Citar como: http://www.puertachile.cl/sociedad/2004_mujeres_jerusalen.htm

 

Tres mujeres buscan el rostro humano de la Crisis del Medio Oriente

por Andrea Shalal-Esa, Agencia Reuters

Publicado originalmente por la Agencia Reuters, 20 de abril de 2004

Traducción de Felipe Elgueta Frontier

 

 

Tres mujeres de Jerusalén -una musulmana, una judía y una cristiana- partieron de regreso a casa este mes, luego de pasar tres semanas en los Estados Unidos compartiendo su sufrimiento y sus esperanzas de paz para el Medio Oriente. Pero es altamente improbable que puedan volver a reunirse una vez que lleguen allá.

 

Imagen de una de las giras
"Las Mujeres de Jerusalén hablan".

Foto: Partners for Peace

 

Michal Sagi, una judía israelí de 35 años de edad, vive en Jerusalén Occidental, pero dice que los puestos de control militar le harán difícil, si no imposible, visitar a Nuha Khoury, una palestina cristiana de 41 años de edad que nació en Jerusalén pero que ahora vive en Belén, a sólo 8 km de distancia.

La tercera mujer, la palestina musulmana Nahla Assali, de 65 años, vive en Beit Hanina, un área al norte de Jerusalén que a los israelíes como Sagi les resulta prácticamente imposible de visitar.

Las activistas de paz judías y palestinas trabajan juntas; pero cruzar las fronteras entre Israel y los Territorios Ocupados se ha vuelto cada vez más difícil debido a los ataques suicidas, los asesinatos selectivos y las tensiones de cada día.

“Hay cooperación, pero no es muy fácil”, dijo Sagi al público reunido en Washington este mes, cuando las tres mujeres hablaron en el Centro para Estudios Árabes Contemporáneos de la Universidad de Georgetown. Era una de sus últimas paradas en una gira de 17 días que también comprendió varios lugares de Carolina del Norte, Virginia y Maryland.

Jerri Bird fundó “Partners for Peace” (“Compañeras por la Paz”), una organización norteamericana sin fines de lucro que cada año desde 1998 ha traído a un trío de mujeres diferentes de Jerusalén a los Estados Unidos para discutir los desafíos cotidianos de la vida en Israel y la Ribera Occidental.

Es una rara oportunidad para que las mujeres palestinas e israelíes pasen un tiempo juntas, en lugar de contactarse sólo por el correo electrónico.

“Estamos intentando traerle a la gente la parte de la historia que no sale en los medios de prensa... las voces que nunca oyen”, dijo Bird, quien ya está planeando la próxima gira que llevará a otras tres mujeres de Jerusalén a la Costa Oeste durante el otoño septentrional.

 

Medios diferentes con el mismo fin: la paz


Otro día más de humillación en el puesto de control
Foto: AUPHR

Cada una de las tres invitadas, trabaja por la paz a su manera.

Aunque no se conocían de antemano, sus visiones son notablemente similares: cada una de ellas condena los ataques suicidas palestinos y los asesinatos selectivos israelíes, mientras trabaja por una solución pacífica para los dos estados. Todas concuerdan en que el conflicto palestino-israelí es un problema de tierras, no de religión.

Khoury, quien vivió en los Estados Unidos durante 15 años y terminó allí un doctorado en historia islámica , dice que los medios de prensa norteamericanos se concentran a menudo en las “grandes noticias” como los bombardeos y los ataques con misiles, pero omite las duras realidades de la vida diaria.

“Nadie está interesado [en humanizar] la historia Palestina... o la historia israelí”, dice ella. “Por eso es que estamos aquí.”

Por ejemplo, ella dice que el 97 por ciento de los niños palestinos entre los 10 y 19 años de edad padece un síndrome de tensión post-traumático, y el 89 por ciento de ellos ha visto personalmente un tiroteo. El cincuenta por ciento de los niños está desnutrido, y un 60 por ciento de las familias palestinas carece de seguridad alimentaria, señala.

“Ésta es una sociedad que está económicamente destrozada”, dice Khoury, quien encabeza la Academia Dar al-Kalima que proporciona educación e instrucción a los palestinos en Belén.

“Aun si logramos establecer un estado palestino, la recuperación tomará dos generaciones”, agrega Khoury, cuyo padre murió en enero pasado cuando le negaron el paso en un puesto de control cuando iba camino al hospital después de sufrir un ataque cardíaco.

Assali, recientemente retirada después de 25 años de enseñanza del inglés en la Universidad Bir Zeit cerca de Ramallah, cofundó y preside el Proyecto Loving Care (Cuidado Amoroso), un programa de patrocinio de niños, así como un centro de instrucción informal para mujeres y niños en Jerusalén.

Assali y su familia huyeron de Jerusalén Occidental en 1948 después de la masacre de Deir Yassin en vísperas de la guerra, y nunca se les permitió volver a su hogar.

“Ya he visto bastante. La copa de la paciencia se está rebalsando”, dijo.

 

Uso exclusivo de la carretera

Assali, una mujer pequeñita de voz suave, se pone emotiva cuando muestra una foto del patio de su casa, recientemente cortado por una enorme carretera de cuatro pistas que Israel está construyendo para uso exclusivo de sus colonos como vía para transportarse entre Jerusalén Oriental y Jerusalén Occidental.

Ella advierte que la construcción de vías como ésta, y el muro de 8 metros de alto que Israel está erigiendo, desplazarán a más palestinos de sus tierras, que se sumarán a los centenares de miles de refugiados esparcidos por todo el mundo árabe.

Israel dice que necesita la barrera como un escudo contra los ataques suicidas; pero los palestinos lo llaman un nuevo “Muro de Berlín” y dicen que apaga las esperanzas de que un estado palestino sea viable.

Sagi, profesora y activista de “Checkpoint Watch”, un grupo que supervisa los puestos de control militar de Israel, dice que le preocupa que su propia sociedad se esté volviendo cada vez más violenta y racista a medida que continúa la ocupación, y señala que la violencia doméstica está aumentando.

“Ser los ocupantes no nos hace ningún bien”, dice ella.

Así que cada semana en su día libre, se levanta a las 6 a.m. a supervisar puestos de control, registrando las violaciones a los derechos humanos y defendiendo a los palestinos que deben cruzar cada día los puestos de control para llegar al trabajo, la escuela y los hospitales.

“Mi voz no está sola”, dice Sagi. “Somos una creciente minoría, y nuestras voces están creciendo más y más”.

 

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