del hambre también puede verificarse en la forma en que el cuerpo del ser humano reacciona ante un ayuno prolongado. "Primero hay una gran pérdida de líquido y de tejido magro. Las primeras dos semanas se baja de peso rápidamente, luego la caida se suaviza". El organismo va echando mano de todo lo que no comprometa la salud. Por eso cuando se baja un kilo, lo que se pierde no es un kilo de sólido, sino solo 250 gramos. El resto es líquido. La grasa, el gran depósito, es lo último que se consume.

El doctor Díaz explica que gracias a los estudios de hambruna recientes se han descubierto relaciones entre la alimentación y períodos de desarrollo. Esta información a su vez ha ayudado para tratar la desnutrición en crisis alimentarias contemporáneas.

"Las mujeres embarazadas durante el bloqueo a Holanda ingirieron menos de la tercera parte de las calorías necesarias en su estado", explica Díaz. En ellas se observó una disminución dramática en el peso de los niños, se estableció que las madres que sufrieron hambre en la última etapa del embarazo dieron a luz guaguas con mayores problemas que las que ayunaron durante la primera mitad de la gestación. Años después se verificó que en los niños nacidos durante la hambruna había mayor prevalencia de enfermedades crónicas y obesidad una vez que llagaban a la adultez. Un ejemplo ilustrativo de un mundo paradójico en el que conviven gordos de gimnasio forzado y hambrientos de cementerio prematuro.

 

CRONOLOGÍA

Platos vacíos

Durante la segunda mitad del siglo, la hambruna tuvo gracias a la televisión una cara preferentemente negra. En nuestra memoria se igualaría escasez alimentaria a niños desnutridos en Biafra o Etiopía. Pero el hambre ha acompañado al hombre en todas sus versiones. Lo han sufrido chinos, negros y caucásicos.

En el 205 antes de Cristo, el emperador chino Gao Zu autorizó a su pueblo a vender o comerse a sus hijos si la necesidad así lo imponía.

En el 1066 después de Cristo la invasión normanda a Inglaterra marcó el comienzo de 9 años de hambruna, en los que el canibalismo se hizo una práctica habitual.

En 1270 después de Cristo el Rey Enrique III de Inglaterra escribió una ordenanza a sus subalternos para que se despejasen las calles de los cuerpos de los súbditos que morían de inanición.

Entre 1845 y 1849, un millón de irlandeses murió y dos millones emigraron de la isla después que el hongo Phytophthora infestans acabara con los cultivos de papas.

Entre 1932 y 1933, Stalin se encargó de matar de hambre a 6 millones de ucranianos a través del sistema de granjas colectivas.

Entre 1941 y 1943, una hambruna causó más de 450 mil muertes en Grecia.

Entre 1944 y 1945, la parte norte de Holanda sufrió el bloqueo nazi. El racionamiento perduraría hasta el fin de la guerra.

A fines del año 2000, la FAO anunciaba que 800 millones de personas se encuentran actualmente a merced del hambre. En América Latina las situaciones de mayor riesgo se dan en toda Centroamérica, excepto Panamá y Costa Rica, y en las zonas afectadas por la guerrilla colombiana. En Asia, las situaciones más graves se dan en Afganistán y Corea del Norte, mientras que en África Naciones Unidas está alerta en Sudán, Guinea, Sierra Leona y Angola.