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El futuro de la Iglesia Católica

Perdiendo la confianza

por Amy Sullivan

Publicado originalmente por la The New Republic, 20 de abril de 2005

Traducción y subtítulos por Felipe Elgueta Frontier

 

Al elegir a Joseph Ratzinger como el 265° papa, los hombres que lideran la Iglesia Católica han señalado en términos inequívocos que no pretenden renunciar sin pelear. Lo que no parecen haber entendido es que no tienen por qué renunciar. Sin embargo, el papado de Benedicto XVI, con su insistencia en la estricta ortodoxia a toda costa, puede hacer que la decadencia de la Iglesia se torne inevitable.

 


< Ratzinger y su predecesor en el papado, Juan Pablo II. Foto: Sociedad San Pío X

No tenía por qué ser así. No había ninguna posibilidad de que el nombramiento de Ratzinger fuera recibido con alegría en algunos sectores católicos, pero podría haber indicado, simplemente, que la elección fue poco inspirada. Esto se podría haber interpretado como un voto a favor de la estabilidad (Ratzinger ha sido segundo en el mando en el Vaticano durante décadas) o un voto por un papado corto (cumplió 78 años el sábado pasado) o un voto para honrar a Juan Pablo II (muchos han descrito a Ratzinger como su favorito para sucederlo). Pero, al haber ocurrido justo después del desafiante sermón de Ratzinger, en donde situó a la Iglesia en oposición a una “dictadura del relativismo”, las implicaciones de esta elección repentinamente se tornaron más profundas. Se le interpretará –y talvez deba interpretarse– como un gesto del Cónclave que refrenda la visión y prioridades de Ratzinger. Los papas no requieren de mandatos; después de todo, son papas. Pero, aún así, no deberíamos sorprendernos si éste afirma haber recibido uno.

Lo que está en juego es nada menos que la supervivencia de la Iglesia Católica. Las políticas erradas a las que adhiere Ratzinger han llevado a millones de católicos del mundo en desarrollo a dejar la iglesia para pasarse al pentecostalismo, y a millones de católicos occidentales a abandonar totalmente la religión. Esto puede sorprender a quienes han pasado las últimas semanas leyendo acerca del asombroso crecimiento del catolicismo en África, Asia y Latinoamérica. Pero, si bien es cierto que esta fe se ha extendido por todo el mundo en desarrollo, también está perdiendo la batalla contra el protestantismo evangélico, que se ha transformado en la religión de más rápido crecimiento mundial. En un país tan católico como Brasil, apenas el 10 por ciento de los católicos registrados como tales asisten regularmente a la iglesia. De acuerdo al profesor y estudioso del pentecostalismo Harvey Cox, de Harvard, en Brasil hay más pastores pentecostales que sacerdotes católicos. El cristianismo ha superado al budismo en Corea del Sur como filiación religiosa dominante; pero los protestantes sobrepasan a los católicos en una proporción de 4 a 1 que sigue creciendo. En África, los católicos libran una feroz lucha por la supremacía, en la que se enfrentan a los anglicanos y a la reciente intromisión de los pentecostales.


Un escrito de Emilio Mignone,
defensor de los DDHH en Argentina.
Imagen: El civismo

¿Qué pasó? En algunos países, la Iglesia se vio perjudicada por su conexión demasiado estrecha con el estado cuando los ciudadanos se hartaron de regímenes opresivos. La estricta postura contra el control de la natalidad también se ha vuelto insostenible en algunas áreas del mundo que están luchando por encontrar una forma razonable de controlar el crecimiento demográfico. Y los europeos están exasperados de que los líderes católicos se nieguen a reconocer los avances positivos que ha traído la modernidad. Como resultado, en muchos países en desarrollo se ha visto un éxodo desde el catolicismo, y en Europa, un alejamiento absoluto de la fe.

Pero, tal como lo señalara E. J. Dionne esta mañana en su columna del Washington Post, es probable que a Ratzinger no le moleste la idea de tener una iglesia más pequeña, a condición de que los creyentes que queden adhieran a su intransigente visión del catolicismo. Es fácil entender su visión por varias razones. La Iglesia Católica no es una institución democrática; la autoridad se basa en la legitimidad del magisterio de la iglesia y de la infalibilidad del papa, no en consultas al público católico. Muchos críticos al interior de la Iglesia argumentan que los líderes católicos deberían ser más sensibles a los cambios que vive la sociedad moderna; pero Ratzinger y sus colaboradores pueden plantear la legítima réplica de que es precisamente en tiempos como éstos cuando se hace necesario sostener con firmeza las enseñanzas doctrinales en lugar de dejarlas flotar libremente al viento de la opinión pública.

El problema es que la elección que ha planteado Ratzinger (entre la tiranía del relativismo y el triunfo de la ortodoxia) es falsa. Limpiar la Iglesia de todos los católicos insuficientemente puros y adoptar una postura belicosa contra la modernidad puede ser una forma de preservar la fe; pero no es la única opción (tampoco es la más deseable, por cierto). Lo que es más, esta estrategia, aunque no es nueva, fue amortiguada en el pasado reciente por el optimismo y el incansable mensaje de esperanza de Juan Pablo II. Por otro lado, Ratzinger no evoca esperanza, sino la imagen de una Iglesia agresiva, con los puños listos para la pelea. Es posible que Ratzinger use su cargo para extender el ámbito de su ataque contra el relativismo e incluir preocupaciones compartidas por los católicos progresistas, aceptando, como ha hecho en el pasado, la idea de que matar es malo excepto cuando se trata de la pena de muerte, o los peligros de un sistema capitalista que trata a la gente como mercancías y las juzga por su valor relativo. No obstante, si las salvas iniciales de Ratzinger significan algo, entonces lo más probable es que se adhiera a una definición muy estrecha de absolutismo moral, planteando ocasionalmente otros temas como aderezo.

Los católicos liberales no quieren ver a su Iglesia guiada por tendencias culturales o sociales. Muy por el contrario, ellos comprenden que uno de los roles más importantes de la Iglesia es el de ser estable a través de los siglos. Pero una cosa es ser estable y otra es ser terco por el puro afán de serlo. La última vez que hubo una extendida pérdida de confianza en el liderazgo de la Iglesia Católica, la consecuencia fue la Reforma. Para los católicos frustrados de hoy, no es necesario un cambio tan dramático. No tienen por qué empezar su propia iglesia. Ya tienen las opciones del protestantismo y el secularismo. Ahora tienen al papa Benedicto XVI presionándolos para dar el paso decisivo.-

 

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