Me gustaría plantear esta interrogante, la misma que se plantean los pueblos del mundo: ¿Por qué comprometerse hoy día en una guerra en Irak? Y me gustaría preguntar todavía: ¿por qué romper instrumentos que acaban de probar su eficacia? ¿Por qué escoger la división, si nuestra unidad y nuestra determinación llevan a Irak a deshacerse de las armas de destrucción masiva? ¿Por qué querer a cualquier precio proceder por la fuerza, cuando podemos lograrlo por la paz? La guerra siempre es una confirmación del fracaso. No nos resignemos a lo irreparable. Antes de tomar nuestra decisión, midamos los efectos de nuestra decisión. Como miembro permanente del Consejo de Seguridad, lo
vuelvo a decir: Francia no dejará pasar una resolución
que llegase a autorizar el recurso automático a la fuerza. Midamos la angustia y la espera del mundo, en todos nuestros países: del Cairo a Río, de Argel a Pretoria, de Roma a Yakarta. Lo que está en juego sobrepasa el único caso de Irak. Veamos las cosas con lucidez: estamos definiendo un método de arreglo de las crisis. Estamos decidiendo la organización del mundo en la cual queremos que vivan nuestros hijos. Es verdad que en Corea del Norte, en Asia del Sur, no hemos todavía logrado encontrar las vías de un arreglo durable de los litigios. Es verdad que en el Cercano Oriente: ¿podemos esperar todavía, cuando se están multiplicando las violencias? Las raíces de estas crisis son numerosas: son de orden político, religioso, económico. Están ahí, en el fondo del tumulto de los siglos. Algunos pueden creer que se pueden arreglar estos problemas por medio de la fuerza y crear así un nuevo orden. Esta no es la convicción de Francia. Pensamos, por el contrario, que el uso de la fuerza corre el riesgo de atizar los rencores y los odios, alimentar un choque de identidades, un enfrentamiento de culturas: y una de las primeras responsabilidades de nuestra generación es precisamente evitar esto. A aquellos que creen que la guerra sería el camino más corto para desarmar a Irak, les respondo entonces que crearía heridas y fracturas que llevaría tiempo cicatrizar. Y ¿cuántas víctimas, cuántas familias de luto? No suscribamos lo que serían los otros objetivos de una guerra. ¿Acaso se trata de cambiar el régimen de Bagdad? Nadie desconoce la crueldad de esta dictadura y la necesidad de hacer todo lo posible para promover los derechos humanos. ¿No es éste acaso el objetivo de la resolución 1441? Y la fuerza no constituye ciertamente el mejor medio de aportar a la democracia. Esto sería alentar, aquí y en cualquier parte, una inestabilidad peligrosa. ¿Acaso se trata de luchar contra el terrorismo? La guerra sólo lo aumentaría y podríamos entonces afrontar una nueva ola de violencia. Evitemos hacerles el juego a aquellos que quieren el choque de culturas, el choque de religiones. ¿Acaso se trata, finalmente, de remodelar el paisaje político del Medio Oriente? Entonces estamos tomando el riesgo de aumentar las tensiones en una región marcada ya por una gran inestabilidad. Sobre todo porque en el mismo Irak, la multiplicidad de comunidades y de religiones lleva el germen del peligro de un estallido. Tenemos todos las mismas exigencias: más seguridad, más democracia. Pero existe otra lógica que la de la fuerza, otro camino, otras soluciones. Comprendemos el sentimiento profundo de inseguridad en el cual vive la población estadounidense desde la tragedia del 11 de septiembre de 2001. El mundo entero compartió el dolor de Nueva York y de Estados Unidos, golpeados en los más profundo de su ser. Lo digo en nombre de la amistad que sentimos por el pueblo estadounidense, en nombre de nuestros valores comunes: la libertad, la justicia, la tolerancia. Pero nada indica hoy día que exista un vínculo entre el régimen iraquí y Al Qaeda. Y el mundo ¿estará más en seguridad después de una intervención militar en Irak? Quiero manifestarles la convicción de mi país: no. Hace cuatro meses, adoptamos por unanimidad un sistema de inspecciones para eliminar la amenaza de posibles armas de destrucción masiva y garantizar nuestra seguridad. Hoy día, no podríamos aceptar, sin contradecirnos, un conflicto que corre el riesgo de debilitarla. Sí, queremos también más democracia en el mundo. Pero sólo lograremos este objetivo en el marco de una verdadera democracia mundial, fundada en el respeto, en el compartir, en la toma de consciencia de una verdadera comunidad de valores y de destino. Las Naciones Unidas constituyen aquí el corazón de ello. No nos engañemos: frente a la multiplicidad y la complejidad de las amenazas, no hay una respuesta única, sino una sola exigencia: permanecer unidos. Hoy día, es preciso inventar juntos un nuevo porvenir para el Medio Oriente. No olvidemos la inmensa esperanza así como los esfuerzos de la Conferencia de Madrid y de los Acuerdos de Oslo. No olvidemos que la crisis del Cercano Oriente constituye el desafío mayor en términos de seguridad y de justicia. Hay en todo ello para nosotros, así como en Irak, un compromiso prioritario. Es preciso entonces tener una gran ambición, más audaz todavía; la de una región transformada en la paz; la de civilizaciones que, por el coraje de haberles tendido la mano, encontrarían su confianza en ellas mismas, un brillo a la altura de su larga historia y de sus aspiraciones. En unos cuantos días, nuestra responsabilidad estará comprometida solemnemente por un voto. Estaremos frente a una decisión esencial, la del desarme de Irak por la guerra o en la paz. Esta decisión esencial abarca otras. Abarca la capacidad de la comunidad internacional para resolver las numerosas crisis actuales o futuras. Esta decisión lleva consigo una visión del mundo, una concepción del papel de las Naciones Unidas. Francia considera que para tomar esta decisión, para hacerlo en consciencia, en este recinto de la democracia internacional, frente a sus pueblos y frente al mundo, los Jefes de Estado y de Gobierno deben reunirse aquí, en Nueva York, en el Consejo de Seguridad. Es en el interés de todos. Se trata de encontrar la vocación fundamental de las Naciones Unidas: permitir a cada uno de sus miembros asumir sus responsabilidades frente a la crisis iraquí, pero también hacerse cargo juntos del destino de un mundo en crisis y recrear así las condiciones de nuestra unidad en el futuro.-
Extraído de : Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas / Discurso del Ministro de Asuntos Extranjeros
Documentos relacionados: Declaración del Presidente de Francia a la prensa (18/3/2003) Discurso del Ministro Villepin ante el Consejo de Seguridad (19/3/2003)
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