En agosto de este año, empecé a considerar la posibilidad de unirme a una delegación de los Equipos de Pacificadores Cristianos (CPT) que partiría a Irak en noviembre. Con el abundante apoyo de las oraciones de mis amigos y familiares, empecé mi proceso de discernimiento, sopesando los obvios riesgos. En Colombia, había viajado a través de territorios controlados por guerrillas aficionadas al secuestro. En Gaza, había huido de los disparos de advertencia de soldados israelíes. Pero nunca me había movilizado para solidarizar con un pueblo cuya tierra hubiera sido invadida y ocupada por las fuerzas armadas de mi propia nación. Entré en pugna con una idea expresada por Norman Kember, el pacificador secuestrado, y que está en el centro de la misión de los CPT: ¿Estoy dispuesto a asumir por causa de la paz los mismos riesgos que asume un militar por causa de la guerra? A medida que pasaban las semanas, las circunstancias y la logística me impusieron la decisión de no ir. La delegación de noviembre se había completado antes de poder incorporarme. Y aun antes de que Kember y sus compañeros de equipo, Harmeet Sooden, Jim Loney y Tom Fox, fueran secuestrados el 26 de noviembre, se me había dicho que no valía la pena ir si mi principal motivo para hacerlo era el periodismo gráfico, debido a las precauciones que debían tomarse para la seguridad del propio equipo. Mañana (10 de diciembre) es el día que la autodenominada Brigada Espadas de Justicia ha fijado para la ejecución de los pacificadores si las fuerzas de EEUU no liberan a todos los detenidos de Irak. Así que hoy, con un vago sentido de culpa como sobreviviente, reflexiono sobre el inminente milagro o tragedia de las vidas de estos hombres. Su sobrevivencia sería un milagro. Y, sin embargo, las declaraciones de apoyo de grupos como Hamas o personajes como Abu Qatada, un supuesto terrorista de al-Qaeda detenido en el Reino Unido, ya son milagrosas. Nuestros enemigos –según cualquier definición convencional– han llamado a la liberar a nuestros amigos. El cínico dirá que el apoyo de tales sectores no hace más que confirmar que los CPT deben ser tan antinorteamericanos como los terroristas. Pero hay rasgos de parábola que impregnan esta situación: el samaritano, un extranjero despreciado y desechado por las personas que escuchaban la enseñanza de Jesús, deja de lado la división religiosa y étnica para ayudar a un necesitado, mientras que los compatriotas preocupados por su propia pureza lo ignoran. De hecho, Rush Limbaugh está encantado de que a estos “izquierdistas alarmistas y huecos” se les haya “mostrado la realidad”. Siguiéndole la corriente a su versión de la parábola, en primer lugar, ellos nunca habrían caído en manos de los ladrones si no hubieran estado viajando por el camino a Jericó. Su referencia a la realidad es intrigante, por cuanto se hace en apoyo de una administración que amplios sectores ven como desconectada de la realidad de Irak. Las promesas de que seríamos recibidos como libertadores, que Irak pagaría por su propia invasión con ingresos provenientes del petróleo, que sabíamos dónde estaban las armas de destrucción masiva, que sólo se necesitarían unos pocos soldados, se evaporaron todas ante una realidad que gente como Limbaugh puede sólo imaginar, mientras que los hombres y mujeres de las fuerzas armadas, miembros de los CPT y el pueblo de Irak experimentan su horror de manera cotidiana. Los halcones siempre están ansiosos por enrostrarle a las palomas que, aunque la guerra sea un infierno, es el único camino realista hacia la seguridad. Pero, francamente, su realidad es terrible. Mientras el conteo de muertos en Irak sobrepasa en 10 veces el del 11 de septiembre (no discriminaré aquí entre los suyos y los nuestros), esta semana la Comisión del 11 de septiembre ha publicado una libreta de calificaciones llena de notas D y F, evidencia de que, mientras nuestras desventuras militares en ultramar cobran miles de millones de dólares y decenas de miles de vidas, las medidas domésticas que podrían hacernos verdaderamente más seguros han sido ignoradas. Katrina es un claro ejemplo entre tantos otros. Jesús nos advirtió: “Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces” (Mateo 7:15). Al ver las grabaciones de archivo de Bush, Cheney, Rumsfeld y Wolfowitz, y escuchar sus promesas vacías seguidas por declaraciones de “misión cumplida”, uno no sabe si reírse ante todo este absurdo o llorar por las tragedias ocasionadas, tales como Abu Graib. “Unas pocas manzanas podridas”, se nos dijo. “Por sus frutos los conocerán”, dijo Jesús (v. 16). Pero, en marcado contraste con las complejas fantasías mesiánicas de los neoconservadores, Tom Fox no tenía ilusiones acerca de los peligros que enfrentaría en Irak. “Voy a estar firme contra el secuestrador al igual que contra el soldado”, escribió hace más de un año. “¿Significa eso que debo meterme en medio de una batalla y enfrentar a los soldados? ¿Significa que debo caminar por las calles de Bagdad con un cartel que diga ‘Norteamericano contra la Ocupación’? Ninguna de las dos cosas. Pero si Jesús y Gandhi estaban en lo correcto, entonces estoy llamado a arriesgar mi vida y, en caso de perderla, perdonar tal como lo hicieron ellos cuando fueron asesinados por las fuerzas de Satanás”. Lejos de ser “izquierdistas alarmistas y huecos”, estos hombres conocían la diferencia entre el bien y el mal y sabían que vivir el llamado de Cristo es costoso. Estaban tan conectados con la realidad que los funcionarios de gobierno prefirieron ignorar sus denuncias de los abusos en Abu Ghraib, formuladas mucho antes de que salieran las fotografías, cuando nadie estaba escuchando.
Yo podría denunciar a la Brigada Espadas de Justicia por amenazar de muerte a aquellas personas que han defendido a los mismos detenidos que ellos exigen liberar, pero eso no parece productivo en este momento. En lugar de ello, observo con asombro cómo otros musulmanes –militantes, políticos y líderes religiosos– defienden a estos cristianos cautivos, mientras se vislumbra el reino invertido de Jesús. El audaz cristianismo de los CPT, transmitido por al-Jazeera, ha hecho más por promover la comprensión mutua y la buena voluntad que cualquier desmañada gira de Karen Hughes, máxima responsable de las relaciones públicas del Departamento de Estado de EEUU. El tema para esta semana en este tiempo de adviento es la promesa, la promesa de que un salvador fiel y verdadero está viniendo. Estamos llamados a dejar de lado los falsos profetas y a esperar un Mesías que estuvo dispuesto a volverse vulnerable, a entrar en territorio enemigo y poner su vida en manos de aquellos que no podían distinguir entre enemigos y prójimos, y que nos enseñó a amarlos a todos. I Juan 2:6 nos dice: “El que afirma que permanece en Jesús, debe vivir como él vivió”. Si esto no parece realista, ahora tenemos cuatro testigos más de lo contrario. Mientras esperamos y oramos, en este expectante espíritu de Adviento, por un mañana que traiga una nueva promesa de vida, tengo la confianza de que, mientras sigamos sus pasos, el Cristo que derrotó a la muerte obrará más milagros a pesar de las crueles realidades.-
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