Citar como: http://www.puertachile.cl/religiones/2006_judas.htm

 


Fragmento del manuscrito del Evangelio de Judas.
Foto: National Geographic

Juicio a Judas: ¿Ángel o demonio?

Católicos opinan sobre el evangelio de Judas

por Francisco Bañados Placencia, diario El Sur

Publicado originalmente en Diario El Sur, 16 de abril de 2006

 

En plena Semana Santa, la figura y motivaciones del “apóstol maldito” volvieron a la palestra, después que la National Geographic diera a conocer, con bombos y platillos, el supuesto “Evangelio perdido de Judas”. Un pergamino del siglo IV perteneciente a una secta gnóstica, que no generará ningún efecto en la doctrina católica, pero que ya está dando jugosos dividendos comerciales.

 

"El alma que está sufriendo la mayor pena allá arriba es la de Judas Iscariote, que tiene la cabeza dentro de la boca de Lucifer y agita fuera de ella las piernas”. Esa breve pero contundente mención en la Divina Comedia de Dante pareció ilustrar mejor que nada la visión que, durante siglos, mantuvo la cristiandad sobre el peor de los pecadores. El apóstol que traicionó a su Maestro -el mismísimo hijo de Dios- por treinta monedas de plata.

 

En plena Semana Santa, su figura y motivaciones volvieron a ser puestos en el centro de la discusión, después que el canal de la National Geographic diera a conocer, con bombos y platillos, el supuesto “Evangelio perdido de Judas”. Un pergamino que, según los avisos publicitarios, cambiaría para siempre la percepción sobre el traidor y “podría remover los cimientos más profundos de la fe”.

Enmarcado en el boom del libro y la película “El Código Da Vinci” (que trata de un supuesto enigma secreto en torno a la figura de Cristo), hay quienes ya hablan incluso de una conspiración contra la Iglesia Católica. Otros, más pragmáticos, ven detrás de esta serie de “revelaciones” un claro intento publicitario de sacar dividendos con un descubrimiento menor, inflado con fines sensacionalistas. En ese sentido, el estreno mundial del programa, en plena Semana Santa, no sería más que una estrategia comercial similar a la que utilizó Mel Gibson cuando estrenó su película “La Pasión de Cristo”. Con la diferencia de que, en ese caso, el actor y director presentó una visión canónica.

El documental de la National Geographic mostró los pormenores del hallazgo, restauración y traducción de un papiro de 26 páginas encontrado en 1978 por un campesino egipcio, en una caverna ubicada a poca distancia del río Nilo. El pergamino deambuló desde entonces por los círculos de anticuarios, pero su contenido y edad continuaron siendo un misterio… hasta que una fundación suiza se decidió a adquirirlo y a desentrañar los secretos que escondía.

 

Guardián del secreto

Del texto de este evangelio apócrifo se desprende que Judas no habría sido un traidor, sino el más leal colaborador de Jesús. El único de entre todos los discípulos en ser capaz de realizar el mayor sacrificio: entregar a su maestro para que éste pudiera cumplir con su destino.

El pergamino muestra a un Cristo que se ríe de sus discípulos cuando estos deciden ofrecer una cena en su honor, en vísperas de Pascua. Les enrostra no comprender sus enseñanzas y darle crédito a una religión antigua. Sus seguidores se molestan y Jesús los increpa, pidiendo que el que tenga “verdadera fuerza” deje que su ser interior se levante ante él.

Sólo el Iscariote lo hace, dándole a entender, “con humildad”, que es el único que intuye su identidad y enseñanza. Entonces el maestro lo abraza y le cuenta, en secreto, “todos los misterios del Reino de Dios”, mostrándole “maravillas para las que no existen palabras”. Pero, al mismo tiempo le advierte: “Tú serás el apóstol maldito para todos los demás”.

A diferencia de lo que dicen los evangelios canónicos, esta versión muestra a un Judas que no traiciona, sino que, en palabras de Craig Evans, profesor de Nuevo Testamento de Acadia Divinity College, Canadá, “sólo cumple con la misión que se le pide”. Así, Jesús dice a Judas en el libro: “Tú superarás a todos ellos. Tú sacrificarás al hombre que me recubre”.

 

El desafío de Ireneo

La prueba del carbono 14 determinó que la copia data de alrededor del año 300 DC. En base de ese antecedente, al lugar donde fue encontrado el papiro y sobre todo a la forma y estilo con que está escrito, los investigadores llegaron a la convicción de que se trata de un texto de origen gnóstico, una secta que unía elementos cristianos con el pensamiento y la filosofía griega. Más aún, se estaría en presencia del mismo evangelio apócrifo al que aludía el obispo Ireneo de Lyon en su libro “Contra la herejía”, hacia el 180 DC.

El mismo Ireneo, preocupado por la aparición de nuevas versiones de la vida y muerte de Cristo, muchas veces armadas en base a la imaginación y a la asimilación de otros cultos, participó en el proceso de selección de los evangelios oficiales o “canónicos”. Así, quedaron en esta categoría los cuatro más antiguos, conocidos y aceptados: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, escritos entre 60 y 90 años después del nacimiento de Jesús. Se entiende que en su redacción participaron, de manera directa o indirecta, testigos de la vida de Cristo y, por tanto, tenían mayor asidero histórico. Además, son totalmente coherentes con las cartas de Pablo, escritas cuando el cristianismo aún se abría paso en forma oral.


Padre Samuel Fernández.
Foto: BBC Mundo

 

 

En la categoría de apócrifos, quedaron aquellos evangelios de décadas y siglos posteriores, que mezclaban los datos conocidos con las especulaciones, interpretaciones y fantasías de cada autor.

En palabras de Samuel Fernández, decano de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, algunos de estos escritos surgieron para satisfacer la curiosidad de los fieles, y “son leyendas fantasiosas acerca de la vida de Jesús”. Otros, en cambio, “nacieron del deseo de propagar opiniones acerca de Cristo, sostenidas por algún grupo o secta que, para darle autoridad, los firmaba con el nombre de un personaje antiguo”, precisa. Ese sería por cierto, el caso del Evangelio de Judas, cuya primera y única referencia se encuentra en el libro de Ireneo.

A juicio del director del Centro Teológico de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, el teólogo Juan Carlos Inostroza, el hecho de que hasta ahora se haya encontrado una sola copia de este evangelio, da cuenta que en su tiempo éste no fue un texto demasiado popular o aceptado, ni siquiera dentro de los grupos gnósticos.

“Del Nuevo Testamento hay cerca de 5 mil copias en papiro, lo que habla de una difusión masiva. Dentro del gnosticismo también encontramos un número importante de textos que parecen haber tenido mayor publicidad, como el evangelio de Tomás y de Felipe. Esto muestra que, probablemente, el evangelio de Judas ni siquiera fue demasiado relevante para el movimiento gnóstico”, explica.

 

¿Quién fue Judas?

Los Evangelios se detienen sólo en contadas ocasiones al duodécimo apóstol, y en forma muy somera. Los elementos comunes en los textos canónicos, se refieren al diálogo en la Última Cena -donde Jesús advierte que uno de los doce lo traicionará y señala que “más le valdría no haber nacido”- y al posterior encuentro en el “huerto de los olivos”, donde Judas, con un beso en la mejilla, entregó a su maestro a los hombres del sanedrín.

También se menciona el episodio de las treinta monedas con las que los sacerdotes pagaron por su traición; del momento en que arrojó las monedas, y de su posterior suicidio, causado por el remordimiento. Pero no todos los evangelios canónicos citan estos pasajes. Algunos lo omiten e, incluso, en los Hechos de los Apóstoles, se plantea que Judas se mató lanzándose al vacío, y que “se partió en dos al caer de cabeza y que sus entrañas se derramaron”.

En efecto, algunos investigadores detectan que la forma en que los Evangelios se refieren a Judas, van tornándose menos neutrales con él. El último en escribirse, el de Juan, presenta a Judas de una manera notoriamente más dura que los primeros.

Si las versiones de la muerte no son coincidentes, menos lo son las especulaciones de quién fue realmente. Algunos expertos concluyen que el apodo “Iscariote” en realidad querría decir “zelote”, nombre con el que se identificaban los guerrilleros que luchaban por liberar a Israel del yugo romano, en tiempos de Jesús.


Antonio Bentué.
Foto: Universidad Católica

El profesor de Teología de la Pontificia Universidad Católica, Antonio Bentué, sostiene que es factible pensar que Judas pudo ser un buen hombre, que se decepcionó de Jesús cuando se dio cuenta que su “mesianismo” no tenía mucho que ver con sus expectativas político-teocráticas. En ese momento, explica el catedrático, Judas pudo sentir que la lucha contra Roma era más importante, y que debía evitar que Jesús siguiera obstaculizando la verdadera causa judía. “Lo entregó sintiéndolo mucho, puesto que en realidad lo quería, y probablemente sin prever que, como resultado de su acción, sería condenado a muerte”, razona.

Pero más importante que esta especulación, para Bentué resulta el tema de la “demonización” de Judas. A su juicio, ésta constituye una interpretación teológica sesgada por parte de la tradición “antijudía”, que penó trágicamente en la imputación de “deicidio” del pueblo judío durante toda la Edad Media e, incluso, después. De ahí a que la visión de un Judas, mezquino, traidor e interesado por el dinero, pasara a convertirse en el arquetipo del judío en el medioevo e incluso, en pleno siglo XX.

El teólogo advierte que, en todo caso, el hecho de no demonizar a Judas no tiene nada que ver con darle la categoría de discípulo privilegiado y portador del “conocimiento secreto”, como plantea el evangelio gnóstico de la National Geographic.

 

Principios de la secta: El “cáncer” gnóstico

El director del Centro Teológico de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, Juan Carlos Inostroza, explica que la gnosis introdujo al cristianismo elementos del dualismo griego que rompían su identidad, reinterpretando las enseñanzas de Cristo y desatendiendo la verdad histórica. Asociaba directamente la materia al mal, y el espíritu al bien. Jesús aparece entonces como un “revelador”, que despierta la célula de deidad que los gnósticos llevan dentro. Dentro de esta concepción, la resurrección no tiene sentido. Es la muerte la que importa, porque implica la liberación del lastre de lo material.

Monseñor Antonio Moreno, arzobispo de Concepción, agrega que esta corriente operó como una especie de “cáncer” que se alimentaba de todo lo que encontraba a su paso. Un par de siglos antes de llegar al cristianismo, ya había afectado al judaísmo.

Este movimiento identificaba al Dios del antiguo testamento con un “dios malo”: el demiurgo, creador de la materia. El “dios bueno era la fuerza vital, el elemento espiritual. El gnóstico trata de despertar esa chispa de divinidad, pero no todos son capaces de ello, pues están excluidos los “hílicos”, aquellos hombres unidos a la materia, y que no están hechos para reencontrarse con la sabiduría y la salvación del espíritu.

Al respecto, monseñor Moreno explica: “Esa es una diferencia abismal entre la gnosis y el cristianismo: mientras los gnósticos promueven el secreto y la salvación de unos pocos en un mundo que no tiene salvación, el cristianismo se preocupa de todos los hombres, incluso los pobres e ignorantes que podríamos asociar con los “hílicos”. Basta ver a quién eligió Jesús como discípulos: a un grupo de “hílicos” totales, simples pescadores que fueron testigos de los hechos que realizó y de sus enseñanzas, y que fueron capaces de dar testimonio de eso a la humanidad”.-

 

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