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“Mañana será otro día”,
dijo la matrona al salir de la sala de maternidad.
Yo aún sólo quería dormir y comer.
Aquella noche, el cálido abrazo de mi madre me retuvo,
mientras su dulce y frágil voz susurraba:
“hijo mío, mañana será otro día”.
Así fue que llegamos a casa,
familia, globos y peluches,
todos, acercando sus narices,
me besuqueaban sonriendo y diciendo:
mañana será otro día.
Al cumplir el año, allí estaba de nuevo la patotada,
globos, dulces y peluches,
antes de soplar las velas cantando al unísono:
“mañana será otro día”.
Crecí escuchando aquella canción que mi madre entonaba
cuando se sentía sola y que le hacía tanto recordar...,
aquella canción que para mi sorpresa todo el barrio sabía
...
y todas las noches, en una espera colectiva,
como un gran coro, el vecindario repetía:
“mañana será otro día”.
Y el ritmo variaba:
viernes por la noche era una cumbia multitudinaria;
el sábado, don Gastón del 504
y doña María del 303 en ritmo de vals peruano
desesperado;
el domingo, mi padre y mi madre en un tango
rabioso como anunciando que luego vendría
la no tan deseada
cueca elegante del lunes, del martes, del miércoles y del
jueves.
Y poco a poco, la canción se escuchaba más y más
temprano
y poco a poco, las voces gastadas se iban apagando.
Hasta que un día de madrugada,
se escuchó un concierto de suspiros
que cada vez se hacía más y más profundo
y más y más fuerte
y como un gran ventarrón
se llevó consigo todo lo que encontró a su paso ...
y entró finalmente a mi habitación ...
Ese día la canción no alcanzó a escucharse.
Ese día el hoy acabó.
Valentina Elgueta Frontier
No te afanes por el día de mañana,
que el mañana traerá su propio afán.
Dios sabe lo que necesitas y te lo dará si le otorgas el
primer lugar en tu vida.
Jesús (Mateo 6:34)
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