Citar como: http://www.puertachile.cl/religiones/2004_islam_terrorismo.htm

 

La guerra por el corazón del Islam

Publicado originalmente en inglés por Economist.com, 16 de septiembre de 2004

Traducido por Felipe Elgueta Frontier

 

Los extremistas aseguran que los musulmanes son las víctimas de la guerra contra el terrorismo y que deben contraatacar. Los liberales intentan salvar su fe del secuestro.

 

Tres años después de los ataques a Nueva York y Washington, la angustia entre los 1.2 mil millones de musulmanes de todo el mundo no ha disminuido. Más fanáticos musulmanes han cometido crímenes aterradores en el nombre del Islam. Y los ejércitos no musulmanes han irrumpido en los territorios de población musulmana para llevar adelante una guerra contra el terrorismo que algunos perciben como una guerra contra el Islam.

Dibujo: The Economist

El resultado es que los musulmanes comunes y corrientes se ven enfrentados a las voces cada vez más feroces de quienes reclaman para sí la posesión de su fe. Se ha visto el surgimiento de narrativas rivales en ambos extremos del amplísimo espectro musulmán, las que difícilmente podrían ser más diferentes. Expresando una de estas visiones, un destacado columnista árabe lamenta abiertamente que, si bien es obvio que no todos los musulmanes son terroristas, por desgracia es evidente que en estos tiempos casi todos los terroristas resultan ser musulmanes. El vocero de un grupo que promueve la jihad en Irak, discrepa. Dondequiera que pongamos nuestra mirada, escribe en un reciente mensaje publicado en Internet, sólo se encuentra una verdad: que los infieles están asesinando musulmanes “de todas las maneras posibles, en todo lugar y con un odio rebosante”.

Las dos visiones llevan a conclusiones radicalmente diferentes. Cada vez con mayor estridencia, los islámicos liberales están diciendo que ya es hora de que los musulmanes actúen para evitar que su fe sea secuestrada y transformada en un instrumento de tipo sectario para ocasionar un choque de civilizaciones. Su percepción es que la violencia de una minoría radical no sólo está acabando con la simpatía hacia causas musulmanas justas en lugares tan conflictivos como Chechenia y Palestina, sino que está empezando a amenazar la coexistencia pacífica entre los musulmanes y las demás personas en todo el mundo.

Por su parte, los partidarios de la jihad expresan la convicción de que, en primer lugar, la simpatía hacia las causas musulmanas jamás ha existido. El Islam, dicen, está tan amenazado que luchar por su supervivencia, más que un derecho, es un deber sublime. Y sus enemigos son tan depravados que cualquier medio es lícito para derrotarlos; mientras más espantosamente cruel sea, más efectivo resultará al final. En último término, creen que el Islam triunfará sólo si toda la influencia extranjera es extirpada de un vasto y unificado estado islámico.

Para el mundo no musulmán, hay pocas dudas acerca de cuál de estas visiones es más realista. Hace tres años, eran sólo los estadounidenses quienes se preguntaban “¿por qué nos odian?”. Ahora, esta misma pregunta se la hacen los indonesios, españoles, turcos, australianos, nepaleses, franceses, italianos, rusos y otros cuyos ciudadanos han caído víctimas de la “venganza” de la jihad. La gran pregunta es cómo tantos musulmanes pudieron ignorar durante tanto tiempo el extremismo que yacía en medio de ellos.

El principal periódico de Egipto, el diario gubernamental Al Ahram, aportó recientemente una pista. El 1° de septiembre, relegó a las páginas interiores la brutal masacre de 12 trabajadores nepaleses por guerrilleros iraquíes que declaraban estar “ejecutando el juicio de Dios” en contra de los “invasores budistas”. Un día después, Al Ahram puso en su primera plana la noticia de que unos agitadores habían atacado una mezquita en Katmandú, la capital nepalesa; pero no explicaron cuál era la causa de su enojo. Un pequeño desliz, quizá; pero la omisión reflejó un patrón, repetido en todo el mundo musulmán, de insistir hasta el cansancio en los daños causados a los musulmanes.

No tiene nada de anormal que cada cual apoye a su propio bando. La cobertura de prensa estadounidense de Irak, por ejemplo, difícilmente puede tomarse como un ejemplo de imparcialidad. El problema surge con el efecto acumulativo de repetir un cuento sobre la victimización del Islam, de amplificarlo a través de los sermones en las mezquitas y manipularlo para obtener beneficios políticos a corto plazo. Demasiados gobiernos han encontrado que es conveniente dirigir las quejas de su propio pueblo hacia arenas lejanas, como Irak, y así desviar las demandas de participación que podrían surgir más cerca de casa.

Ver el mundo a través de los lentes de la victimización ha llegado a convertirse en un hábito bastante cómodo. Así es como algunos comentaristas árabes han explicado que el secuestro y asesinato de civiles extranjeros en Irak ha sido obra de agentes norteamericanos. El objetivo de los agentes, dice Galal Duweidar, quien edita el periódico de circulación masiva Al Akhbar, es “demostrar la barbarie de los árabes y los musulmanes y así justificar la guerra de Washington en Irak y su supuesta guerra contra el ‘terrorismo’ ”.

 

La conspiración como forma de vida

Dichas visiones conspirativas parecen reflejar una necesidad de sustentar argumentos coherentes para explicar situaciones que, en efecto, son bastante confusas. Es necesario que la ocupación norteamericana de Irak llegue a verse como algo tan perverso como la ocupación israelí de la Ribera Occidental o la ocupación rusa de Chechenia. En consecuencia, la resistencia a todas estas agresiones debe ser noble, sin importar cuán horribles puedan parecer sus manifestaciones.

El anhelo de pintar de gloria la resistencia musulmana lleva a peculiares equivocaciones. Yusef Qaradawi, el predicador televisivo más popular del mundo árabe, dice que aunque el Islam distingue entre soldados y civiles en la guerra, es difícil hacer esta distinción en la práctica. Matar prisioneros es justificable en algunos casos, afirma, pero desfigurar sus cuerpos es pecado. Adel al-Muada, un musulmán radical que ocupa el puesto de segundo vocero del parlamento de Bahrein, declaró recientemente que aunque en lo personal condenaba los ataques a Nueva York y Washington, no podía condenar a Osama bin Laden porque “no había pruebas” de que él fuera el responsable.

Tergiversaciones como éstas se ven facilitadas por la forma en que se ha conducido la guerra contra el terrorismo. El hecho de clasificar a una variedad de movimientos de tinte musulmán (algunos de ellos de raíz étnica, nacional o, a veces, efectivamente religiosa) bajo un mismo rótulo de terrorismo, talvez pueda describirse como “claridad moral”; pero pisotea las verdaderas reivindicaciones que hay detrás de muchas estas causas.

Los escándalos de Abu Ghraib y Guantánamo han dificultado argumentar la existencia de nociones universales de derechos humanos, en lugar de las particularistas y discriminatorias. El historial de Estados Unidos en Irak no tiene nada de bonito. Solamente las imágenes de la semana pasada incluyeron una ambulancia atacada con explosivos, un niño muerto mientras era retirado de un edificio bombardeado, y el asesinato de un periodista de televisión árabe ante las cámaras.

Aun así, la absoluta malignidad de la violencia de la jihad ha empezado a generar un poderoso y generalizado sentimiento de iracunda oposición entre los musulmanes. La coincidencia del aniversario del 11 de septiembre de 2001 con la horrible matanza de escolares en Beslan provocó un coro de condenas. Éstas no sólo estuvieron dirigidas contra el terrorismo, sino también contra los clérigos cuyas interpretaciones extremistas apoyan dicho terrorismo.

¿Por qué –señala un ex ministro kuwaití escribiendo en el periódico saudí Al Sharq al Awsat– no hemos escuchado ni una sola fatwa contra Osama bin Laden, cuando los musulmanes condenaron tan fervorosamente a Salman Rushdie por escribir una novela “insulsa”? ¿Quién ha hecho más daño al Islam? Los musulmanes no deben quedarse en silencio, declara una editorial del semanario egipcio Rose al-Yusef; nuestro temor a alzar la voz se ha convertido en una forma de colaboración con los terroristas.-

 

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