Citar como: http://www.puertachile.cl/historia/time_expiacion.htm

 

¿Por qué murió Jesús?
El debate en Estados Unidos

por David van Biema, periodista especializado en religión
Publicado originalmente en la revista Time, 6 - 12 de abril de 2004
Versión original en inglés disponible en Dick Staub
Traducción y subtítulos por Felipe Elgueta Frontier

 

 

La pregunta olvidada

Expiación

Una cuestión de honor

Ejemplo, no sacrificio

Visiones en batalla

Mezclando, encajando, explorando

 

  


<  Portada de la revista Time del 6 al 12 de abril de 2004,
    con su titular "¿Por qué tuvo que morir Jesús?"

 

La pregunta olvidada

La mejor manera de deducir por qué algo tenía definitivamente que pasar, es imaginar cómo habría sido si hubiera ocurrido de alguna otra manera. Y eso es, precisamente, lo que está haciendo David Gray en una cómoda sala de estar en Geneva, Illinois, junto a otros seis hombres de su iglesia. Ellos están, por decirlo de alguna manera, haciendo una tormenta de ideas acerca de la muerte de Jesús.

“¿Qué habría pasado si el plan de Dios hubiera sido que Jesús viniera a la tierra”, pregunta Gray, “e impartiera estas enseñanzas y dijera cosas bonitas. Ya saben, ‘Ama a tu enemigo...’. Y entonces se lo lleva y no lo matan. ¿Por qué tenía que sufrir así según el plan de Dios?”

Los otros miembros del grupo masculino de estudio bíblico de la Iglesia Episcopal Saint Mark en Gevena reflexionan sobre la pregunta.

“¿Probablemente el plan de Dios tenga que ser más dramático?”, sugiere uno de ellos.

“Es cierto”, dice otro, imaginando por un instante el pensamiento de Dios. “ ‘Muchachos, ustedes no entienden. Vamos a tener que hacer algo dramático aquí’ ”.

“Una palabra que yo agregaría a esta discusión”, dice un tercero. “Obediencia. [Jesús] fue totalmente obediente”.

Gray recoge todas estas opiniones y llega a una conclusión. “Físicamente tenía que pasar”, dice él. “No estoy seguro de que hubiera dicho eso antes de ver la película. Pero ahora está mucho más claro para mí. No puedo decir por qué Él tenía que sufrir de esa manera. Pero Cristo tenía que morir”.

La película, por supuesto, es “La Pasión de Cristo”, la versión de Mel Gibson de las horas finales de Jesús en la tierra y que, desde su estreno el pasado Miércoles de la Ceniza, ha sido vista por más de 30 millones de personas. Ahora es Semana Santa y, durante los próximos siete días, la gente de todo el país estará hablando sobre la Pasión de Cristo. Sólo en los EEUU, decenas de millones asistirán a la iglesia y participarán en servicios religiosos que rememoran la muerte y resurrección del Mesías. Para un cierto sector del público, el espíritu propio de esta época del año se ha visto reforzado aún más por la publicación de "The Glorious Appearing" [“La Aparición Gloriosa”], el 12° libro en la exitosa serie “Dejados atrás”, en la que Jesús regresa para el juicio apocalíptico.

Pero lo que dejará una marca diferente en esta semana de Pascua para un número aun mayor de cristianos –y talvez profundice un poco la naturaleza de su observancia- será el impacto que está teniendo “La Pasión de Cristo”. Además de asistir a los servicios religiosos, muchos llenarán los bancos afelpados de sus cines locales para absorber –algunos por primera, otros por segunda o quinta vez- el gráfico sermón de celuloide de Gibson, paralelamente con las prédicas de sus pastores. En las últimas seis semanas, la película ha recaudado 340 millones de dólares. Se ha estrenado en aproximadamente 350 cines adicionales durante la Semana Santa; pero aún así, sin duda habrá funciones llenas a las que mucha gente no podrá ingresar, particularmente el viernes.

¿Y qué obtendrán finalmente de este extraño ensamblaje de narrativas sobre Cristo? Siempre es peligroso predecir el comportamiento religioso; pero parece probable que, antes de internarse en el reino de gloria del domingo de Pascua, pasarán un poco más tiempo en el sombrío valle del Viernes Santo. Cuando los católicos romanos escuchen al sacerdote recitando el versículo de Isaías, “Él fue herido por nuestras transgresiones, y por sus llagas fuimos sanados”, talvez recuerden que fue con esas palabras que Gibson comenzó su recreación de la flagelación de Jesús. Cuando muchos luteranos participen en la adoración meditativa de la Cruz y cuando incluso los miembros de las iglesias protestantes menos litúrgicas canten “Let the water and the blood / From Thy wounded side which flowed / Be of sin the double cure” [“Que el agua y la sangre / Que de su costado herido fluyó / Sea del pecado la doble cura”], también podrán imaginar más vívidamente la Cruz y la sangre. Y todos ellos pueden verse inclinados a considerar una pregunta cuya respuesta parece tan simple al principio –algo como “Jesús me ama, lo sé”-, pero que de hecho ha dividido a teólogos y clérigos durante siglos, sin que se vea una solución: ¿Por qué murió Cristo?

Es decir, no quién (en la tierra) lo mató ni exactamente cuánto sufrió. Sino ¿cuál fue la razón cósmica de su agonía? ¿Cuál es su propósito, su cálculo divino? ¿Cómo es precisamente que su muerte, normalmente aludida en este contexto como expiación, lleva a la salvación de la humanidad?

La expiación “es la pieza central del Cristianismo, y es lo que lo distingue de todas las otras religiones”, dice Giles Gasper, un historiador religioso que ha escrito un libro acerca de uno de los grandes intérpretes medievales del tema. Sin al menos una comprensión intuitiva de la expiación, un creyente tiene pocas oportunidades de darle sentido a las promesas de la fe acerca de la redención y la vida eterna.

Pese a ello, llama la atención el hecho de que en muchas iglesias la pregunta acerca de por qué murió Cristo sea vista con indiferencia, o no se plantee en absoluto. Una de las causas de esta situación es que cualquier alejamiento del tan repetido “Él dio su vida por nosotros” lleva rápidamente a sumergirse en formulaciones metafísicas para las cuales todos, excepto los estudiosos religiosos, carecen del vocabulario básico. “La mayoría de las personas no percibe los matices teológicos, ni siquiera los pastores”, dice el Dr. Philip Blackwell, de la Primera Iglesia Metodista Unida de Chicago. Y aun si lo hiciéramos, dice Jack Graham, pastor de la Megaiglesia Bautista Prestonwood en Plano, Texas, de todos modos es posible que no alcancemos una plena comprensión. “Hay muchos misterios acerca de la expiación que no llegaremos a entender de este lado de la eternidad”, dice él.

La discusión también se ve impedida por el actual romance de la cristiandad norteamericana con un Jesús amistoso, beneficioso y personal que ha hecho, de la discusión detallada de su violenta muerte, un tema cada vez más difícil de tratar desde el púlpito. El teólogo y locutor R.C. Sproul señala que: “No se escucha que la gente predique sobre la expiación. Tampoco creo que haya gran diferencia en esto entre el evangelicalismo protestante y las iglesias convencionales”.


Portada del libro "American Jesus"

 

 

Bueno, por lo menos no hasta hace seis semanas. Gracias a la película de Gibson, “la expiación está de vuelta en la agenda de la cultura norteamericana”, dice Stephen Prothero, presidente del departamento de religión de la Universidad de Boston y autor de “American Jesus: How the Son of God Became a National Icon” [“El Jesús Norteamericano: Cómo el Hijo de Dios llegó a convertirse en un Icono Nacional”]. “Éste es un cambio importante. La expiación ha sido la Creencia No. 10 para los norteamericanos. Pero ahora le prestan más atención. Éste es el Cristianismo de la Crucifixión”.

La experiencia se asemeja a cuando rehabilitamos algún músculo que habíamos dejado olvidado. Así, en esta Cuaresma, el Rev. Byron Shafer, pastor de la Iglesia Presbiteriana Rutgers en el Upper West Side de Manhattan, dio su primer sermón sobre la expiación en “ocho o nueve años”. Blackwell, de la Primera Metodista Unida de Chicago, se encontró flanqueado por otros dos comentaristas en el noticiero MSNBC, debatiendo el asunto como si fuera un tema electoral o un juicio a una celebridad. Y de vuelta en Geneva, el problema continúa fascinando a los miembros del grupo de estudio bíblico y al rector asociado de su iglesia, Tony Welty. “La pregunta es”, dice Welty, “O.K., si esto realmente pasó, ¿por qué pasó? ¿Por qué murió Cristo? Y, si él realmente murió, entonces, ¡Dios mío! ¿qué significa eso para mí? Soy una persona que vive en el siglo XXI. ¿Debería estar tomando más en serio esto?”

 

Expiación
Tras estas preguntas hay una percepción de trágico alejamiento que se remonta a miles de años antes de la vida y muerte de Jesús. Desde que existe la religión, Dios (o los dioses) siempre ha sido definido como “lo otro”. Pero al mismo tiempo, los humanos han temido que esta separación esté aumentando. “¿Por qué estás lejos, oh Señor?”, clamaba el Salmista, concluyendo eventualmente que la razón era la desobediencia y el pecado humanos. En la época de Jesús, el ritual del templo judío incluía sacrificios regulares por el pecado, cargados con esperanzas de reconciliación o expiación ante Dios. Aproximadamente en el 57 d.C., cuando el Apóstol Pablo escribía la carta a los Romanos que está en el Nuevo Testamento, estaba claro que los cristianos querían reconfigurar esta reconciliación en torno a la vida, muerte y resurrección de Cristo. ¿Pero cómo?

Algunos teóricos modernos de la expiación sostienen que de la Escritura fluye inevitablemente una sola respuesta: la suya. Pero son más los que coinciden con Theodore Jennings Jr., del Seminario Teológico de Chicago. “El Nuevo Testamento se extiende en todas direcciones” al tratar de responder la pregunta de por qué murió Cristo, dice él. Todos sus autores “están convencidos de que algo muy drástico, fundamental y dramático ha sucedido, y están reuniendo todo tipo de maneras de entenderlo”.

La carta a los Hebreos, por ejemplo, se apropia directamente de la metáfora sacrificial judía, sólo que esta vez Jesús es simultáneamente sacerdote y sacrificio, derramando, “no la sangre de machos cabríos ni de becerros, sino su propia sangre, habiendo obtenido así eterna redención”. El Evangelio de Marcos favorece el lenguaje legal romano para la liberación de esclavos: “el Hijo del Hombre vino... para dar su vida en rescate por muchos”. Entretanto, la Primera Epístola de Pedro toma un rumbo radicalmente diferente y propone las tribulaciones de Jesús como experiencias a imitar: “porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pasos”. Y la carta de Pablo a los Colosenses sólo se detiene brevemente ante la Cruz en su camino hacia la imagen triunfal del Cristo resucitado que exhibe encadenados a sus enemigos demoníacos: “despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz”.

Fue este último modelo el que se extendió primero. Durante unos mil años, los padres de la iglesia parecen haber visto al Cristo sufriente y moribundo menos como el importantísimo fulcro trágico de la salvación que como un paso necesario en la triunfante campaña de Dios en el mundo humano y, eventualmente, en el territorio del diablo. Ellos veían la encarnación y la resurrección como algo mucho más importante para la reconciliación y como un nuevo comienzo para la humanidad. De hecho, una posición cercana a ésta es la que sostienen todavía los 250 millones de creyentes cristianos que tiene la Iglesia Ortodoxa Oriental a escala mundial, haciéndolos menos susceptibles que la mayoría de los creyentes a prolongadas imágenes de la agonía de Cristo como las que presenta Gibson. Frederica Mathewes-Green, quien ha escrito varios libros sobre cristianismo ortodoxo, dice que “es como un bombero que entra a un edificio y sale cubierto de heridas y cicatrices, pero llevando en sus brazos un bebé al que logró rescatar de su cuna. La victoria es que él arrebató la vida eterna de las garras del pecado y de la muerte. Y es eso lo esencial para los cristianos ortodoxos”.
En la antigüedad, cuando los padres de la iglesia abordaban el lenguaje bíblico interpretando la muerte de Cristo como un rescate, el que recibía el pago no era Dios sino el diablo que, según algunos, tenía demandas legítimas sobre la humanidad debido a la caída de Adán. Pero otros prefirieron un escenario distinto: ver la Crucifixión y el posterior descenso de Jesús en lo que ellos llamaban el Hades, como una especie de pesca divina con carnada, gracias a la cual el diablo pensó que había obtenido una víctima humana particularmente virtuosa sólo para descubrir que había dejado entrar en su santuario el poder que eventualmente arrebataría a la humanidad de sus garras. San Agustín comparó al diablo con un ratón, a la Cruz con una trampa para ratones, y a Cristo con el cebo.

Hubo otros (incluida la Ortodoxia actual) que quedaron satisfechos con dejar en el misterio la naturaleza precisa de la transacción. Pero fueron enfáticos en su visión de un Cristo decididamente no victimizado como un gran campeón contra un mal que es una fuerza sobrenatural real y formidable, de reinos invisibles que combaten sobre nuestras cabezas y bajo nuestros pies. Esta concepción sobrevive en el gran himno de Martín Lutero “Poderosa Fortaleza es Nuestro Dios”, en la serie de libros “Dejados Atrás”, basados en Apocalipsis, y en la estremecedora la escena en que se encuentran Cristo y el diablo al inicio de la película de Gibson. Pero no llegó a definir el significado atribuido por la mayor parte de la cristiandad occidental a la muerte de Cristo. Ese honor le correspondió a una teoría desarrollada por Anselmo, el Arzobispo de Canterbury, quien en 1098 elaboró uno de los tratados teológicos más influyentes jamás escritos: “Por qué Dios se hizo hombre”.

 


Anselmo de Canterbury (1033 - 1109)

Una cuestión de honor
Anselmo también leyó las líneas del Nuevo Testamento que hablaban de la muerte de Cristo como un rescate; pero él no podía creer que se le debiera algo al diablo. Por eso, reestructuró la deuda cósmica. Propuso que era la humanidad la que le debía a Dios Padre un rescate de “satisfacción” (para usar la terminología feudal de Anselmo) por la ofensa del pecado. El problema era que la deuda era impagable: no sólo carecíamos de los medios, ya que, para empezar, todas nuestras posesiones de valor eran de Dios, sino que además carecíamos del estatus, como siervos humildes y desvalidos que somos, para borrar las injurias cometidas contra un gran señor. La condenación eterna parecía inevitable, salvo por un milagro de la gracia. Dios se nos vuelve a presentar en forma humana para que Cristo, quien era inocente del pecado y también de la misma jerarquía que Dios, pudiera sufrir la agonía inmerecida de la Crucifixión, dedicándola al Padre en nombre de la humanidad. Cristo “pagó por los pecadores una deuda que no era Suya”, escribió reverentemente Anselmo. “¿Sería justo que el Padre le negara al hombre lo que el Hijo quiso darle?”. No, gracias a Dios.

La formulación de Anselmo, conocida como expiación sustitutiva, se ha reiterado de innumerables formas a lo largo de los siglos. La iglesia eventualmente extendió su concepto del pecado por el cual murió Jesús, aplicándolo ya no sólo a la desobediencia de Adán sino a las transgresiones de todos. Juan Calvino, el reformador del siglo XVI, reemplazó al rey feudal de Anselmo con un severo juez, lleno de furia contra una creación merecidamente maldita. Hala Saad, un feligrés contemporáneo de Texas, recita una versión moderna más apacible: “Todo lo que yo tenía que hacer era firmar el plan de cancelación de deudas de Dios ¡para que Jesús tomara mi lugar!”

Perdura la polémica en torno a qué grupo de humanos (¿todos? ¿los cristianos? los elegidos?) se beneficia con el sacrificio y acerca de si nuestros pecados exacerban la agonía del sacrificio de Cristo de alguna manera retroactiva. Pero ninguna otra formulación post-bíblica ha entrelazado tan elegantemente al Padre, el Hijo, la creación desobediente y las alusiones al pecado y la gracia. Ninguna ha ligado tanto al creyente con su Salvador en la intimidad del dolor (y la eventual gloria Pascual) y completado la gran obra de Pablo de convertir a la Cruz, una imagen de extremo horror, en el máximo icono occidental del amor.

La Iglesia católica adoptó la sustitución como una doctrina legítima en el siglo XVI. La Reforma también se bañó en la sangre del Cordero, y es rara la congregación protestante norteamericana que no cante “O perfect redemption, the purchase of blood / to every believer the promise of God / The vilest offender who truly believes / That moment from Jesus a pardon receives” [“Oh, perfecta redención, al precio de sangre / promesa de Dios para cada creyente / El ofensor más vil que cree de verdad / En ese momento recibe un perdón de Jesús”].

 

Ejemplo, no sacrificio
Sin embargo, desde el siglo XVIII en adelante, varios pensadores desarrollaron una lista de reparos acerca de la sustitución, aunque pocos quisieron abandonarla totalmente. Para algunos norteamericanos, el Dios iracundo y omnipotente de Calvino recordaba demasiado a los tiranos arbitrarios cuyo derrocamiento había definido la identidad de la nación. En una época en que Thomas Jefferson estaba literalmente recortando todas las referencias a milagros de su copia de la Biblia, la estructura sobrenatural de la substitución perturbó a algunos racionalistas de la Ilustración. Su poco espacio para la voluntad humana contradecía la visión cada vez más optimista de los siglos XVIII y XIX, según la cual las especies podían perfeccionarse a través de sus propios esfuerzos. Y en una cultura religiosa cada vez más definida por la evangelización emocional y la idea de una relación personal con Jesús, la ecuación legalista de Anselmo fue considerada como una desventaja para quienes predicaban con el objeto de ganar almas.

En busca de ayuda, acudieron a una fuente tan antigua como Anselmo. El teólogo francés Pedro Abelardo también había trabajado en la Edad Media escribiendo sobre el rol de Jesús en el acortamiento de la distancia entre la humanidad pecadora y Dios; pero lo hizo sin recurrir a la transacción de una cosa por otra. Su expiación ocurría menos como un pacto entre Dios Padre y Dios Hijo, y más en los corazones de los creyentes que se adhieren al mensaje de la vida de Jesús y al amor expresado tan dramáticamente en su disposición a morir en lugar de renunciar a su llamado. “El amor responde al llamado del amor”, escribía Abelardo. Con el ejemplo de Jesús ante sí y sus oídos sordos vueltos a destapar, la humanidad podría alcanzar ahora la salvación y la reconciliación con Dios.

Serene Jones, teóloga de Yale, señala: “En la teoría de la sustitución, el problema entre la humanidad y Dios consiste en deudas. En la teoría Abelardiana, el problema consiste en la ignorancia: no tenemos suficiente información”. Esto calzó perfectamente bien con el espíritu de la Ilustración, y tomó vuelo. El ministro Horace Bushnell, de Hartford, Connecticut, su gran defensor en el siglo XIX, declaró que el nuevo sitial de la expiación no estaba en “los campos remotos de la existencia” sino en la humanidad, como “un efecto moral, forjado en la mente de la raza”. La muerte de Jesús perdió centralidad, porque dejó de ser el precio por quitar el peso del pecado; en su lugar, los sucesores de Bushnell empezaron a predicar la vida del Salvador y a exhortar a sus congregaciones a esforzarse con miras a la reconciliación con el Padre emulando las sanidades realizadas por el Hijo, su castigo a los cambistas en el Templo o sus mandamientos de amor y tolerancia.

Esta teoría es conocida como expiación ejemplar, y fue expuesta con vigor hace unas pocas semanas por el Rev. Shafer en la Presbiteriana Rutgers. Shafer, quien recién había visto “La Pasión de Cristo”, se sintió impulsado a responder ante lo que consideraba como la suposición de que “el propósito central de la existencia de Jesús [era] ofrecerse como un rescate sacrificial a un Dios enfadado por nuestro pecado”. El pastor discrepó. “La misión y propósito de la vida y ministerio de Jesús”, predicó él, “era, primero, ser modelo para la humanidad de la plenitud de la misericordia y el perdón que Dios nos ofrece a nosotros los pecadores y, segundo, ser modelo para nosotros de la perfección del amor que es Dios, un modelo que todos los que aceptan el perdón de Dios están invitados a seguir, por la gracia de Dios”. Por ello, concluía Shafer: “¡No es la muerte de Jesús la que puede salvarnos, sino su vida!”

 

Visiones en batalla
Todavía es posible tener una verdadera disputa acerca del significado de la Cruz. Por ejemplo, en 1994, cuando una participante en una conferencia feminista nacional pagada en parte por la Iglesia Presbiteriana (EEUU) anunció que “yo no creo que necesitemos en absoluto una teoría de la expiación; no creo que necesitemos tipos colgando de cruces y sangre chorreando y cosas raras”, la violenta reacción ante el comentario y otros aspectos polémicos de la conferencia terminó con la renuncia de un alto oficial presbiteriano y un costo en aportes que la denominación estimó en 0.5 millones de dólares.

En su mayor parte, las escaramuzas permanecen en el ámbito de lo verbal. Desde un principio, los críticos de la teoría ejemplar han sostenido que no le otorgaba ningún rol particular a la divinidad de Cristo. Cualquier mártir virtuoso podría hacerlo. Uno comentó ingeniosamente que la Biblia podría terminar con la muerte de Abel, un hombre bastante decente. Los evangélicos calvinistas como Alberto Mohler, presidente del Seminario Sur de la Convención Bautista del Sur, siguen enfatizando ese punto. La teoría ejemplar en su estado puro, dice él, “es sólo un relato de un humano que intenta impresionar a otros humanos con la moral del auto-sacrificio, y ése no es el evangelio cristiano y nunca lo ha sido”. Otros señalan que la teoría le resta importancia al pecado y al mal, dando la impresión de que el mundo no tiene ningún defecto que no pueda corregirse a través del esfuerzo humano.


John Dominique Crossan

Entretanto, las críticas a la sustitución pura pueden ser igualmente corrosivas. John Dominic Crossan, católico liberal, la ha descrito como “la idea más desgraciadamente exitosa en la historia del pensamiento cristiano”. Él sugiere que después de que la iglesia cristiana obtuvo poder mundano, la teoría de Anselmo creó un sentido de deuda y un instrumento para el control social. “Si yo puedo convencerte de que hay un Dios castigador y de que mereces ser castigado, pero que yo tengo alguna clase de salida para ti, entonces ésa resulta ser una teología muy atractiva”, dice él.

Otros ven una doble falencia: primero, en una humanidad cuya redención está siendo negociada bien por encima de sus cabezas y, lo que es más importante, en Cristo, el hijo de un padre cuyo universo moral de algún modo parece requerir de su muerte. Aun cuando uno ignore los argumentos literalistas de que la substitución implica un maltrato infantil divino, la evidencia acumulada durante centenares de años sugiere que, en malas manos, puede entregar el mensaje equivocado. La Rev. Dr. Susan Thistlethwaite, presidenta del Seminario Teológico de Chicago, escribe acerca de su experiencia como consejera espiritual: “Innumerables mujeres me han dicho que su pastor o ministro les había aconsejado que, como ‘buenas cristianas’ aceptaran las palizas dadas por sus maridos tal como ‘Cristo aceptó la cruz’. Para apoyar la violencia, se ha tendido a aplicar un énfasis excesivo en el sufrimiento de Jesús que lleva a la exclusión de su enseñanza”.

Thistlethwaite percibe tan fuertemente esto que, hace unas pocas semanas, convocó a un grupo de la Primera Iglesia Metodista Unida de Chicago a hablar sobre la película de Gibson. Era una película de guerra, le dijo a las aproximadamente 30 personas presentes, la más violenta que había visto jamás. Un colega suyo dijo que la película parecía adoptar la teoría de la expiación sustitutiva. “Los problemas con esta teología cristiana clásica”, señaló, son “la glorificación de la muerte y el sufrimiento, el incentivo a la victimización de inocentes, y el hecho de convertir el perdón en una responsabilidad o carga [como la de Jesús] de la víctima”.

Jonathan Ramey levantó su mano. Ramey, un ministro bautista ordenado que no tiene casa, había llegado a la Primera Metodista Unida mientras vivía en un albergue cercano. “¿No puede una persona beneficiarse del sufrimiento de alguien más?”, preguntó él. “Más de una vez, mi hermano me salvó de ser apaleado al recibir él mismo las palizas. Yo estoy pasando por un período de sufrimiento”, dijo él. “Si miro el sufrimiento de Jesús, sé que puedo pasar por esto”. Los otros participantes le siguieron la corriente durante algunos minutos, pero no cedieron en su postura.

Un poco después, Ramey reflexionaba sobre la reunión. “No es que estas personas no sean buenas”, dijo cortésmente. “Pero viven una realidad diferente. Uno se eleva tanto que no tiene ni idea acerca de la auténtica verdad del Evangelio, que es que el sufrimiento es parte de la salvación”.

Otro testimonio de la efervescencia que persiste en este debate es que sigue siendo un buen indicador de las guerras culturales. El cientista político John Green, de la Universidad Akron de Ohio, señala que el sentido de pecado que acarrea la teoría de la sustitución explica la política de la derecha religiosa acerca de la moralidad individual. De hecho, la naturaleza jerárquica de la sustitución reafirma el desprecio de los conservadores hacia cualquier derecho que ellos consideren carente del imprimátur bíblico de Dios. “La visión sustitutiva nos llama a la humildad”, dice Mohler. “Pone al Padre en la posición de satisfacer sus demandas justas hacia nosotros a través de la expiación de Cristo. Nosotros no tenemos la autoridad para definir nuestra propia existencia o exigir derechos como el derecho de las mujeres a abortar”.

Por el contrario, Randall Balmer, director del departamento de religión del Barnard College en la ciudad de Nueva York, dice que los cristianos que apoyan la expiación ejemplar pueden apoyar iniciativas sobre los derechos de los homosexuales basándose en "la compasión de Jesús por la humanidad, la que debemos emular siendo amables, abiertos, inclusivos y no condenatorios”. La afirmación de Martin Luther King, Jr., de que “un sufrimiento inmerecido es redentor” estaba en la línea de la expiación ejemplar, aunque su teología no se redujo sólo a eso.

 

Mezclando, encajando, explorando
De hecho, la mayoría de los cristianos no es ni puramente sustitutivo ni exclusivamente ejemplar en su perspectiva. JoAnne Terrell, autora de “Power in the Blood? The Cross in the African American Experience” [“¿Poder en la Sangre? La Cruz en la Experiencia Afro-norteamericana”], tiene fe en una expiación sustitutiva a través de la muerte de Jesús. Ella afirma que es “una de las piedras angulares de la fe de la iglesia afro-norteamericana”. Pero ella también cree en algunas otras cosas. Algunos años atrás, mientras asistía a una clase en el seminario, tuvo un recuerdo. Ella era una niña otra vez, y su madre acababa de ser asesinada por su novio. Una vez más, Terrell vio el colchón empapado de sangre y la impresión ensangrentada de la mano de su madre en la pared. Y, de repente, “yo tenía que encontrar una conexión entre la historia de mi mamá, mi propia historia y la de Jesús”, dice ella.

El Cristo que conectó esas historias no fue sólo aquel cuya muerte la había liberado del pecado. Terrell dice que también era el Cristo que generaciones de afro-norteamericanos han creído que sufrió tanto con ellos como por ellos. Y, agrega ella, el Cristo que durante su vida había “hecho frente a las autoridades abusivas y a una cultura abusiva y le enseñó a la gente cómo hacer esto”. Estos Cristos, entrelazados en un solo Cristo, la apoyaron en su dolor, le permitieron ver que su madre había muerto haciendo frente al hombre que la maltrataba y ayudaron a Terrell a encontrar su lugar como una persona “que intenta vivir para Dios”. Y así, dice ella, “para nosotros, Jesús en realidad no sólo es sustitutivo, sino también es aquel que de verdad se identifica con nosotros y está con nosotros en el sufrimiento y puede proporcionarnos un ejemplo de cómo vivir nuestras vidas”.

Aunque Terrell puede tener una historia especialmente dramática como cristiana, su disposición a mezclar, encajar o transformar teorías de la expiación es sumamente común. Mark Noll, profesor de pensamiento cristiano del Wheaton College de Illinois, señala que “cuando el cristiano promedio dice ‘Cristo murió por mis pecados’, puede estar diciendo más de una sola cosa”. Y Barbara Wheeler, presidenta del Seminario Auburn de Nueva York, afirma que en estos días “la mayoría de los teólogos reconoce más de dos posibilidades y la importancia de equilibrarlas e integrarlas”.

Incluso en el mundo evangélico, por cada cristiano como Reagan White Jr. (un bautista de Texas que recientemente se retiró de una congregación orientada hacia la expiación ejemplar porque “hasta el mejor órgano del mundo puede tocar una nota amarga si el sermón que le sigue diluye la esencia del cristianismo”), probablemente haya cinco como la metodista Janet McLeod, una publicista del mismo estado que señala: “Nosotros obtenemos nuestra fuerza para vivir de las parábolas de Jesús y de su trabajado misionero. De la Crucifixión, obtenemos nuestra esperanza de lo que viene después”. Graham, el pastor bautista de Plano, dice: “es como preguntar cuál de las alas del avión es más importante”.

Algo que es más preocupante para aquellos interesados en la salud de la fe norteamericana –hasta el pasado febrero, por lo menos-, es la gran proporción de cristianos que realmente no piensa en la muerte de Jesús. “En la mayoría de las iglesias protestantes,” dice Jennings, del Seminario Teológico de Chicago, “apenas hay algo que se parezca a una Cruz. Se va directamente desde el Domingo de Ramos a la Pascua sin pasar por el punto central”. La omisión va mucho más allá de la histórica aversión de los protestantes a los crucifijos que llevan el cuerpo de Jesús. Más bien, dice Jack Miles, autor de “Christ: A Crisis in the Life of God” [“Cristo: Una Crisis en la Vida de Dios”], se remonta al siglo XVIII, cuando “los norteamericanos tendieron a no quedarse en la agonía de Jesús. Era más ‘el amigo de mi alma, él camina junto a mí y habla conmigo’ ”. Ese fenómeno, que sólo se ha acelerado, afecta tanto a la cristiandad conservadora como a las iglesias predominantes, dice Prothero, el autor de “American Jesus". “Si usted le preguntara a los evangélicos en una encuesta Gallup si han perdido el interés en la teología dura, ellos dirían que no. Pero en términos de experiencia cotidiana, la expiación no es una realidad vivida”.

Y esto, a su vez, hace pensar en una cristiandad con un gran agujero en el cual debería ir, por lo menos, algún pensamiento. “La Cruz está en el centro de la cristiandad, y sabemos que estaba en el centro del propio pensamiento de Jesús”, dice John Stott, predicador anglicano y autor de “The Cross of Christ” [“La Cruz de Cristo”], quien sufrió una apoplejía el año pasado. “Yo nunca podría creer en Dios si no fuera por la Cruz”. Casi parece suplicar. “En el mundo real del dolor, ¿cómo podría adorarse a un Dios que fuera inmune a él?”

“La Pasión de Cristo” de Gibson ciertamente ha aportado un poco a combatir la ligereza del cristianismo. El punto de vista de la película sobre la expiación puede describirse mejor como sustitutivo (aquella cita inicial de Isaías plantea el tema) con una fuerte dosis de devoción de la Pasión católica (los detalles más sanguinarios), una pizca de enfoque “ejemplarista” (los “flashbacks” a las enseñanzas de Jesús) y aquellas bocanadas sulfurosas del antiguo modelo del bien contra el mal. En otras palabras, una comprensión casi tan ecléctica como la del norteamericano promedio. ¿Convencerá a alguno de adoptar una filosofía en particular? Quizás no; pero es un recordatorio de que la pregunta de por qué murió Jesús requiere de alguna clase de respuesta de parte de cualquier persona que reflexione sobre su fe; y aquella pregunta no se evaporará luego del domingo de Pascua.-

 

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