Consideren esto, por ejemplo. Cuando Katrina dejó atrás la costa de Florida, fue clasificada como “tormenta tropical”; ni siquiera como huracán. Pero adquirió una tremenda fuerza cuando pasó por el Golfo de México, en parte, según creen los expertos, porque las aguas del Golfo estaban más cálidas (dos grados por encima de lo normal). Así que, para cuando alcanzó Nueva Orleáns, era un huracán de categoría cuatro. Años antes de convertirme en secretario general de la Iglesia Reformada de Estados Unidos y mientras trabajaba como director de Iglesia y Sociedad en el Consejo Mundial de Iglesias, lideré un grupo que estudió el calentamiento global y la responsabilidad de las iglesias en la preservación del medio ambiente. Ya entonces (1990), había un claro consenso entre los científicos a nivel global en cuanto a advertir que el calentamiento global debido a causas humanas –especialmente el uso acelerado de combustibles fósiles– estaba causando cambios climáticos destructivos. Y recuerdo claramente haber escuchado a científicos que decían que uno de esos efectos podría ser que tormentas tales como los huracanes aumentaran su intensidad y efectos destructivos debido a las aguas más cálidas y al cambio en el nivel de los mares. Así que una parte de la furia de Katrina no fue completamente “natural”. Y hay más. Nueva Orleáns fue construida entre el río Misisipi y el Golfo de México, quedando gran parte de la ciudad bajo el nivel del mar. Su vulnerabilidad ante las inundaciones por huracanes estaba controlada en parte por los humedales entre la ciudad y el golfo. Éstos actúan como un badén, absorbiendo y aminorando algo de la fuerza del huracán. Pero han ido desapareciendo para dar lugar a malls, condominios y carreteras, perdiendo terreno a razón de 65 kilómetros cuadrados por año –un área equivalente a Manhattan. Y la ciudad ha seguido acercándose al golfo. Además, los diques y represas construidos para proteger a la ciudad y “controlar” el Misisipi privan a los humedales de los sedimentos y nutrientes que naturalmente reabastecerían su vida. Hay mucho de “no natural” en este “acto de Dios”. Y luego, consideremos las víctimas. Aquellos que han sufrido más son los más pobres, y la mayoría de ellos son negros. El 27 por ciento de los residentes de Nueva Orleáns vivía bajo la línea de la pobreza, y muchos de ellos simplemente no tenían ni auto ni dinero ni ninguna forma de salir de la ciudad. Eso tampoco es “natural”. La tasa de pobreza y la brecha entre ricos y pobres siguen aumentando en esta nación, y eso es una desgracia nacional. Yendo al grano: eso es un pecado, condenado en cientos de versículos bíblicos. Los más vulnerables a sufrir por causa de Katrina han quedado en los márgenes de la sociedad debido a la persistencia de la injusticia social y el racismo.
Me alegran las oleadas de compasión que fluyen luego del paso de Katrina. Organizaciones como el Servicio Mundial de Iglesias y el Ejército de Salvación llevan la compasión de Cristo a los que están desconsolados, sin casa y ni esperanza. Y aún no comprendo del todo por qué, en la providencia de un Dios de la creación que es amante y todopoderoso, ocurren cosas como los huracanes y los terremotos. Pero sí sé esto. Cuando veo los devastadores efectos de Katrina, no los veo simplemente como un inexplicable “acto de Dios”. También pongo la mira en los pecados de la humanidad. Hemos desobedecido claras instrucciones bíblicas de Dios de preservar la integridad de la buena creación de Dios y de superar el flagelo de la pobreza. Tras el paso de Katrina, no sólo necesitamos desesperadamente la compasión, sino también el arrepentimiento.-
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