Citar como: http://www.puertachile.cl/sociedad/2004_tortura_capponi.htm

 

Ricardo Capponi, siquiatra:

"No vamos a llegar a una historia oficial"

por Marcela Aguilar

Extracto de la entrevista publicada en revista El Sábado de El Mercurio, 4 de diciembre de 2004

 

El especialista que hace cinco años remeció el debate nacional con su libro "Chile: un duelo pendiente" reconoce que nunca esperó que avanzáramos tanto desde entonces. Aplaude la idea de que nuestra sociedad repare de por vida a los torturados, y advierte que quienes no reconozcan sus culpas a tiempo van a ser, sutilmente, marginados.


< Ricardo Capponi. Foto: Raúl Bravo/El Mercurio

 

Hace cinco años, su libro marcó un hito. "Chile: un duelo pendiente" era una mirada fresca respecto de la transición chilena. Un aporte desde un ámbito inesperado: el del sicoanálisis. El siquiatra Ricardo Capponi puso sobre la mesa –más precisamente, sobre la mesa de diálogo– conceptos como la importancia de vivir el duelo; la necesidad de que ese duelo lo hicieran los victimarios tanto como las víctimas; la inconveniencia de dar vuelta la página, como muchos proponían; la convicción de que éste era una proceso largo, que pasaba por sucesivos acuerdos, más que por una espectacular reconciliación nacional, y que ese proceso estaba en manos por sobre todo de los líderes. Que esos duelos terminarían en frustración si la sociedad no reconocía ciertas verdades mínimas. Y que, finalmente, el arte, la religión y la mirada femenina podían ayudar a responder mucho mejor a este proceso que una perspectiva puramente racional. Capponi considera "una exageración" decir que pauteó la agenda, pero el hecho es que sus ideas se incorporaron al discurso de los líderes y, desde ahí, al debate público.

Considerado uno de los profesionales más relevantes de nuestro medio, por estos días está más dedicado a reflexionar sobre la vida en pareja que sobre la transición nacional. Pero el informe sobre la tortura es motivo suficiente para volver sobre el tema. "Hace cinco años tenía la sensación de estar haciendo un ejercicio académico, descriptivo. No me imaginé que este proceso en nuestro país iba a caminar en el sentido y con la velocidad con que se ha dado", reconoce.

 

Asimilando el dolor

­¿Sigue pendiente el duelo de Chile?

El libro del doctor Capponi, publicado por
Editorial Andrés Bello

 

­Uno podría plantear que un proceso de duelo no termina nunca, porque para la mente siempre se activa un cierto grado de dolor por una pérdida significativa. Sin embargo, cuando el funcionamiento mental ya no es interferido por la pérdida, el duelo ya se ha elaborado lo suficiente como para considerarlo superado. Si hace cinco años me hubieran preguntado si era posible alcanzar el grado de elaboración que hemos logrado hoy, habría contestado que no, que dadas las condiciones del país se requerían al menos un par de generaciones para alcanzar ciertos acuerdos globales que permitieran las reconciliaciones personales.

­Porque la tesis central del libro es que la sociedad como tal no puede reconciliarse.

­Claro, porque no alcanza el estado de madurez mental que se requiere para eso. Se puede aspirar a una paz consensuada, más que a una mirada en conjunto acerca de lo que pasó. No vamos a llegar a una historia oficial, y no tenemos por qué hacerlo. El proceso de duelo tiene la suficiente elaboración cuando se ha llegado a lograr un consenso social en el cual se establece con claridad cuáles son los límites de lo éticamente aceptable y cuándo traspasar esos límites es absolutamente condenable. Creo que la preocupación por parte del Ejecutivo acerca del atropello de los derechos humanos más allá solamente de los detenidos desaparecidos y la declaración del general Cheyre son pasos categóricos de acercamiento, que sientan las bases que permitirían la resolución del duelo lo suficiente para lograr la paz y estabilidad social, y así orientar la mirada hacia el futuro.

­¿Por qué podemos asegurar que el proceso chileno es real y no un simple afán de minimizar los conflictos?

­Porque hay menos negación de los hechos, porque se ha ido construyendo un acuerdo basado no en tapar, sino en poner las cosas sobre la mesa. Hay un cierto clima de tensión todavía, no todo parece tan color de rosa. Habitualmente, cuando se producen conciliaciones falsas, uno nota que hay mucha dulzura, pero que en el fondo hay algo que se está tapando. En cambio en el clima social de hoy aún existen ciertas tensiones, distintas miradas de los hechos, personas que están disconformes, otras que sienten que las cosas no se han resuelto todavía. Dentro de este clima uno puede palpar una realidad convincente. Lo otro es que se han ido pasos sucesivos y progresivos, no llegamos a esto de un día para otro.

­No es borrón y cuenta nueva.

­Exacto, aquí no está detrás una aspiración a reconciliarnos de manera mágica, automática. Por la seriedad con que hemos vivido este proceso, la sociedad chilena ha sido capaz de ir lentamente asimilando la dolorosa experiencia de lo vivido. El grado de profundidad de esta conciencia sólo se podrá evaluar en nuevos tiempos difíciles. Basta con que la sociedad caiga en situación de carencia de lo básico, o bajo la amenaza de enemigos externos, para que se desencadene un nuevo proceso regresivo que pondrá a prueba cuánto realmente aprendimos. Aun así, debemos valorar la seriedad y el grado de elaboración que hemos alcanzado como país. Ni países que han llegado lejos en este tema, como Sudáfrica o El Salvador, pudieron concretar una reparación a las víctimas como estamos dispuestos a hacer hoy con el respaldo de la gran mayoría de los chilenos.

 

El infierno del torturador

­Usted provocó mucho debate cuando dijo que los agresores necesitaban vivir su duelo tanto como sus víctimas. ¿Qué pasa, específicamente, con torturadores y torturados?

­La víctima torturada, en el mejor de los casos, queda con un recuerdo sumamente doloroso, angustiante y triste, y en el peor de los casos el recuerdo es paralizante, no es posible de ser pensado; o sea, tiene el efecto de un trauma. Es sumamente destructivo para el funcionamiento mental y generador de múltiples síntomas fóbicos, psicosomáticos, depresivos y a veces psicóticos.

En el caso de los victimarios, depende de la estructura de la personalidad. Es habitual que entre los torturadores se reclute a los más psicópatas, que no acceden a los sentimientos de culpa y que, en la medida en que ejercen su sadismo, las consecuencias de esta agresión masiva y criminal les llena la mente de una sensación de persecución que les impide establecer relaciones confiables y estables. Viven en el infierno del cinismo.

Si no son psicópatas, y han tenido que cumplir órdenes aun a costa de sus propios valores, las experiencias de torturar activan en ellos aspectos sádicos que les acentúan los rasgos psicopáticos que todos los seres humanos en alguna parte tenemos, y terminan viviendo con el mismo grado de cinismo que los psicópatas iniciales. Pero también pueden terminar atormentados por la culpa, y desde ahí, en la medida en que no pueda ser elaborada, especialmente porque les está prohibido confesar, pedir perdón y reparar, tienden a los cuadros ansiosos, depresivos, psicosomáticos, a las conductas violentas y al consumo de alcohol y drogas.

­Tras la mesa de diálogo se esperaba una avalancha de confesiones que no llegó. ¿Con quiénes se desahogan los agresores?

­Como viven en este estado de culpa persecutoria, en general no tocan estas cosas, se disocian, y estos recuerdos pasan a ser episodios encapsulados con los que ni siquiera se contactan. Tienen esta "capacidad de no sentir culpa", entonces siguen haciendo vida, pero el costo que pagan es que siempre establecen relaciones llenas de desconfianza y de suspicacia.


Caricatura de la Mesa de Diálogo, realizada por Guillo en 1999.
Mucho se ha avanzado desde entonces en el reconocimiento de
las responsabilidades por la violación de derechos humanos.

­¿Qué pasa con esa persona si llega a contactarse con su culpa? ¿Podría destruirla?

­Exactamente, podrían caer en estados de desestructuración muy graves: depresiones extremas, intentos de suicidio, drogas, o retomar la conducta agresiva.

­¿Qué cabe ofrecerles a esas personas, como sociedad?

­Es muy difícil ofrecerles ayuda, porque el crecimiento mental es posible en la medida en que uno se contacta con las limitaciones y las insuficiencias, es capaz de pedir ayuda y reconocer que el otro tiene algo que ofrecer, que vale la pena. El primer paso sería llevarlos a tomar conciencia de la necesidad. Si eso está coludido con una institución que protege todo lo que se hizo, si además ciertos sectores de la sociedad racionalizan la tortura como algo necesario, estamos muy lejos de poder ofrecer algo a esas personas.

 

De mal gusto

­¿Hay más opción de ayudar a las víctimas?

­Por supuesto. El problema es cuando la víctima ha sido expuesta a situaciones de tal grado de destrucción que queda incapacitada de poder pensar esos episodios, porque sufre un efecto traumático. En ese caso, a veces nos acercamos a un imposible. Hay personas que plantean que, habiendo conciencia de la limitación, si la persona es capaz de pedir ayuda, podría volver a crecer y recuperarse. Pero al menos está más cerca. Tienen la conciencia de que podrían necesitar sanarse.

­El informe le dedica un capítulo especial a la tortura hacia las mujeres.

­Ése es un tema tremendo, el cómo la agresión se hipererotiza con una facilidad tremenda. El instinto sexual se pone al servicio de la descarga agresiva, y genera un trato sádico, perverso y brutal.

­¿Le da un carácter distinto a su dolor?

­Sí, eso deja una secuela muy complicada, porque esas vivencias sexuales, bajo clima de alta agresión y de violación de la intimidad, inevitablemente va a traer recuerdos en la medida en que ellas tengan una vivencia con el cuerpo de otro. Y si no se elabora, puede tener consecuencias importantes en el desarrollo de su vida sexual y la crianza de los hijos. Ésos son daños irreparables.

­¿Qué pasa con la gente que tiene una responsabilidad pasiva ante los atropellos?

­La primera reacción va a ser una defensa posiblemente intelectualizadora, que lleve a justificar la actitud pasiva y de omisión. Mientras menos responsabilidad directa en los hechos, más se puede alejar de la culpa. También depende de cuán sensible sea esa persona. Hay quienes asumen sus culpas, se sienten responsables y solidarios, y otros que evitan contactarse con este trabajo emocional. Se hacen más difíciles las intelectualizaciones para aquellos que estuvieron a cargo de la toma de decisiones, o que ocupaban poderes que de manera directa o indirecta los coludió con lo que estaba pasando. Desde el punto de vista del proceso social, en la medida en que se va instalando en el imaginario social un consenso ético acerca de lo que es aceptable o inaceptable, en la vida de relación se va creando un criterio compartido respecto de lo que es "de buen gusto" o "de mal gusto" haber hecho durante ese tiempo. Cuando el sentido común determina que algo es "de mal gusto", genera una de las exclusiones más sutiles a las que se ve expuesto el ser humano, porque pierde toda simpatía de parte del grupo social. Es un peligro que corren, y es bien terrible. Lo más sano para ellos, y por supuesto que también para Chile, es el reconocimiento de su participación, pasiva o por omisión. Es la parte del proceso que sigue ahora.

 

Más de Ricardo Capponi:

Desafíos de la psicología a la teología en Teología y Vida, 2002

Ante la muerte de un hijo en Revista Mensaje, diciembre de 2002

 

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