Citar como: http://www.puertachile.cl/sociedad/2004_nigeria.htm

 


Luchando por sus vidas

En Nigeria, el dinero y la política —no la religión—
tienen a musulmanes y cristianos enfrentados a muerte

por Simon Robinson

Publicado originalmente por la revista Time, 23 de mayo de 2004

Traducción de Felipe Elgueta Frontier

 

< Nigerianos junto a su hogar quemado en Dooshima, al norte del país. Foto: Reuters

En África, la línea que separa el norte musulmán del sur, predominantemente cristiano, pasa directamente a través del estado nigeriano de Plateau. Normalmente, este límite resulta difícil de discernir. En primer lugar, porque las personas de un mismo pueblo pueden pertenecer a religiones diferentes y a la vez trabajar juntos, vitorear al mismo equipo de fútbol e incluso casarse entre sí. Pero en Nigeria, cada cierta cantidad de años la línea divisoria se torna obvia y estricta. Desesperados por la pobreza y el desempleo –y a menudo incitados por políticos manipuladores- extremistas de ambos lados se enfrentan entre sí en cruentas batallas. El estado de Plateau, donde los pastores ganaderos del norte y los granjeros del sur compiten por el control de las fértiles llanuras de la faja intermedia de Nigeria, está “justo sobre la línea de choque”, como señalara un diplomático occidental.

Esa línea de choque se volvió a activar en febrero. En el pueblo de Yelwa —cuyos 10.000 residentes son principalmente musulmanes—, una supuesta milicia musulmana mató a 48 cristianos después de una disputa de meses por tierra y ganado. Hace tres semanas, milicianos cristianos cobraron su venganza. De manera sistemática y con el apoyo de dos jeeps armados con ametralladoras, las guerrillas destruyeron edificios y balearon y apalearon a musulmanes, matando entre 67 (la estimación policial) y 630 personas (la cifra de la Cruz Roja). “Si oye el sonido de sus armas, creerá que los cielos van a derrumbarse”, dice Mallam Mohamed Ahmed (33), quién huyó en su motocicleta. Ante la propagación de la violencia a otros estados durante la semana pasada, el Presidente Olusegun Obasanjo declaró un estado de emergencia en Plateau, suspendió al gobernador electo y nombró en su lugar a un general de ejército retirado. Estos pasos, que fueron ratificados más tarde por la Asamblea Nacional, eran necesarios “para controlar lo que casi se ha convertido en un genocidio mutuo”, según Obasanjo.

Es improbable que el estado de emergencia repare las fracturas de Nigeria por mucho tiempo. Se estima que en ésta, la nación más populosa de África, viven 130 millones de personas; una población dividida en partes iguales entre cristianos y musulmanes, pero que se fragmenta además en aproximadamente 250 tribus. En el pasado, las tensiones religiosas y étnicas fueron suprimidas por los gobernantes militares de Nigeria que rigieron el país durante 29 de los 44 años transcurridos desde la independencia. Pero desde el retorno a la democracia en 1999, los nigerianos han sido más libres para ventilar sus frustraciones. Más de 10.000 han muerto en enfrentamientos incitados por todo tipo de acontecimiento, desde las protestas musulmanas contra el bombardeo norteamericano a Afganistán hasta la decisión de realizar el concurso de belleza Miss Mundo en Abuja, la capital.

Muchos nigerianos argumentan que la verdadera razón de la violencia no es ninguna división étnica ni religiosa —la mayoría de los nigerianos ha coexistido pacíficamente durante siglos—, sino la lucha por los escasos recursos y la influencia política. Aunque Nigeria produce unos 2.4 millones de barriles de petróleo al día, la mayoría de los nigerianos vive en la pobreza. El habitante promedio gana US$ 290 al año. Puesto que el dinero de las exportaciones de petróleo sólo chorrea a través de un sistema corrupto de influencias, aquellos que tienen cargos públicos detentan un enorme poder. Para ganar ese poder, los políticos manipulan las diferencias religiosas y étnicas. En el centro de esta telaraña, está el todopoderoso gobierno central de Abuja.

Los nigerianos han pedido durante mucho tiempo que se realice un debate nacional acerca de la forma en que se gobierna el país. Muchos quieren mayor autonomía para los estados y una distribución más justa de la riqueza petrolera. Obasanjo, general jubilado y cristiano renacido del sur que fue reelecto para un segundo mandato el año pasado, ha rechazado repetidamente dicha discusión porque, dice otro diplomático occidental, “sería tan sólo un interminable ejercicio en el cual los nigerianos se quejarían de lo obvio en lugar de ocuparse de arreglar el país”. Pero mientras el gobierno lucha por traer crecimiento económico, el clamor por el cambio continúa. El 15 de mayo, los manifestantes marcharon en la sureña ciudad de Lagos. “La protesta era para poner a prueba y verificar las tendencias dictatoriales de este régimen”, dijo el escritor nigeriano y ganador del Premio Nobel, Wole Soyinka, quien ayudó a organizar la marcha y fue detenido brevemente por los policías que la disolvieron. “Cuando se ha perdido el diálogo, lo que usted tiene es un monólogo”.

La semana pasada en Yelwa no había ni lo uno ni lo otro. La mayoría de los supervivientes ha huido y ha dejado a unos pocos cientos de hombres musulmanes y un puñado de soldados. El suspendido gobernador del estado, Joshua Dariye, un cristiano a quien Obasanjo llamó “débil y incompetente”, defiende su actuación. “Usted no puede proporcionar seguridad en cada aldea”, dice. “Yo no puedo estar en todas partes. No soy Dios”. Muy cierto, pero los nigerianos de todas las religiones deben estar esperando ansiosamente un poco de intervención divina.


 

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