"Pobreza, desigualdad y armas son un cóctel explosivo" Rebecca Peters y la Red Argentina de Desarme
Cuando aún no se habían acallado los ecos de los disparos que provocaron la masacre de Carmen de Patagones, varias organizaciones no gubernamentales constituían oficialmente la Red Argentina de Desarme, con la intención de proponer acciones que puedan traducirse en políticas de Estado capaces de proveer soluciones a la grave crisis de inseguridad que asuela al país. En Argentina, un millón y medio de jóvenes viven en hogares donde hay armas, la mitad de las cuales están cargadas y listas para usar, y cada día de los últimos dos años un menor de 24 años resultó muerto por balas. Esos datos reflejan la magnitud del problema y hacen urgente la discusión sobre la cuestión. Gabriel Conte, presidente de la ONG mendocina Espacios, pionera en materia de promoción de políticas de destrucción de armas, señala que las organizaciones de la Red de Desarme consideran que la masacre de Patagones debería marcar "un antes y un después" en materia de legislación sobre armas de fuego. La Red Argentina para el Desarme está integrada por Espacios de Mendoza y de Santa Fe, el Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (Inecip), Red Solidaria, la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), la Asociación para Políticas Públicas (APP), Asociación Civil La Casa del Sur (Santa Fe), La Comuna (Rosario) y Fundación Lebensohn. Pero en su presentación en sociedad en noviembre pasado, tuvo invitados especiales: la australiana Rebecca Peters, directora de Iansa (International Action Network on Small Arms); la periodista brasileña Marcia Lisboa, de Desarme.org; el periodista deportivo Diego Fucks, y Lidia de Burry, la abuela platense que desde hace tiempo busca el desarme comprando armas particulares. Todos coincidieron en que se debe trabajar con los gobiernos para obtener políticas duraderas y completas que permitan combatir la proliferación de armas, las que sólo sirven para matar.
La mujer que cambió las reglas en Australia
En uno de los videos promocionales de la Asociación Nacional del Rifle (NRA), que en los Estados Unidos defiende el derecho a la tenencia y porte de armas, se dice de Rebecca Peters: "Es como una granada de mano con la espoleta a punto de salirse... es una persona muy peligrosa". Ella contesta: "Trabajamos en cuestiones en las que se define la vida o la muerte, y en eso es más importante el resultado que la retórica. Queremos ver menos producción de armas, menos compra de ellas, y menos muerte. Si es por eso, ojalá fuera tan peligrosa". Ya dio muestras de lo que es capaz en Australia. En 1991, como periodista, cubrió la noticia de una masacre en un shopping de Sydney, y descubrió la laxitud de los requisitos para la obtención de armas. Al frente de una red de unas 350 organizaciones civiles, promovió una reforma legislativa. Primero convencieron a los medios de comunicación, y luego, a la sociedad. Luego obtuvieron el compromiso de los dos partidos mayoritarios en el Parlamento. Desde entonces, quien quiera tener un arma debe tener una seria justificación, y pasar rigurosos controles físicos, psiquiátricos y de aptitud. La policía puede pedir opiniones e incluso quienes viven con el "candidato" pueden vetar el permiso. La tenencia de armas automáticas quedó prohibida. Con eso, y con la recolección y destrucción de 700.000 armas, desde entonces la tasa de homicidios bajó un 65 por ciento en Australia.
"Los civiles no necesitan armas" Rebecca Peters, directora de la red internacional contra la proliferación de armas, Iansa (International Action Network on Small Arms) estuvo en Buenos Aires en noviembre pasado para apadrinar la creación de la Red Argentina para el Desarme, que obtuvo el compromiso del jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, de realizar en la Capital un plan de canje de armas actualmente en manos de civiles antes de mediados del próximo año. En diálogo con LA NACION, esta mujer nacida en los Estados Unidos hace 43 años, pero autoproclamada "ciudadana australiana" -aunque reside en Londres, sede de Iansa-, feminista y vegetariana, no sólo habló de su "compromiso personal" con las víctimas de la violencia armada. Ofreció, ante todo, ideas fuertes: que es mejor controlar las armas que endurecer las penas para los que las usan; que un plan de desarme debe ir de manera paralela a una profunda reforma de las instituciones públicas y con una absoluta intolerancia a la corrupción, y que pobreza, desigualdad y armas son un cóctel explosivo. -¿Cómo se convence a la gente de que armarse no es el camino correcto para defenderse? -Es una realidad que la presencia de un arma en casa aumenta el riesgo de que ocurran homicidios y suicidios. Somos seres humanos; debemos saber que cuando tenemos pánico, o por las noches, o si estamos bajo los efectos del alcohol o no tenemos entrenamiento, no es buena idea tener un arma cerca. Y debemos pensar en cómo nos sentiremos después de matar a alguien. -¿Cuáles son los sectores de mayor riesgo ante las armas? -El de los hombres jóvenes, de 15 a 24 años, sea como víctimas o como autores de homicidios. Los adultos de más de 60 años son los que más riesgo tienen de cometer suicidio. Y un arma de fuego no suele dar una segunda chance. Entre las mujeres hemos visto que la reducción del uso ha sido más alta. En el hogar, donde viven principalmente mujeres y niños, casi siempre son los hombres los que introducen las armas, creando así peligro. -¿Cómo se rompe, en una sociedad, con el discurso de que es necesario armarse, tener leyes más duras y aplicar violencia contra la violencia? -El castigo y las penas sirven, pero hasta cierto punto. Una sociedad basada en poner a todo el mundo en la cárcel no es sostenible ni sana. Si aún no hemos intentado controlar las armas, vectores de la violencia, no tiene sentido empezar a controlar a toda la población. Debemos tener políticas preventivas, una sociedad que maximice la libertad y no que encarcele como primera solución. Con la "mano dura" y leyes más restrictivas quienes pueblan las cárceles son los jóvenes y los más pobres. Las políticas que defienden el encarcelamiento agravan la división entre pobres y ricos de un modo que para una democracia es inaceptable. -¿Qué decisiones tomaría si estuviera en sus manos cambiar la situación de un país con un cierto nivel de inseguridad y de presencia de armas? -El desarme y las políticas de seguridad deben marchar en forma paralela a las cuestiones del Estado de Derecho. En ocasiones, la gente se arma porque no confía en la Justicia o en la policía, a veces, con razón. En un país en el que la gente se siente muy insegura -y se ha armado por eso- comenzaría el desarme al mismo tiempo que una reforma de las instituciones, dejando muy claro que ya no se tolerará la corrupción ni el tratamiento desigual. Yo querría llegar a que los civiles no tuvieran armas, pues no las necesitan. También haría un control más fuerte de las armas en manos de los agentes del Estado, sobre todo, para evitar que la tenencia de armas en manos de civiles sea usada por malos policías como una excusa o justificación para el uso de violencia. -¿Es posible admitir una sociedad con armas? -Sí. Claro. En Europa, la gente caza, pero hay fuertes restricciones a la tenencia y porte de armas de puño. Tener armas es un lujo que pueden darse las sociedades donde hay poca pobreza. Pero a una en la que hay pobreza y desigualdad social, si le añades armas es crear las condiciones para una explosión. Creo que si bien es aceptable una sociedad con armas, debe ser más aceptable una sociedad con menos desigualdad. Y en la Argentina aún hay mucha desigualdad.-
Sitios web: IANSA Desarme.org Espacios
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