Dos poemas de Auden: una lectura desde la actualidad
Cómo versar la guerra por Daniel Samoilovich, poeta Publicado originalmente por diario El Mercurio, 20 de febrero de 2005
Auden no asume la voz del bienpensante que se compadece del soldado, sino del propio soldado. Su poesía no es una monserga pacifista, no es una respuesta, sino una pregunta por el destino del hombre y el sentido de la historia. También es actual su mensaje político, y lo es porque su eficacia poética es absoluta, una demostración de lo mucho que la poesía puede aportar para sustraerse a los cantos de sirena de la guerra y la violencia, abstracciones, disparates y mentiras por las que sufren seres humanos de verdad.
Un viento de tormenta sopla sobre el rastrojo, W.H. Auden, "Blues de la Muralla Adriana (versión de Daniel Samoilovich y Mirta Rosenberg)
Se disipó, al caer la tarde, la opresión del día; W.H. Auden, "Embajada" (versión de Germán Carrasco)
Simplemente un hombre
El "Blues de la Muralla Adriana" muestra a un soldado en los confines del imperio, velando por una idea que no entiende o un poder con el que no se identifica; extrañando a su chica, lejana, angustiándose por los que merodean en torno a ella. Creo que el asunto clave, la tremenda fuerza política del poema, finca en buena medida en el hecho de que este soldado no es un hombre idealizado, ni lo es su amor por su novia: el anillo que ella le dio, él cuenta frescamente que lo perdió a los dados, y por otra parte no anhela volver a su patria para consagrarse a algo especialmente útil, sino para mirar el cielo con el único ojo que imagina ha de quedarle. No es, desde luego, un gran objetivo, y sin embargo es enteramente respetable. Ese soldado solitario merece simpatía no por ser un héroe, ni un antihéroe, ni un enamorado, ni un ciudadano de pro, sino simplemente por ser un hombre; además, un hombre que, batido por el viento cruel de unos poderes que determinan su presente, pese a todo tiene el valor de reírse un poco de los demás y otro poco de sí mismo. Su propia simpleza torna más injusta su suerte; más aún que si fuera una especie de pacifista o progresista avant la lettre. Su sencillez y desparpajo son el espejo invertido donde se refleja, mejor que en cualquier otro sitio, la astucia infantil, cuando no la estupidez lisa y llana, que priva en casi todos los arrestos de guerra ofensiva a lo largo de la historia. El ritmo de cancioncilla, el fraseo popular del tetrámetro yámbico y sus rimas pareadas dan forma a este infantilismo, respetable y delicioso en el soldado, siniestro en los hacedores de la guerra. Otra clave del pequeño poema es el punto de vista: Auden no asume la voz del bienpensante que se compadece del soldado, sino del propio soldado; es de su propia canción que surge ese pequeño gran personaje que hemos descrito; apenas se piense un poco en ello, se entenderá que ningún otro punto de vista hubiera podido llevar a ese resultado. Éste es un rasgo característico de Auden: cada elección, cada palabra, cada acento da en el blanco, como alguien que tirara una moneda al aire y le metiera diez balas por el mismo agujero. Es la certeza total, la habilidad absoluta puesta al servicio de un sujeto poético que, como el sabio verdadero, es sabio porque quiere saber, no porque lo sabe todo; efectivamente, el poemita no es una monserga pacifista, no es una respuesta, sino una pregunta por el destino del hombre y el sentido de la historia; pero qué poco significativas suenan estas palabras enunciadas como conceptos, en contraste con la visibilidad perfecta de nuestro soldado al pie de la muralla. Es la poesía la que da significación a las ideas, desde los presocráticos en más, pasando obviamente la metáfora de la caverna de Platón.
Un mensaje político para hoy El otro poema, en la forma más serena, más suavemente irónica, del soneto, lleva la atención hacia la conversación de unos dignatarios, unos supuestos "altamente entrenados" de los que depende la guerra, el dolor de los demás. Visibilidad es otra vez la palabra: magistralmente, el poema abre con el aflojamiento de la presión del día, el aire que ha sido limpiado por la lluvia y los picos lejanos que se ponen en foco; sólo después, aunque no mucho después, "entran en foco" los personajes, y ese paisaje límpido es indispensable para que el calmo horror de lo que están haciendo -jugar a la suerte de su conversación una guerra- pueda medirse en toda su extensión. Las montañas, las flores hábilmente cultivadas, son el mundo de la naturaleza y la cultura que enmarcan, impasibles, una tormenta de destrucción y sufrimientos que aquellos "entrenados" con sus zapatos caros están perfectamente capacitados para desencadenar.
Los dos poemas me hacen pensar en unas conversaciones recientemente desclasificadas de los años 60 en el Salón Oval de la Casa Blanca, donde el presidente John Fitzgerald Kennedy, su Secretario de Estado y los jefes de las fuerzas armadas discutieron la crisis de los misiles cubanos: toda la escena es de una obscenidad escalofriante los militares querían tiran una bomba atómica sobre Cuba, McNamara se oponía, Kennedy dudaba; la suerte de millones pendía de un hilo, de una maniobra soviética para lograr el retiro de los misiles de la OTAN emplazados en Turquía, llevada a cabo con una temeridad delirante, como delirante era la voluntad de Fidel Castro de transformarse, a él y a su pueblo, en mártir de la revolución mundial, como delirante era la reacción de los altos mandos norteamericanos. Aquella deliberación en la Casa Blanca, leída en sus avatares textuales, parece una mala copia de una escena de comedia, o mejor, de una pieza histórica de Shakespeare llena de nobles ambiciosos, infantiles y tunantes; todo sería ridículo, si no fuera porque de aquella mala copia dependían la vida y la salud de seres humanos reales, por no decir la sobrevivencia de la humanidad entera. Si aquella escena, que involucra a uno de los presidentes más "esclarecidos" del siglo XX, nos pone los pelos de punta, ¿qué pensar de estas otras pésimas copias de aquellas malas copias que son Bush, Rumsfeld y Wolfowitz? Me temo que aquí no hay ni siquiera un McNamara que aporte una cuota de sentido común, sino un fundamentalismo perfectamente peligroso que hace de todos nosotros unos soldaditos piojosos apostados en el fin del mundo, unos jardineros mirando impotentes cómo unos sujetos "altamente entrenados" deciden nuestra suerte, con la colaboración de una banda fanática y criminal otrora alentada por ellos mismos contra la URSS, y que hoy asume el papel del enemigo, les levanta la adrenalina y les da pretexto para la "acción". ¡Esta gente ha visto demasiadas películas de vaqueros, mientras comía pretzels grasientos! ¡Uno de ellos ni siquiera es capaz de hacer las dos cosas al mismo tiempo! Vaya si Auden es actual: es actual su mensaje político, y lo es porque su eficacia poética es absoluta, una demostración de lo mucho que la poesía puede aportar para sustraerse a los cantos de sirena de la guerra y la violencia, abstracciones, disparates y mentiras por las que sufren seres humanos de verdad.-
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