Soy una sobreviviente de torturas. El 2 de noviembre de 1989 fui secuestrada por miembros de las fuerzas de seguridad guatemaltecas. Hoy en día sigo hablando de las torturas que siguieron a este hecho, porque aún están conmigo en todo momento. Las llevo conmigo físicamente: tengo en mi piel las marcas de 111 quemaduras de cigarrillos. Pero las cicatrices llegan hasta lo más profundo de mi ser. Fui torturada durante veinticuatro horas y, en ese espacio de tiempo, la persona que yo era, la persona que yo había sido durante 31 años, murió. Yo era una monja, una misionera, una maestra de niños. Pero ahora ya no había ningún Dios. No se podía confiar en la gente. Y no podía confiar en mí misma. Ésas fueron las lecciones que aprendí. Pero en aquella prisión clandestina hubo una persona que llegó hasta mí, una mujer que también había sido torturada. Me preguntó mi nombre y me tomó de la mano. Le hice la silenciosa promesa de que, si lograba sobrevivir, le contaría al mundo lo que le habían hecho a ella y a otros tantos más en esa prisión secreta. No la dejaría desaparecer así no más, como le había ocurrido a decenas de miles en manos del ejército guatemalteco. Cumplí mi promesa. Hablé de mi experiencia de tortura y presenté cargos criminales en un vano esfuerzo por obtener justicia en Guatemala. Le pedí al gobierno de EEUU que revelara información acerca de aquel norteamericano que ingresó a la prisión secreta, le ordenó a mis torturadores que me dejaran ir y me escoltó fuera de ahí. ¿Quién era él? ¿Cómo sabía la ubicación de un centro secreto de tortura? ¿Por qué los torturadores guatemaltecos le obedecieron como si fuera su jefe? ¿Por qué dejó a todos los demás allí, mientras eran torturados? Han pasado quince años desde que fui secuestrada. Oro por que llegue el día en que ya no esté encadenada a aquella promesa que hice en la prisión clandestina. Pero aún sigo hablando sobre la tortura, no sólo porque sigue conmigo en todo momento, sino porque sigue estando con nosotros, como nación y como mundo.
¿Hasta cuándo? Bush ha nominado a Alberto Gonzales para Fiscal General, el más alto funcionario encargado de hacer cumplir la ley en nuestro territorio. Se nos ha dicho que es casi seguro que sea confirmado en dicho cargo*. En su calidad de asesor de la Casa Blanca, Gonzales explicó sus opiniones acerca de la permisibilidad de la tortura en un memorándum entregado a Bush, sabiendo que sus opiniones probablemente se traducirían en políticas cuyo resultado bien podría ser la tortura. Y, efectivamente, la tortura fue el resultado.
Hemos visto las fotografías de Abu Ghraib. Hemos escuchado los relatos acerca de Guantánamo. Hemos escuchado el evasivo testimonio de Gonzales ante el Comité Judicial del Senado. Desgraciadamente, aquellos que sufrieron las torturas alentadas por Gonzales no tuvieron la oportunidad de testificar ante el Comité. El daño causado por Gonzales y sus colegas de la administración es irreparable. El daño que Bush ha causado es incalculable. Que el presidente haya nominado al señor Gonzales para uno de los cargos más altos de nuestro país, un cargo específicamente dedicado a la administración de la ley, es un escándalo de proporciones épicas. ¿Hasta cuándo esperaremos para decir que no? ¿Cuándo nos distinguiremos del norteamericano que estaba en la prisión donde fui torturada y que tenía el poder para salvar a docenas de guatemaltecos, pero cerró la puerta ante sus gritos? ¿Cuándo le exigiremos al presidente de los Estados Unidos que cumpla con el juramento que le hizo a Dios y al pueblo norteamericano? Espero no tener que esperar otros 15 años para recibir respuesta a estas preguntas.-
( * ) Nota del traductor:
Efectivamente, pocos días después de escrita
esta carta, el Senado
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