Desconocidas historias y ritos encierran las tradiciones navideñas. La más importante y primera de la lista tiene que ver con el día que se escogió para celebrar la Navidad. Hasta el siglo II de nuestra era, los cristianos sólo conmemoraban la Pascua de Resurrección, ya que desconocían totalmente el momento en que había acontecido el natalicio de Jesús. El nacimiento habría transcurrido en el silencio de Judea. No figura registro ni inscripción alguna, sólo vagos datos en los evangelios canónicos y apócrifos, cuenta Italo Fuentes, profesor de la Universidad de Chile y Metropolitana, e integrante del grupo Calenda Maia. Cuando llegó el siglo IV, los teólogos seguían proponiendo fechas tan diversas y arbitrarias como el 6 de enero, el 25 de marzo, el 15 y 20 de abril y el 20 de mayo. Algunos sacerdotes de Oriente, bajo un concepto totalmente simbólico, afirmaban que Jesús debería haber nacido en primavera, por ser la estación en que todo renace, pero otros proponían que si fue concebido en primavera, probablemente el nacimiento fue en diciembre. Fue entre los años 354 y 360, durante el pontificado de Liberio, que se tomó como fecha inmutable la noche del 24 al 25 de diciembre. La verdad es que se guiaron por la celebración pagana del solsticio de invierno del hemisferio norte. Para todas las culturas precristianas representaba el auténtico nacimiento del sol, ya que a partir de esa fecha los días lentamente comenzarían a alargarse hasta llegar al solsticio de verano (22 de junio). La fiesta se conocía como Natalis Solis Invicti (el nacimiento del sol invencible), un culto que los cristianos no lograron proscribir. Los pueblos prerromanos, durante los tres días anteriores al 24 y 25 de diciembre, así como en los posteriores que llevaban hasta el Año Nuevo, festejaban el retorno del Nuevo Sol con grandes hogueras que, al margen de simbolizar el magno acontecimiento, tenían la función de excitar el calor, relata el periodista español Pepe Rodríguez en su libro "Mitos y Ritos de la Navidad", que Ediciones B acaba de publicar en nuestro país. Esa noche también intercambiaban regalos, gesto que se mantuvo como una tradición en el mundo religioso. Los cristianos adoptaron una costumbre pagana y le dieron un nuevo sentido. Combaten el paganismo desde el punto de vista del contenido, pero se conservan las formas. El cristianismo bautiza las culturas, explica el historiador. En Oriente, sin embargo, la fiesta del nacimiento se ligó con el 6 de enero, día de la llegada al mundo de Aion, dios del Tiempo Nuevo. Se le hizo coincidir además con la adoración de los Reyes Magos. En un principio, como relata el periodista Pepe Rodríguez, su número fue indeterminado. Representaciones del siglo III mostraban sólo a dos personas; en las catacumbas romanas hasta el siglo IV retrataban entre dos y cuatro y en pinturas de la Iglesia siria figuraba una docena. Finalmente, basándose en los evangelios, se estableció que fueron tres, representante cada uno de las partes del mundo hasta entonces conocidas: Europa, Africa y Asia. A los regalos también se les adjudicó un significado sagrado. El oro, por ejemplo, no se le relacionó con riqueza, como popularmente se cree, sino con la luz; es el metal noble que refleja la luz divina de un modo más puro. De allí proviene su prestigio en las ceremonias religiosas. El incienso tiene un sentido de sacrificio ascensional. Al quemarlo, no sólo se perfuma el recinto, sino que asciende, lo que permite la unión de la tierra y el cielo. La mirra, usada como ungüento funerario desde la antigüedad, se asocia con muerte y resurrección. En un mosaico de San Apollinare Nuovo que data del siglo VI, se mencionan por primera vez los nombres actuales de los magos: Baltasar, Melchor y Gaspar. Aparecen con ropajes persas y los tres de tez blanca. No fue hasta el siglo XVI que Baltasar comenzó a representarse de raza negra. A pesar de que en siglo VII un texto de Beda el Venerable ya describió a Baltasar como de tez morena, el peso de la tradición, que fijaba el origen de los magos en Persia, impidió que se pudiese imaginar un cambio de raza para este rey. Sin embargo, en el siglo XVI, las nuevas necesidades ecuménicas de la Iglesia Católica llevaron a implantar un simbolismo inédito, concluye Pepe Rodríguez en su libro. Con la cristianización de América surgió la idea ya tan comentada de un cuarto rey mago, pero se desechó rápidamente, ya que resultó descabellado incorporar un nuevo integrante a la comitiva sin ningún escrito antiguo que lo respaldara. La tradición de traer regalos a los niños sólo se adoptó en algunos países latinos a partir del siglo XIX, se cree que como una competencia directa al nórdico San Nicolás.
Santa Gringo Santa Claus es realmente un personaje sincrético. Su nombre provendría del obispo de Oriente San Nicolás, conocido como el obispo de los niños por ser el precursor de los orfanatos y haberlos beneficiado con su fortuna personal. Su dimensión es efectivamente histórica y profunda, una que nada tiene que ver con el gordito que viaja en trineo y hace juguetes en serie. La imagen del hombre vestido de rojo fue idea, al parecer, del alemán Thomas Nast, que tras emigrar a Nueva York se convirtió en un connotado dibujante del Harper's Weekly. Del gnomo vestido con pieles, como se le representaba en la tradición germánica, fue adquiriendo estatura, barriga prominente, barba y bigote largo y canoso. Pasa a tener una edad indeterminable; incorpora complementos tradicionales de la Navidad como el abeto, el muérdago y el acebo; se confirma el Polo Norte como su lugar habitual de residencia y se le implica en escenas hogareñas llenas de ternura (en las que los cinco hijos de Nast y su propia casa fueron usados como modelos), cuenta el libro "Mitos y ritos de Navidad". El perfeccionamiento de las técnicas litográficas y la irrupción de fuertes campañas publicitarias a mediados del siglo XIX, hicieron que su imagen, especialmente en Norteamérica, se robusteciera por sobre cualquier creencia cristiana. Durante la crisis de los años '30, el color rojo y los ribetes blancos del traje fueron inteligentemente aprovechados por los creativos de Coca-Cola para potenciar los propios colores de su firma y fue entonces que dieron al Santa gringo el aspecto que mantiene hasta hoy: un hombre de cara bonachona y rubicunda, sonrisa amplia y un bien cuidado pelo y barba. Las verdaderas tradiciones de Navidad, sobre todo en Chile, son quizás muy pobres precisamente por una curva de olvido en nuestra cultura, que se ha visto, a partir de este siglo, reemplazada, subrayada y aumentada por la difusión poderosa de ese Santa Claus, se lamenta el historiador Italo Fuentes.
Pesebres Franciscanos A fines del siglo XIX, estrechamente ligada a la imagen de Santa Claus estaba el abeto de Navidad. Los alsacianos y lorenenses habrían sido los artífices de la expansión del árbol. Ya en 1870 representaban al gran Klaus, un anciano de barba blanca vestido con un manto con capucha que llevaba una cesta y una rama de abeto. Fue esta, probablemente, una herencia de principios del período medieval, cuando el cristianismo se cruzó con los pueblos celtas, anglosajones y germanos. En medio de la noche, era un trascendental rito encender hogueras alrededor de los árboles verdes perennes, como el pino y el abeto. En la oscuridad, la luz está ausente, se experimenta angustia y angostura del alma. Se miraba entonces la naturaleza y se descubrían los árboles, que simbólicamente sobrevivían durante las noches, señala Italo Fuentes. El árbol representaba la vida, pero a la vez conservaba la energía lumínica y calórica del sol. Los antiguos pueblos nórdicos unían de esa forma la fiesta ceremonial del árbol sagrado con la del fuego. De ahí a colocar velas a los árboles como adorno navideño hubo un paso. Se ha perdido, sin embargo, el simbolismo de la suave luz de las velas. La fe es tan delicada como una llama de vela, que se apaga ante cualquier brisa. Así, cuando se prende es necesario ocuparse permanentemente de que se mantenga encendida, al igual como hay que atender la fe. El mundo cristiano relacionó, además, el árbol de Navidad con la cruz, el viejo madero en que Cristo es crucificado y resucita. La cruz es el árbol de la vida, porque aunque se encuentre seco, es allí donde la vida quedó impregnada, por lo que volverá a florecer. Encierra la idea del sacrificio, de regeneración, de renacer. Es también durante la Edad Media, ya en el siglo XIII y gracias a la devoción franciscana, que aparecen los primeros cantos navideños. En ese tiempo, dentro de los templos se entonaban himnos litúrgicos, muchos de ellos benedictinos, lo que no menguó el entusiasmo popular por los laudarios, antecesores de los villancicos (cantos de la villa). El primer himnario con melodía que se conserva es el Laudario di Cortona, un canto navideño monofónico, con coro y escrito en lengua vernácula, el antiguo italiano. San Francisco impulsó también, en 1223, la recreación de pesebres con animales y personas, una tradición que prendió rápidamente en España y luego en sus reinos. La Navidad por esos años comenzó a ser una celebración general; grupos de niños salían a las calles a entonar villancicos y dentro de las casas comenzó a adornarse el árbol tradicional de esta festividad. En Chile, los cánticos tuvieron gran difusión durante la época colonial. Gran parte da cuenta de los regalos que se les trae a los niños: pañales, ropa, frutas, verduras, animales. Revelan un gran cariño y solidaridad del pueblo, explica Fidel Sepúlveda, director del Instituto de Estética de la Universidad Católica. Algunos son de origen español y se han perpetuado, pero también hay tradicionales de antigua data creados en Chile. Se acompañaban con guitarra y arpa. Los más conocidos son los procedentes de Aculeo, zona de grandes versistas, como el conocido Señora Doña María/ Yo vengo con mucha pena/ Porque al niñito Jesús/ Se le acabó la novena/ Vamos, vamos a Belén/ Vamos a ver al niño Jesús, la Virgen y San José. Durante los siglos XVII y XVIII, las celebraciones navideñas y la visita al pesebre obligaron a varios llamados de atención de parte de la Iglesia chilena, porque la algarabía superaba los límites de la austeridad. Los niños tocaban flautas, pitos, se organizaba una suerte de orquesta y se cantaba durante la procesión en medio de un tremendo jolgorio. Las crónicas cuentan que algunos llevaban gallinas y cerdos a la parroquia, y cuando empezaban las matracas, apretaban a los animales para que también hicieran ruido. Se armaba una gran algazara, relata Fidel Sepúlveda. En el pesebre, los niños depositaban sus regalos, que consistían en frutas de la estación, como damascos, chirimoyas, duraznos, sandías primerizas, y animales, como corderos. Era una fiesta de Navidad muy chilena, con mucha participación de los niños y entonación de villancicos. Otro legado español fueron los auto sacramentales, obras dramáticas inspiradas en un tema sagrado que surgieron por primera vez en la Edad Media y se prolongaron durante el Renacimiento y el Barroco, época en que en España se vivió un gran auge con Lope de Vega. Lo que los caracteriza es que llevan a escena los misterios de la fe para hacerlos más comprensibles al público que no es teólogo. Se traspasan hacia América y perduran durante largo tiempo en versiones más sencillas, muchos de carácter anónimo, señala Fidel Sepúlveda, quien este año estrenó una creación propia: Oratorio a la Chilena. Inspirado en sus Navidades de niño en Cobquecura, con carreras a la chilena y cuecas, sitúa el nacimiento de Cristo en un pueblo de Chile. Un campesino, un pescador, un minero y un muchacho citadino van buscando un sentido a sus vidas hasta que encuentran el pesebre. La idea es difundirlo durante todo el año 2000 para que nos reencontremos con las verdaderas tradiciones de Navidad.
Año Nuevo Pagano Los rituales del solsticio de invierno en los pueblos precristianos fueron también el punto de partida de las actuales tradiciones de Año Nuevo. Para celebrar el nuevo ciclo estacional y el despertar de la naturaleza, en las Kalendae Ianuariae -fiesta que se realizaba la noche del 31 de diciembre- , el pueblo romano se abandonaba a los excesos y ponía su fe en Jano, el dios de dos caras, que mira hacia el pasado y el futuro. Durante el carnaval se practicaban supersticiones, se vendían públicamente amuletos y talismanes. Coros y bailes se desarrollaban incluso ante los templos donde los cristianos predicaban la redención de las fiestas de Navidad y Epifanía. Eran momentos de augurios y buenas nuevas. En las culturas celtas y germanas la llegada del nuevo año era la ocasión para celebrar las cosechas y practicar ritos de fertilidad y prosperidad, que con el tiempo se unieron a las festividades de la Navidad cristiana. El cristianismo fue apropiándose de a poco de las costumbres paganas, como poner a la hora de la cena de nochevieja vegetales que simbolizaran la abundancia e intercambiar augurios de buena suerte y felicidad.-
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