Citar como: http://www.puertachile.cl/historia/2005_papa_chile.htm

 


Juan Pablo II en la Población La Bandera

 

Con motivo del fallecimiento de Juan Pablo II, recogemos aquí dos miradas a la visita que realizara a una emblemática población de Santiago de Chile hace exactamente 18 años.

Puerta del Rebaño, 3 de abril de 2005

 

 

< El Papa recibe una taza de té y un pan de manos de
   una pobladora de La Bandera. Foto: Vicaría Sur

 

 

¿Otro Chile?
por Jorge Lavandero, diario Fortín Mapocho, lunes 6 de abril de 1987

Si en Chile había gente que esperaba milagros de la visita de Juan Pablo II a nuestro país, ya el jueves al mediodía deben haber palpado claramente el primero de estos milagros: una modesta pobladora, parada ante un micrófono, contando abiertamente los gravísimos problemas que enfrentan, sin temor a ser apaleada, asfixiada a punta de bombas lacrimógenas, empapada por un “guanaco”, o simplemente arrastrada a puntapiés hasta un furgón policial. Y aún más, hablando en la seguridad de que sus palabras llegarían a muchos puntos del territorio nacional.

Casi catorce años hacía que ningún poblador tenía esa posibilidad y bien se puede decir que Juan Pablo II hizo el primer milagro. Luisa Rivera habló conmovida y conmoviendo al Papa y a todo su enorme auditorio. Creyentes y no creyentes -muchos de ellos con los ojos empañados de lágrimas- escucharon (y no faltaron algunos chilenos para quienes tales noticias eran inéditas) que en las poblaciones los chiquillos no tienen qué comer, que las familias enteras viven con el plato solidario de las ollas comunes; que las muchachitas, sin poder estudiar, sin una casa que pueda llamarse tal, vagabundean buscando la prostitución como única perspectiva; que los muchachos cansados de buscar inútilmente un trabajo, una escuela que les haga lugar, deben recurrir al robo para subsistir. Y del robo a la droga a la delincuencia habitual corre el camino que va desintegrando a las familias pobres.


Casa del sacerdote André Jarlan, lugar donde fue asesinado en 1984.
Foto: Vicaría Sur

Naturalmente, todo esto lo saben muchos chilenos. y también lo sabía su Santidad. Pero se mostró profundamente conmovido por los testimonios directos que se dijeron en el Parque La Bandera. Lo demostró posteriormente, en el sencillo gesto de partir y saborear pan amasado, en ese sorbo de té bebido en una actitud de comunión espiritual con esa masa de gente pobre a quienes llamó sus hijos predilectos.

Indudablemente significativos fueron dos regalos que Juan Pablo II recibió de los postergados: la Biblia de André Jarlán, símbolo de la represión ciega y criminal y esa taza de loza, símbolo del hambre y la miseria que se vive en las poblaciones periféricas.

Pero innegablemente mucho más simbólico fue el regalo que él, con su presencia de Vida y Paz les hizo a los pobladores: la posibilidad de expresarse, que les ha sido negada sistemática y brutalmente en todos los años de esta dictadura.

Fortín, que nació para luchar por la libertad de expresión, se congratula de ello. Y reitera su fe, su confianza en que la noble presencia de Juan Pablo II en nuestra patria, contribuirá, sin duda, a que en un futuro no lejano no sólo tengamos libertad para expresarnos, sino para debatir nuestros problemas, todos con la misma dignidad, los mismos derechos, cuando hayamos conquistado un país en libertad y democracia.

 

Cara a cara con el Papa

por Revista Punto Final, N°521, junio de 2002

Como presidenta del grupo de adultos mayores, del 'Construyendo Juntos' y responsable de la comunidad cristiana de su población, Luisa Riveros asistía frecuentemente en los años 80 a reuniones en la Vicaría de la Solidaridad-Zona Oeste, donde exponía los problemas de su gente. Así fue como la eligieron para ser una de los pobladoras que hablara ante Juan Pablo II.

La primera versión del discurso la escribió una pobladora de una comunidad de la población La Victoria. "Yo lo leí, y la verdad es que no me gustó mucho, porque está bien que seamos católicos pero había que decirle al mundo por qué estábamos con hambre. ¡Si no era culpa de Dios!", dice Luisa. Entonces, recorrió distintos grupos y les preguntó qué le dirían ellos al Papa. Después se sentó a escribir su propio discurso. Este, que pasó por muchas manos y por diversos niveles de la jerarquía de la iglesia, fue sufriendo modificaciones. "Cuando me lo entregaron, en la misma mañana del acto, me di cuenta que le habían borrado muchas cosas y le habían agregado otras. Pero como me lo sabía de memoria, porque lo había leído y ensayado muchas veces, le fui agregando con un lápiz lo que yo pensaba que había que decir. La palabra 'dictadura', por ejemplo", recuerda.


15 años después de su discurso, Luisa Riveros (izquierda) seguía siendo una activa dirigente vecinal. Foto: Punto Final

"Tenía mucho susto, porque por primera vez en la vida me iba a enfrentar a tanta gente y sentía que el Papa era muy lejano para mí. ¡¿Cuándo los pobres nos habíamos encontrado con una autoridad tan grande?! También tenía miedo de que la dictadura me impidiera llegar hasta allá, que no me dejaran hablar. Cuando estuve arriba del escenario y esperaba mi turno, sentía frío, nervios y me dolía el estómago, porque andaban muchos hombres de las fuerzas especiales, vigilando. Me preguntaron qué iba a hacer yo, porque me movía de aquí para allá. Les respondí que yo tenía que servir el té, ¡por nada iba a decir lo que tenía que hacer, me podían atajar!".

Cuando cumplió su misión y bajó del escenario, se encontró con mucha gente desconocida que la esperaba para felicitarla. "Recuerdo a una señora con una guagua en brazos y un niño andando, que me abrazó y me besó. Llorando, me dijo que había hablado de todo lo que le pasaba a ella. Después, un joven, medio curado o volado, me dijo: '¡Loca, te las mandaste, así me gustaría que fuera mi vieja!', y me agarró, y me abrazó. Eso me emocionó. Cuando llegué aquí, las vecinas me esperaban en la puerta y entraron -yo no tenía nada en esta casa, todavía estábamos haciéndola- y una trajo azúcar, otra pan y tomamos once, todas contentas".

A los pocos días comenzaron los seguimientos y amedrentamientos. "Me vigilaban todo el tiempo, y también a mis hijos los perseguían los 'pacos' y los amenazaban. Los profesores se tuvieron que organizar para mandármelos a dejar. A cualquiera hora de la noche venían vehículos que se paraban frente a la casa y hacían ruido. Después me pusieron un recurso de amparo y colocaron un carabinero de guardia en la esquina. Fue peor, porque me persiguieron más. Vivimos como seis meses así. Pero no sentía miedo, porque todos los días venía gente de distintas poblaciones a acompañarme. Nunca estuve sola".-