Citar como: http://www.puertachile.cl/sociedad/2004_reagan.htm

 


Aplauso final para el líder máximo
del optimismo estadounidense

por Marian Wilkinson, corresponsal del Sydney Morning Herald en Washington

Publicado originalmente por el Sydney Morning Herald, 7 de junio de 2004

Traducción de Felipe Elgueta Frontier


Para muchos estadounidenses, Ronald Reagan fue inmortalizado poco después de convertirse en presidente, cuando un loco –casi– asesino le metió una bala a una pulgada del corazón. Cuando Reagan fue ingresado apresuradamente al quirófano del Hospital de la Universidad George Washington, le murmuró a los cirujanos a través de sus labios cubiertos de sangre: “Por favor, díganme que todos ustedes son Republicanos” junto con una serie de chistes más. He aquí, pensaron muchos, un líder que no podría ser intimidado.

 

El actor hollywoodense transformado en político no sólo se recuperaría, sino que encontraría nuevas fuerzas. Reagan, quien murió ayer por la mañana (hora de Sydney) después de padecer durante una década la enfermedad de Alzheimer, tenía casi 70 años cuando asumió el cargo; pero puso en marcha con gran vigor una agenda económica radical y una renovada batalla ideológica contra la Unión Soviética, la superpotencia a la que él llamaba “el imperio del mal”.

Su muerte a los 93 años de edad, que le convirtió en el más longevo de todos los presidentes estadounidenses, atrajo homenajes de los líderes mundiales del pasado y presente de todos los bandos políticos.

El presidente George Bush dijo: “Deja atrás una nación que él restauró y un mundo que él ayudó a salvar. Durante los años del presidente Reagan, Estados Unidos puso fin a una era de división y falta de confianza en sí mismo”.

El primer ministro australiano, John Howard, describió a Reagan como “el más grande de los presidentes estadounidenses del período posterior a la Segunda Guerra Mundial”.

El ex presidente Bill Clinton dijo que Reagan “personificó el optimismo indomable del pueblo estadounidense”, mientras que su gran amiga y aliada, la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, dijo que lo extrañarán “millones de hombres y mujeres que viven en libertad hoy debido a las políticas él adoptó”.


La política de Reagan

El aura de invulnerabilidad de Reagan después del intento de asesinato, persuadió al Congreso de que apoyara sus ambiciosos ideales. Éstos incluían grandes recortes a los impuestos –orientados sobre todo a los más adinerados–, reducir los programas de asistencia social y liberalizar la economía; políticas que serían adoptadas por gobiernos de todo el mundo.

Sobre todo, la “reaganomía” ganó la admiración de Thatcher; pero también agobió a los Estados Unidos con el déficit presupuestario más grande de la historia, al insistir en aumentar masivamente el gasto en defensa para superar a los soviéticos.

Reagan ignoró a quienes criticaban sus políticas, reduciendo los debates complejos a frases simples que pudieran estamparse en una insignia de campaña electoral. Las madres solteras de raza negra eran “reinas de la asistencia social en jeans de buena marca” que malgastaban el dinero del gobierno; los terroristas del Medio Oriente y el Ayatolá Jomeini de Irán eran “inadaptados” y “personajes de caricaturas”; y la respuesta ante el consumo epidémico de cocaína que asolaba a la nación era “Sólo Digan No”.

Pero Reagan triunfó por sobre sus adversarios políticos porque logró hacer que los estadounidenses se sintieran bien respecto de sí mismos. Ganó el cargo en 1980, cuando EE.UU. estaba paralizado por la crisis de los rehenes en Irán, una inflación que estancaba la economía y un desempleo con cifras de dos dígitos. Aun así, compitiendo contra Jimmy Carter, uno de los presidentes más impopulares de la historia, apenas recibió el voto de un 27 por ciento de los estadounidenses.

Siempre optimista, Reagan ofreció certeza y fuerza al país. Él creía que esto sólo era posible si se ignoraban las ambigüedades morales. Echó pie atrás en áreas como el derecho al aborto, los derechos civiles, la defensa de los grupos minoritarios y la influencia de las Naciones Unidas.

Su beligerante embajadora ante la ONU, Jeane Kirkpatrick, le cortó la ayuda al fondo de la ONU para la población porque ofendía al movimiento por el Derecho a la Vida, y emitió el único voto contrario a un código de la Organización Mundial de la Salud sobre fórmulas infantiles que había molestado a las compañías globales de alimento.

Los liberales se vieron forzados a retirarse conforme crecía la popularidad de Reagan. Su dominación política volvió a abrir debates sobre la dependencia de la asistencia social, el uso de drogas, la delincuencia y los derechos humanos en Europa oriental. Pero su entusiasmo por la libertad y la prosperidad no se extendió al mundo en vías de desarrollo, donde sus políticas de Guerra Fría llevaron a los EE.UU. a apoyar a brutales generales respaldados por escuadrones de la muerte en El Salvador y a los líderes de la Contra en Nicaragua, quienes comercializaban cocaína.


En la corte del presidente

La imagen de un fuerte liderazgo por parte de Reagan fue fabricada en parte gracias a un hábil manejo de las relaciones públicas. Un protagonista clave fue Mike Deaver, quien fuera su asesor desde la época en que Reagan era gobernador de California. Deaver le dijo que ignorara los medios de prensa escrita y se concentrara en los noticieros televisivos de horario estelar.

En los días en que aún predominaban las noticias de las cadenas de señal abierta, Deaver buscó telones heroicos para las apariciones de Reagan: el presidente parado en la playa de Normandía en el aniversario del día D o reunido con las tropas en la zona desmilitarizada de Corea.

Pero, tras esta imagen, había un presidente con una fatal tendencia hacia la pasividad, según dice su biógrafo, Edmund Morris. Con demasiada frecuencia, Reagan establecía la agenda con brocha gorda y dejaba que sus consejeros de alto rango se ocuparan de los detalles.

En la víspera de una crucial cumbre económica del G7, según dice el señor Morris, Reagan abandonó el libro de instrucciones y se fue a ver “La novicia rebelde” con su esposa. En conversaciones sobre armamento con el presidente soviético, Mikhail Gorbachev, Reagan enmascaraba su falta de conocimiento con chistes irritantes acerca el sistema soviético, a tal punto que Gorbachev pidió que los encuentros privados entre ambos fueran siempre breves.

La profunda falta de interés en los detalles demostrada por Reagan le dejaba una amplia libertad a sus secretarios de gabinete y a su personal más cercano. El resultado era que frecuentemente se producían encarnizadas luchas de poder al interior de la Casa Blanca cuando los bandos en pugna intentaban sacar adelante sus agendas.

La Casa Blanca asumió las características de una corte europea, incluidas las intrigas internas y una primera dama que consultaba a un astrólogo acerca de las decisiones de su marido.


El escándalo

En su segundo período, el estilo no intervencionista de Reagan casi resultó fatal para su presidencia cuando se reveló que la administración había intentado venderle armas a Irán a cambio de la liberación de rehenes estadounidenses en el Líbano.

El escándalo acabó con toda la mística de la Casa Blanca de Reagan, revelando a un presidente inoperante incapaz de controlar lo que un historiador describió como “un equipo de mini-Frankensteins despistados”.

Las investigaciones expusieron un plan elaborado por una camarilla de lo más extraña, entre cuyas figuras se encontraba el jefe de la CIA, William Casey, el asistente del Consejo Nacional de Seguridad, Coronel Oliver North, agentes del Mossad y traficantes de armas, quienes tramaron entregar centenares de misiles a Irán a cambio de los rehenes. Al final, sólo dos fueron liberados, uno resultó muerto y fueron secuestrados otros seis más.

Peor aún, algunas de las ganancias habían sido desviadas ilegalmente para armar a los rebeldes de la Contra en Nicaragua.

Como consecuencia, el Consejero de Seguridad Nacional de Reagan, Robert McFarlane, intentó suicidarse sólo horas antes de ser llevado a testificar sobre el asunto ante el Congreso; Casey fue llevado al hospital con un fatal tumor al cerebro, y Nancy Reagan ejerció presiones para despedir al jefe de personal de la Casa Blanca, Don Regan.

Cuando se empezó a escuchar el murmullo de las acusaciones, el presidente insistió en que no había hecho nada malo. Desgraciadamente, un comité de investigación nombrado por él mismo demostró lo contrario. Aun entonces, Reagan quería creer en su declaración, hecha ante el pueblo estadounidense cuando estalló el escándalo, de que él no intercambió armas por rehenes.

Finalmente acudió a la televisión para decirles: “Mi corazón y mis mejores intenciones aún me dicen que es cierta, pero los hechos y la evidencia me dicen que no”.

Poco después, a Nancy se le diagnosticó un cáncer mamario y Reagan entró en un estado de decaimiento y se retiró a sus habitaciones privadas a mirar televisión y películas viejas. Su personal escribió un documento para una transición de emergencia, temiendo que Reagan fuera obligado a dejar la presidencia. Pero, siendo optimista por naturaleza, Reagan volvió a tomar las riendas del cargo luego de la recuperación de su esposa.


Un legado polémico


"A renovar la fortaleza de América con
los grandes valores americanos"
Foto: America Votes

 

Este repunte coincidió con el desplome del mercado accionario de 1987, que lo desconcertó un poco. “Quizá deban cambiar el oso de su símbolo por una sopa de pollo con fideos”, dijo enigmáticamente a su presidente del Consejo de Asesores Económicos, Beryl Sprinkel.

La Reserva y la Tesorería Federales se pusieron rápidamente en movimiento, y se logró retrasar la recesión hasta después de que su sucesor, George Bush (padre), hubiera asumido el cargo. Sin embargo, las consecuencias del colapso expusieron el lado negativo de la desregulación del estilo Reagan: una mentalidad horriblemente codiciosa entre los agentes de Wall Street, quienes usaron las nuevas libertades financieras para violar la ley, malgastar los capitales de inversión y buscar apoyo gubernamental luego de sus fracasos.

El legado de Reagan es profundamente controversial. Un estudio reciente determinó que era, al mismo tiempo, uno de los presidentes mejor y peor evaluados de la historia norteamericana.

Sus partidarios le atribuyen el crédito por una nueva era de prosperidad, la caída de la Unión Soviética y la restauración de los valores conservadores. En su honor, han bautizado un portaaviones, un edificio federal y el aeropuerto nacional de Washington.

Sus críticos afirman que él dividió a los EE.UU., exacerbó las diferencias entre ricos y pobres, aumentó la pobreza y la falta de vivienda e ignoró la llegada de la crisis del SIDA. Él tampoco comprendió que la Unión Soviética estaba colapsando por efecto de sus propias desgracias económicas y desató una innecesaria carrera armamentista que incluyó el proyecto mascota del presidente, el sistema de defensa antimisiles “Guerra de las Galaxias”.

Ocho años después de que Reagan dejara la Casa Blanca en 1988, se le diagnosticó la enfermedad de Alzheimer y su mente se deterioró rápidamente. Pero su influencia en el Partido Republicano ha seguido siendo fuerte. Todos los líderes republicanos que le han seguido, incluyendo a George Bush (hijo), han adoptado su agenda y se les evalúa en comparación con los éxitos que él obtuvo.-