Londres: Triste recordatorio de una declaración vacía
Las iniciativas multilaterales para congelar los activos, fomentar la capacidad de los estados subdesarrollados para combatir el terrorismo, fortalecer los mecanismos legales y mejorar la cooperación para el cumplimiento de las leyes, son más efectivas y mucho menos costosas que las campañas militares en ultramar, cuyos costos financieros y humanos quedan dolorosamente claros al ver las noticias que a diario llegan de Irak. El fuerte rugir del tambor de guerra se ha vuelto tan constante en las noticias por cable y en las conferencias de prensa en la Casa Blanca que muchos norteamericanos se han desensibilizado ante la violencia que tiene lugar a diario en Irak. Citando a un astuto observador: “¿Se imaginan que el mundo reaccionara de la misma manera por cada auto bomba que estalla en Irak? Ocho líderes mundiales comentando; presentadores de televisión discutiendo en cada programa de noticias cómo detener el terror, los corazones y mentes de millones en todo el mundo solidarizando con los afectados por la violencia... ¡Cuán diferente sería el mundo!” Los ataques simultáneos contra gente común en horas de alto tráfico, fueron barbáricos y horrorosos; pero son bastante semejantes a un día común en Irak desde que la “coalición” lo invadió. Cifras entregadas en junio por el gobierno iraquí indicaban que sólo durante el mes anterior resultaron muertos 670 iraquíes y 77 norteamericanos. Además, la prensa ha citado una declaración del teniente coronel Steve Boylan, vocero del ejército de EE.UU. en Bagdad, en la que señala que los insurgentes están realizando unos 70 ataques al día en toda la nación. Éste es el camino hacia el cual nos llevan nuestros líderes al emplear una estrategia de contraterrorismo miope e ineficiente, basada principalmente en el uso de la fuerza.
La guerra no es la respuesta Las estrategias cooperativas para negarle a los terroristas el acceso a recursos, aumentar la capacidad de los estados para rastrear las actividades terroristas y aportarle a las naciones subdesarrolladas los recursos que necesitan para asegurar un buen gobierno, son esenciales pero no han recibido la atención suficiente de parte de la administración Bush. Tales iniciativas no sólo protegen contra las amenazas terroristas actuales, sino que también abordan las causas que lo originan a largo plazo, mientras que las estrategias basadas principalmente en la fuerza militar minan la cooperación y avivan el fuego del extremismo violento. Tal como lo reconociera el propio presidente Bush, una estrategia exitosa a largo plazo también debe promover el buen gobierno y el respeto por los derechos humanos; sin embargo, una “ideología de la esperanza” no se puede propagar a punta de pistola. En el mejor de los casos, una estrategia de contraterrorismo basada principalmente en el uso de la fuerza militar puede traer victorias tácticas a corto plazo y, en el peor de los casos, puede sembrar las semillas del resentimiento que producirán a los terroristas del mañana. Sin embargo, llama la atención cómo los instrumentos de cooperación multilateral contra el terrorismo, tan cruciales para los esfuerzos globales para combatir este flagelo, se han ido atrofiando en los últimos años, mientras que los activos y la atención política son absorbidos por la encarnizada situación en Irak.
Los terribles acontecimientos acaecidos en Londres, diseñados muy probablemente para conmover la resolución de dichos líderes y de sus conciudadanos, les proporciona una oportunidad, no tan sólo para reiterar su apoyo a la reconstrucción de Irak y al combate contra el terrorismo, sino para comprometerse nuevamente con una estrategia internacional e integral para derrotar al terrorismo promoviendo una mejor cooperación en el corto plazo y un mayor desarrollo a escala global que saque a la gente del desesperado ciclo de pobreza y miseria que fomenta el extremismo y la violencia. Los recientes ataques explosivos al transporte público londinense hacen añicos la postura de la administración Bush cuando señala que está ganando la guerra contra el terrorismo, y muestran cuán vacía es su tan repetida afirmación de que “libraremos la batalla contra los terroristas en el extranjero de modo que no tengamos que enfrentarlos en nuestro territorio”. Pese a los heroicos sacrificios de los soldados británicos y norteamericanos en el extranjero y la emotiva retórica del presidente y del primer ministro Tony Blair, los ataques terroristas –no sólo en Irak y Afganistán sino en todo el mundo– van en aumento. Mientras Karl Rove, el subjefe de Gabinete a cargo de la política, se burla de los liberales diciendo que “vieron el salvajismo de los ataques del 11 de septiembre y quisieron preparar autos de procesamiento y ofrecerle terapia y comprensión a nuestros atacantes”, aplaude a los conservadores, de quienes dijo que “vieron el salvajismo de los ataques del 11 de septiembre y se prepararon para la guerra”. ¿Qué nos ha dado esta perspectiva militarista de mano dura? Ahora, casi cuatro años después de los ataques del 11 de septiembre –más o menos el mismo tiempo que le llevó a los aliados derrotar a los ejércitos de Alemania, Italia y Japón en la Segunda Guerra Mundial–, la victoria parece aún más esquiva. El hecho es que Al Qaeda no es un gobierno que pueda ser subyugado a través de la guerra, sino una red diversa de actores no gubernamentales que se encuentra extendida sobre más de sesenta países. Contrarrestar a un enemigo así requiere de la cooperación entre muchos estados y de un enfoque integral que proteja contra el terrorismo de hoy al mismo tiempo que vacía las reservas de reclutas para el mañana. Disponemos de estrategias y políticas mejores que este rumbo peligroso e incendiario por el que hemos sido llevados hasta ahora. Ya es hora de que nuestros líderes se vuelvan a comprometer más en serio con los instrumentos de cooperación multilateral, tan esenciales para ganar la guerra contra el terrorismo a largo plazo.-
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