Citar como: http://www.puertachile.cl/sociedad/2004_malaria.htm

 


Mosquitos asesinos
por Christine Gorman

Publicado originalmente por la revista Time, 29 de julio de 2004

Traducido y subtitulado por Felipe Elgueta Frontier

 

La malaria, al igual que el SIDA, está matando a millones, pero, a diferencia del SIDA, sí se puede curar. Entonces ¿por qué no se logra detener la epidemia?

 

< Asesino involuntario: el mosquito anófeles / Foto: BBC Mundo

 

 

Las tendencias actuales son claras: el SIDA está superando a la peste negra como la epidemia más devastadora que haya afligido jamás a la especie humana. Esto ayuda a explicar la desesperación que podía percibirse en la decimoquinta Conferencia Internacional sobre VIH y SIDA en Bangkok en julio pasado. Pero en una cruel ironía, toda esta bien merecida atención que se le ha otorgado al SIDA durante los últimos años ha eclipsado la rápida reaparición de una enfermedad epidémica casi igual de mortífera: la malaria. Las últimas cifras sugieren que la malaria atacó a 300 millones de personas el año pasado y mató a 3 millones, la mayoría de ellas de menos de 5 años de edad (en el mismo período, el SIDA mató a poco más de 3 millones). El aspecto más trágico de las muertes por malaria es que esta enfermedad, a diferencia del SIDA, sí se puede curar.

Los países del África Subsahariana han sufrido el embate de esta renovada amenaza; pero las naciones de zonas templadas, incluidos los EEUU, tampoco son inmunes. Un brote de malaria en Florida que hospitalizó a siete personas el verano pasado fue el primer caso extendido de transmisión local en suelo norteamericano en casi 20 años. Casi con certeza, puede decirse que la causa fue un parásito que viajó en un humano o un mosquito transportado en un vuelo internacional o en una embarcación transoceánica, puesto que ninguno de los pacientes se había aventurado recientemente en tierras extranjeras.

A pesar de esta infortunada situación, hay razones para tener esperanza. Los médicos han hecho notables avances durante los últimos años en el tratamiento de la malaria resistente a fármacos por medio de la combinación de varios compuestos, el más poderoso de los cuales deriva de una antigua medicina china a base de hierbas, que cura al 90% de los pacientes en tres días. Mientras tanto, grupos comunitarios, organizaciones sin fines de lucro y gobiernos están redoblando sus esfuerzos para controlar los mosquitos que causan la enfermedad, a través de la venta y distribución de mosquiteros impregnados con insecticida para proteger a los durmientes en sus camas y rociando el interior de las casas con pesticidas antimosquitos. Y después de algunos intentos hechos más bien a tontas y a locas, parece haber un auténtico consenso entre los funcionarios de salud acerca de cuáles son los procedimientos a seguir.

 

Una creciente amenaza para los países pobres

Los médicos han sospechado desde hace mucho tiempo que el problema de la malaria está empeorando; pero la prueba más inquietante ha salido a la luz recién el año pasado. Los investigadores creen que la cifra promedio de casos de malaria por año en África se ha cuadruplicado desde los años 80. Un estudio publicado en la revista Lancet en junio pasado informaba que la tasa de mortalidad debida a la malaria se ha más que duplicado entre los niños del este y el sur de África; algunas áreas rurales han visto un angustioso aumento de 11 veces en la mortalidad. “Las tasas de mortalidad por malaria son tan altas como las del SIDA”, dice la doctora Christa Hook, coordinadora del grupo de trabajo para la malaria de Médicos sin Fronteras. “En muchos aspectos, es una especie de Holocausto silencioso”.

El reconocimiento de los perjuicios económicos a la economía global va en aumento. El economista Jeffrey Sachs, director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, estima que los países más golpeados por la forma más grave de malaria tienen tasas de crecimiento económico anual 1.3 puntos porcentuales más bajas que aquellos en los cuales la malaria no es un problema grave. Sachs señala que las economías de Grecia, Portugal y España se expandieron rápidamente sólo después de que la malaria fue erradicada en esos países en la década de 1950. En otras palabras, combatir la malaria es bueno para los negocios, aspecto que muchas compañías transnacionales han comprendido desde hace largo tiempo. Para fines de este año, Exxon Mobil, que planea expandir sus actividades en los países subsaharianos de Chad, Camerún, Guinea Ecuatorial y Nigeria, espera triplicar su aporte financiero a proyectos e investigaciones para controlar la malaria, incrementándolo de 2 a 6 millones de dólares. Pero el problema de la malaria es mayor que Exxon Mobil o que Bill y Melinda Gates, incluso. Se hace necesaria la acción de los gobiernos.

 

Causas, tratamiento y prevención

Para entender mejor por qué la malaria se ha convertido en una amenaza de tales proporciones y qué puede hacerse para detener la enfermedad, puede sernos útil saber un poco de biología. La malaria es causada por cuatro parásitos cercanamente emparentados, el más mortífero de los cuales es el Plasmodium falciparum, que tiene una especial predilección por los mosquitos anófeles. Los parásitos ingresan al torrente sanguíneo cuando un mosquito infectado pica a un humano. Luego se multiplican dentro del hígado y los glóbulos rojos del hospedador (ésa es la razón por la cual las mujeres embarazadas, que producen grandes cantidades de células sanguíneas para nutrir al feto en crecimiento, son especialmente vulnerables). Eventualmente, los glóbulos rojos estallan, liberando una nueva generación de parásitos, lo que causa fiebre, escalofríos, dolor y a veces la muerte. El ciclo de transmisión se completa cuando otro mosquito pica a una persona infectada, para luego llevar los parásitos a un nuevo hospedador.

Podría esperarse que bastaría con sufrir una infección para obtener una protección de por vida contra la malaria. Pero por razones más bien complejas, eso no sucede. La enfermedad tiende a ser menos grave en adultos que están expuestos habitualmente a los parásitos. Pero cuando los niños pequeños se infectan, tienen una probabilidad mucho mayor de sufrir una anemia grave y convulsiones que pueden llevar a un daño cerebral permanente y a la muerte.


La malaria mata a un niño cada 30 segundos. Los países pobres
de África están especialmente expuestos a este flagelo..

Foto: Reuters

 

 

Durante décadas, el mejor tratamiento para la malaria fue un medicamento barato llamado cloroquina, descubierto por primera vez en Alemania en 1934 por un investigador que trabajaba para Bayer. La cloroquina fue tan efectiva que pareció que derrotaría a la malaria para siempre. Pero al llegar la década de los 70, la droga se había usado tanto para tratar todo tipo de fiebres, no sólo aquellas causadas por la malaria, que los parásitos de la malaria se hicieron resistentes, y los médicos tuvieron que recurrir a un segundo medicamento, llamado sulfadoxina-pirimetamina o SP. Pero al cabo de cinco años, los parásitos empezaron a desarrollar resistencia a la SP también. Actualmente, la resistencia a ambas drogas es predominante en muchas zonas de África, donde los parásitos resistentes que producen la malaria son la principal causa de muerte.

Al mismo tiempo, los esfuerzos por controlar los mosquitos anófeles han sido más o menos abandonados. Parte del problema fue la noción de que la malaria nunca podría ser erradicada completamente de las regiones tropicales, a diferencia de los EEUU y otros países de zonas templadas. También ha habido un creciente rechazo contra el DDT, un pesticida que es altamente efectivo en el ataque contra los mosquitos, pero cuyo uso indiscriminado en la agricultura mató a muchos peces, insectos beneficiosos y aves. Aunque sólo se requieren pequeñas cantidades de DDT para controlar la malaria –generalmente en campañas de fumigación de casas–, su tóxica reputación hizo que los empobrecidos gobiernos de África, que con frecuencia deben depender en gran medida de donaciones internacionales, se tornaran renuentes a usarlo.

 

Una planta que trae esperanza

Y así es como se han puesto tan mal las cosas. El aspecto consolador ante toda esta aflicción es que los lineamientos de una solución factible ya fueron trazados hace largo tiempo. Nadie está prometiendo que se pondrá fin a todas las muertes por malaria. Pero los médicos estiman que podría prevenirse la infección de cientos de millones de personas y que la tasa de mortalidad podría reducirse a la mitad. ¿Dónde está el problema, entonces? Lo que ocurre es que, pese a ser asombrosamente barata (al menos, para los estándares del mundo industrializado), una respuesta efectiva aún está fuera del alcance de los recursos financieros de las naciones más pobres del mundo, especialmente las de África. Sencillamente no puede haber avances sin la ayuda del mundo desarrollado.

Para tener éxito, cualquier campaña antimalaria debe hacer dos cosas: tratar la enfermedad y prevenir la transmisión de parásitos. Varios estudios piloto realizados en África han demostrado que la terapia combinada, en la que al menos uno de los medicamentos es un derivado de una planta llamada Artemisa annua, o ajenjo dulce, destruye fácilmente los parásitos resistentes a drogas en el torrente sanguíneo. El uso de varias drogas a la vez, a menudo en la misma píldora, disminuye enormemente el riesgo de que los parásitos se tornen resistentes. Como beneficio adicional, la artemisina, el principio activo de la Artemisa annua, actúa muy rápidamente, disminuyendo aún más las probabilidades de desarrollar resistencia a la droga.

El tratamiento completo de tres días con una terapia combinada basada en artemisina cuesta de 1 a 10 dólares por persona, dependiendo de si se paga en el sector público o en el privado. Desafortunadamente, este costo es por lo menos 10 veces superior al de los ineficientes programas actuales. La mayoría de los empobrecidos gobiernos africanos ni siquiera puede cancelar el pie de la cuenta total por la terapia combinada y la instrucción requerida para implementarla, y lo mismo ocurre con la mayoría de sus ciudadanos, muchos de los cuales ya gastan un tercio de sus ingresos en el tratamiento de la malaria.

Aunque casi todos los países desarrollados y la mayoría de las organizaciones internacionales de ayuda han dicho que están dispuestas a ayudar a financiar el tratamiento basado en artemisina en África, este apoyo no siempre se ha materializado.

 

El DDT contraataca

¿Y qué hay de la prevención? Muchos países africanos están trabajando en la venta o distribución de mosquiteros de bajo costo impregnados con insecticida. Estos funcionan como trampas para los mosquitos, que son atraídos por el dióxido de carbono que exhalan los durmientes y luego mueren a causa del insecticida. Los mosquiteros son portátiles, de modo que pueden ser transportados por sus dueños si necesitan mudarse. En las aldeas en las cuales al menos el 80% de las mujeres embarazadas y los niños menores de 5 años duermen protegidos por estos mosquiteros, la tasa de morbilidad para todos los residentes ha caído dramáticamente. Por desgracia, sólo el 1 ó 2% de la gente en las zonas asoladas por la malaria duerme protegida por estos mosquiteros. Además, la mayoría de éstos necesitan ser tratados con insecticida cada seis meses, y son menos efectivos en áreas donde los mosquitos anófeles pican todo el día y no sólo durante la noche.

Un método más polémico aunque efectivo para reducir la transmisión es fumigar el interior de las chozas u otras construcciones con DDT. Curiosamente, el DDT tiende a ser más efectivo para repeler los insectos que para matarlos. Esto requiere de mucho menos pesticida que el que se usó en una época pasada para fumigar cosechas y pantanos. De hecho, si el DDT se hubiera usado sólo con propósitos medicinales, es probable que nunca hubiera adquirido su reputación de agente tóxico. Un tratado internacional contra el uso de pesticidas que entró en vigor en mayo pasado, hace una excepción para el uso de DDT en áreas afectadas por la malaria; pero algunos expertos en salud temen que las trabas burocráticas para aplicar dicha exención limiten la efectividad del DDT.

La experiencia reciente en Sudáfrica muestra cuán bien puede funcionar el DDT. En 1996 el gobierno sudafricano, bajo la presión de grupos ambientalistas internacionales y nacionales, decidió reducir progresivamente su uso de DDT en la fumigación de residencias y recurrir en lugar de ello a pesticidas que contenían químicos piretroides. Desafortunadamente, resultó que muchos de los mosquitos anófeles de Sudáfrica eran resistentes a los piretroides. La cantidad de casos de malaria, que había estado oscilando entre 8.000 y 13.000 al año, creció sostenidamente y para el año 2000 había alcanzado los 64.000 casos, con 423 muertes. Cuando el gobierno volvió a introducir la fumigación con DDT a mediados de ese año, los resultados fueron dramáticos. El número de casos cayó casi de inmediato. Para fines de 2001, cuando los médicos empezaron a tratar sus pacientes con Coartem, una píldora única que contenía varias drogas, entre ellas, un derivado de artemisina, el número de casos se había reducido a la mitad. En 2003, la cifra de muertes bajó a 146.

Incluso los ambientalistas tuvieron que admitir que el DDT era necesario. “No me sentí muy feliz por eso, pero somos lo que podría llamarse ‘conservacionistas pragmáticos’ ”, dice Gerhard Verdoorn, presidente de la Fundación Africana para la Vida Salvaje en Peligro, la cual había instado anteriormente al gobierno sudafricano a abandonar el uso del pesticida y ahora ayuda a instruir a los 350 fumigadores que son empleados cada año. “No podemos cuidar sólo a los animales y no preocuparnos cuando hay gente que muere”.

Ése es el tipo de actitud que marcará una diferencia en la batalla contra la malaria. Los métodos para controlar la enfermedad ya existen. Lo que no está claro es si existe el necesario compromiso financiero y político para que esto ocurra.-

 

Más sobre África y la malaria:

Todos contra la malaria en BBC Mundo, 25 de abril de 2001

Quinghaosu, hierba de la esperanza en BBC Mundo, 4 de junio de 2001