El "Código da Vinci":
por Massimo Introvigne, Director del CESNUR (Center for Studies on New Religions) Extracto de la traducción de Santiago Cañamares Arribas Traducción completa disponible en CESNUR (formato PDF)
Sólo la extendida ignorancia religiosa explica que alguien pueda tomar en serio un cúmulo de afirmaciones tan ridículas. Fantasías, buenas para vender novelas más o menos apasionadas, pero que desde el punto de vista estrictamente histórico deben ser consideradas auténtica basura.
1. El Código da Vinci y
el priorato de Sión
1. El "Código da Vinci" y el priorato de Sión El "Código da Vinci" pone en escena un golpe al Santo Grial. Este último -según la novela- no es, como la tradición siempre ha creído, una copa en que fue recogida la Sangre de Cristo, sino una persona, María Magdalena, la verdadera “copa” que ha tenido en sí la sang réal -en francés antiguo, la “sangre real” del Santo Grial- esto es, los hijos que Jesucristo le había dado. La tumba perdida de la Magdalena es por tanto el verdadero Santo Grial. Nos enteramos además de que Jesucristo había confiado la Iglesia, que debería haber proclamado la prioridad del principio femenino, no a san Pedro sino a su mujer María Magdalena, y que nunca había pretendido ser Dios. Habría sido el Emperador Constantino (280-337) el que reinventara un nuevo cristianismo suprimiendo el elemento femenino, proclamando que Jesucristo era Dios y haciendo ratificar sus ideas patriarcales, autoritarias y anti-feministas en el Concilio de Nicea (325). El plan presupone que sea suprimida la verdad sobre Jesucristo y sobre su matrimonio y que su descendencia sea suprimida físicamente. El primer objetivo está conseguido eligiendo cuatro evangelios “inocuos” entre las decenas que existen, y proclamando “heréticos” los demás evangelios “gnósticos” algunos de los cuales habrían puesto sobre la pista del matrimonio entre Jesús y la Magdalena. Respecto al segundo, para desgracia de Constantino y de la Iglesia católica, los descendientes físicos de Jesús escapan a su exterminio y siglos después consiguen incluso apoderarse del trono de Francia con el nombre de merovingios. La Iglesia consigue hacer asesinar un buen número de merovingios a través de los carolingios, que los sustituyen, pero nace una organización misteriosa, el Priorato de Sión, para proteger la descendencia de Jesús y su secreto. Al Priorato se unen los templarios -perseguidos por esto- y más tarde también la masonería. Algunos de entre los más eruditos y artistas de la historia han sido Grandes Maestros del Priorato de Sión, y algunos -entre ellos Leonardo Da Vinci (1452-1519)- han dejado indicios de este secreto en su obra. La Iglesia Católica en este tiempo, completa la liquidación del primado del principio femenino con una caza de brujas, en la que mueren quince millones de mujeres. Pero todo es falso: el Priorato de Sión sobrevive, así como los descendientes de Jesús en familias que llevan los apellidos Pantard y Saint Clair.
2. ¿Ficción o historia?
Muchos objetan a cualquier crítica de la novela en cuestión que se trata de una ficción y que, como tal, no debe respetar la verdad histórica. Estos críticos, simplemente, han olvidado leer la página de Información histórica, donde Brown afirma que “todas las descripciones […] de documentos y rituales secretos contenidos en esta novela respetan la realidad” y se fundamentan en particular sobre el hecho que “en 1975 ante la Biblioteca Nacional de París han sido descubiertos algunos pergaminos, conocidos como “Les Dossier Secrets” con la historia del Priorato de Sión. Tal vez, en respuesta a las múltiples controversias, a partir de la sexta reimpresión, la página de Información histórica, página 9 de la edición italiana Mondadori, ha desaparecido, sustituida por una página 9 completamente blanca: pero naturalmente permanece en la edición inglesa (y en la primera edición italiana, para quienes hayan adquirido el volumen en la primera semana de difusión). La parte que el autor también presenta como imaginaria contiene la hipótesis de que el Priorato se apresura hoy a revelar el secreto al mundo a través de su último Gran Maestro, un vigilante del Museo de Louvre que se llama Jacques Saunière. Para impedir que esto suceda, Suanière y sus principales colaboradores son asesinados. Un estudioso americano de la simbología, Robert Langdon, es el sospechoso de tales crímenes, pero una criptóloga que trabaja para la policía de París -Sophia Neveu, una nieta de Saunière- cree en su inocencia y le ayuda a huir. El lector queda inducido a creer que el responsable de los homicidios es el Opus Dei, pero las cosas son más complicadas. A cuenta de este instituto se repiten las más crudas “leyendas negras”, cientos de veces desmentidas, pero difíciles de morir, deducidas de la literatura internacional que lo critica, explícitamente citada. En la novela, un nuevo Papa progresista ha decidido rescindir los vínculos entre la Iglesia y el Opus Dei que surgen con el Papa Juan Pablo II, y el Prelado del Opus Dei acepta la propuesta que le viene de un misterioso “Maestro”: pagando a este personaje una suma inmensa podrá extorsionar a la Santa Sede apoderándose de las pruebas del secreto del Priorato de Sión -esto es, de la verdad de Jesucristo- y amenazando con revelarlo al mundo. Un ex-criminal, ahora numerario del Opus Dei es “prestado” al Maestro y precisamente éste último lo induce a cometer una serie de crímenes. En realidad, el “Maestro” trabaja para sí mismo: es un riquísimo estudioso inglés, anticatólico, que quiere revelar el secreto al mundo y acusa al Priorato de callar por temor a la Iglesia. Entre muertos, enigmas y persecuciones, Robert Langdon y Sophia -entre los cuales surge inevitablemente una historia de amor- acaban por descubrir la verdad: la tumba de la Magdalena está escondida bajo la pirámide del Louvre, que se construyó por deseo del presidente francés -esoterista y masón- François Mitterrand (1916-1996), pero la sang rèal discurre por las venas de la propia Sophia, que es, por tanto, la última descendiente de Jesucristo.
3. Errores y mistificaciones Sólo la extendida ignorancia religiosa explica que alguien pueda tomar en serio un cúmulo de afirmaciones tan ridículas. Existen textos del primer siglo cristiano en los que Jesucristo es claramente reconocido como Dios. En la época del Canon Muratoriano -que data aproximadamente del 190 DC- el reconocimiento de cuatro evangelios como canónicos y la exclusión de textos gnósticos era un proceso que se encontraba ya sustancialmente completo, noventa años antes de que Constantino naciese. En cuanto a la Magdalena, el Evangelio gnóstico de Tomás, que gusta tanto a Brown, bien lejos de ser un texto proto-feminista, funda la grandeza de esa mujer en el hecho de que “[…] se hace varón”. A Simón Pedro, que objeta “María debe marcharse de nosotros, porque las mujeres no son dignas de la Vida!”, Jesús responde: “He aquí que yo la guiaré de modo que haga de ella un varón, para que ella llegue a ser un espíritu vivo igual a vosotros, varones. Porque toda mujer que se haga varón entrará en el Reino de los Cielos” [Evangelio de Tomás, 114]. La cifra de cinco millones de brujas quemadas por la Iglesia católica es del todo absurda, y Brown se olvida del hecho de que, en los países protestantes, la caza de brujas ha sido más larga y virulenta que en los católicos. La idea misma de un "Código da Vinci” escondido en la obra del artista italiano ha sido definida como “absurda” por la profesora Judith Verónica Field, profesora de la Universidad de Londres y presidenta de la Leonardo Da Vinci Society. Frente a estos despropósitos, el error del traductor italiano, que llama a la torre del reloj del Parlamento inglés “Big Bang” en vez de Big Ben, parece casi un pecado venial. Además, quien conozca un poco la historia de las mistificaciones sobre el Santo Grial sabe que en el "Código da Vinci" hay bien poco de nuevo: todo ha sido dicho ya en centenares de libros sobre Rennes-le-Château, y -aunque el nombre de esta localidad francesa no haya sido mencionado en la novela de Brown- los apellidos Saunière y Plantard hacen claramente referencia a los mismos acontecimientos.
4. El mito de Rennes-le-Château: Una falsificación desde hace tiempo desenmascarada
Rennes-le-Château es un pueblecito francés del Departamento de Aude, al pie de los Pirineos orientales, en la zona de Razès. La población ha quedado reducida a una cuarentena de habitantes, pero todos los años los turistas son decenas de miles. Desde 1960 hasta hoy han sido dedicadas a Rennes-le-Château más de cincuenta obras en lengua francesa, al menos un par de best sellers en inglés y un buen número de títulos también en italiano. Se habla también en un film y en caricaturas de culto como Preacher o The Magdalena. El pueblo se encuentra en el interior del “país cátaro”, esto es, en la zona donde la herejía de los cátaros ha dominado la región y ha sobrevivido hasta el siglo XIII; zona que una hábil promoción ha convertido en años recientes en uno de los más codiciados destinos turísticos franceses. Rennes-le-Château quedaría, sin embargo, como una nota a pie de página en el rico turismo “cátaro” contemporáneo del país si no hubiese llegado a ser párroco, en 1885, don Berenguer Saunière (1852-1917). Es a él a quien hace referencia toda la leyenda sobre Rennes-le-Château. El párroco habría descubierto el secreto de Rennes-le-Château, donde estaría depositado no sólo un tesoro fabuloso -alternativamente atribuido al templo de Jerusalén, a los visigodos, a los cátaros, a los templarios, a la monarquía francesa, y del cual el sacerdote habría sacado sólo una pequeña parte-, sino también un tesoro de tipo inmaterial, la verdad misma sobre la historia del mundo, revelada por los presuntos pergaminos encontrados por don Saunière, por la inscripción del cementerio, por las formas mismas de los edificios y de cuanto se encuentra en la iglesia parroquial. En el pueblecito pirenaico existirían documentos capaces de probar que Jesucristo -verdad cuidadosamente escondida por la Iglesia católica- había tenido hijos con María Magdalena, que estos hijos llevarían en sí mismos la sangre misma de Dios, y que, por tanto, tienen el derecho de reinar sobre Francia y sobre el mundo entero. Que el Santo Grial sería más precisamente el “sang réal”, la sangre real de los descendientes físicos de Jesucristo, es afirmado desde que el esoterista Pierre Plantard (1920-2000) entra en la historia de Rennes-le-Château. El "Código da Vinci" se limita a repetir estas afirmaciones. Por prudencia, afirma Plantard, la descendencia de los merovingios de Jesucristo habría sido siempre mantenida como un secreto conocido por pocos. Pero los cátaros, los templarios y los grandes iniciados -desde el mismo Saunière al pintor Nicolás Poussin (1594-1655), el cual habría dejado una pista en el famoso cuadro del Louvre Los pastores de Arcadia, que representaría precisamente el panorama de Rennes-le-Château- han custodiado el secreto como algo preciosísimo, dejando entrever de vez en cuando algún indicio. Hoy, naturalmente, existe un Priorato de Sión. Fue fundado en 1956 por Pierre Plantard -que se hace llamar también “Plantard de Saint Clair”, inventándose un título nobiliario fantasioso que está en los orígenes de las afirmaciones de "El Código da Vinci", según el cual también “Saint Clair” sería un apellido merovingio-, con acta notarial y papel sellado. Plantard ha dejado entender que él mismo es un descendiente de los merovingios y el guardián del Grial. La prueba de que el Priorato existe desde hace millones de años debería consistir en el nombre de una pequeña orden religiosa medieval llamada Priorato de Sión. Esto, efectivamente, ha existido -y ha dejado de existir-, pero no tiene relación de ninguna clase ni con los merovingios ni con presuntos descendientes de Jesucristo. No es difícil concluir que el vínculo entre Rennes-le-Château, los merovingios, y el Priorato de Sión es puramente legendario, y que el Priorato es una organización esotérica cuyos orígenes no van más allá de la experiencia de Plantard y de sus colaboradores. No ha existido ningún Priorato de Sión -en el sentido en que hoy se habla- antes de la llegada de Plantard a Rennes-le-Château. Ahora, naturalmente, existe, pero sólo desde 1956. En la página de Información histórica del "Código da Vinci" se afirma, como he señalado, que toda la historia está confirmada por documentos inapelables. Se trata de los famosos documentos en parte “redescubiertos” en 1975 en la Biblioteca Nacional de París, y en parte transmitidos anteriormente al escritor Gérard de Sède. Los documentos, sin embargo, han sido “redescubiertos” por las mismas personas que los habían escondido en la Biblioteca Nacional de París: Plantard y sus amigos. Y es completamente cierto que no se trata de documentos antiguos sino de documentos falsos modernos. El principal autor de los documentos falsos, Philippe de Chérisey -muerto en 1985- ha confesado haber participado en su falsificación, lamentándose incluso de haberlos utilizado sin que se le pagara la debida compensación, hecho sobre el que existen cartas del abogado de Chérisey.
En cuanto a Poussin, la “prueba” de su vinculación con Rennes-le-Château habría debido ser la fotografía de una tumba presente en el territorio del pueblecito francés, hoy destruida, pero en la que Poussin se habría inspirado para su cuadro Los pastores de Arcadia. Lástima, sin embargo, que se hayan encontrado el permiso y los planos de construcción de la tumba, fechados en 1903, y que la tumba haya sido terminada en 1933. La tumba es, pues, posterior en casi trescientos años al cuadro de Poussin. No hay ningún documento ni ninguna prueba, por tanto. Sólo fantasías, buenas para vender novelas más o menos apasionadas, pero que desde el punto de vista estrictamente histórico deben ser consideradas auténtica basura.-
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