Una religión particular por Juan Manuel Vial S. Publicado originalmente en El Mercurio, 13 de enero de 2002
No existe otro sitio religioso en India que haya soportado desacralizaciones tan metódicas, periódicas y violentas como las sufridas por el templo de los sikhs en Amritsar. Erigido a fines del siglo XVI - la religión sikh fue establecida como tal en 1499 por el gurú Nanak- , su suerte siempre dependió de la que por medio de las armas pudieron zanjar sus devotos celadores. Ejércitos de invasores persas, afganos y mogoles, tras cada conquista del Punjab, envilecieron sus campañas al dejar huella innoble sobre la santidad del lugar que hoy conocemos como Templo Dorado. En 1757, durante la cuarta invasión afgana, el edificio fue hecho volar por los aires y la piscina sagrada (Amrit-sar, piscina de néctar) fue repletada con las entrañas de vacas degolladas. Según Khushwant Singh, autor vigente de una obra primordial publicada por primera vez en 1963 (A History of the Sikhs, II vol., Oxford University Press, 1999), "aunque los hicieron limpiar el Harimandir (Templo Dorado), y contraatacaron matando cerdos en las mezquitas, los sikhs no masacraron a ningún prisionero, como sí habían hecho los afganos". Durante la sexta invasión afgana, conocida también como el Gran Holocausto, el templo fue nuevamente derribado a polvorazos. Al estanque fueron a parar cientos de cadáveres vacunos. Dos años más tarde los afganos repetirían con exactitud la ya ritualizada afrenta. En 1765 el templo fue reconstruido "bajo gran presupuesto". En 1803 el recién entronizado Maharajá del Punjab, Ranjit Singh ("su entronización fue indudablemente popular con las masas, quienes no habían tenido ni un gobernador ni un gobierno propios por muchos siglos"), tras entrar a la ciudad como héroe y bañarse en las aguas sagradas del estanque, estableció un fondo para que el templo fuese reconstruido en mármol y su techo cubierto con capas de oro. En 1921, cuando India ya pateaba con seriedad por conseguir su independencia del imperio británico, el comisionado inglés de Amritsar confiscó las llaves del altar y del tesoro, con la malévola intención de ponerlas al cuidado de alguien a quien él mismo nominaría. "La captura de las llaves del altar suscitó considerable excitación en India", explica Khushwant Singh. "El gobierno se dio cuenta que el comisionado de Amritsar había removido un nido de avispones y las llaves fueron devueltas al comité de Kharak Singh. Mahatma Gandhi describió el hecho como 'la primera batalla decisiva ganada"'. Pero la Independencia obtenida en 1947 - los sikhs fueron los que más sufrieron con la irracional y apresurada partición del Punjab en favor del recién creado Pakistán- no aseguró la tranquilidad en el recinto sagrado. A principios de los ochenta el Templo Dorado comenzó a ser ocupado por fundamentalistas sikhs, quienes bajo las órdenes del profetoide Bhindrawale, y desde la tantas veces quebrantada inviolabilidad del templo, planearon y llevaron a cabo escaramuzas terroristas con el doble objetivo de expulsar a los no sikhs del Punjab y crear una patria propia. Uno de los más interesantes capítulos de "India. Una civilización herida", del Nobel V.S. Naipaul, relata los pormenores "intramuros" de la actividad terrorista en el templo y la consiguiente respuesta del Estado indio. En junio de 1984 los tanques del ejército de India irrumpieron con innecesaria ferocidad sobre el Templo Dorado. Fueron secundados por escuadrones de comandos y francotiradores. El objetivo de eliminar a los terroristas se obtuvo a costa de la vida de miles de peregrinos inocentes. El daño material fue incalculable; antiguas copias del Granth Sahib, el libro sagrado de los sikhs, fueron quemadas en hogueras premeditadas. Indira Gandhi, quien en ejercicio de sus facultades como Primera Ministro dio la orden de proceder, pagó con su vida cuatro meses más tarde: sus guardaespaldas sikhs la acribillaron con dieciocho balazos. Al hecho le siguieron matanzas de sikhs a lo largo de todo India.
Hospitalidad en Harimandir Años antes de pisar el Punjab ya había logrado construir una semblanza de los sikhs. Kipling, quien según el gran escritor hindú Nirad Chaudhuri fue el único inglés que entendió a los indios, admiraba a esta raza de guerreros, leales como amigos y como enemigos. En la excelente novela "El paciente inglés" de Michael Ondatjee, a Kip, el zapador sikh, se le atribuyen las virtudes del honor y la valentía. Los libros de historia siempre resaltaron las cualidades guerreras del sikh, y entre las decenas de taxistas o comerciantes sikhs que traté en Nueva York jamás pude comprobar actitudes distintas a la honradez, la apostura o la generosidad. En las películas hindúes producidas en Bollywood (Bombay), el sikh es siempre presentado como un hombre sensible de fácil trato. Estando ya en India compré y cargué por tres meses a mis espaldas- todas las obras del escritor sikh Khushwant Singh que pude conseguir. "Train to Pakistan", impecable y potente novela aclamada como la mejor sobre la partición de India, ha de ser a la vez una de las más logradas en idioma inglés durante la década de los cincuenta. Siempre que pude leí la columna sabatina de Singh en el Hindustan Times. Y fui bienintencionado al condonar, bajo el rótulo imaginario de "entendible senilidad", el hecho de que concluyera cada una de ellas con chistes que le enviaban sus lectores. (Hace pocos días recibí un e-mail del escritor norteamericano Jeffery Paine, autor de "Father India". Me cuenta que en 1966 conoció a Khushwant Singh en India: "¡Vaya una vigorizante personalidad iconoclasta! Relató cuando visitó a una mujer santa que le impuso las manos para curarlo de todos sus males. Luego de un rato ejerciendo su don, ella le preguntó si sentía algo. 'Sí, definitivamente', acotó Singh, 'sus manos sobre mi cabeza' ". Poner pie en Amritsar luego de tres meses en la India hindú y 24 horas en tren desde Varanasi fue una conmoción de novedades. De mi diario de viaje, 7 de febrero de 2001: "Recién llegados a Amritsar, la mayor ciudad del Punjab. Viajo con Amado, el maestro yoga mejicano. Nos hemos instalado en uno de los niwas (albergues) del Templo Dorado. La hospitalidad a los peregrinos es norma del credo sikh. Los fieles no se afeitan la barba ni se cortan la melena, la que permanece oculta bajo un turbante. Para facilitar los movimientos de la vida diaria, muchos de ellos se enrollan las barbas con una malla. No los que trabajan en el templo. Estos a la vez portan armas ceremoniales. Llenamos un formulario y fuimos recibidos por un sikh enhiesto e inmutable como cariátide, quien espada al cinto y lanza en la mano derecha nos condujo hasta un patio con baños públicos al centro. En un rincón hay tres piezas destinadas a visitantes occidentales. En la nuestra, más limpia que el común de los hoteles y pensiones, hay colchones dispuestos en el suelo y luz eléctrica. Las reglas para no quebrantar la santidad del templo son mínimas: no-se-pemite-beber-ni-fumar-ni-consumir-drogas. Podemos permanecer hasta un máximo de tres noches. El libro guía, que se ha probado incompetente en tantas ocasiones, recomienda no olvidar una donación voluntaria al abandonar el templo, pero los sikhs que deambulan alrededor parecen demasiado majestuosos para necesitarla. Salimos a caminar por la ciudad vieja y llama la atención un silencio no común en India. Hay cierto orden en el tráfico de vehículos y en la señalización callejera. Mi primer Sat Sri Akal, el saludo ceremonial sikh, fue agradecido y respondido con sonrisas por un guardia del templo. En la tarde fuimos al Jallianwala Bagh, el funesto parque de la matanza del 13 de abril de 1919, día en que el infame general Dyer vaya nombre- ordenó abrir fuego contra veinte mil indios que pacíficamente protestaban contra la canallesca Rowlatt Act, llamada "de emergencia" por los ingleses. Dyer, enviado por el a su vez miserable gobernador del Punjab Sir Michael O'Dwyer, ordenó a la multitud dispersarse, muy consciente de que ello no era posible, pues sus tropas ocupaban la única salida al parque. Aún se ven marcas de bala en la pared-paredón que los menos lograron traspasar. También se conserva el pozo en el que los desesperados se lanzaban para evitar las balas. 120 veinte cadáveres - niños y hombres- fueron recuperados de su cavidad. En total, más de 500 muertos y 1.500 heridos. En la Galería de los Mártires, a un costado del parque, hay retratos y memorabilia de los implicados. A O'Dwyer se lo califica como 'un reaccionario que odiaba a los indios educados'. Como respuesta a la matanza, Gandhi anunció su programa de desobediencia civil, mientras que en Inglaterra Dyer y O'Dwyer fueron eximidos de culpa. A este último, en 1940, lo asesinó un sikh que al momento de la masacre ofrecía agua a los manifestantes para asegurar su bienestar". 9 de febrero: "Amritsar (1 millón de habitantes) es una ciudad seria. No hay vacas ni manadas de chanchos jabalizados por las calles. La atmósfera es de poder sikh: la seriedad del guerrero que no puede - ni desea- olvidar por breves instantes la espada en el paragüero, para así poder detenerse a mirar el mundo desde una cierta distancia. El sikh es militante. Y no sólo en aspecto. En la fila para comprar los pasajes de regreso a Nueva Delhi se nos acercó hablando castellano Mahendar Singh (ingeniero mecánico residente en Chicago). Su acento era severo, pues su mujer era española. Había estado en México dos veces. Lo interrumpió otro Singh - 'León', el apellido común de todos los sikhs, obtenido de Gobind Singh, el último de los gurús- de nuestra edad (diseñador computacional), quien sin ningún preámbulo inquirió acerca de nuestras profesiones. Al oír de boca de Amado 'profesor de yoga', no titubeó en sentenciar que el yoga le parecía una actividad para ancianos o para los de mente débil. Definitivamente inútil para él, pues él tenía una mente fuerte y como entrenamiento físico prefería el hockey. Luego preguntó si éramos hippies 'or what?', con ese aspecto desaliñado, 'sin peinarse', dueños de 'cuerpos flacos'. Amado respondió que tres meses de vagar por India 'se llevan en el aspecto'. Fue la mejor respuesta para ese momento. "Oscureció y decidimos visitar por primera vez el templo. Al recinto sagrado hay que presentarse sin zapatos y con la cabeza cubierta. El estilo del Harimandir es una mezcla de pocos elementos hindúes y mayoría de inspiración islámica. Sus paredes exteriores, recubiertas a partir de cuatro metros del suelo con capas doradas, están talladas con los más intrincados patrones característicos del arte musulmán. La cúpula central, para la que se utilizaron más de 100 kilos de oro, representa una flor de loto invertida, que mira a tierra, simbolizando la preocupación del sikh por los asuntos de este mundo. El suelo que rodea al estanque es de mármol. Hay una alfombra que ayuda a no entumecerse los pies. Al santuario de dos pisos se accede por una pasarela fortificada conocida como el puente del gurú. Una vez adentro, los objetos sagrados, los frescos y las pequeñas cámaras por las que se asciende a un segundo piso, recrean una lujosa visión de Oriente. Un gurú lee del Granth Sahib y sus palabras en punjabí son distribuidas a la concurrencia por altoparlante. Hay un ambiente de devoción contagiosa. La belleza del lugar sólo contribuye a espiritualizar más el ya cargado santo altar sikh".
Historia de una religión Según Khushwant Singh, la historia de los sikhs no es otra que la del "nacimiento, realización y colapso del nacionalismo punjabí". En 1499, el primero y más relevante de los diez gurús sikhs, Nanak, asentó un movimiento religioso que enfatizaba los puntos comunes entre el Hinduísmo y el Islam, con la notoria incorporación de elementos sufis. Nanak predicó la unidad de los dos credos del Punjab bajo una concepción monoteísta. A principios del siglo XVII el movimiento se reafirmó en la formación de una comunidad religiosa consistente en los discípulos, o sikhas, de Nanak y de los siguientes nueve maestros o gurús. El misticismo inherente al nuevo credo fue compilado en 1604 en un corpus sagrado, Adi Granth o Granth Sahib. Lo componen los escritos de los gurús - varios de ellos dados a la poesía- , más ciertos aportes ético-religiosos extraídos de la obra de santones hindúes y musulmanes. Los siguientes cien años atestiguaron el crecimiento de una fuerza política paralela a la religiosa, la que llegó a su cúlmine con el llamado a las armas hecho por el último y décimo gurú, Gobind Singh. Pocos años después de su muerte los pastores armados hicieron el primer intento por liberar al Punjab del yugo mogol. Bajo el liderazgo de Banda Singh mantuvieron en vilo por siete años a los ejércitos imperiales, hasta que el caudillo y sus seguidores fueron bárbaramente ejecutados. El mensaje había prevalecido a la carne y la causa siguió captando devotos. Vinieron luego las invasiones afganas al Punjab, hordas inmisericordes guiadas por Ahmed Shah Abdali. El sentimiento nacionalista tomó cohesión y los pastores armados expulsaron a los invasores. La liberación de Lahore (capital del Punjab hasta 1947, hoy en día en Pakistán a 34 kilómetros de Amritsar), y la creación del primer reino independiente del Punjab en 1799 - justo cien años después del llamado de Gobind Singh a las armas- bajo el comando de Ranjit Singh, fueron el clímax del sikhismo. "Estos logros pertenecieron a todos los punjabíes por igual, hindúes, musulmanes y sikhs. En el desfile victorioso de Kabul en 1839 (pocos meses después de la muerte de Ranjit Singh), el hombre que lució los colores sikhs fue el coronel Bassawan, un musulmán punjabí. Y el hombre que portó la bandera sikh a través de los Himalayas, un año más tarde, fue el general Zorawar Singh, un hindú". Khushant Singh advierte que el énfasis del segundo volumen de su historia es la lucha sikh para sobrevivir como comunidad separada. La era se inició en 1839 "con la resistencia al expansionismo británico; fue continuada como resistencia contra la dominación musulmana; y luego de la Independencia, tornó en resistencia contra la absorción por parte de hinduísmo renaciente". Las guerras con los ingleses (1848-9), pusieron fin al reino sikh. El imperio británico se consolidó en el Punjab. Como consecuencia, la incorporación de los prestigiosos batallones de soldados sikhs a la maquinaria guerrera inglesa. La lealtad sikh al imperio británico durante el motín de los sepoys, 1859, y posteriormente en ambas guerras mundiales, les significó considerables privilegios, mismos que perderían con la creación de una India independiente. "Fue después de la Independencia y partición del Punjab que la calidad del liderazgo sikh se vulgarizó y entró en franca decadencia", anota Singh. La división del Punjab requirió del movimiento forzoso de millones de personas en muy corto tiempo (musulmanes hacia Pakistán, sikhs e hindúes hacia India). Más de un millón de personas murió en las matanzas posteriores a la partición. Los sikhs fueron los que más sufrieron. En 1966, tras años de agitaciones populares, India delimitó y denominó Punjab a un Estado en el que el idioma reconocido era el punjabí. Siguieron años de prosperidad para los sikhs con la implementación de la Revolución Verde, que convirtió al Punjab en el granero de India. Se intensificaron las migraciones de sikhs hacia Occidente, especialmente a Canadá, Estados Unidos e Inglaterra donde construyeron comunidades fuertes y económicamente exitosas. La veneración sostenida a un credo ético-nacionalista los hace retornar siempre al Punjab. En "Train to Pakistan", el europeizado sikh Iqbal regresa al Punjab a predicar el marxismo. Afeitado y con el pelo corto, se jacta de su "educación" inglesa ante humildes campesinos de un pueblo punjabí. Reniega de los símbolos. Su figura está impecablemente presentada para antagonizar al espíritu tradicional sikh, expresado éste en personajes corajudos e iletrados. En una de sus más sagaces peroratas, Iqbal sostiene que "La moralidad es un asunto de dinero. La gente pobre no puede permitirse el tener moral. Por lo tanto, tienen religión". Como se comprobará más adelante en la trama, las frases hechas no mellan la asentada integridad de los bravos y devotos guerreros sikhs.-
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