Citar como: http://www.puertachile.cl/sociedad/2004_confesion_teol.htm

 

Confesando a Cristo en un mundo de violencia

Publicado originalmente en inglés por Sojourners, 20 de octubre de 2004

Traducción de Felipe Elgueta Frontier

 


Bush ante 20.000 soldados en el Fuerte Stewart, Georgia. La imagen fue extraída de la portada del
sitio web del Equipo Presidencial de Oración
(18 de septiembre de 2003).

Nuestro mundo está siendo devastado por la violencia y la guerra. Pero Jesús dijo: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). La gente inocente, en nuestro país y el extranjero, sufre la amenaza creciente de ataques terroristas. Pero Jesús dijo: “Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen” (Mateo 5:44). Estas palabras, que nunca han sido fáciles, parecen aún más difíciles hoy en día.

Sin embargo, llega un momento en que guardar silencio se torna en un acto de traición. ¿Cuántas iglesias han oído sermones sobre estos textos desde que se cometieron las atrocidades terroristas del 11 de septiembre? ¿Dónde está el necesario debate acerca de qué significa confesar a Cristo en un mundo de violencia? ¿Acaso el “realismo” cristiano significa resignarnos a una seguidilla interminable de “guerras preventivas” en el futuro? ¿Acaso significa pasar por alto la tortura y la masiva muerte de civiles? ¿Significa actuar guiados por el miedo y el resentimiento en lugar de la inteligencia y el autocontrol?

La tarea de la iglesia es confesar fielmente a Cristo, y más aún cuando su confesión ha sido manipulada por el militarismo y el nacionalismo.

- Una “teología de guerra” proveniente de los más altos círculos del gobierno estadounidense está filtrándose hacia nuestras iglesias.

- El lenguaje del “imperio justo” se emplea cada vez con más frecuencia.

- Los roles de Dios, la iglesia y la nación se confunden al hablar de una “misión”, un “nombramiento divino” para “eliminar el mal de este mundo”.

Los problemas de seguridad que enfrenta nuestra nación requieren soluciones que no son fáciles. Nadie tiene el monopolio de la verdad. Pero una política que rechaza la sabiduría de la discusión internacional no debería ser bautizada con un sentido religioso. El peligro hoy en día es la idolatría política exacerbada por la política del miedo.

En este tiempo de crisis, necesitamos una nueva confesión de Cristo.

1. Jesucristo, según dan testimonio las Sagradas Escrituras, no conoce fronteras nacionales. Aquellos que confiesan su nombre habitan en toda la tierra. Nuestra lealtad a Cristo tiene prioridad sobre nuestra identidad nacional. Siempre que el cristianismo se identifica con un imperio, el evangelio de Cristo se ve menoscabado.

Rechazamos la falsa enseñanza según la cual es posible, en algún momento, describir a algún estado-nación con las palabras “la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecieron contra ella”. Estas palabras, usadas en la Escritura, se aplican sólo a Cristo. Ningún líder político ni religioso tiene derecho a tergiversarlas para apoyar una guerra.

2. Cristo compromete a los cristianos a mirar la guerra con gran desconfianza. La cruel capacidad destructiva de la guerra moderna refuerza aún más esta obligación. Bajo la sombra de la cruz, los cristianos tienen la responsabilidad de determinar los costos, hablar en favor de las víctimas y explorar toda posible alternativa antes de que una nación vaya a la guerra. Estamos comprometidos con la cooperación internacional y no con políticas unilaterales.

Rechazamos la falsa enseñanza según la cual la guerra contra el terrorismo tiene prioridad por sobre normas éticas o legales. Hay cosas que nunca deben hacerse (tortura, el bombardeo deliberado de civiles, el uso indiscriminado de armas de destrucción masiva), sin importar las consecuencias.


Iraquíes en una manifestación anti-norteamericana frente a la prisión
de Abu Ghraib, donde soldados norteamericanos torturaron a sus prisioneros / Foto: AP

3. Cristo nos exige no ver sólo la paja en el ojo de nuestro adversario, sino también la viga que hay en el nuestro. La frontera entre el bien y el mal no pasa entre una y otra nación, ni entre uno y otro grupo, sino que pasa directamente a través de cada corazón humano.

Rechazamos la falsa enseñanza según la cual Estados Unidos es una “nación cristiana” que representa sólo virtud, mientras que sus adversarios son absolutamente malignos. Rechazamos la creencia de que Estados Unidos no tiene nada de qué arrepentirse, a la vez que rechazamos la idea de que esta nación representa la mayor parte del mal en el mundo. Todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23).

4. Cristo nos muestra que el corazón del evangelio es el amor a los enemigos. Mientras aún éramos enemigos, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8, 10). Debemos mostrar amor hacia nuestros enemigos así como creemos que Dios, en Cristo, nos ha mostrado su amor a nosotros y al mundo entero. El amor a los enemigos no significa capitular ante agendas hostiles o afanes de dominación. Significa rehusarnos a demonizar a cualquier ser humano creado a imagen de Dios.

Rechazamos la falsa enseñanza según la cual es posible considerar a algún ser humano como excluido de la protección de la ley. Rechazamos la demonización de quienes son considerados nuestros enemigos, la que sólo le allana el camino a los abusos, y rechazamos el maltrato de prisioneros, sin importar cuáles sean los supuestos beneficios para sus captores.

5. Cristo nos enseña que la humildad es la virtud que le corresponde a los pecadores que han sido perdonados. Modera todo desacuerdo político y permite admitir que nuestras propias percepciones políticas, en un mundo complejo, pueden estar equivocadas.

Rechazamos la falsa enseñanza según la cual aquellos que no apoyan políticamente a los Estados Unidos están en su contra, o que aquellos que cuestionan los fundamentos de las políticas norteamericanas deben ser contados entre los “malvados”. Distinciones tan crudas, especialmente cuando son usadas por cristianos, son expresiones de la herejía maniqueísta, según la cual el mundo está dividido en fuerzas de bien absoluto y mal absoluto.

O el Señor Jesús es la autoridad para los cristianos o simplemente no lo es. Su señorío no puede ser reemplazado por ningún poder terrenal. Sus palabras no pueden ser distorsionadas para propósitos propagandísticos. Ningún estado-nación puede usurpar el lugar de Dios.

Creemos que el reconocimiento de estas verdades es indispensable para los seguidores de Cristo. Les instamos a recordar estos principios al tomar sus decisiones como ciudadanos. La pacificación es central para nuestra vocación en un mundo atribulado donde Cristo es el Señor.-

 

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Nota de prensa: Evangélicos condenan a Bush por su teología de guerra

 

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