En gran medida, la elección de Benedicto XVI está siendo interpretada –por lo menos en la prensa occidental– como un golpe al catolicismo liberal, aquel catolicismo que ha sobrellevado una especie de exilio desde fines de los años sesenta, cuando quedó claro que la renovación de la enseñanza de la Iglesia con posterioridad al Vaticano II no iba a ser tan arrolladora como muchos esperaban.
Para algunos, este exilio ha significado abandonar formalmente la Iglesia; para la mayoría, sin embargo, ha significado permanecer en ella, esperando primero a que muriera Pablo VI, luego Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI, e insistiendo, al mismo tiempo (a menudo desde columnas en periódicos importantes y puestos estables en universidades católicas), en que para resolver todas las dificultades de la Iglesia, desde la escasez de vocaciones sacerdotales hasta la disminución de la asistencia a misa o los escándalos por abuso sexual, bastaría con que el catolicismo se pusiera más a tono con el mundo moderno. Es una idea atractiva, en especial para la gente cuyas vidas y creencias ya se asemejan más a las costumbres modernas que a la enseñanza tradicional de la Iglesia. Sin embargo, carece casi totalmente de sustento empírico. De hecho, todas las evidencias sugieren lo contrario: una Iglesia Católica más liberal sería mucho más débil y pequeña y mucho menos influyente incluso que el herido y dividido Cuerpo de Cristo que Benedicto XVI tendrá que gobernar. El problema para los liberales es que su propuesta favorita para el futuro católico ya fue ensayada, con resultados menos que alentadores. En Estados Unidos, la merma que afecta a la Iglesia desde hace décadas en cuanto a la asistencia a misa y las ordenaciones sacerdotales, está en su peor momento; pero no en el ambiente católico más conservador, sino en las diócesis y órdenes religiosas de mentalidad liberal, aquellos lugares en donde implementar el espíritu del Vaticano II ha significado ignorar al actual Vaticano en materia de liturgia, teología y moralidad. Los antes rigurosos y ahora tolerantes jesuitas, por ejemplo, han visto ahora cómo hay apenas un goteo de ordenaciones, mientras que las órdenes declaradamente tradicionales como los Legionarios de Cristo (y, por supuesto, los conocidos “monjes albinos” del Opus Dei) están creciendo rápidamente. Cuando un reciente estudio comparó 15 diócesis “progresistas” con 15 “ortodoxas”, encontró que la proporción entre sacerdotes y católicos practicantes en las diócesis conservadoras en realidad creció levemente entre 1956 y 1996, mientras que la proporción en las diócesis más liberales bajó de manera sostenida. Puede argumentarse, por supuesto, que estas cifras reflejan el impacto negativo del tradicionalismo de Juan Pablo II; que las diócesis y órdenes liberales estarían atiborradas de vocaciones, por ejemplo, si tan sólo se les permitiera ordenar hombres casados y mujeres, o si la Iglesia adoptara una táctica de línea menos dura en la anticoncepción, la homosexualidad o el aborto. Pero, de hecho, es precisamente este mismo experimento el que ya han realizado las denominaciones protestantes tradicionales, las cuales se han pasado el último medio siglo cambiando de postura para aceptar la ordenación de mujeres, aceptar la homosexualidad, apoyar el control de la natalidad, las segundas nupcias e, incluso, el aborto en algunos casos, y permitir que las congregaciones locales manejen sus propios asuntos con poca o ninguna interferencia desde arriba. Y durante este mismo medio siglo de cambios progresistas, el protestantismo tradicional ha sufrido un colapso en cámara lenta; tanto en su influencia, como en su prestigio y membresía.
El fracaso protestante
La Iglesia Episcopal ofrece el ejemplo más notable de este fenómeno, ya que parece encarnar todo lo que a un Garry Wills o a una Maureen Dowd le gustaría encontrar en el catolicismo; esto es, una liturgia y tradición sin los dogmas y prohibiciones sexuales inconvenientes. Aún así, en una era en la que Juan Pablo II alejó, supuestamente, a tantos católicos que bajo otras circunstancias habrían permanecido fieles, es la Iglesia Episcopal y no la Católica la que ha estado desfalleciendo por la pérdida de miembros, al caer de 3.5 millones de comulgantes norteamericanos en 1965 a menos de 2.5 millones hoy. Lejos de tornarla más atractiva y relevante, las reformas de la Iglesia Episcopal parecen haber menguado sus filas en los Estados Unidos. De todos modos, como mínimo cabría esperar que las denominaciones protestantes progresistas, con su clero casado y sus pastoras, se hubieran salvado de sufrir una crisis de vocaciones como la que afecta al catolicismo. Pero, incluso en este punto, el cuadro para las iglesia liberales es cada vez más sombrío. En la Iglesia Católica estadounidense, aproximadamente una de cuatro parroquias está sin un sacerdote residente, lo que es realmente una situación funesta; pero en la Iglesia Presbiteriana, una de cada tres iglesias carece de pastor, y hay una escasez de clérigos similar en casi todas las denominaciones tradicionales. Es decidor que, dentro del protestantismo, sólo las iglesias evangélicas, que tienden a ser tan conservadoras en lo moral como el catolicismo ortodoxo, tengan un superávit de clérigos. Sólo el protestantismo evangélico muestra, también, tasas de crecimiento que aventajan a la Iglesia Católica. Algo de este crecimiento es el fruto de conversiones de miembros del propio catolicismo, pero en su mayoría provienen de las iglesias tradicionales que van en declinación. Parte de esto, también, surge de un simple hecho demográfico: en desmedro de sus esperanzas, los liberales que pretenden constituirse en el futuro del cristianismo tienen menos probabilidad de formar familias numerosas que los creyentes más conservadores. Incluso, ahí donde el catolicismo virtualmente colapsó durante el pontificado de Juan Pablo II, el protestantismo liberal es aún más débil. Talvez, si la iglesia europea escuchara a sus críticos y aceptara, por ejemplo, la ordenación de sacerdotes casados y el control de la natalidad, se vería recompensada por un aumento espectacular en las vocaciones o en la concurrencia a misa. Pero es más probable que llegue rápidamente a asemejarse a los luteranos de Escandinavia o a los anglicanos de Inglaterra: en ambos casos, las congregaciones se han visto disminuidas, aun cuando sus enseñanzas se han puesto cada vez más a tono con el espíritu de los tiempos que impera en el continente. El catolicismo en Inglaterra, por ejemplo, ha visto desplomarse la asistencia a misa desde los años sesenta; pero en un domingo inglés cualquiera, alrededor del 23 por ciento de los católicos está en la iglesia, comparado con sólo un 4 por ciento de los anglicanos. Y en la católica España, sólo un cuarto de la población va a la iglesia, mientras que en la Suecia luterana, la cifra es de apenas un 7 por ciento. Y, al igual que en los Estados Unidos, las filiaciones religiosas de más rápido crecimiento son la evangélica y la pentecostal (y musulmana), lo que difícilmente se asemeja a la imagen del futuro religioso que tantos católicos anhelan.
La Iglesia del futuro
Iría más a menudo al templo si tan sólo la Iglesia hiciera esto o aquello, insisten frecuentemente los católicos resentidos. Pero la experiencia de 50 años con un cristianismo liberalizado sugiere que probablemente no lo harían; que, en cualquier caso, una Iglesia Católica progresista vería sus bancas y altares vaciarse más rápido que nunca. No es que muchos homosexuales devotos, divorciados piadosos o feministas profundamente religiosas no vayan a volverse entusiasmados hacia Roma si la Iglesia toma un giro más liberal. Pero no hay suficientes de ellos –si la experiencia protestante nos sirve de orientación– como para compensar el hecho de que, para la mayoría de la gente, el cristianismo liberal es sólo un descanso en el camino hacia un cristianismo restringido sólo a las navidades y las pascuas, a una espiritualidad vaga y autosuficiente o, finalmente, al secularismo. Tal como lo señalara Ratzinger en una ocasión, buena parte del protestantismo ha “tomado el otro camino” –el camino de la adaptación creciente– en lo que toca a la modernidad y, particularmente, a la ética sexual, y “está bastante claro que al actuar de este modo no ha resuelto el problema del cristianismo en el mundo de hoy”. La visión que tiene el nuevo papa acerca de la ortodoxia católica puede no ganarle la carrera al Islam, al pentecostalismo o al agnosticismo. Pero la visión de sus oponentes ya parece haber perdido. De modo que los católicos liberales pueden lamentarse todo lo quieran por la elección de Benedicto XVI; pero no viene al caso hacerlo en nombre del futuro de la propia Iglesia en aspectos como el tamaño de sus congregaciones, la asistencia a misa y el número de sacerdotes. Un catolicismo ortodoxo acérrimo puede no ser la Iglesia del futuro que tantos han esperado durante largo tiempo. Pero sí es la única Iglesia del futuro que es probable que tengamos.-
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