La Chilena Prehistórica
por Jorge Melin

Publicado originalmente en El Mercurio, 19 de enero del 2000

 

La falta de estudios antropofísicos de las momias encontradas en la región limita las descripciones que se pueden hacer respecto de estas chilenas prehistóricas.

Ponga su imaginación en una máquina del tiempo y viaje hacia el pasado, nueve mil años antes de Cristo. Piense que está en Tuina, unos 30 kilómetros al suroeste del poblado de Chiu-Chiu, en el altiplano de la actual Región de Antofagasta. Junto a usted, en el fondo de una pequeña quebrada y al calor de varias fogatas, un grupo familiar de cerca de 50 personas, entre hombres, mujeres y niños. El frío es terrible.

Nos encontramos, así, entre una de las tantas comunidades recolectoras-cazadoras que hace milenios se aventuraron por las áreas de Calama, Chiu-Chiu y del Salar de Atacama.

Usted puede observar que los niños duermen, los hombres comentan la exitosa cacería de huanacos del día y las mujeres preparan la carne para conserva. Antes del anochecer, ellas habían trabajado en la molienda de su principal fuente de alimentación, los frutos del algarrobo.

Todos entienden que la caza no es una actividad que dé resultados diarios en estos parajes por sobre los 2.400 metros del nivel del mar, pero de ello comen.

¿Cómo se relacionaban las mujeres y hombres en esa era? ¿Qué rol cumplía ella? Los pocos antecedentes históricos hacen difícil configurar una imagen real de esos tiempos, pero se supone que en un comienzo las relaciones pudieron ser parejas, iguales, las mismas que más tarde derivaron hacia un patriarcado o poder masculino.

El tema preocupa a los arqueólogos y en especial a Patricio Núñez, director del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad de Antofagasta, quien recomienda prestar más atención al papel cumplido por la mujer a lo largo de nuestra historia.

 

Antecedentes

Núñez es el autor de varios escritos sobre el tema. Ahora, con el libro Doce milenios, una visión social de género de la historia del Norte Grande de Chile, quiere mostrar los distintos roles que ha cumplido la mujer en las comunidades prehistóricas, desde aproximadamente unos 10 mil años antes de Cristo hasta la llegada de los españoles.

Estamos hablando de las primeras chilenas. Ni más ni menos.

El académico asegura que nuestros compatriotas han aprendido la historia nacional con una visión parcial, que no integra a todos los participantes, donde destaca siempre lo que él llama el hombre vencedor y su consecuente filosofía. En síntesis, califica de sexistas los textos de historia. Y eso, naturalmente, le desagrada.

Un rápido recorrido por el conocimiento de la prehistoria chilena parece darle la razón, pero el desafío final es cómo desentrañar el lugar que la mujer ocupó en los milenios prehispánicos, plenos de desinformación.

Según Núñez, el patriarcado surge cuando el trabajo femenino adopta labores complementarias pasivas o de servicio, como la preparación de las carnes, que provee el hombre-cazador, para la alimentación del grupo. Esto pudo ocurrir cuando a la mujer la separan de las actividades de caza y recolección, relegándosele a un rol más secundario. Ella más en casa, él más afuera.

Por este proceso probablemente pasaron las comunidades que dejaron vestigios en los sitios arqueológicos de Tuina (8.900 a.C.), San Lorenzo (8.500 a.C.) y Chulqui (7.600 a.C.), en la Región de Antofagasta; y Tojo-Tojone (7.900 a.C.), Las Cuevas (7.600 a.C.), Hakenasa (6.400 a.C.) y Patapatane (6.200 a.C.), en Tarapacá.

Con el tiempo, los grupos que habitaron el Altiplano se desplazaron hacia la costa. Ahí vivieron como cazadores-recolectores y pescadores marítimos y sus vestigios quedaron en lugares como Las Conchas (7.750 a.C.), y en los cerros del extremo norte de la ciudad de Antofagasta, a tres kilómetros de la playa.

Difícil resulta establecer una descripción física de las mujeres que protagonizaron esos tiempos. Nancy Montenegro, arqueóloga y conservadora del Museo Regional de Antofagasta, lo atribuye a la carencia de estudios antropofísicos. Presumiblemente nuestras antiguas chilenas habrían sido de baja estatura - entre 1,45 y 1,50 metro, como promedio, mientras los hombres eran unos 10 centímetros más altos- , pero muy fuertes, capaces de caminar largas distancias en busca de sustento. Vestían de manera muy parecida a los hombres, con prendas hechas con cueros de lobos.

No existe certeza, pero es probable que las características generales de estos cazadores-recolectores y el lugar que en su primitiva sociedad ocupaba la mujer no debió variar mucho de las que paralelamente tenían en el extremo sur del país.

Durante los 80, las investigaciones desarrolladas por el arqueólogo Alfredo Prieto sugirieron algunas hipótesis sobre el poblamiento paleoindio en la Patagonia Austral y Tierra del Fuego, hace 13 mil años, y se logró construir una visión sobre la presencia humana en el área Cerro Benítez-Lago Sofía. En ese escenario habrían habitado comunidades cazadoras-recolectoras en las que el sitial de la mujer no debió haber distado mucho del que por esas mismas fechas tenía en las comunidades nortinas.

En estas últimas, según Patricio Núñez, la mujer recuperó protagonismo gracias a la conversión de las comunidades hacia sociedades agro-ganaderas que producían su propio alimento, aproximadamente a partir del 2000 a.C.

La domesticación de animales y la adaptación de plantas para cultivo generó más alimentos y una nueva organización social, en donde la labor de seleccionar llevó a la mujer - sin caer en el matriarcado- a ser la gran descubridora, a tener el don de la Madre Tierra, la Pachamama; el don de la fertilidad.

 

Indias de buen ver

Más al sur, el arqueólogo Gonzalo Ampuero, director del Museo Regional de La Serena, coincide en lo difícil que resulta determinar el rol de la chilena prehistórica.

En el Norte Chico también se tienen registros de comunidades cazadoras-recolectoras de hace 12 mil años. Ya en la Era Cristiana, sucesivamente las culturas Molle, Anima y Diaguita se desarrollaron hasta la llegada de los españoles, cuyos cronistas no se distinguieron por describir acuciosamente las actividades de la mujer nativa. Más bien se limitaron a registrar observaciones del tenor de indias de muy buen ver (atractivas), lo que denota la actitud con la que posteriormente fueron tratadas.

Resulta un ejercicio complicado definir cómo fueron los roles que la mujer cumplió desde los primeros signos de poblamiento humano en nuestro territorio hasta la llegada de los españoles. Un verdadero manto de olvido ha cubierto este aspecto de nuestra historia, donde arqueólogos, antropólogos e historiadores emprenden hoy el desafío de recomponer la fragmentada información disponible.

Tarea para la casa...

 

Discriminada

El único mecanismo que los arqueólogos tienen para definir los roles de las personas en las comunidades prehistóricas es el estudio de los cementerios. Pero existe una limitante: no han encontrado entierros en los que se pueda reconocer claramente a los individuos. Así lo manifiesta la arqueóloga consultora Ana María Barón, quien durante 22 años ha estudiado las comunidades antiguas de la Segunda Región y para quien resulta obvio que ya al hablar de la historia del hombre se hace una discriminación de género.

Ella ejemplifica sobre los problemas para abordar el tema, mencionando la aldea de Túlor, una comunidad agroganadera con evidencias de ocupación entre el 600 y el 200 a.C. ubicada cerca de San Pedro de Atacama. En ese sitio, si no hay tumbas claramente asociadas con utensilios, resulta difícil dilucidar la función de hombres y mujeres.

Muy distintos son los casos de grupos sociales que aún subsisten en otras partes del mundo, como Africa, y en los cuales estudios antropológicos permiten asociar los elementos culturales encontrados en los sitios con las observaciones de los roles de hombres y mujeres.

 

La unendomo

Hay una mujer en la prehistoria chilena que ocupó un lugar social más importante dentro de su comunidad: la mujer mapuche. Ella también es de origen cazador-recolector, pero su pueblo la situó como portadora de la religiosidad, así como la fuente del trabajo y el sustento de la familia. Se desplazaba en busca del piñón de la araucaria; cultivaba la tierra; tejía; algunas eran expertas alfareras, y preparaban con gran destreza pieles y cueros. También elaboraban bebidas fermentadas, justificación de todas las reuniones y orgullo de los hombres.

El hombre tenía la atribución de la poligamia, pero la unendomo o primera mujer (en México, la mero mero) era en el fondo la dueña del hogar, pues las siguientes le reconocían tal carácter y su hijo mayor era el primogénito. La unendomo quedaba libre con la viudez, mientras que las demás formaban parte de la herencia del primogénito.-