Citar como: http://www.puertachile.cl/sociedad/2004_desigualdad_mensaje.htm

 

¿Una nueva conciencia sobre las desigualdades sociales?

por Gonzalo Arroyo, S.J.


El ministro Eyzaguirre
Foto: La Tercera

 

Publicado originalmente por Revista Mensaje, enero-febrero 2004

 

La crítica del ministro

Los análisis internacionales: la desigualdad como problema mayor

El crecimiento económico es afectado negativamente por las desigualdades sociales

Debate muy oportuno si fuera más de largo plazo

Por una ética de consenso mínimo

 

 

 

 

La crítica del ministro

A fines de noviembre, ante unos 1.500 asistentes al Encuentro Nacional de la Empresa (ENADE), el ministro de Hacienda, Nicolás Eyzaguirre, criticó con fuerza la inequidad en la distribución de la riqueza, lo que calificó como “el más grande escollo que enfrenta el desarrollo de nuestro país”. ¿Qué quería decir el Ministro a las elites empresariales allí presentes y por qué sacar a la luz en este momento el espinoso tema de las desigualdades sociales en Chile? Quizás una de las razones para reabrir el debate fueron las publicaciones internacionales sobre la distribución del ingreso que aparecieron en esos días.

Nos referimos al estudio del Banco Mundial sobre la desigualdad en América Latina y el Caribe y al estudio económico sobre Chile de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) [1]. Ambos eran extremadamente duros para la región y más aun para Chile, debido a la enorme inequidad en la distribución del ingreso. La reconocida revista internacional The Economist calificó la desigualdad como “una maldición pertinaz” para nuestra región [2].

 

Los análisis internacionales: la desigualdad como problema mayor

El análisis del Banco Mundial abre con esta observación demoledora: desde que existen datos disponibles sobre los niveles de vida, América Latina y El Caribe ha sido la región del mundo con mayor inequidad –con la sola excepción de África subsahariana- de acuerdo con cualquiera de los indicadores que se utilicen [3]. El 2001, el decil más rico de la población de América Latina obtuvo el 48% de ingreso regional mientras que el decil más pobre sólo recibió 1.6%. Las cifras equivalentes para los países ricos son respectivamente el 29,1% y el 2,5%. Lo más grave es que, según este estudio, la desigualdad en Chile es elevadísima, sólo en Brasil está peor.

Es cierto que la pobreza ha disminuido en Chile a menos de la mitad desde 1990, cuando ascendió al poder la Concertación y prometió un desarrollo con equidad. Sin embargo, la distribución del ingreso no ha mejorado, pese al crecimiento económico acelerado de los años 90.
Algo semejante sucede con la educación, que es una de las puertas para aminorar las desigualdades sociales. Pese al proceso de reforma iniciada hace más de una década, los estudios comparativos internacionales nos demuestran que la cobertura de la educación básica, media y superior ha aumentado notablemente, pero que la calidad de la misma es muy deficiente en comparación con las naciones desarrolladas. En Chile, un 44% de las mujeres y un 52% de los varones están entre los menos capacitados a nivel mundial dentro de la escala combinada de lectura y comprensión [4]. Algo semejante podría decirse de la salud pese a los intentos de llevar adelante el plan AUGE.

¿Qué elementos novedosos nos traen estos estudios? No tanto los demoledores datos que van en el mismo sentido de anteriores estudios [5] Lo nuevo del documento del Banco Mundial está en el enfoque de las desigualdades, inspirado en el economista indio Amartya Sen. Las enormes diferencias existentes entre los ciudadanos del mismo país producen como resultado no sólo un desigual acceso a los bienes y servicios que la gente necesita. Hay profundas diferencias en la libertad, o capacidades, entre los individuos y grupos, para seguir la vida que desean, de acuerdo con sus valores. Los recursos privados y la forma de aprovisionamiento de bienes públicos afectan estas capacidades (se transforman en deslibertades) y lo mismo sucede con los arreglos políticos y sociales que afectan negativamente la participación de los más pobres en las tomas de decisiones para poder así vivir con dignidad. En verdad, la vida de los ciudadanos del último decil tiene poco en común con la del primer decil.

El estudio de la OCDE va en el mismo sentido, aunque su punto de referencia es el contraste entre Chile y los países desarrollados. Ve a este país con una economía emergente resiliente frente a las crisis y choques macroeconómicos en la economía global y también como un referente para las reformas de otras economías en desarrollo. Sin embargo, constata los grandes desafíos que enfrenta el actual Gobierno para conciliar la agenda social con el crecimiento. Entre los países emergentes, Chile tiene una de las distribuciones más desiguales. Los coeficientes de Gini (basados en ingresos per cápita familiares donde la igualdad total es cero y la desigualdad total es 1) estuvieron entre los más altos del mundo entre las décadas de los 80 y 90 -entre 0,54 y 0,58- y han cambiado poco en los últimos años. Y afirma: Esta desigualdad ha contribuido a la persistente segmentación social, al lento crecimiento de la clase media y, posiblemente, a la lenta creación de empresas [6].

 

Gráfico:

Alta desigualdad
de ingresos (1998)

Proporción porcentual
del ingreso o consumo

 

 

Este gráfico compara 16 países, entre los cuales Chile muestra la segunda desigualdad más alta. El decil más pobre de la población se queda con poco más del 1% de los ingresos, mientras el decil más rico se reparte cerca del 50% de ellos.

 

 

Fuente:

Estudios Económicos de la OCDE 2003, Chile

 

 

El crecimiento económico es afectado negativamente por las desigualdades sociales

La OCDE sugiere que el mismo crecimiento económico puede ser afectado por la alta desigualdad reinante en nuestro país. Es una tesis adversa a la idea neoliberal del "chorreo" producido por el alto crecimiento que sería per se capaz de eliminar la pobreza. Es decir, que el crecimiento económico en sociedades muy inequitativas produce menos "chorreo", pues el crecimiento baja en algunos puntos en comparación con sociedades más igualitarias.

Por su parte, el Banco Mundial retoma el tema. En primer lugar, la desigualdad en sí no es bien vista por los países miembros. Enseguida, constata que, para un mismo nivel dado de ingreso medio, una mayor inequidad produce más pobreza. Quizás peor aun, esta mayor desigualdad implica además una menor respuesta a las políticas de reducción de la pobreza. Por último, señala: Además de reducir más lentamente la pobreza por cada punto de porcentaje de la tasa de crecimiento, una alta desigualdad del ingreso y de las oportunidades reduce la tasa de crecimiento de la economía… Hay también evidencia para afirmar que a mayor desigualdad hay más conflicto y violencia, lo que podría obstaculizar la capacidad de una economía para responder eficazmente a los choques macroeconómicos [7].

Otro aspecto novedoso de estos dos informes es que ambos incursionan en el análisis social de la pobreza y de las políticas sociales para combatirlas. Pero consideran además el análisis de variables políticas y culturales. Las raíces históricas de la desigualdad muy a menudo son olvidadas. Hay que entender el problema de la pobreza a partir de la brutal conquista de América por los europeos, más preocupados del oro que de crear instituciones justas para los indígenas. España no fue capaz de aprovechar productivamente la riqueza extraída por los indígenas, y más tarde por los africanos, explotados. En el siglo XIX, nuestras naciones obtuvieron su independencia política y se desarrollaron técnica y comercialmente, pero la enorme desigualdad persistió en los dos últimos siglos. The Economist tenía razón al hablar de una "maldición pertinaz".

El problema de injusticia es tan grande hoy, que sin una coalición de fuerzas sociales y políticas, de compromiso empresarial y gubernamental, no se podrá quebrar el círculo vicioso de desigualdad que nos aqueja desde hace siglos. Esa desigualdad, como vimos, genera segmentación social, debilita a las clases medias, afecta a la economía, sobre todo a las empresas pequeñas y medianas. Podría crear también más violencia y debilitar la gobernabilidad de nuestra sociedad. Es lo que analizaremos más abajo.


Debate muy oportuno si fuera más de largo plazo

El debate abierto por el ministro Eyzaguirre ha sido copioso en los medios de prensa y a través de Internet. Ha dado también lugar a editoriales en la prensa escrita, con la participación de políticos y economistas destacados, como Antonio Cortés Terzi, Cristián Larroulet, Alejandro Foxley y Carlos Ominami. Asimismo, han intervenido académicos internacionales, como son los profesores Engel y Edwards, y no pocos empresarios destacados como Juan Claro, presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC). Una ausencia notoria en el debate es la de las fuerzas laborales y gremiales. Su tarea parece reducirse a las denuncias de las injusticias y a la obtención de ventajas salariales y profesionales a corto plazo.
No pocos de esos artículos y columnas enfocan el problema sólo al corto plazo, ya casi en el fragor de la próxima campaña municipal. Otros repiten la tesis del crecimiento económico como único camino para reducir la pobreza y la desigualdad, lo que parece ser desmentido por estudios ya mencionados. Se recuerda la necesidad de mejorar la educación y la salud, y poco se habla del tema de mejorar las relaciones laborales –se insiste sobre todo en la flexibilidad del trabajo- o de llevar adelante iniciativas a favor de las PYMES y del trabajo informal. Pocos autores introducen al análisis las variables culturales e históricas [8]. Vencer las desigualdades es una tarea ingente y sólo puede operarse progresiva y mancomunadamente. Exige un nuevo ethos económico, social y político capaz de movilizar a los diversos actores sociales a la construcción de un Chile más igualitario.

 

Por una ética de consenso mínimo

En verdad, la responsabilidad social y el sentido del bien común, como talante que movilice a políticos, empresarios, trabajadores, organizaciones sociales y los medios de comunicación tan influyentes en la sociedad pluralista actual en profundo cambio cultural, son unas de las condiciones sine que non para lograr la gobernabilidad política y la confianza en una sociedad globalizada. Se requiere una "ética mínima" que sin embargo no es fácil de alcanzar ni de consensuar en la sociedad actual. Evidentemente, no basta con las leyes y las regulaciones para enfrentar los desafíos actuales; se requiere que dentro de la sociedad entera se dé un plus de buena voluntad, de confianza y de búsqueda del bien común. El libre mercado termina finalmente por no funcionar en países donde prima la desconfianza frente a una democracia inoperante para los más pobres y excluidos. Esto fomenta una cierta anomia a falta de líderes auténticos y reconocidos. La tarea es construir la solidaridad social que conduzca al bien común de toda la sociedad. Y en esa tarea una responsabilidad mayor es la del mundo empresarial cuya riqueza y poder político han aumentado considerablemente desde la vuelta de la democracia. Los gobiernos de centroizquierda que han gobernado en nuestro país y que han aceptado jugarse por un modelo de libre mercado pero corregido por políticas sociales, han logrado tener como interlocutores a líderes del mundo empresarial y económico.

¿Dónde están nuestros empresarios? Se comenta con razón que los empresarios han dado un salto adelante en las dos últimas décadas en que Chile ha adoptado la economía de libre mercado. No olvidemos que la transformación neoliberal, plasmada durante el gobierno militar, demoró casi dos décadas en tener efectos positivos sobre el crecimiento económico y requirió grandes sacrificios de nuestro pueblo afectado por desempleo, violaciones de derechos humanos y falta de libertad. Pero dio también lugar a una clase empresarial moderna capaz de adaptarse a la economía globalizada, sobre todo desde que la democracia retornó a Chile [9]. Sin embargo, debemos interrogarnos sobre su capacidad política y ética de enfrentar estos desafíos que nos plantea la desigualdad, que tienen que ver con el bien común del país. Sin duda, existen hoy dirigentes empresariales que no se limitan a tener éxito económico y sí están preocupados de llegar a acuerdos con los sindicatos y las autoridades políticas en búsqueda de una "agenda pro crecimiento I y II".

Pero hay también otros que aún están pegados a un fundamentalismo de mercado, según la expresión de Soros y Stiglitz, y a quienes, al parecer, no les produce problemas participar en algunos movimientos empresariales de responsabilidad social surgidos recientemente. En verdad, la sociedad no se agota en la economía. Sin duda hace falta vivir una ética algo más amplia, en cuyo horizonte está el bien común de la sociedad y no sólo profesar principios de ética aplicada, que pueden ser más fácilmente descartados en el momento de la toma de decisiones.

Sin duda que las posiciones generales de la enseñanza social de la Iglesia no son mínimas sino más bien máximas y en el mundo cada vez más secularizado y pluralista de hoy, es difícil que sean aceptadas universalmente. Existe en la sociedad moderna una ruptura, presente desde la Ilustración, que rechaza cualquier cosmovisión trascendente que no pueda comprobarse científicamente. Sin embargo, nunca la ética ha sido más estudiada y enseñada, al menos en las escuelas de negocios de Estados Unidos y aun de Europa. Surgen movimientos centrados en la solidaridad empresarial, los códigos de ética se multiplican y la ONU crea el programa empresarial UN Global Compact. Comienza también a estar presente en nuestro país donde se multiplican los seminarios sobre el tema. Pero se trata sobre todo de una ética aplicada a los diversos problemas de toma de decisiones dentro de la empresa que tienen, además, varios trasfondos teóricos, a veces contradictorios. Una ética mínima y consensuada parecería ser la única solución para lograr dejar atrás la maldición de la desigualdad y ello requiere el compromiso solidario de todos. Sin embargo, la ética no sólo se aprende, debe vivirse.-

 

Más de Gonzalo Arroyo S.J. en Internet:

Crónicas de la integración latinoamericana en Revista Mensaje, agosto de 2003

Las críticas al FMI ¿A dónde va la economía? en Revista Mensaje, noviembre de 2002

Seminario "Libertad y Crecimiento de la Economía" (2001) en Fundación Osde

 

Notas

(1) Banco Mundial: Desigualdad en América Latina y el Caribe: ¿Ruptura con la historia? y OECD, Estudios Económicos de la OCDE 2003, Chile; Paris, Nov. 2003, 242 pp.

(2) Ver el artículo The stubborn curse en la edición del 6 de noviembre de 2003.

(3) Sean los ingresos o los gastos de consumo, como también los indicadores de influencia y participación política y de acceso a la educación y la salud.

(4) OECD y UNESCO Institute for Statistics, Literacy skills for the world of tomorrow - Further results from Pisa 2000, París, 2003.

(5) Ricardo Ffrench-Davis, Entre el neoliberalismo y el crecimiento con equidad, J. C. Sáez, Santiago (3° edición, 2003), cap IX. Ver también Humberto Vega, "Distancias económicas e integración social", Mensaje N° 502, septiembre de 2001.

(6) OCDE, op. cit., p.31

(7) Banco Mundial, op. cit., p. 11.

(8) Antonio Cortés Terzi parece ser la excepción en sus escritos de Asuntos Públicos en internet y en el semanario Siete + 7.

(9) La pregunta por hacernos es cómo responderán los empresarios a los nuevos desafíos planteados por la inserción de nuestras exportaciones, con mayor valor agregado, en el mercado internacional y con un impacto positivo en la disminución del empleo y una mayor integración social del país. Para enfrentarlos deberán hacerlo en conjunto con el Estado, las fuerzas sociales y políticas. Ahí también es necesario una ética mínima que inspire al país.