Citar como: http://www.puertachile.cl/sociedad/2004_maremoto_oriente.htm

 

Asia, unida por el dolor

por Mihir Bose, The Telegraph, London

Publicado originalmente en inglés por
The Sydney Morning Herald, 30 de diciembre de 2004

Traducido por Felipe Elgueta Frontier

 

Mientras la cifra de muertos continuaba elevándose en el peor desastre que haya golpeado al sur de Asia en 40 años, me senté en una duna arenosa en el desierto Thar, en Rajastán, a 2.000 kilómetros de distancia y le pregunté al líder de una aldea lo que pensaba acerca de esta calamidad.

Él dijo: “Es la voluntad de la naturaleza y del Señor. Ellos trabajan de maneras misteriosas. Pero no se preocupe, la gente se recuperará. Deben hacerlo. La vida sigue adelante. Es cruel, terrible, pero la vida es terrible en todas partes, ¿no es así?”

 

Si esto suena extrañamente pasivo para un occidental, tengan en mente que él hablaba con una gran dosis de serena dignidad. Él prosiguió recordándome que hacía no mucho tiempo hubo un terremoto en el estado vecino de Gujarat, el cual mató a mucha gente, y que su propia región –siempre árida– tuvo una sequía terrible hace 25 años, que causó muerte y destrucción, después de lo cual la tierra se recuperó en tan buena forma que ahora es una conocida atracción turística.


En la provincia indonesia de Aceh, miles
de personas perdieron sus hogares y están acampando en improvisados centros para damnificados. Foto: AP/BBC Mundo

Vivir con la cruel y caprichosa naturaleza es algo que la mayoría de la gente del sur de Asia ha tenido que asimilar. Ayuda el hecho de que la religión sea una parte tan importante de la vida cotidiana de las personas, ya sean hindúes, musulmanes, cristianos o budistas.

También ayuda que, en tiempos de terrible tragedia, el dolor se exprese abiertamente en toda su crudeza y brutalidad. Las pantallas de televisión han estado llenas de imágenes de mujeres que se golpean el pecho mientras lloran a sus seres queridos, o de padres que sollozan mientras identifican a un hijo que les fue arrebatado por un fenómeno inexplicable.

Las imágenes son chocantes, pero también deben ser, en cierto modo, catárticas.

La televisión occidental ha mostrado imágenes de los muertos de una manera menos sombría que la televisión hindú, como si los telespectadores necesitasen protección del dolor humano. Está claro que la televisión hindú considera que los telespectadores no tienen necesidad de ese cuidado maternal.

 

Unidos por el desastre

Pero esta tragedia también está mostrando el proceso de cambio que vive la región. La naturaleza misma del desastre le ha hecho entender a las personas cuán estrechamente relacionadas están entre sí. El epicentro estuvo en Indonesia, pero las ondas de choque se extendieron a Tailandia, Sri Lanka e India, e incluso tan lejos como la costa oriental de África.

Una imagen particularmente terrible fue la de la gente que se paseaba por la playa en el estado de Tamil Nadu en el sur de India. Ellos habían oído del terremoto en Indonesia, no pudieron imaginar que tendría algún efecto sobre ellos y luego, repentinamente, vieron que el mar se levantaba como si el mundo se fuera a acabar.

Por varias razones históricas –que reflejan la prolongada dominación europea de esta parte del mundo–, los países afectados por esta tragedia tienen su atención puesta en tierras muy lejanas y no en sus vecinos. Así, Indonesia y Tailandia miran hacia Australia, mientras que la India y Sri Lanka aún miran hacia Gran Bretaña (de hecho, el presidente de Sri Lanka, Chandrika Kumaratunga, regresaba desde Londres cuando ocurrió esta tragedia).

Ahora, estos países están empezando a comprender que la naturaleza los ha unido y, aunque ésta es una forma cruel de aprender dicha lección, no deja de ser una enseñanza importante.

La otra gran diferencia con respecto a las tragedias que anteriormente han afligido a esta región, es que ésta ha sido probablemente la primera en ser transmitida a millones de hogares del sur asiático a través de la televisión. La pantalla chica está llevando a casa el sufrimiento de una manera nunca vista en ningún desastre previo.

Por otra parte, la catástrofe ha llegado en medio de la gran temporada de vacaciones. Diciembre es a menudo el mejor mes en esta parte del mundo. Aunque la Navidad no se celebra como en Occidente, los escolares están de vacaciones y, con la creciente prosperidad, hay mucho turismo interno, que en cifras supera cada vez más a los turistas occidentales.

Esto significa que, en comparación con desastres pasados, éste no ha estado confinado sólo a un pedazo de la región, ni en términos de impacto ni de cobertura. En cierto grado, ésta es la única tragedia cataclísmica en la cual la región entera es un espectador choqueado.

Tal como ocurre en Occidente, esta tragedia conllevará llamados por una mayor responsabilidad y a preguntas acerca de por qué la región no tiene un mejor sistema de alerta temprana.

Hubo una hora y media entre el terremoto en Indonesia y el momento en que las primeras olas golpearon Sri Lanka e India. Si estos países hubieran estado en la lista del centro de alerta de tsunamis del Océano Pacífico, que incluye a 26 países, podría haberse tomado alguna medida para mitigar los efectos.

A falta de esto, y dada la pobre infraestructura de la región, la gente se ha visto obligada a echar mano a sus propios recursos y ha mostrado un coraje e iniciativa ejemplares.

Por el momento, sin embargo, no se observan las iras y recriminaciones que se habrían evidenciado rápidamente en Occidente. En lugar de ello, hay una aceptación de que la naturaleza es cruel y la vida debe continuar.-