Historias de monjas Rosa era bella y también rica. Además, amaba a Cristo. Cuando su padre la presionó para que se casara con el muchacho rico de la casa de al lado, Rosa se negó. Ella dejó de comer. Se cortó todo el pelo. Incluso se frotaba la cara con vidrios rotos. Finalmente, su padre cedió y le preguntó a Rosa que quería hacer ahora (su aspirante a novio había desaparecido). “Oh, padre”, dijo Rosa, “sólo permítame construir una choza en medio del jardín y vivir allí sola”. El padre de Rosa le construyó su choza, y allí vivió Rosa, comiendo apenas y durmiendo en una cama de ladrillos rotos. Murió joven y se fue derecho al cielo. En 1957, en la Iglesia de Santa Rosa de Lima en Warwick, Rhode Island (EEUU), la monja que nos instruía tenía una sala llena de niños de seis años cautivados con historias como éstas. También oímos acerca de los valientes mártires, antiguos y modernos (con Rusia o China comunista asumiendo el papel antes desempeñado por Roma). Pero Rosa era diferente. Su sufrimiento era voluntario; auto-infligido, de hecho. No recuerdo qué sentido le di a su historia; pero sí recuerdo haber estado fascinada. ¿Por qué relatarle cosas semejantes a los niños de primer año? Porque nos estábamos preparando para nuestra Primera Santa Comunión. Nosotros teníamos que entender la importancia del sacrificio de Cristo, el significado de ese cuerpo y de esa sangre que estábamos a punto de recibir. Cristo no nos había salvado tanto a través de su muerte como a través de su sufrimiento. Y él había sufrido mucho; de hecho, más de lo que cualquier otro ser humano había sufrido jamás y más de lo que podría jamás sufrir. ¡Piensen!, exhortaba la hermana. Los santos sufrieron horriblemente. Pero su dolor era sólo por su propio pecado. Cristo sufrió por los pecados de todos y cada uno de nosotros. ¿Cuántos pecados son ésos? ¿Cuánto dolor habrá sentido Él? ¡Si Él no hubiera sido Dios, no podría haberlo soportado! La iglesia de mi abuela, ubicada en un suburbio de obreros italianos de Boston, incorporaba este mismo mensaje. Los dolores de los santos y mártires se entrelazaban visualmente con los de Cristo cuando los nichos llenos de representaciones de yeso pintado (San Sebastián, cubierto con sangre y flechas; la Virgen de los Siete Dolores y su pecho atravesado por siete dagas) se alternaban con pinturas al óleo de Cristo tropezando a lo largo de las Estaciones de la Cruz. Cubiertas con estas imágenes, las paredes de la iglesia convergían en el altar que contenía el Cuerpo de Cristo. Y, encima del Misterio del Sacramento, colgaba su contraparte visual e histórica: Cristo agónico, muriendo en su cruz.
La Pasión según Mel Gibson Todo lo cual nos remite al más reciente trabajo de Mel Gibson, “La Pasión del Cristo”. Exacerbando el “gore” (haciendo volar pedazos de carne generados por computadora y usando la maestría del maquillaje hollywoodense), Gibson ha logrado una hazaña de “cross-marketing” [mercadeo cruzado]. Él ha tomado esta fijación por la sangre y el dolor, ya un tanto añeja y de quintaesencia católico romana, y se la vendió a los protestantes del sur de los Estados Unidos. Probablemente en ningún otro momento de la historia de la nación, tantos bautistas habían conocido la fecha del Miércoles de la Ceniza. El Cristo que Gibson está vendiendo no es el Cristo de las escrituras del primer siglo, aunque los elementos de su historia de basen en ellas. El Cristo del primer siglo, representado principalmente en los cuatro evangelios, no redimía a través de su sufrimiento, sino a través de su muerte y resurrección, que conllevaban la promesa de su retorno. Los evangelistas transmitieron tradiciones históricas sobre la vida y las enseñanzas de Jesús, interpretándolas a través de su propio entendimiento de las escrituras judías. Sus meditaciones sobre los antiguos textos sagrados conformaron especialmente sus representaciones de los puntos extremos de la vida de Jesús: su nacimiento y su muerte. Los numerosos detalles narrativos de las historias de la pasión en los evangelios, deliberadamente se hacen eco de varios versículos de los profetas y de los salmos. Su idea central: que Jesús murió y resucitó, según las Escrituras. Para los evangelistas y sus comunidades, la correspondencia entre el evento y las antiguas profecías determinaba la autoridad de sus relatos. Gibson pasó por alto la idea de los evangelistas. Al iniciarse la proyección del filme, un versículo de Isaías 53 destella en la pantalla: “Él fue herido por nuestras transgresiones, y por sus llagas fuimos sanados”. Lo que sirvió como autorización profética para la proclamación de los evangelios, es usado por Gibson como una invitación a explorar, con espeluznantes y prolongados detalles, cuál sería el aspecto de un cuerpo humano azotado, molido y desollado. Parte de esta orientación proviene del catolicismo de su niñez. Parte de ella, tal como él mismo lo ha declarado repetidamente, proviene de las visiones de Anne Catherine Emmerich, una monja estigmática de comienzos del siglo diecinueve (a juzgar por cómo eran mis clases de catecismo en la Rhode Island del siglo veinte, apenas puedo aventurarme a imaginar cómo habrán sido las suyas en la Westfalia decimonónica). Otra parte de ella, por supuesto, no es más que la cinematografía vernácula favorita de Gibson, que puede apreciarse desde “Mad Max”, pasando por “Corazón Valiente”, hasta filmes más recientes.
Así, el Cristo de Gibson, una figura teológica cuyos orígenes se remontan a la Europa del medioevo tardío, no salva tanto a través de su muerte como a través de su interminable, indecible, insufrible sufrimiento. Ése es el centro de la película de Gibson. El resto son sólo adornos. El vestuario, al igual que la música, es recargadamente teatral. Los tipos malos visten de negro y su judaísmo se representa con mantillas de oración, grandes narices y mala dentadura. Los soldados judíos que arrestan a Jesús se ven como una embajada de dignatarios romulanos o extras del coro de Nabucco. Las caras de las dos Marías están enmarcadas por velos de monja (ya casi veía a Monica Belucci sacando un rosario en las Estaciones de la Cruz). Y el tan anunciado uso que hace Gibson de los idiomas antiguos, al igual que la alta calidad de su “gore” en el celuloide, son sólo una inclinación hacia la verosimilitud, pero no hacia la autenticidad histórica. Pilato platicaba en arameo; Jesús en perfecto latín eclesial (a esta altura de la película, lo confieso, refunfuñé bien fuerte).
María (Maia Morgenstern)
y María Magdalena (Monica Bellucci) >
Catolicismo medieval para protestantes contemporáneos ¿Cómo es que tantos protestantes acabaron apoyando este producto católico del medioevo tardío? En parte, debido al carácter anodino de la narrativa del filme. Implacablemente visual, su historia y caracterizaciones carecen de sustancia. No tiene trama. No tiene desarrollo en los personajes. Nunca se nos dice por qué tiene que morir Jesús, por qué Caifás desea tanto su muerte ni por qué los judíos de Jerusalén insisten tanto en su muerte. La película en realidad es una serie de fragmentos de filme bíblico, conectados entre sí por montones de secuencias en cámara lenta y música intrascendente (y algunas tomas –tropas romanas que marchan enérgicamente en formación, Pilato en su estrado intentando razonar con una turba de judíos-simplemente no pueden funcionar eficazmente después de “La Vida de Brian” de Monty Python). Sin embargo, lo que hace que la película de Gibson sea débil como historia, podría ser precisamente lo que la hace tan eficaz como impacto comercial interdenominacional. Los espectadores sin una orientación teológica particular pueden aburrirse un poco, si es que la implacable sangría no les da náuseas. Pero los espectadores de orientaciones teológicas bien diversas pueden encontrar apoyo en las escenas de Gibson para cualquier mensaje que deseen, porque son ellos quienes rellenan todos los espacios en blanco que él dejó. El marketing de Gibson puso en su mira a las comunidades evangélicas, y él contrató a los mejores especialistas de mercadeo de la industria cristiana para promover su película como un acto de compromiso religioso. Él hizo brillar la luz de su celebridad sobre estas iglesias, pidiendo humildemente que le ayudaran a extender la verdad del evangelio. Y él mismo se posicionó también, como un devoto guerrero enfrentado a la industria secular, pecadora y ciertamente anticristiana de Hollywood. Pero el propio Gibson también se refundió y se reinventó en la retórica televisiva de los “renacidos”. Su guión, afirmaba él, estaba basado, de manera sencilla y directa, en la Biblia (sola scriptura, en el idioma de la Reforma). Su mensaje era exclusivamente sobre Jesús, el amor y el perdón. Él mismo había sido un pecador; perdido pero ahora encontrado, esclavo pero ahora libre. Él era sólo un hombre común, llamado a dar testimonio de aquello en lo que él tenía que creer, porque es justo lo que está en la Biblia. En resumen, para venderse a sí mismo y a su película, Gibson adoptó la forma de un católico pre-Vaticano II de estilo protestante. Y, aunque parezca increíble, funcionó. ¿Quién habría pensado que tantos protestantes respaldarían con tal entusiasmo esta representación católica medieval de la Pasión, montada y promovida incansablemente por un hombre que cree que hasta su esposa episcopal podría tener dificultades para entrar al cielo a menos que se convierta a su iglesia? Extra ecclesiam nulla salus (“Fuera de la Iglesia, no hay salvación”).
La polémica del antisemitismo ¿Y qué hay de “La Pasión” y el tema de los judíos? Ya en enero de 2003, Gibson se había quejado a Bill O'Reilly de que su película tenía “muchos enemigos.” “¿Cree usted que es porque está haciendo una película sobre Jesús?”, preguntó O'Reilly. “Creo que hay muchos que no quieren que esto pase”, respondió Gibson. Luego, durante la primavera de ese año, Gene Fisher, encargado de diálogo interreligioso de la Conferencia Estadounidense de Obispos Católicos (USCCB, su sigla en inglés) consultó a Icon, la compañía productora de Gibson, acerca de la posibilidad de que un comité ad hoc de académicos revisara el guión de la película. Gibson estaba pregonando la fidelidad histórica y escritural de su película, y Fischer le estaba ofreciendo algo de retroalimentación gratis (confidencialmente, además). Fisher y Eugene Korn, de la Liga Anti-Difamación (ADL), reunieron un equipo ecuménico de académicos al que yo fui invitada en calidad de miembro. El 17 de abril, Fisher informó a William Fulco (la persona que había traducido el guión al arameo y al latín, y nuestro principal contacto en Icon) que ya había recibido una copia del guión; el 24 de abril, Fisher y Gibson sostuvieron una conversación. Icon recibió nuestro informe a comienzos de mayo. Sin saberlo, le habíamos facilitado a Gibson su siguiente carga de municiones. Los abogados de Gibson amenazaron con demandar a la USCCB y a la ADL, afirmando que nosotros sabíamos que habíamos trabajado con un guión robado. De hecho, nosotros no lo sabíamos y, a juzgar por los contactos de Gibson con nosotros, no podríamos haber imaginado que él pensaba eso. Además, el hecho de que Fisher haya informado inmediatamente a Icon una vez recibido el guión, indica que Fisher no creía que el guión fuera robado: de haberlo sabido, ¿por qué contactarse con Icon? Luego, alguien en Icon filtró nuestro informe confidencial a Zenit, una agencia de noticias católica y conservadora. Zenit, a su vez, no sólo se refirió a nuestro informe como un “ataque”, sino que, de toda la lista de autores, escogió al único con un nombre judío identificable para darle un tratamiento especial (véase aquí). Las críticas católicas fueron minimizadas o simplemente ignoradas. Desde ese momento, la suerte estaba echada: “La Pasión”, insistían los defensores de Icon, es la película que los judíos no quieren que usted vea. Primero, los judíos persiguieron a Cristo, y ahora van por Gibson. Ahora los expertos critican a la ADL y al Centro Simon Wiesenthal por alimentar la maquinaria publicitaria de Gibson. Pero tanto Abraham Foxman de la ADL como el Rabino Marvin Hier del Centro Wiesenthal, estaban en una situación sin salida. El silencio habría implicado consentimiento, y hablar alimentaba la maquinaria de las relaciones públicas. La jugada de Icon ya estaba hecha y, tal como lo demostrara con claridad al manipular nuestro informe ecuménico (redactado por una mayoría católica), Icon no iba a permitir que se articularan voces cristianas de protesta que pudieran arruinar su representación de una polémica entre dos bandos: nosotros versus ellos, chicos malos versus chicos buenos, cristianos versus judíos. ¿Pero, acaso Mel Gibson o su película son antisemitas? Mi respuesta es: ¿a quién le importa? Lo único que sí importa es que la película es incendiaria y que su descripción de la villanía judía (exagerada mucho más allá de lo que relatan los evangelios y violando todo el conocimiento histórico que tenemos de la Judea de comienzos del siglo primero) ayudará y reconfortará a los antisemitas dondequiera que se encuentren y los animará hablar. En otros lugares y en otras culturas, bien puede animarlos a actuar. Gibson rechaza asumir la responsabilidad por eso; pero, no obstante, su responsabilidad permanece. Sin ir más lejos, el día del estreno de la película, el Pastor Maurice Gorden, de la Iglesia Pentecostal Unida “Lovingway” de Denver, usó la marquesina de su iglesia para proclamar, “ ‘LOS JUDÍOS MATARON AL SEÑOR JESÚS’ 1 TES. 2:14,15 ¡DEFINITIVO!” ¿Gorden había pensado esto antes del 25 de febrero? Probablemente sí. ¿Fue la película de Gibson la causante de que Gorden inculpara a los judíos de esta manera? Probablemente no. Pero la excusa de Gorden para su cartel (“La palabra de Dios es la palabra definitiva”) es semejante a las excusas que Gibson ha ofrecido repetidamente en defensa de su simple y polarizante guión. La misma implacable autopromoción de Gibson y su mañoso fundamentalismo, han creado la atmósfera en la cual Gorden puede cómodamente transmitir de manera pública su visión; una visión que se sitúa en el centro de la larga y tóxica tradición de anti-judaísmo violento que tiene la Cristiandad.
Además, si los cristianos creen (como en efecto lo hacen) que Jesús murió por toda la humanidad, debido a los pecados de toda la humanidad, entonces es obvio que los cristianos piensen fácilmente en términos de culpa colectiva intergeneracional. Ésa es la razón por la cual a esta posición teológica, invocada frecuentemente para desviar preguntas acerca del potencial antisemita de la película, en realidad le sale el tiro por la culata. Si todos los cristianos son en todo momento culpables de la muerte de Cristo, entonces ¿por qué no deben serlo todos los judíos, también? Al contrario de los cristianos, los judíos no tienen la cortesía de ser agradecidos, que es la razón por la cual los cristianos, por lo menos desde el cuarto siglo, se han sentido impulsados a enseñarle una lección a los judíos. La centralidad de la idea de la culpa colectiva en la teología cristiana, también es la razón por la cual la postura personal de Gibson sobre el antisemitismo no importa. Dado el dramático contenido de su película, vemos que él es un portador de esa idea.
¿Y después, qué? ¿Y qué pasará después? El furor se apaciguará. La película será enviada al limbo de los Blockbuster. Las iglesias probablemente continúen proyectándola en sus campañas evangelísticas (odio pensar cómo se sentiría Emmerich si supiera que Gibson está ayudando a reclutar más protestantes). Gibson, la Noble Víctima, cobrará su dinero, segando toda la recompensa de su larga campaña publicitaria de nueve meses. Y, enfrentémoslo: la virtuosa orquestación de la atención pública realizada por Gibson, convirtió el Miércoles de Ceniza de 2004 en un Día Santo Obligatorio para toda clase de fundamentalistas que acudieron en tropel, si no a misa, entonces por lo menos al Cineplex. Ése sí es un verdadero milagro hollywoodense. Finalizando, debo señalar con gratitud que Gibson y sus acólitos verdaderamente me han educado. Los odiosos emails que mis colegas y yo hemos recibido, los sitios web que esta película ha engendrado, y los rabiosos despliegues de piedad muscular incitados por esta fase de las guerras culturales norteamericanas, me han dejado humillada y arrepentida. ¿Con qué convicción puedo seguir asombrándome del literalismo, la ira y el definitorio poder del odio en el fundamentalismo islámico? Con mucha menos justificación, tenemos un montón de variedades de nuestra propia cosecha, justo aquí.-
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