Tesis sobre la constitución de la Iglesia por José Ignacio González Faus Extracto del artículo "Obispos
para el siglo XXI", Publicado en papel en «Iglesia Viva» 208(2001)133-144, Valencia, España.
A. Origen y naturaleza de la Iglesia B. Estructuración de la Iglesia C. Sobre el ministerio episcopal D. Sobre el ministerio de Pedro
Introducción Pedro murió mártir en Roma pero no fue nunca obispo de Roma. Además, es muy probable históricamente que la iglesia de Roma haya sido gobernada durante bastantes años por un colegio de presbíteros. La iglesia universal no es una diócesis del papa ni el estado del papa.
Escribí hace un tiempo que el antiguo problema de "El Jesús histórico y el Cristo de la fe" estaba dando paso a otro problema nuevo sobre "la comunidad histórica y la Iglesia de la fe". No es exactamente un problema nuevo, ni tan virulento como lo fue el otro en sus orígenes. Pero hoy es posible afirmar que al igual que para el caso del Jesús histórico gozamos de unos mínimos muy importantes y con suficiente garantía histórica que han ayudado a purificar nuestra imagen de Jesús también en el caso de la Iglesia se dan determinados consensos que pueden ayudar a purificar nuestra fe y nuestro sentido eclesial, como deben ayudar a la misma Iglesia a purificarse y ser más Iglesia de Jesús. Queda pendiente una reflexión sobre la naturaleza histórica del episcopado, que debe hacerse en el seno de otra visión más amplia sobre la constitución histórica de la Iglesia, y servir de base a la reflexión teológica. Por eso comenzaré este artículo con un breve resumen de esa visión, dado en forma de tesis. Para este resumen, me serviré sobre todo del libro de J.A. Estrada, Para entender cómo surgió la Iglesia, (citado como E), y de otros títulos míos como: Ningún obispo impuesto, y Hombres de la comunidad. Apuntes sobre el ministerio eclesial. También es importante la obra de K. Schatz, El primado del papa: su historia desde los orígenes hasta nuestros días.
A. Origen y naturaleza de la Iglesia
1. La Iglesia se fundamenta en Jesús, pero nace de la Pascua y es fundada por ella. En el Jesús histórico no hay intención de fundar una iglesia. Por tanto, difícilmente pudo haber instrucciones o prescripciones dadas a los apóstoles sobre las estructuras de la Iglesia. Lo que sí hubo es una comunidad de seguidores en torno a Jesús, creada por Él, y que, lógicamente, habrá de servir de espejo a la iglesia nacida de la Pascua. 2. No se puede equiparar el Reino de Dios con la Iglesia. Ésta sería una de las herejías más frecuentes y más nocivas para la eclesiología. 3. La Iglesia está bajo la Palabra de Dios. Aunque la lectura de la Biblia es comunitaria, esto no significa que la comunidad (y menos aún sus representantes solos), estén por encima de la Palabra, sino que han de ser obedientes a ella. Esta doble afirmación puede ser fuente de conflictos. Pero sería heterodoxo rehuir esos conflictos a base de eludir uno de los dos miembros de la afirmación. 4. La Iglesia es comunidad de los llamados a la fe. Es sencillamente herético creer que la Iglesia se identifica con "el papa y los obispos" como poder sagrado, de modo que el llamado "pueblo de Dios" sea sólo un campo necesario para el ejercicio de ese poder sagrado. La Iglesia es sólo el pueblo creyente, el cual necesita unos "ministerios" para su vida como pueblo de Dios (cf. Constitución Dogmática "Lumen Gentium", Capítulo 2. Roma, 21 de noviembre de 1964). 5. Pero la Iglesia tampoco es una institución universal de la que las llamadas iglesias locales sólo sean "una pequeña parte": cada iglesia local es, a su vez, "la iglesia católica" ("la iglesia de Dios que está en ...."). Y el verdadero sentido universal de la palabra iglesia es el de una comunión de iglesias.
B. Estructuración de la Iglesia 6. La eclesiología del Nuevo Testamento (NT) es enormemente plural. Aunque en tiempos históricos de crisis pueda ser necesario reforzar la unidad, sería contrario al NT institucionalizar una sola visión de la Iglesia, sacrificando la pluralidad. 7. Lo que decide sobre el carácter cristiano de una iglesia es que sus estructuras favorezcan la igualdad, la fraternidad y "la eminente dignidad de los pobres", desde la experiencia del Dios de Jesús. "Cuando esto falta, padece la comunidad cristiana aunque no falte ninguna estructura eclesiológica" (E. 81). 8. Los ministerios eclesiales están presentes en todo el NT. Pero su estructura es enormemente imprecisa y cambiable. En los evangelios no hay alusión directa a los diversos ministerios, porque éstos no provienen de Jesús. A lo que se atiende en los evangelios es a que aquellos ministerios, que entonces comenzaban a nacer, se asemejen a Jesús y se desarrollen en consonancia con Él. 9. A partir del s. III la Iglesia necesitó institucionalizarse debido a su crecimiento. Como no tenía modelos para ello, recurrió unas veces a imitar la estructura de la sociedad civil romana, y otras a recuperar instituciones o normas del Antiguo Testamento (entonces es cuando se generaliza la terminología "sacerdotal" inexistente al principio). Este doble proceso es muy comprensible; pero no es obligatorio ni está exento de peligros para la iglesia posterior. Su mayor peligro, en frase de Karen Torjesen, es que "el concepto de dirección pasó de la esfera del ministerio a la del gobierno". 10. Como consecuencia de lo anterior, en el proceso de institucionalización de la Iglesia fue desapareciendo la presencia de carismáticos y profetas, que había sido mucho más viva en la iglesia primera. Al estructurarse así, los "ministerios" se van convirtiendo en "cargos" y acumulando funciones que, en los orígenes, estaban más diversificadas. 11. La evolución de los ministerios acaba cuajando muy pronto en la tríada obispo-presbítero-diácono que, en los orígenes, era de fronteras bastante imprecisas. Lo que en ningún caso hay es "un plan establecido de antemano y mucho menos unas directrices dadas por Jesús" (E. 179). 12. En la Iglesia del NT, la presidencia de la eucaristía y el llamado "poder de consagración" no aparecen todavía vinculados a la ordenación y a la imposición de manos. Ignacio de Antioquía requiere, para que la eucaristía sea válida, la autorización (no la "ordenación") del obispo (Carta a los Esmirneanos 8) Ello parece deberse a la concepción hoy perdida de que, en una eucaristía válida (bebaia en terminología de san Ignacio) el presidente no es el único que consagra, sino que todo el pueblo que le rodea consagra y ofrece con él.
En la iglesia posterior, aún perdura algo de esto en los llamados "confesores". Algunos de ellos incluso fueron elegidos como obispos sin que se hable nunca de una ordenación presbiteral previa. Y hasta uno como Calixto llegó a papa. Esta regla se mantiene todavía en los cánones de Hipólito (336-340) (cf. E. 143). El primero del que consta que, habiendo sido elegido obispo de Roma como diácono, se hizo ordenar antes de presbítero, fue Gregorio VII en el s. XI. En este marco, no tiene sentido argumentar que Jesús "no ordenó mujeres", puesto que tampoco ordenó varones. Para el tema del ministerio femenino sería más pertinente la pregunta de si El Resucitado eligió a mujeres como testigos de su Resurrección. Este marco es indispensable para poder entrar ahora en el ministerio de los obispos.
C. Sobre el ministerio episcopal 13. Hablando con estricta propiedad histórica, los obispos no son "sucesores" de los Apóstoles. "Iglesias apostólicas" eran sólo aquellas pocas que habían sido fundadas por algún apóstol. Pero en un sentido teológico, con carácter más "sacramental" que jurídico, puede hablarse de una especie de analogía o correspondencia dinámica, que permite usar aquel título en un sentido válido, pero más amplio. 14. Precisamente por lo anterior, "según san Ireneo, los presbíteros tienen también la sucesión apostólica" (E.183). La idea de cierta igualdad inicial entre obispos y presbíteros se extiende como mínimo hasta san Isidoro de Sevilla en el s. VII (E.188). 15. Una vez estructurados, hay dos elementos inseparables que deben considerarse esenciales tanto en el episcopado como en el presbiterado. Y son: a) la entrada en el colegio (episcopal o presbiteral) y b) la vinculación a una iglesia particular. Es decir: colegialidad y localidad. 16. En la iglesia antigua no es concebible ni una eucaristía celebrada sin comunidad, ni un obispo sin iglesia y que no ejerce como pastor. La actual figura jurídica de los obispos "in partibus" (sin diócesis), es una ruptura con la mejor tradición eclesial (a la que hipócritamente rinde homenaje con esa designación sólo nominal). Y lo dicho hasta aquí sobre el ministerio episcopal, necesita otro marco de referencia, que proviene de aquel que es el "primus episcoporum": el obispo de Roma.
D. Sobre el ministerio de Pedro 17. Pedro murió mártir en Roma pero no fue nunca obispo de Roma. Además, es muy probable históricamente que la iglesia de Roma fue gobernada durante bastantes años por un colegio de presbíteros (como todavía se adivina en la llamada "carta de Clemente"), y que la "sucesión episcopal" no surja en Roma hasta mediado el siglo II. 18. El Vicario de Pedro puede tener, como obispo de Roma y como patriarca de Occidente, unas atribuciones geográficamente limitadas que no tiene como papa. La iglesia universal no es una diócesis del papa ni el estado del papa. 19. La designación de los obispos durante todo el primer milenio y parte del segundo no fue competencia de los papas sino de las iglesias locales (o circunvecinas). Las formas concretas pudieron variar, pero el principio se consideraba voluntad de Dios y derecho apostólico. Las primeras desviaciones de este proceso se debieron a situaciones excepcionales, para evitar la intervención de los reyes y señores feudales. Más tarde (en la época de Avignon) a motivos muchos menos nobles. Finalmente en Trento se generalizó la práctica actual, que debe seguir siendo mirada como "excepcional" .
E. En conclusión
20. Se puede decir que la Iglesia tiene una estructura ministerial (apostólica) por obediencia al ejemplo de Jesús y los suyos. Pero la configuración concreta de esa estructura es creación de la Iglesia y no de Jesús. Y se crea respondiendo a los "signos de los tiempos". Buena prueba de lo anterior puede ser la fundamentación del papado que daba en el s. XVII el cardenal Bellarmino, y que no argumenta a partir de la voluntad de Jesús o de la obediencia a la Escritura, sino de que Dios quiere para Su Iglesia lo mejor; y la mejor forma de estructurar una sociedad (según Bellarmino) es la monarquía. 21. En este contexto el pecado de la Iglesia puede consistir muchas veces en que todo aquello que es fruto de una evolución histórica comprensible (que unas veces será obra del Espíritu y otras también del pecado), pretende convertirlo en resultado de una voluntad de Jesús históricamente expresada. De este modo la Iglesia se incapacita para responder a las exigencias de la evangelización, y convierte a Dios en responsable de su propia pereza.-
Artículos relacionados: Juan Pablo II, el gran restaurador Carta abierta a Juan Pablo II sobre el Tercer Milenio
|