La devastación de Asia Reflexiones sobre una calamidad inusual pero terrible Publicado originalmente en inglés por Economist.com, 29 de diciembre de 2004 Traducido por Felipe Elgueta Frontier
La pista está en el nombre japonés con que se designa a este fenómeno en todo el mundo: tsunami. Formada a partir de las palabras que significan puerto y ola, y conmemorada en la xilografía de Hokusai que decora tantos libros y artículos sobre el tema, la palabra muestra que estas repentinas y devastadoras olas han ocurrido en el pasado principalmente en el Océano Pacífico, que se caracteriza por estar rodeado de volcanes y zonas sísmicas. Gracias a un tsunami de 1946 que mató a 165 personas, mayormente en Hawai, desde entonces los países que rodean al Pacífico han compartido un centro de alerta de tsunamis. Aquellos que rodean al Océano Índico no tienen dicho centro, al tener la buena suerte de no haber sufrido muchos grandes tsunamis con anterioridad y la mala suerte de no tener entre ellos a las dos economías más grandes y tecnológicamente desarrolladas: los Estados Unidos y Japón. Así que el 26 de diciembre, cuando la región fue sacudida por el terremoto más fuerte que haya registrado el mundo en 40 años y cuyo epicentro estuvo bajo el mar cerca de la punta más septentrional del archipiélago indonesio, no había ningún mecanismo establecido para transmitir alertas a los países ubicados en la costa oceánica. Habría habido entre 90 y 150 minutos en los cuales emitir alertas por radio, televisión y altoparlantes en las áreas más afectadas: la provincia indonesa de Aceh, Sri Lanka y la cadena formada por las islas hindúes de Andamán y Nicobar. Si tales advertencias se hubieran difundido, se habría salvado parte de las decenas de miles de vidas que se perdieron. Cuántas, nadie puede saberlo, puesto que la tarea de evacuar no habría sido nada fácil en muchas de estas pobres y sobrepobladas comunidades costeras ubicadas cerca del nivel del mar. No obstante, también es probable que nunca se sepa exactamente cuánta gente ha muerto. Mientras que en muchos desastres las estimaciones iniciales de mortalidad resultan ser demasiado altas, en este caso está sucediendo lo contrario.
Sacando algo positivo del desastre
La pregunta acerca de si debiera haber ahora algún tipo de sistema de alerta de sismos e incluso de tsunamis para el Océano Índico, no es la más urgente en este momento. Después de todo, los grandes tsunamis son sucesos extremadamente inusuales, afortunadamente. No hay razón científica para creer que se estén haciendo más probables. Las cuestiones más urgentes se refieren a cuánta ayuda humanitaria pueden reunir los países más ricos y cómo puede distribuirse. El tsunami producido en el Océano Índico ha sido denominado la peor catástrofe natural de la historia. En fríos términos estadísticos, esto es incorrecto, aun cuando la cifra estimada de fallecidos se eleve muy por encima de los 50 mil. Otros terremotos han matado a más personas, especialmente en países pobres y populosos como China: probablemente 600 mil o más en Tangshan en 1976, y 200 mil aproximadamente en dos ocasiones en la década de 1920. Irán perdió a unas 50 mil personas en un terremoto en 1990 y a otras 26.000 en Bam hace exactamente un año, el 26 de diciembre de 2003. Ni siquiera es el desastre más mortífero del Océano Índico, puesto que los ciclones han causado peores, siendo el caso más notorio el ocurrido en 1970, cuando el entonces nuevo estado de Bangladesh perdió a unas 500 mil personas. Lo que es especial en el caso de este tsunami es la extensión geográfica de la devastación y la cantidad de países afectados. Los terremotos producen consecuencias terribles, pero de una manera bastante localizada normalmente. Esta vez, sobre todo en Sri Lanka, Indonesia, India y Tailandia, el daño se extiende a lo largo de miles de kilómetros e involucra a millones de personas. Esto plantea un reto logístico tremendo para las organizaciones internacionales y las agencias de ayuda: cómo obtener suministros de ayuda y, posteriormente, asistencia para la reconstrucción para tantos lugares más o menos al mismo tiempo. Tendrá que dedicarse una proporción mucho mayor del dinero y la planificación a aviones, helicópteros, camiones y líneas de abastecimiento, en comparación con desastres e iniciativas de ayuda “normales”. Pero no dejemos que todo lo relacionado con este terrible evento se vea como negativo. Porque en ese mismo desafío geográfico radica también una oportunidad, la cual se presenta principalmente de tres maneras. La primera es que, como el desastre ha afectado a tantos balnearios preferidos por los turistas de países ricos de Occidente y de las zonas ricas de Asia nororiental, en aquellos países se le ha conferido una preeminencia aún mayor que la que habría producido por sí solo el horror extremo de la mortandad. En teoría, estas distorsiones egoístas son reprochables (¿quién se percató cuando millones morían en las guerras del Congo?); pero en la práctica también pueden ser explotadas. Debe ser posible recaudar mucho más en donaciones caritativas provenientes de los individuos y organizaciones de los países ricos para ayudar en este desastre, en comparación con terremotos o inundaciones que afectan a un solo país, por ejemplo. Lo segundo es que los países ubicados en torno al Océano Índico debieran, en esta ocasión, sentirse lo bastante motivados como para ayudarse entre sí, por pobres que sean todos ellos, y aceptar la ayuda de los demás. Los que fueron menos afectados y los que están ubicados junto a mares vecinos, incluidos los países árabes y aquellos que rodean al Pacífico, ciertamente deben ser fáciles de persuadir de que es muy probable que ellos también se hubieran visto afectados por este acto de Dios, independientemente de cuál Dios haya sido. Este sentido de mutua vulnerabilidad nos lleva de vuelta a la cuestión acerca de los sistemas de alerta y a la tercera forma en la cual este desastre puede transformarse en una oportunidad. El dinero y la autocomplacencia son dos razones por las cuales no existe un sistema de alerta de tsunamis en el Océano Índico. Pero la región también adolece de un temor político a la cooperación. Las sospechas y la desconfianza entre muchos de los países que bordean el océano y entre aquellos que están en la turbulenta región sísmica ubicada más allá, en Pakistán, Afganistán, Irán, etc., indican que los hábitos de cooperación internacional son débiles. Incluso el intercambio de datos sismológicos es exiguo, por decir lo menos, y para qué hablar del intercambio acerca de tópicos más política y económicamente cargados. En 1999, cuando Grecia y Turquía sufrieron terremotos en rápida sucesión, la necesidad de ayudarse mutuamente llevó a un desenfriamiento considerable de las gélidas relaciones que había habido durante largo tiempo. Construir un sistema de alerta que incluya procesos para compartir datos sismológicos y transmitir alertas de manera expedita, no sería un proceso costoso. Ni tampoco prevendría los desastres naturales en el futuro, dado el poder y la impredictibilidad de la naturaleza. Pero podría ser un aporte útil y nada polémico para aliviar viejas tensiones políticas... y salvar algunas vidas.-
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