Genocidio en Darfur por Eric Reeves, profesor del Smith College Publicado originalmente por la The New Republic, 18-22 de julio de 2005 Traducido y extractado por Felipe Elgueta Frontier
Una estimación de mortalidad realizada recientemente por la ONU indica que más de 6.000 continúan muriendo cada mes, y Jan Egeland, subsecretario para asuntos humanitarios de la ONU, ha advertido que la cifra puede ascender a 100.000 por mes si la inseguridad obliga a las organizaciones humanitarias a retirarse de Darfur.
Por qué empezó / Las evidencias de genocidio / La crisis humanitaria La política de los EE.UU. ante el genocidio en Darfur Otras respuestas internacionales a Darfur / La Unión Africana en Darfur La UA como una respuesta por omisión / Conclusión
Por qué empezó En febrero de 2003, el comienzo de la sublevación armada en la región Darfur, al oeste de Sudán, pasó prácticamente inadvertido; durante los últimos dos años ha precipitado el primer gran episodio de destrucción genocida del siglo XXI. La víctimas son los grupos tribales no árabes o africanos de Darfur, principalmente los fur, los massaleit y los zaghawa, pero también los tunjur, los birgid, los dajo y otros. Estos pueblos han estado marginados política y económicamente durante largo tiempo, y en años recientes el régimen del Frente Nacional Islámico en Jartum se ha rehusado a controlar los ataques cada vez más violentos de milicias árabes contra las aldeas africanas de Darfur. La competencia entre grupos tribales árabes y africanos por los escasos recursos básicos de Darfur –tierra cultivable y agua– se ha visto exacerbada por el avance de la desertificación en toda la región de Sahel. Pero fue la pasividad de Jartum ante las desesperadas necesidades económicas de esta enorme región (del tamaño de Francia), el decaído poder judicial, la falta de representación política y, en particular, la creciente impunidad de parte de los atacantes árabes, lo que precipitó finalmente el conflicto armado a gran escala. En un conflicto sin relación directa con aquel que se extendió por 21 años en el sur de Sudán –y que terminó formalmente con un acuerdo histórico firmado en Nairobi el 9 de enero de 2005–, la insurgencia de Darfur logró inicialmente algunas victorias contra las fuerzas militares regulares de Jartum. Pero este éxito tuvo una terrible consecuencia: el régimen de Jartum pasó de una estrategia militar de confrontación directa a una política de destrucción sistemática de los grupos tribales africanos, considerados la base del apoyo civil de los insurgentes. El principal instrumento en esta nueva política han sido los janjaweed, una milicia árabe poco organizada de unos 20.000 hombres probablemente, que se desplazan principalmente a caballo y en camello. Esta fuerza tiene un carácter, un poder militar y un propósito que los diferencian dramáticamente de los combatientes anteriores. Jartum se encargó de que los janjaweed estuvieran tremendamente armados, bien abastecidos y en activa coordinación con las fuerzas regulares de tierra y aire del régimen. De hecho, Human Rights Watch obtuvo en julio de 2004 documentos confidenciales del gobierno sudanés que implican directamente a altos funcionarios de gobierno en una política de apoyo a los janjaweed. “Es absurdo distinguir entre las fuerzas del gobierno sudanés y las milicias; ambas son una sola”, dice Peter Takirambudde, director ejecutivo de la división africana de Human Rights Watch. “Estos documentos muestran que la actividad de la milicia no sólo ha sido permitida, sino activamente apoyada por funcionarios del gobierno de Sudán”.
Las evidencias de genocidio
La naturaleza de los ataques a las aldeas africanas en Darfur –según informan numerosos grupos de derechos humanos– deja en claro la intención genocida de Jartum. Los asaltos de los janjaweed, típicamente realizados de mutuo acuerdo con las fuerzas militares regulares de Jartum (incluyendo helicópteros artillados y bombarderos Antonov), han sido exhaustivamente destructivos tanto de la vida como del sustento humanos: hombres y niños asesinados en masa, mujeres y niñas violadas o raptadas, y todos los medios de producción agrícola destruidos. Aldeas prósperas han visto sus edificios quemados, sus fuentes de agua envenenadas, sus sistemas de irrigación arruinados, sus reservas de alimentos y semillas destruidas y sus árboles frutales derribados. El ganado ha sido objeto de un pillaje a gran escala, y la mayor parte de lo que ha quedado ha muerto por la falta de agua y alimento, mientras la gente huye a las tierras yermas e inhóspitas de esta árida región. Según el artículo 2 de la Convención de las Naciones Unidas sobre la Prevención y la Sanción del delito de Genocidio –de la cual los EE.UU. y todos los miembros actuales del Consejo de Seguridad de la ONU son parte–, el genocidio comprende no sólo la matanza deliberada de miembros de un “grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal”, sino también el “sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”. Lo que hemos visto en Darfur es precisamente este último delito. Como resultado, la producción agrícola ha llegado a detenerse en gran parte en Darfur, y las Naciones Unidas estiman que, en el futuro inmediato, 3.5 millones de personas estarán urgentemente necesitadas de asistencia alimentaria (la población total de Darfur es de aproximadamente 6.5 millones). Además, no hay señales de que la actual estación de siembra vaya a dar una cosecha importante en otoño. Enormes poblaciones de civiles –mucho más de 2 millones de personas– tendrán que depender de la ayuda alimentaria en el futuro previsible. Muchas de estas personas morirán en lo que se ha convertido en un genocidio por desgaste.
La crisis humanitaria La actual estación lluviosa en Darfur ya está creando inmensos problemas logísticos para los grupos de ayuda humanitaria, tal como ocurrió en el verano pasado (la estación lluviosa típicamente es entre junio y septiembre, siendo agosto y septiembre los meses más lluviosos). Darfur es uno de los lugares más remotos de África y está bastante alejado de los cuerpos de agua navegables. Tanto los alimentos como los demás elementos esenciales (suministros médicos, albergue, equipos para purificar el agua) deben ser transportados por tierra en camiones o (lo que es mucho más costoso) por avión hacia las capitales regionales de los tres estados de Darfur. Aunque las organizaciones humanitarias se están desempeñando de manera heroica bajo condiciones extremadamente difíciles, está claro que hay una desproporción fatal entre la capacidad humanitaria y la necesidad humana. La lluvia va cortando varios corredores para el transporte, mientras la inseguridad va cerrando otros, con lo que muchas aldeas y comunidades se van tornando inaccesibles. Todo este drama tiene como telón de fondo un tradicional “intervalo de hambre” (el período entre la siembra de primavera y la cosecha de otoño).
Además, los sobrepoblados campamentos para desplazados –que ahora son el único refugio para más de 2 millones de personas– enfrentan una seria escasez de instalaciones sanitarias. El riesgo de enfermedades transmitidas por el agua se está agudizando, mientras muchos de los campamentos son poco más que alcantarillas abiertas. Los brotes de cólera o disentería podrían cobrar rápidamente decenas de miles de vidas, además de aquellas que ya se han perdido a causa de la violencia, la enfermedad y la desnutrición. Los datos disponibles sugieren que entre 350 y 400 mil personas han fallecido durante los últimos 29 meses. Una estimación de mortalidad realizada recientemente por la ONU indica que más de 6.000 continúan muriendo cada mes, y Jan Egeland, subsecretario para asuntos humanitarios de la ONU, ha advertido que la cifra puede ascender a 100.000 por mes si la inseguridad obliga a las organizaciones humanitarias a retirarse de Darfur. El bandolerismo, el secuestro de convoyes humanitarios y los ataques a los trabajadores humanitarios se han acrecentado inexorablemente en los últimos meses, aun cuando ha habido una disminución en el conflicto principal entre las fuerzas regulares de Jartum y los grupos insurgentes. Las negociaciones de paz en Abuja, Nigeria, no han hecho nada por frenar a la milicia de los janjaweed, y una pequeña fuerza de monitoreo de la Unión Africana en el terreno ha tenido sólo un efecto marginal en la atención de las necesidades de seguridad de civiles y trabajadores humanitarios. La cifra total de muertos en el genocidio de Darfur puede alcanzar la de Ruanda para fines de año.
La política de los EE.UU. ante el genocidio en Darfur La respuesta de EE.UU. ante Darfur debe entenderse en el contexto de los esfuerzos de la administración Bush por poner fin a la guerra entre el norte y el sur de Sudán, así como el intento de la administración de obtener la colaboración de inteligencia de Jartum en el tema del terrorismo internacional (el Frente Nacional Islámico acogió a Osama bin Laden y Al Qaeda desde 1991 a 1996, y mantuvo fuertes conexiones con ellos aun cuando bin Laden se mudó a Afganistán). Estas han sido prioridades políticas, a pesar de la conclusión explícita de la administración, anunciada primeramente por el ex secretario de estado Colin Powell en septiembre pasado, de que en Darfur estaba teniendo lugar un genocidio y que el gobierno de Jartum tenía alguna participación en ello. La administración Bush invirtió fuertemente en la negociación de un punto final para la guerra entre el norte y el sur, y la firma a comienzos de año de un acuerdo formal de paz –pese a sus limitaciones y fallas– debe reconocerse como un logro importante de política exterior. Pero, precisamente debido al énfasis de la administración en un acuerdo norte-sur, que incluyó el nombramiento del ex senador John Danforth como enviado especial en Sudán, hubo renuencia generalizada dentro del departamento de estado a responsabilizar a Jartum por el genocidio que se estaba desarrollando claramente a comienzos del 2004, cuando las negociaciones de paz habían entrado en su etapa final. La idea entre los funcionarios involucrados en las negociaciones, y sus contrapartes británica y noruega, era que presionar demasiado al régimen del Frente Islámico con respecto a Darfur socavaría las posibilidades de consumar el acuerdo norte-sur. Pero esta estrategia diplomática era desde luego evidente para Jartum y, de este modo, proporcionó un incentivo para que el régimen extendiera perversamente las negociaciones el mayor tiempo posible, prometiendo siempre una luz al final del túnel diplomático. El último asunto importante entre Jartum y el Movimiento de Liberación Popular del sur se resolvió en un protocolo firmado por todas las partes a fines de mayo de 2004; dos semanas después, luego de meses de aterradores informes de grupos de derechos humanos, el departamento de estado anunció que iniciaría una investigación para determinar si Jartum era culpable de genocidio en Darfur. La proximidad de las fechas no fue una coincidencia.
Pero, para junio del 2004, ya estaba consumada una gran parte de la violenta destrucción de Darfur; de hecho, esto marca aproximadamente el punto del conflicto en el cual las muertes por desnutrición y enfermedad empezaron a superar a aquellas causadas por la violencia. Además, Jartum continuó usando el acuerdo de paz norte-sur como una amenaza, declarando con todo descaro que, si presionaban demasiado en el asunto de Darfur, el acuerdo negociado podría peligrar. La ceremonia de la firma final del acuerdo se realizó en Nairobi el 9 de enero de 2005; la inauguración de un nuevo gobierno tuvo lugar seis meses después, el 9 de julio de 2005; la matanza en Darfur continúa, desde luego.
Otras respuestas internacionales a Darfur La demora de EE.UU. en responder con la adecuada determinación ante el genocidio, se reflejó en las flojas respuestas de los países europeos, individualmente y a través de la Unión Europea; Canadá, Japón, la Liga Árabe y la Unión Africana no lo hicieron mejor. EE.UU. ha sido la nación más generosa a la hora de aportar asistencia humanitaria a Darfur, lo que refleja principalmente la determinación de funcionaros de la Agencia de EE.UU. para el Desarrollo Internacional. Mientras tanto, los compromisos de otros países con las iniciativas de ayuda han sido menos que destacados; de hecho, las respuestas financieras de Alemania, Francia, Italia, Japón y los países árabes enriquecidos por el petróleo han sido escandalosamente lentas. Como contexto adicional para evaluar la respuesta internacional a Darfur, debemos tener en mente que los funcionarios de la ONU determinaron a comienzos de diciembre de 2003 que Jartum estaba negando sistemáticamente el acceso humanitario a áreas donde se concentraban las poblaciones tribales africanas. Más o menos al mismo tiempo, Jan Egeland, subsecretario para asuntos humanitarios de la ONU, declaró que Darfur era probablemente la “mayor crisis humanitaria del mundo”. En marzo de 2004, el coordinador humanitario de la ONU para Sudán, Mukesh Kapila, fue mucho más lejos al caracterizar la naturaleza deliberada de la destrucción humana que había presenciado en Darfur: “La única diferencia entre Ruanda y Darfur ahora son las cifras implicadas. [La masacre en Darfur] es más que un simple conflicto, es un intento organizado de deshacerse de un grupo de personas”. Proféticamente, Kapila continuó diciendo: “El patrón de ataques organizados a civiles y aldeas, los raptos, los asesinatos y las violaciones organizadas cometidas por las milicias, está empeorando cada día y podría deteriorarse aún más. Es posible ver el curso que seguirá esta situación si no hay una pronta [acción] ... todas las señales de advertencia están allí”. Poco después de que Kapila formulara estas declaraciones, Jartum lo obligó a renunciar. Las declaraciones citadas no despertaron ninguna discusión significativa de la intervención humanitaria internacional, una tarea que se dejó en manos de la Unión Africana.
La Unión Africana en Darfur La Unión Africana (UA) empezó a desplegar una pequeña cantidad de monitores en Darfur luego de un cese al fuego firmado en abril del 2004 en N’Djamena, Chad. Un compromiso a fines del verano de 2004 para aumentar la fuerza de monitoreo a aproximadamente 3.500 efectivos quedó sin cumplir durante más de medio año y, durante ese tiempo, la UA fue incapaz de conseguir que Jartum emitiera un mandato para la protección de los civiles (tan sólo un mandato para monitorear el prácticamente inexistente cese al fuego). Recientemente, la UA ha dicho que aumentará su fuerza a 7.700 efectivos para septiembre, y posiblemente a 12.000 para la primavera de 2006. Ya muchos han reconocido que la UA es bastante incapaz de desplegar este nivel de fuerzas con sus propios recursos; y, como consecuencia, la OTAN ha accedido recientemente a proporcionar ayuda en la logística y el transporte. El mayor problema, no obstante, es que aun con esta ayuda de la OTAN, la incipiente Comisión de Paz y Seguridad de la UA no está a la altura de esta misión, si el objetivo para Darfur es la adecuada protección de los civiles y las operaciones humanitarias. La UA no tiene los soldados ni el equipamiento ni la interoperatividad esencial de fuerzas que se necesitan dada la escala de la crisis. Aquellos que pagan el precio por las insinceras sugerencias que apuntan en otro sentido, son los más vulnerables: las poblaciones civiles y los trabajadores humanitarios. El miércoles, el Ministro de Exterior, Cheikh Tidiane Gadio, de Senegal, se rehusó a aceptar por más tiempo lo que se ha convertido en el mantra de “las soluciones africanas para problemas africanos”. Gadio declaró, con ocasión de una visita de la secretaria de estado de EE.UU., Condolezza Rice, que su gobierno estaba “totalmente insatisfecho” con la vacuidad de las declaraciones en las que la UA se declara capaz de detener el genocidio en Darfur. Calificando la situación de “totalmente inaceptable”, continuó diciendo: “No nos gusta el hecho de que la Unión Africana le haya pedido a la comunidad internacional que nos permitiera aplicar una solución africana a un problema africano y que desafortunadamente la logística de nuestros propios gobiernos no la siga”.
Esto es de una honestidad destacable, sobre todo cuando Nigeria –que preside actualmente la Unión Africana– ha declarado en varias oportunidades que la situación está completamente bajo control y hasta en curso de mejorar. Los comentarios en este caso han provenido del presidente Obasanjo y del general Festos Okonkwo, comandante nigeriano de las fuerzas de la UA en Darfur. Nigeria ha usado silenciosamente la fuerza en contra de muchas naciones africanas. El país, que quiere mantener buenas relaciones con el mundo musulmán aun cuando enfrenta al Islam militante en los estado nigerianos del norte, ha cedido ante la presión de la Liga Árabe, especialmente de parte de Libia y Egipto, para definir el genocidio de Darfur como un problema africano y no internacional.
La UA como una respuesta por omisión Cualquier evaluación honesta de las necesidades de seguridad en el terreno en Darfur debe aceptar que incluso la fuerza de 7.700 efectivos que con tanto optimismo propone la UA requiere de una asistencia muy importante de las democracias occidentales, idealmente de tropas de la OTAN, tal como ha señalado recientemente el Grupo Internacional de Crisis. Proteger los campamentos y sus alrededores de modo que las niñas y las mujeres ya no sean objeto de violación cuando van a recoger agua o leña; proteger los corredores humanitarios que son cada vez más vulnerables; proporcionar un paso seguro hacia las poblaciones rurales vulnerables e inaccesibles; asistir con las abrumadores necesidades logísticas y de transporte de los grupos de ayuda; desarmar a los janjaweed (la única solución a largo plazo para la crisis de seguridad); y dar seguridad a los primeros civiles intrépidos que regresen a sus aldeas (o a los restos quemados de ellas) en un intento por retomar sus vidas productivas agrícolas; todas estas tareas requieren, a lo menos, de los 12 a 15 mil efectivos que según el Grupo Internacional de Crisis se necesitan dentro de los próximos 45 días. El punto principal aquí es que las tropas de la UA por sí solas no son suficientes y son simplemente una política por omisión; una que libera a la administración Bush y a sus débiles aliados europeos de la necesidad de considerar una intervención humanitaria a una escala apropiada. Nuestra respuesta a la crisis ha sido definida no por las necesidades de seguridad en Darfur, sino por la capacidad de la Unión Africana. Los grupos de derechos humanos en general se han rehusado a expresar esta difícil verdad, y un despliegue de la UA en Darfur sin los efectivos ni los equipos suficientes sigue siendo la política indiscutida de la comunidad internacional.
Conclusión En la ausencia de intervención humanitaria, la población civil de Darfur, así como los trabajadores humanitarios, estarán expuestos a una inseguridad generalizada y letal; las personas desplazadas permanecerán atrapadas en campamentos que son focos de enfermedad; la producción agrícola seguirá detenida, dejando a millones de personas dependientes de la asistencia alimentaria internacional en el futuro predecible; los trabajadores humanitarios seguirán cayendo presa de la violencia selectiva y oportunista. En otras palabras, el genocidio en Darfur continuará. Podríamos detenerlo. Simplemente hemos decidido no hacerlo.- |